¡No compren libros! ¡No lean!

 

Hace algunos años, en una reunión casi informal en Barcelona, el editor Josep Forment comentó que el mundo de los libros era el único que desprecia a sus clientes. Aquella afirmación, a la que tampoco añadió muchas explicaciones, tenía mucho sentido en un encuentro dedicado a la "literatura basura" que promovía el escritor vasco Gonzalo Garrido. A pesar de nuestras discrepancias en torno a los orígenes cultos o populares de la literatura en la Biblia, no olvidé nunca las sabias palabras de Forment respecto al pequeño mundo editorial. Y, pensándolo bien, no se puede sino estar absolutamente de acuerdo con aquella apreciación singular, pero irrebatible: sólo el mundo de la cultura, y especialmente el de los libros, desprecia y ofende continuamente a sus clientes. Es inimaginable que las empresas de zapatos, frigoríficos o ropa insulten, agravien o desprecien a sus clientes -actuales o potenciales-, pero en el mundo del libro es así: "Todos los lectores son idiotas, salvo los míos; y los lectores potenciales son idiotas en cualquier caso". Esta parece ser la premisa.

Para empezar, pocos autores hacen examen de conciencia antes de lloriquear por la deplorable situación del mercado literario o libresco en general. Podrían pensar, por ejemplo, que las historias que imaginan son tan pobres y tan mal construidas que cualquier comparación con otros entretenimientos, como el cine, la televisión, internet, los videojuegos, etcétera, resulta deprimente. Podrían pensar que sus libros son viejos, o que sus ideas son viejas y que ya no tienen ningún interés. Pero no es esa la respuesta que se ofrece; la respuesta que dan los autores al desgraciado panorama editorial es que los lectores son unos burros, que solo leen bazofia -la bazofia de los otros, se entiende- y que vivimos en una sociedad de idiotas.

Todas las semanas, y casi todos los días, tenemos que leer, en las páginas de semanarios, revistas, diarios y páginas web, a escritores que llaman idiotas, imbéciles, patanes y cosas peores a sus conciudadanos, sólo porque no piensan como ellos, o porque han optado por tener vidas distintas, o porque tienen una mentalidad diferente, o porque disfrutan de la vida de otro modo o por... Me pregunto si los lectores que se acercan tal vez a esos textos querrían comprar los libros de personas tan groseras y maleducadas que constantemente los ofenden y agravian. En este punto quiero recordar que en ningún oficio he visto a tanto maleducado y grosero como en el mundo literario, lo cual prueba que la literatura parece atraer a los necios: esta es otra razón para que los lectores no se acerquen a los libros. "Si los libros van a convertirme en uno de ésos",  pensarán, "mejor entretenerme con otra cosa".

Pero si una industria como la libresca se encuentra en pleno declive, no puede achacarse únicamente a los creadores -aunque la extrema pobreza intelectual de los mismos sea una razón importante-. Las circunstancias socioeconómicas globales, la irrupción de nuevas tecnologías y nuevos modos de entretenimiento, el abandono político de la cultura y otros factores también tienen su importancia. Los editores, como empresarios que son, tienen mucha responsabilidad en la situación de su negocio, pero a uno le cuesta suponer que un empresario no quiera que su negocio prospere. Puede que tenga más o menos suerte, pero su idea es ganar dinero ofreciendo un producto cultural. Tampoco es justo decir que los productos que ofrecen tienen una calidad tan ínfima que nadie quiere acercarse a comprar libros. Hay libros para todos los gustos, aunque las estrategias comerciales suelen ser "viejunas" y, por tanto, alejan a los lectores que ya viven en internet, en la televisión a la carta, en las acciones cívicas culturales o en los nuevos modos de comunicación. El mundo comercial con frecuencia retrasa y frena la imaginación y el impulso editorial. Son las estructuras comerciales las que lastran el negocio editorial, más que los editores, que siempre buscan productos culturales nuevos y para todos los sectores de la población. Esto no quiere decir que muchos editores no piensen como los famosos "próceres literarios": que los lectores son idiotas y que solo leen bazofia -la bazofia de los otros, naturalmente-. Algunos editores han tenido que asumir, por las malas, que no todos los ciudadanos están dispuestos a aceptar la tiranía del esnobismo.

Y finalmente hay que citar al grupo de personas que esencialmente se dedican a sugerir a los ciudadanos que no compren libros y, en general, que no lean libros. Los medios de comunicación parecen especialmente interesados en promover la lectura, pero dan cabida en sus espacios a personas dedicadas en cuerpo y alma a despreciar los libros y todo lo que rodea al mundo literario. En general, estas personas hablan de los libros para denigrarlos, y no por razones altruistas. Me atrevería a decir que un 75% de todas las referencias librescas que aparecen en suplementos culturales o revistas culturales (en papel o en internet) consiste en rebajar, disminuir, denostar o despreciar los libros que supuestamente analizan. El otro 25% elogioso se debe a procesos amistosos, comerciales o amatorios en los que es mejor no entrar. Por otro lado, resulta especialmente curioso que esa vocación agresiva tenga sus orígenes en elementos tan poco literarios como el deseo de hacerse un hueco en el mundo del periodismo, las rencillas y envidias profesionales, o la frustración y los problemas psicológicos personales. Tanto en internet, en las redes sociales o en la prensa convencional, parece habitual encargar a los más torpes la promoción de la literatura, aunque -por supuesto- el resultado es siempre el contrario, con el consiguiente perjuicio para la industria, los lectores y los creadores en general. Con frecuencia, la base de la información crítica está en el clasismo intelectual -una especie de novedoso fascismo que se da especialmente en internet y en las redes sociales-, la vinculación económica o sentimental, y un esnobismo que calma conciencias y rara vez alivia el hambre.

No digo que no haya otras razones que expliquen el deterioro de la industria libresca, pero me pareció útil apuntar que somos precisamente quienes participamos en ella los que estamos gritando a los cuatro vientos: "¡No compren libros! ¡No lean!"

Bueno: el suicidio es un asunto muy personal y cada cual se quita la vida como quiere.

 



Comunicación residual

Dice el libro: "En la primavera de 1958 se celebró en Bloomington, Indiana, un congreso para el estudio del estilo literario. Lingüistas, críticos literarios, antropólogos, psicólogos y sociólogos intentaron, desde sus respectivos campos, una intercomunicación en torno a este tema central. Sin duda, la ponencia más famosa de las que se presentaron fue la de Roman Jakobson sobre lingüística y poética, y hasta tal punto, que este breve texto ha quedado sancionado como el punto de partida inexcusable de la fundamentación teórica..."

Para los estudiantes de filología, que aspirábamos a entender -aunque sólo fuera superficialmente- en qué consistía el hecho literario, aquel texto se convirtió en referencia inexcusable. En España este opúsculo lo publicó la editorial Cátedra, con un prólogo de Francisco Abad; la traducción corrió a cargo de Ana Mª Gutiérrez-Cabello. No sé si se había publicado antes en alguna otra colección o en algún artículo periodístico.

Uno de los argumentos centrales de esta conferencia era, como todos recordarán, la necesidad de revisar "la hipótesis monolítica del lenguaje", en palabaras de Voegelin. Decía Jakobson, con una clarividencia que hoy asombra más que hace cincuenta años, que el "código" lingüístico "representa un sistema de subcódigos conectados entre sí". Antes de formular su famoso sistema (que tuvimos que aprender de memoria, y que gracias al cielo no hemos olvidado), Jakobson aludía a los trabajos de Edward Sapir y de Martin Joos. En concreto, citaba a Joos y su propuesta, según la cual "los elementos emotivos del habla son elementos no lingüísticos del mundo real". A Jakobson, creo, no le gustaba mucho que hubiera que buscar fuera de la lengua lo que debería describirse como "lingüístico". El propio Joos reconocía que a los lingüistas les molestaba tener que "tolerar" en su disciplina aspectos que no son estrictamente lingüísticos, o que rehúyen una catalogación fácil en esta disciplina.

A continuación Jakobson presentaba su famoso modelo y, un poco más adelante, esbozaba las seis funciones básicas de la comunicación verbal ("del hecho del habla", como se decía entonces). Para los pocos despistados que pasen por aquí, recordaré que las funciones eran emotiva, referencial, poética, fática, metalingüística y conativa. 

Muchos debates en aquella época se planteaban en torno al reduccionismo científico: y esto era que a muchos nos parecía que la reducción de las funciones a un sistema "científico" era arriesgado. Karl Bülher (como otros psicólogos) había limitado las funciones del lenguaje a la emotiva, conativa y referencial. Pero no importaba mucho cuántas funciones tuviera el "hecho del habla", porque a mis compañeros y a mí nos parecía que aquello no se ajustaba a la realidad, simplemente. No nos ocupábamos de las teorías sociológicas, políticas, psicológicas o pedagógicas. Lo que nos inquietaba era que los esquemas cientifistas no parecían ajustarse a nuestra sencilla experiencia cotidiana.

Y cuando de experiencias se trata, las nuevas modalidades de comunicación hacen tambalear la teoría clásica. Dice Jakobson que "apenas podríamos encontrar mensajes verbales que realizasen un único cometido". Y añade: "La estructura verbal del mensaje depende, básicamente, de su función predominante". Los mensajes contienen una multiplicidad de funciones, pero Jakobson cree que podrían jerarquizarse. ¿Es posible que nuestro gran ídolo universitario pecara de voluntarismo?

 

 

La experiencia común, a poco que se reflexione, es que la comunicación es un proceso que difícilmente se puede someter a estructuras jerárquicas. En la moderna comunicación, además, se pierden fragmentos esenciales de los elementos o factores, como el código, el contexto e incluso del mensaje. Cuando hablamos "cara a cara" con una persona, todos esos factores parecen anclados y firmes, pero se pierden en las comunicaciones modernas. Nunca faltaron especialistas que afirmaran que el porcentaje de la información que recibe el receptor es sustancialmente menor que la información que "pretende" enviar el emisor. En las comunicaciones modernas, ese porcentaje se convierte en un batiburrillo jerárquico de funciones inextricable. Es imposible que el receptor tenga la más mínima sintonía con el emisor, salvo en comunicaciones breves y elementales, y por eso la comunicación se torna casi imposible. 

En los últimos años he comprobado -aunque puede ser sólo una apreciación personal-, que la comunicación es muy pobre y, sobre todo, arriesgadísima. Un problema, desde luego, es que escribimos mal y no sabemos expresarnos. Pero, sobre todo: no sabemos cuándo expresarnos, se piensa más en los voyeurs  que en el destinatario, los habladores intentan ser graciosos o ingeniosos a costa del receptor, pretenden quedar por encima de los demás a toda costa, se ignora el hecho comunicativo para reafirmar del ego personal, se opina sobre asuntos que se ignoran, se hacen valoraciones personales sin medida, sin filtro y sin juicio, se dispensan burlas de dudoso gusto y se compromete la dignidad, la intimidad, la personalidad y la profesionalidad de los demás sin el menor recato y con una vergonzosa temeridad. La comunicación, en este ambiente pútrido, no sólo se ha convertido en un hecho discutible, sino arriesgado, peligroso, mezquino, vulgar, torpe, sórdido y a veces repugnante: una representación residual de las verdaderas relaciones humanas.

 

 



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El que pueda entender, que entienda

Entre todas las expresiones evangélicas (y el catálogo es asombroso), hay una que me interesa especialmente. Es la que pronuncia el sabio rabí de Nazaret durante unas enseñanzas "sociales" camino de Jerusalén.  Creo recordar que se encuentra en Mateo y que las cuestiones que le planteaban sus seguidores versaban sobre temas matrimoniales y familiares. Jesús da unas explicaciones un tanto "relativistas" y finalmente pronuncia las famosas palabras: "Y el que pueda entender, que entienda". Se trata de una formulación que se adapta muy bien al carácter castellano. Es como "Arrieritos somos y en el camino nos encontraremos". Tiene algo de advertencia y aviso, y permite que el destinatario reflexione  sobre la moralidad de sus actos. Hay que señalar que algunas biblias traducen esa frase de otro modo: "El que sea capaz de aceptar esto, que lo acepte". Aunque por razones históricas esta frase es menos contundente, sigue manteniendo ese carácter de advertencia (o amenaza latente), tan castellano y tan perturbador.

Pues bien: voy a apuntar algunas ideas sueltas a continuación. Y no voy a dar muchas explicaciones, por pereza o porque no son necesarias. Y el que pueda entender, que entienda.

Robert Michels fue un sociólogo alemán de principios del siglo XX, muy conocido sobre todo por su famosa "Ley de hierro de la oligarquía". En términos generales, Michels afirmaba que las organizaciones suelen regirse por un grupo de individuos selectos, una minoría que con el tiempo se vuelve oligárquica. Aunque sus objetivos primeros fueran otros -cualesquiera- el objetivo de ese grupo al final consiste en mantenerse como organización, y el mantenimiento de la organización oligárquica se convierte en el fundamento único de dicha estructura. Es la perpetuación de la oligarquía lo único que importa, y para conseguirlo, esa minoría acudirá a cualquier recurso (cualquier recurso) para mantenerse como organización preeminente y conservar sus privilegios.

Y uno de los recursos que emplean estas oligarquías para mantenerse en el poder es la burocratización. La burocratización consiste en la retroalimentación de la vacuidad, en el refuerzo constante de la nada, en el vacío reiterativo y, sobre todo, en el egotismo incesante y la veneración pública... Lo importante es que la base que alimenta y engorda a esa oligarquía (junto a la necesaria corte de zalameros y aduladores) asuma su papel sumiso, como colaboradores necesarios a cambio de migajas: la oligarquía odia a los intrusos y no hay nada que deteste más que la democracia, la libertad o la disidencia. Por desgracia, tal vez tenía razón Michels cuando afirmaba que las masas deseaban la presencia de oligarquías, porque tienden a favorecer el culto a la personalidad o a la idolatría intelectual.

Y por hoy, ya no tengo nada más que decir. El que pueda entender, que entienda.

 



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Literatura, capital cultural y clasismo

Pierre Bourdieu es uno de los sociólogos más importantes de la segunda mitad del siglo XX y también uno de los más controvertidos. Dado que las ciencias sociales se decantaron por el cientifismo (o el empirismo o la estadística o las matemáticas) en las últimas décadas, todas las ideas debían verse corroboradas con datos. Afortunadamente, para quienes nos dedicamos al estudio de la Historia de las Ideas, lo más interesante y sugerente es identificar claves en acción o en evolución que permitan perspectivas y ópticas distintas sobre asuntos que, por cualesquiera razones, parecen ocultos a la evaluación común. Una de las ideas más afortunadas de Bourdieu es la que atañe al "capital cultural". Aunque el lector podrá precisar por su cuenta el concepto, aquí bastará con señalar que el "capital cultural" es el cúmulo de saberes y conocimientos que proporcionan a un individuo un estatus superior en el seno de una sociedad, y un estatus social superior relativo respecto a otros individuos que no tienen esos saberes y conocimientos. Con frecuencia, el capital cultural está relacionado con el capital económico, pues un niño que se educa en una familia adinerada suele adquirir un capital cultural superior a los miembros de clases más desfavorecidas. Pero no siempre es así: puede haber personas cuyo estatus cultural sea muy elevado y su estatus económico no lo sea tanto. En general también, la sociedad valora el capital cultural y acaba concediendo cierto capital económico a quienes poseen el primero.

El capital cultural es segregacionista en sí mismo. O, por decirlo de un modo más ajustado, debe considerarse en campos independientes, por mucho que finalmente unos tengan relación con otros, y no en un sentido positivo, desde luego.  El estatus en una facultad universitaria, en un grupo de amigos, en un taller de escritura, en una familia, o en una oficina, depende en las sociedades occidentales del capital social tanto como del capital económico.  Se evalúa el capital simbólico, es decir, lo que los sociólogos llaman "los intangibles" que solo existen en tanto obtienen el reconocimiento de los demás. El reconocimiento, por otra parte, debe provenir de aquellos a los que ya se le supone un capital cultural elevado.  Dado que aquí sólo estamos haciendo un comentario ocasional, no importará si en ocasiones sustituimos "capital cultural" por "prestigio". Un individuo, en fin, sólo adquiere capital cultural si los miembros del campo en el que se mueve admiten que lo tiene. Por ejemplo, sería dudoso que una persona aficionada a la literatura soft-porn de E. L. James o de Sylvia Day pudiera encontrar ningún reconocimiento en determinados círculos académicos, aunque probablemente sí lo encontrará en otros ámbitos, como blogs populares o territorios fronterizos con la industria pornográfica. 

La sociedad establece categorías -en muchas ocasiones, completamente arbitrarias- para definir los rangos de ese prestigio, ese capital cultural o ese capital simbólico. Visto desde fuera, es asombroso contemplar cómo algunos individuos hacen todo lo posible por alcanzar un estatus cultural elevado, casi a costa de cualquier cosa. Hay personas a las que no les importa estar situados en un rango bajo: son felices escuchando reggaetón, viendo los programas más dudosos de Tele5, leyendo las llamadas revistas del corazón o aplicándose con pasión a las lecturas estivales de la citada E. L. James. Sin embargo, hay personas que necesitan aspirar a un estatus superior y buscan la aprobación de la "clase alta cultural". Los individuos que pertenecen a esta "clase alta" jamás confesarán que practican algunas de las costumbres de la "clase baja cultural" (aunque lo hagan), y siempre asegurarán que están leyendo a Pynchon, a Kafka o a Henry James aunque estén con la nariz pegada a Gran Hermano

El capital cultural es clasista y segregacionista. Se acumula para ejercer la diferencia respecto a otros, los ignorantes, los vacuos, los frívolos, los torpes... los inferiores. Nadie que ostente un capital cultural importante querrá mezclarse con esas personas que escuchan a David Bisbal, que ven Sálvame, que leen a Paulo Coelho, que devoran la revista Lecturas  y que bostezan ante Rothko. Para quienes escuchan a Bach o a Mozart (o a Isbells o a Shins, en otra categoría) , para quienes ven  Fargo  o House of Cards, para quienes leen a Foster Wallace o a Vila-Matas, para quienes están suscritos a Jot Down  o al New Yorker  y no se pierden la última exposición en una galería del barrio de Salamanca (o en el Pompidou o en la Tate Modern) todas esas personas de baja estofa cultural no son más que unos parias. Curiosamente, la izquierda política suele ser muy benévola con los parias económicos, pero sus miembros son tan intransigentes, clasistas y segregacionistas como los que más cuando se trata de parias culturales. Cualquiera diría que, ante un escaso capital cultural, los potentados culturales estarían interesados en favorecer el ascenso cultural de los parias intelectuales; sin embargo, el clasismo y la oligarquía cultural desprecia con saña y sin contemplaciones a esos "indigentes" culturales, de los que desea distanciarse a toda costa.

Con frecuencia se utiliza la cultura para diferenciarse de los parias efectivamente económicos, pero lo que me interesa destacar aquí -porque es lo que me está asombrando últimamente- es que el clasismo cultural y el segregacionismo cultural del que hacen gala los aristócratas culturales está adquiriendo tintes vergonzosos y nauseabundos. Cuando algún simplón ignorante me viene con el cuento del "mal gusto" de ciertas personas ("de la clase baja cultural", quieren decir), siempre recuerdo las palabras de Madame de Staël, que afirmaba con gran sensatez que era de muy mal gusto hablar del buen gusto. En determinados círculos de Facebook o de Twitter, en ciertas revistas, en programas de televisión, en presentaciones literarias, en películas y en series se está afianzando ese repugnante clasismo, irrespetuoso y fascista, contra quienes no pudieron adquirir cierto capital cultural. Todos los fines de semana, desde revistas culturales y generalistas, se desprecia a quienes tienen gustos que no se ajustan a los estándares de la oligarquía cultural y literaria (lowbrow  o middlebrow, se denominan), cuando a poco que se rasque se adivina que esos gurús de la intelectualidad y la cultura tienen en realidad muy poquito que ofrecer. 

Junto al desprecio clasista y segregacionista de los "aristócratas" culturales, constantemente vemos a personas intentando desesperadamente alcanzar el estatus de la oligarquía cultural, esforzándose con Joyce, con Woolf, con Ginsberg, con Pynchon, con D. F. Wallace, con Rothko, con Bacon, con Hayden, con REM, con First Aid Kit, con Sorrentino o con el último director iraní. De todos modos, no es fácil que la oligarquía deje de mirar a los advenedizos por encima del hombro. Y no es fácil que las puertas de los palacios culturales se abran a intrusos, pero buena parte de la gracia que tiene todo este asunto es que puede ocurrir que uno no esté muy interesado en entrar en dichos palacios, donde últimamente apesta a podrido y a rancio. 

St Petersburgo
St Petersburgo


No eres tú, soy yo

Sí: la literatura es una disciplina maravillosa, a la que he dedicado toda mi vida profesional y que me ha dado enormes alegrías; los profesionales que pueblan este mundo son en general personas cultas, amables y encantadoras, y también se han portado muy generosamente conmigo.

Sin embargo, "mundillo" cultural, ya no te soporto.  Y si el problema no eres tú... debo de ser yo.

 

Aparte de los viajes, la música, el arte antiguo, los grandes museos y obras maestras de la pintura y la escultura, algunas personas concretas y la Naturaleza, sólo los libros me han proporcionado un placer en el que merecía emplear el tiempo.  No es necesario reiterar lo que todo el mundo sabe: que hay pocas experiencias más gratificantes que leer un gran libro.  No hay muchos "grandes libros", pero hay muchísimos libros dignos y entretenidos en los que vale la pena detenerse. Y no solo de ficción literaria: la historia, la filosofía, los anecdotarios, las compilaciones, los libros de arte y los libros de ciencia son placeres intelectuales a los que difícilmente se puede renunciar.

Alrededor de los libros, y del mundo de la cultura en general, revolotean miles y millones de insectos encantadores, atraídos como polillas por la esplendorosa luz de la inteligencia y la belleza. A lo largo de estos años he conocido a varias decenas de escritores, por ejemplo. Algunos venden decenas e incluso centenares de miles de libros cada año, son muy populares y desde luego merecen el éxito que tienen. Otros apenas llegan a vender mil ejemplares de sus obras. Pero todos ellos, hombres y mujeres, siempre me han parecido encantadores: son buenos conversadores, amables, instruidos, generosos... y yo no debería tener ninguna queja. (Es cierto que hay escritores fanfarrones,  macarras, poco instruidos o vanidosos, siempre dispuestos a la manipulación y la organización corporativista o mafiosa, pero a esos ni los conozco ni tengo intención de conocerlos). Para mí todos son admirables, cada uno en su estilo, y cualquiera debería valorar el esfuerzo y el valor de presentarse ante el mundo con sus textos, sus novelas o su poesía, dispuestos más al sacrificio que al elogio. Todos, por separado y en pequeños grupos, son gente en la que uno puede depositar toda su confianza y aprecio. 

Sin embargo, "mundillo" cultural, ya no te soporto.  Y si el problema no eres tú... debo de ser yo.

El mundo editorial siempre ha sido generosísimo conmigo: conozco a muchos editores, algunos dirigen prestigiosas editoriales en el seno de grandes grupos, otros son responsables de áreas concretas en distintas editoriales, y otros han levantado fabulosas empresas editoriales con mucho esfuerzo y mucho talento. He colaborado con muchos de ellos, y todos se han mostrado conmigo especialmente generosos, pasando por alto mis errores y apoyándome en todas las propuestas. Llevan a cabo un trabajo fabuloso que la sociedad no siempre les reconoce. Los responsables (mujeres en su grandísima mayoría) son personas honestas y generosas de las que nadie podría tener queja.

Sin embargo, "mundillo" cultural, ya no te soporto.  Y si el problema no eres tú... debo de ser yo.

Los periodistas (y los periodistas culturales en particular) tienen una injusta mala fama. Su posición de "vigilantes" les obliga a ser críticos y a no dejar pasar las connivencias o las manipulaciones que con tanta generosidad querría colarles la industria cultural y editorial. Pero yo no puedo tener queja: conmigo siempre han sido amables y generosos -más de lo que esperaba y tal vez más de lo que merecía-; por los críticos de los suplementos y revistas especializadas no puedo sentir más que un verdadero y sentido aprecio. 

Sin embargo, "mundillo" cultural, ya no te soporto.  Y si el problema no eres tú... debo de ser yo.

Resulta especialmente extraño que todo el aprecio y respeto personal que uno siente hacia todos los profesionales del gremio literario y editorial se convierta en repugnancia cuando se observa en términos generales. Sin embargo, el problema no son ellos (en su grandísima mayoría son personas que valen muy mucho la pena), así que el problema debo de ser yo. Es curioso que la suma de decenas y miles de personas individualmente válidas y apreciables compongan un mundo tan despreciable.  Es como cuando uno degusta un delicioso plato de cocochas: si ese plato se presenta en forma de cuarenta toneladas de cocochas al pil pil, resultará repulsivo. O un perfume agradable, en dosis grandes, acaba siendo pestilente.  O la celestial música de Mozart: seis meses escuchándola sin pausa puede convertirse en una espantosa tortura.

Algo parecido debe de ocurrir cuando las partes independientes del mundo cultural resultan encantadoras y agradables, pero el conjunto merecería arrojarse a una fosa séptica. 

Y por eso, "mundillo cultural", ya no te soporto: aunque supongo que el problema no eres tú, soy yo.



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El mejor oficio del mundo

Todo el mundo sabe que el mejor oficio del mundo es el oficio de escritor.

No hay profesión que depare más satisfacciones y alegrías, más placeres estéticos e intelectuales, más algarabías y zafarranchos que la sublime profesión de las letras. Cierto es que algunos escritores se quejan con quejumbres quejumbrosas del dolor inherente al afán escriturario, y lamentan el mucho dolor que les causa el hecho de escribir, y cuánto sufren, y cuánto dolor se les agrupa en el costado, que por doler les duele hasta el aliento. Sin embargo, no debe el ingenuo lector pensar que este dolor es dolor de verdad: es dolor fingido, del que suscita conmiseración o lástima, porque muchos autores se complacen en excitar esa emoción en los demás; y otras veces es gustoso dolor, como aquel de Sacher-Masoch, y por tanto conviene imaginar a estos autores dando placenteros gritillos de dolor mientras gozan hasta la sinrazón del arte de escribir sus sufridos sintagmas y complementos.

Pero salvo esas doloridas (y gozosicas) excepciones, los autores disfrutan enormemente de su oficio. Antaño ser escritor era un suplicio: en la Edad Media tenías que pasar siglos copiando tetrástrofos monorrimos y empeñándote en el trivium y el quadrivium hasta conseguir que te prestaran medio pergamino para escribir un romancillo original. Y en el Renacimiento tenías que pasar años en los studia leyendo a Séneca, a Cicerón, a Quintiliano, a Tito Livio, imitando a Horacio y a Virgilio hasta la extenuación, perfeccionando tu exégesis bíblica... ¡un horror! En el siglo XVIII la cosa no mejoró: todo eran retóricas y gramáticas, en octavo o dieciseisavo, pero con más de ocho volúmenes cada una, y no pasabas de curso si no clavabas un pentámetro yámbico en griego o te aprendías de corrido la epístola Ad Pisones.

Por fortuna, todos esos dolores de cabeza ya han pasado. Aún hay quienes insisten -cegados por la ignorancia y ciertas costumbres periclitadas- en que para ser escritor hay que estudiar Lingüística e Historia de la Literatura, y Teoría de la Literatura, y otras muchas disciplinas. Paparruchas. Por fortuna, basta con tener muchas emociones dentro de uno mismo para poder entregarse al arte literario. Como hay muchas variantes estilísticas, también puede uno dedicarse, por ejemplo, a la literatura incomprensible: basta con tener leves problemillas sintácticos y mucha afición a la verborrea. ¡Esto es un éxito seguro! Las denominadas autoficciones, las novelas de crímenes espantosos, de enamoramientos lánguidos, las novelas de pornografías ligeras o las de gente perturbada completan parte del repertorio. Gracias a las musas, basta con tener ansias escriturarias para escribir: si la cosa se tuerce, siempre contarás con un editor que te adecente la casa o con un periódico amigo que convenza a los lectores de las bondades y las maravillas de tu obra.

Uno de los grandes placeres del oficio escriturario es la relación con otros autores. Antaño la relación entre los escritores era espantosa. Por fortuna, los tiempos gongorinos, lopescos, cervantinos y quevedescos han quedado atrás, y hoy los escritores se respetan y se aprecian sinceramente. Yo no he visto envidias ni rencores, ni resentimientos o inquinas injustificadas: todo son amabilidades, cooperaciones, abrazos y sonrisas. El escritor -esto es de justicia recalcarlo- tiene hoy un único deseo: buscar el arte literario por encima de todas las cosas. A nadie se le ocurre que un escritor actual esté pensando en unos cuantos miles de euros cuando está escribiendo su obra. El escritor de nuestros días sólo piensa en sintagmas nominales y oraciones de relativo, en metonimias y metáforas, en conjunciones y epítetos. La vanidad de otros tiempos también ha pasado a mejor vida: ningún escritor vive pensando en aparecer en tal o en cual periódico o suplementillo cultural, o en tal televisión o en tal cadena de radio. Así es: estoy por pensar que los escritores de hoy ni siquiera conocen el significado de las palabras vanidad o avaricia.

Además, el mundo literario cuenta con la ayuda impagable de los editores y los críticos. Unos y otros tienen superpoderes asombrosos: el escritor puede pasar meses, y años, redactando una novela, pero ellos son capaces de desentrañar todos los misterios de la obra con una sencilla lectura de un par de horas. A veces, sólo con echarle un vistazo -o leer un resumen- ya saben si la novela es buena o mala, y cuáles son sus características principales, y dónde ha acertado y dónde ha fallado el autor. En el caso de los críticos, además, hay que añadir la inspiración divina, que les permite averiguar en las novelas conceptos que al autor ni se le pasaron por la cabeza y que -incluso- jamás tuvo la intención de plasmar. Lo bueno que tiene el Espíritu Santo Crítico es que opera como ácido lisérgico, y permite vislumbrar en los textos aspectos que nadie es capaz de ver ni apreciar, salvo el propio crítico. Por eso a la mayoría de los críticos les trae al fresco lo que los autores puedan decir de su propia obra: ¿quién necesita al autor cuando se tiene a mano al mismísimo Espíritu Santo? Por otro lado, no hay ni puede haber en este mundo personas más generosas que los críticos: aunque nadie les pide su opinión, ellos ofrecen sus visiones lisérgicas y espirituales gratuitamente, sólo por amor literario y por vocación didáctica. Nunca se había visto tanta generosidad en el mundo literario. Por otra parte, jamás he conocido ni he sabido de ningún crítico que haya actuado por resentimiento, inquina, malevolencia, afán de lucro, avaricia, adulación o servilismo. 

¿No es delicioso este Paraíso de las Letras? Amabilidad, fraternidad, cooperación, respeto, humildad, estudio, esfuerzo... Todos los valores verdaderamente humanos se concentran en el ámbito libresco, donde la sabiduría y el espíritu del conocimiento se reúnen para dar a la Patria sus mejores frutos. No es extraño que haya tantos aspirantes a entrar en el Parnaso. ¿Quién no querría gozar de este ambiente de ilustrada e intelectual convivencia? ¿Eh?

Imágenes del estudio de diseño gráfico  2x4 Inc., NY.



Caminos solitarios

Todos los escritores transitan caminos solitarios, pero algunos son más solitarios que otros (como dirían los habitantes de Animal Farm). En el libro Rituales cotidianos de Mason Curry (Turner, 2014) un sustancial número de artistas, científicos, escritores y pensadores explican cuáles son sus manías y costumbres a la hora de emprender la tarea de crear, descubrir o inventar. La mayoría de ellos, como es natural, hablan de salas o estudios solitarios a los que se retiran, cual ermitaños, y en cuyas sombras se sumergen para generar mundos ficticios o prodigios tecnológicos.

 

En el mundo de la creación literaria la soledad y el aislamiento son casi preceptivos. Es cierto que algunos escritores fueron capaces de abstraerse en mesas de cafés o en vagones de ferrocarril y que en semejantes condiciones dieron al mundo notables obras literarias, pero lo habitual es la soledad. Supongo que esta hiperactividad mental conduce con frecuencia a la neurosis y la inestabilidad emocional. La mayoría de los problemas a los que hace frente el escritor no guardan relación con la trama -salvo en escritores de saldo- sino con otros elementos decisivos, como la voz narrativa, la perspectiva, la estructura o el dibujo de los personajes, entre otros mil aspectos.  Una conocida escritora (y sin embargo amiga) lo tenía todo dispuesto para emprender la tarea de escribir su novela, pero era incapaz de encontrar "la voz", un término poco filológico que habitualmente suele aplicarse a lo que la crítica literaria denomina "el estilo", es decir, el conjunto de rasgos sintácticos, morfológicos, semánticos, estructurales, ideológicos o históricos que caracterizan a un autor. El control sobre el estilo, o, en otros términos, la uniformidad y la solidez de la voz en el conjunto de una obra, es uno de los rasgos determinantes de la habilidad y la capacidad literaria de un autor.

 

El escritor debe ocuparse personalmente de la mayoría de los problemas que genera su trabajo. Algunos autores con poco control sobre su obra necesitan la colaboración externa (editores, correctores, amigos, consultores) y, con su ayuda, consiguen equilibrar sus textos: la capacidad para ver en su globalidad una obra concreta es una habilidad propia de los editores... (aunque muchos apenas son capaces de ocuparse de la ortotipografía y de algunos detalles léxicos o semánticos). En todo caso, el verdadero escritor se ocupará de todos los problemas que surgen en un trabajo de redacción, y se empleará en cortar, ordenar, mutilar, corregir, ampliar, sintetizar, eliminar, subrayar, etc., todo lo que sea necesario. Todo ello, también con mucha frecuencia, en la más completa soledad.

 

https://www.instagram.com/josecvales/
https://www.instagram.com/josecvales/

Aunque muchos escritores ya vienen psicóticos de serie, otros tantos adquieren cierta inestabilidad emocional con el desempeño de su trabajo. La soledad, la oscuridad, la concentración, la reiteración de ideas, el esfuerzo intelectual, la planificación, el estudio, el análisis o la documentación -estoy hablando de escritores, no de aficionados al garabato- no hacen sino empujar al escritor por la pendiente de la psicosis. (De ahí que la mayoría sean seres insoportables, carcomidos por la envidia, la vanidad o la más pura estulticia).

 

Uno de los problemas más graves de la psicosis literaria es la duda. En general, los editores coinciden en esta apreciación: la mayoría de los autores son inseguros, dubitativos, acomplejados y mentalmente frágiles o inestables. Son clásicas las pataletas inmediatamente anteriores a la publicación de una obra, cuando pretenden cambiarlo todo y acusan a diestro y siniestro de estar conspirando contra ellos. Curiosamente, la capacidad para resolver estas dudas deriva de a) una formación literaria y filológica solvente, o b) de una completa necedad. El autor que mantiene firmes los hilos de su teatro literario es capaz de ver dónde es necesaria la intervención. Los más torpes, por su parte, nunca dudan de la bondad de su trabajo literario.

 

Las dudas son tan necesarias como la firmeza tras una decisión. Como cuando uno decide subir una montaña -y hay pocas analogías que se ajusten tan bien al acto de escribir-, el autor debe escoger el camino, y decidir por dónde y cómo ascender. Y aquí también hay caminos empinados, tortuosos, solitarios y transitados.

 

Tengo para mí que los caminos de la literatura española actual -como si los autores y los críticos no tuvieran ni la más remota idea de lo que está ocurriendo en el mundo- no son caminos de montaña, difíciles y empinados, sino pistas forestales por donde transitan todos juntos en reata, mirando de reojo y con desconfianza a los que se internan en el bosque buscando otros senderos. Conozco a algunos autores (pocos, y a un par de críticos) que han conseguido abandonar la pista forestal de las imitaciones propias del siglo XX y que han emprendido un camino ajustado al siglo XXI. Por lo que a mí respecta, hace tiempo que decidí que el siglo XX está literariamente acabado y envejecido, incapaz de dar soluciones estéticas, ideológicas y filosóficas a un mundo completamente nuevo.

 

Es posible que me despeñe por estos nuevos caminos poco transitados, pero no me importa. Un caminante solitario es digno de lástima, pero el que participa en una excursión con otro centenar de domingueros ni siquiera merece llamarse caminante.

 

https://www.instagram.com/josecvales/
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Samarcanda no existe

Hace algunas semanas, deambulando por las renovadas salas del Museo Arqueológico Nacional de Madrid (MAN), una buena amiga y yo recordábamos un proyecto épico en el que estuvimos a punto de embarcarnos. Los horrores de este mundo caótico y violento impidieron que en su momento pudiéramos llevar a cabo semejante hazaña. Y por otra parte, convirtieron a quien esto escribe en un arqueólogo de salón: acompaño a Schliemann, a Evans, a Carter, a Champollion y a todos los demás en  sus aventuras, pero me veo obligado a reducir mis periplos por desiertos, junglas y ruinas a la pura y simple imaginación. Mi pasión por los libros en los que se narran las peripecias arqueológicas puede justificar, tal vez, la triste experiencia de tocar papel en vez de piedras labradas hace dos mil, tres mil o diez mil años.

Treinta años atrás, un grupo de jóvenes estudiantes de distintas disciplinas nos reuníamos en los cafés de Salamanca para entregarnos a discusiones literarias y a ensoñaciones futuras. Uno de mis proyectos más queridos consistía en aventurarnos con nuestras mochilas en los desiertos de Oriente. A decir verdad, no me importaba mucho si nuestra aventura comenzaba en El Cairo o en Estambul. Siempre que en aquellas conversaciones se mencionaba Estambul, había alguien que se negaba a hablar de tal ciudad si no se corregía el nombre para llamarla Constantinopla o Bizancio. Para mí la aventura comenzaba cada vez que escuchaba Golden Brown de The Stranglers: era perfectamente capaz de imaginar los mercados de El Cairo, y las rutas de las pirámides, y los ciclópeos templos junto al Nilo... igual que el Gran Mercado de Estambul, y Santa Sofía, y el estrecho del tumultuoso mar de Mármara...

 

Damasco (via Time.com)
Damasco (via Time.com)

Nuestro proyecto de estudiantes mochileros partía de Constantinopla o de El Cairo, pero no recuerdo que hubiera ninguna ruta fija a partir de ese momento.  Años después, cuando algunos de nosotros cumplimos la treintena, el proyecto se ajustó más a las necesidades de los integrantes de la caravana. Íbamos a partir de una de las dos urbes citadas (se lanzaría una moneda al aire para decidirlo), pero en todo caso luego iríamos directos a Jerusalén. De allí, hospedándonos en hoteles y viajando en nuestros jeeps o 4x4, pasaríamos por Tiro, para encaminarnos después hacia Damasco. (Mis preferencias exigían detenernos en pueblos y ruinas arqueológicas relacionadas con grandes momentos biblicos, pero mis compañeros de viaje esgrimieron una excusa implacable: si nos empeñábamos en un viaje bíblico, jamás saldríamos de Israel y Palestina). Así pues, había que ir a Damasco cuanto antes; sin embargo, Petra y Tiro eran lugares que no podían pasarse por alto... Tras algunas tensiones derivadas de las rutas a seguir, se decidió que el siguiente gran hito en nuestro camino sería Bagdad. ¡Qué maravillas no encontraríamos en aquella ciudad! Después, Isfahán, Islamabad y Samarkanda...

Era el viaje de nuestras vidas: un mundo exótico poblado de zocos y mercados, cúpulas y mezquitas, especias y alfombras, colores imposibles, sabores exquisitos y olores embriagadores, lenguas ancestrales y mitologías olvidadas... Nuestro viaje duraría dos meses y medio, tal vez tres, y recorreríamos con espíritus arrobados las plazas de aquellas ciudades que durante muchos años ocuparon nuestra imaginación de estudiantes. La ciudad vieja y el barrio judío de Jerusalén, con la Iglesia del Santo Sepulcro y el Muro de las Lamentaciones, el Templo de Júpiter en Damasco y la tumba de Saladino, las ruinas de Palmira, el minarete de Muktafi en Bagdad, la plaza de Naghsh-i-Jahan en Isfahán o la fabulosa madrasa Ulugh Beg en Samarcanda...

Jerusalén (via TimesofIsrael)
Jerusalén (via TimesofIsrael)

Todos aquellos proyectos, uno tras otro, fueron quedando en nada. Nuestros problemas financieros (que eran muchos tanto en 1985 como en 1995) eran de poca importancia comparados con los verdaderos motivos que imposibilitaban nuestro maravilloso viaje. La situación política hacía imposible un viaje desde El Cairo a Jerusalén, y muy improbable el trayecto desde Estambul. Ya casi no nos importaba que el gran mercado de Estambul fuera un recuerdo con dos tiendas de especias y un sinfín de puestos de ropa pirateada y cutre: si al menos pudiéramos visitar las mezquitas... El conflicto en Israel, Palestina y el Líbano, que parecía interminable -y lo es, en realidad- impedía el paso de nuestra caravana; en aquella época aún existían Palmira y Damasco; ahora ya no. Y cuando estábamos pensando en Bagdad, las fuerzas aliadas emprendieron la conquista de Iraq: fue el primer conflicto armado retransmitido por televisión. Durante años, Irán e Iraq habían mantenido una feroz guerra en la que los dos pueblos se masacraron impunemente. Irán incluso se había enfrentado a Estados Unidos y se había embarcado en una regresión en el tiempo que asombró al mundo. De Islamabad y Samarcanda... ¿qué quedará hoy, tras las guerras de la URSS y EEUU en aquellas lejanas y exóticas tierras?

Ante los restos arqueológicos del MAN, mi amiga prometió llevarme a Egipto y enseñarme sus mercados, sus pirámides, sus museos y sus templos. Ojalá cumpla lo prometido -y ojalá no saltemos por los aires gracias a un terrorista suicida yihadista-. Será una compensación a la tristeza que me invade cuando recorro con las yemas de los dedos esos lugares en mis atlas y mis mapas. Creo que ya nunca visitaré esos lugares y tendré que conformarme con los libros y mi imaginación.

Samarcanda ya no existe.

 

Samarcanda (via Wikimedia)
Samarcanda (via Wikimedia)


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El año del cabaret

¡Damas y caballeros! ¡Parece que fue ayer cuando las chicas del Cabaret Biarritz tuvimos el honor de recibir el Premio Nadal 2015! Ha transcurrido ya un año y, aunque nuestras puertas siempre estarán abiertas a la alegría y la diversión, debemos cerrar aquí nuestro brillante y chispeante "Año del Cabaret". El próximo día 5 se concederá en Barcelona el Premio Nadal 2016 y entonces daremos la bienvenida a nuevas historias y nuevos personajes. 

 

Es el momento de agradecerles de todo corazón la generosidad y la amabilidad que nos han dispensado durante estos doce meses: hemos cantado, bailado y reído juntos hasta quedar exhaustos, y hemos compartido con ustedes la pasión, el amor y la emoción por los libros y la literatura, al ritmo del charlestón y sin que se derramara ni una sola gota de champán de nuestras copas.

 

Por los libros y por experiencia sabemos nuestra vida es un asombroso cabaret, un espectáculo fabuloso e irrepetible, así que... ¡damas y caballeros!, no hay tiempo que perder: ¡bailemos y brindemos hasta el amanecer, y que el amor les sea propicio! ¡Hasta pronto!

 

Siempre suyas,

Las alegres chicas del Cabaret Biarritz · Premio Nadal 2015



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Simulacros

Dicen los académicos de la RAE que un 'simulacro' es una imagen hecha a semejanza de algo ("especialmente sagrada", añaden). Desde el punto de vista de la precisión semántica, bien podría valernos aquí esa definición de simulacro como objeto "hecho a semejanza" de otra cosa. Pero me parecen más afortunados y comprensibles los sinónimos que ofrecen en la acepción #3: "Ficción, imitación, falsificación". 


A poco que observemos con cierto desinterés el mundo que nos rodea, intuiremos que vivimos en el mundo del simulacro: en el mundo de la imitación y la falsificación. La apariencia o semejanza tiene tanto predicamento como lo original y auténtico. La imitación, la falsificación y el simulacro se han convertido en parte de nuestro mundo, y lo que pudo ser vergonzoso antaño se mira hoy con normalidad e incluso con complacencia, y no parece decisivo identificar lo auténtico y distinguirlo de su imitación o simulacro. La ropa, los artículos domésticos, los dispositivos electrónicos, los juguetes, los productos de alimentación, el arte... todo se imita, se suplanta y se falsifica. Son las reglas implacables de la industria. (Considerémoslo nosotros, amigos luciérnagos, con la distancia de quien no se siente concernido o como el científico que describe el movimiento de los microbios y las amebas, pero ni lo juzga ni lo evalúa moralmente). 

 

No puede extrañar a nadie que el mundo del libro se haya metido hasta los corvejones en esta corriente del simulacro. El mundo del libro es también una industria y utilizará todos los recursos industriales (publicidad, márketing, implantación, tergiversación, simulación y competencia) para vender su producto. A la industria editorial no le preocupa la literatura, sino la venta de libros. Y sabe qué recursos puede emplear para vender libros. Curiosamente -y esto es lo interesante-, la industria sabe que la idea de "alta literatura" también vende libros. Y como no es fácil encontrar escritores que puedan ofrecer grandes obras, nos propone "simulacros literarios" que los aficionados más elitistas compran a ciegas. Los lectores "selectos" se niegan a reconocer que, bajo la apariencia de "alta literatura", les están colando los productos más infames y deplorables de la industria literaria. En fin, no es necesario abundar en el tema: todos sabemos de determinados productos de pretendida alta cultura que han alcanzado esas "cumbres" mediante geniales operaciones de propaganda. Algunos lectores (tímidos) intuyen que se les está dando gato por liebre y que, en otras circunstancias, esa obra no habría pasado de ser un producto destinado al olvido; pero hay personas dispuestas a perseverar en el autoengaño y jamás serán capaces de ver los bigotes del gato en determinados sellos editoriales conejiles, o detrás de determinados nombres, o escondidos en las páginas de tal o cual suplemento literario... Los devotos de las apariencias jamás reconocerán -ni en el lecho de muerte- que han pasado media vida leyendo simulacros literarios.  Son los mismos que soportarán ampollas e incomodidades infinitas con sus Nike, pero jamás se plantearán cambiar de marca; o los que saben que cualquier teléfono les ofrece las mismas o mejores prestaciones que un Apple, pero ni se les pasa por la imaginación la posibilidad de abandonar el prestigio  de la manzana.

 

Resulta muy gracioso observar la pasión por las "marcas literarias" (sellos editoriales, autores, editores, librerías, suplementos, críticos, etcétera). La pasión de algunos lectores por dichas "marcas literarias" tiene una consecuencia inmediata que los industriales conocen bien: se les puede colar morralla a espuertas con la seguridad de que el estafado siempre defenderá el producto por su marca. Estos mismos devotos jamás adquirirán un libro de una "marca" que consideren "inferior", y preferirán mil veces una bazofia envuelta en una marca de prestigio a una buena obra publicada por una editorial, digamos, popular. Los esnobs son como los bebés: el papel de colores brillantes que envuelve el regalo siempre les llama más la atención que el propio regalo. Y la industria editorial conoce a la perfección a estos elitistas miopes, así que les endilga toda la morralla que puede bien envuelta en papeles de colores, con un lacito de lentejuelas y con un logotipo bien grande.




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Elogio de lo peor

Por lo que toca a la crítica, todos los luciérnagos estamos de acuerdo en que jamás hay que perder el tiempo en criticar los trabajos artísticos que no merecen ese calificativo, sean novelas, películas, pinturas o música. (Aún hay majaderos que dedican largas y pesadísimas reseñas destinadas a "masacrar" una novela que les ha resultado insoportable o una película que no cumple con sus elevadas expectativas. Tengo para mí que este deseo de "justicia artística" y condena de las obras artísticas deplorables guarda relación con algún trauma mesiánico o directamente con la estupidez, porque hay que ser muy lerdo para dedicar horas y esfuerzo a una bazofia -o a lo que se considera bazofia-, pudiendo gozar y difundir cualquiera de los millones de obras maravillosas que produce el ingenio humano).

Sin embargo, eso no quiere decir que tengamos que ignorar la morralla cultural completamente. Es justo que no dediquemos más de medio minuto a libros, películas, canciones u obras de arte que consideramos dignas de un lejano vertedero, pero eso no significa que debamos ignorar su presencia (a veces insistente y pestilente). De hecho, los lastimosos engendros "artísticos" tienen una utilidad intelectual indudable, porque ofrecen la otra cara de la belleza, la creatividad y la inteligencia.

En la filosofía clásica había -si no recuerdo mal- un concepto al que se aludía con la expresión "conocimiento negativo". Cuando un pensador no era capaz de definir algo con la precisión requerida, proponía el conocimiento negativo o, dicho de otro modo, la definición de la cosa no por lo que es sino por lo que no es. El placer que despiertan las obras de ingenio en nosotros guarda mucha relación con el proceso comparativo inmediato que pone en marcha nuestro cerebro al contemplarlas. Si una persona del siglo XVII viera una fotografía vulgar de Instagram probablemente se asombraría y lo consideraría la octava maravilla, y quizá también daría un paso atrás si le presentaran el Guernica de Picasso. Hay personas que tienen por gran "literatura" determinados productos editoriales que otros solo consideramos productos industriales o subliteratura. Hay gente que cree firmemente que esas sentencias sentimentales de Facebook y Twitter son excelsa poesía, y se aburriría mortalmente con Milton o Lope de Vega. No estoy aceptando el relativismo en absoluto; solo digo que la apreciación de las obras de arte depende en gran parte de los conocimientos y la experiencia. Todos sabemos que cuando éramos jóvenes considerábamos arte literario, musical, pictórico o cinematográfico algunas obras que hoy casi nos avergüenzan...

Como hoy en día todo el mundo vocea su opinión sin pudor, sabemos que hay personas que se aburren con Jane Austen y se divierten con James Joyce, que se burlan de Miró y disfrutan con Rothko, que critican a Spielberg y que beben los vientos por Lars von Trier, que se duermen con el Quijote y se emocionan hasta el paroxismo con Sylvia Plath. Y también... todo lo contrario. (Admitamos, además, que elaboramos nuestros juicios sobre las personas teniendo en cuenta sus gustos artísticos o nuestros prejuicios artísticos. Nuestra consideración respecto a los demás depende en buena medida de lo que ellos entienden por obra artística o no. Pero conviene recordar también que esa consideración, a veces, está carcomida por los prejuicios, el elitismo, el esnobismo o cierto complejo de superioridad intelectual). 

En todo caso, no despreciemos tan a la ligera lo despreciable, ni ignoremos del todo lo que merece ser ignorado, ni olvidemos del todo lo que merece eterno olvido, porque la subliteratura, la infrapoesía, las series B o C del cine, el chundachunda poligonero o los graffiti de los túneles ferroviarios, porque de ellos depende nuestra apreciación de Cervantes, Garcilaso, Billy Wilder, Mozart o J.-L. David. Apreciamos y admiramos a estos grandes ingenios en buena medida porque conocemos a sus opuestos: "autores" y "creadores" sin talento, sin gracia, sin sabiduría y sin inteligencia. Sabemos que hay buena literatura, buen cine, buena música o buena pintura porque existen... bueno, ahora no recuerdo los nombres.


"Because", de Laurie Raskin
"Because", de Laurie Raskin


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Eso crees tú

En mis tiempos universitarios se contaba un chiste muy popular entre los filólogos: decía que un escritor, después de morir, ascendía al Parnaso y, allí, en las laderas del glorioso monte, la Musa guardiana le preguntaba cuáles creía el hombre que eran sus méritos para que se le dejara entrar en la morada de los poetas. El escritor contestaba: "He dedicado toda mi vida a la literatura". La Musa lo observaba durante unos minutos y le contestaba: "Eso crees tú".

Hace ya años que la imagen de ese pobre escritor en las laderas del Monte Parnaso no se aparta de mi pensamiento. Sé de algunos escritores, editores, críticos y lectores a los que probablemente les ocurrirá lo mismo que al protagonista del cuento. Al pasar la laguna Estigia o al presentarse ante San Pedro en el cielo, se les preguntará qué han hecho durante su existencia terrenal y contestarán: "He dedicado toda mi vida a la literatura"; y los santos, o Dante, o Virgilio, o las Musas o Minerva le contestarán: "Sí, eso crees tú". No voy a ser tan vanidoso como para negar que eso me pueda ocurrir a mí también. Como esos escritores, editores, críticos o lectores, yo también creo haber dedicado toda mi vida a la literatura.

Aquel chiste, repetido hasta la saciedad a principios de los noventa, remitía a la pasión que algunas personas tenían por lo que en aquel entonces se llamaba "subliteratura" o "literatura popular", o se designaba con otras fórmulas denigrantes. Con el tiempo aprendimos a ser más prudentes: sabemos que algunos ejemplos de lo que un día fue literatura popular se transformó con el paso del tiempo en "alta literatura", y lo que fue "alta literatura" pudo transformarse en elitismo vacuo y olvidado. Los meandros y canales entre la "alta literatura" (cultura elitista, en general) y la "cultura popular" son más frecuentes de lo que creemos, y las aguas de uno y otro caudal se mezclan con insólita frecuencia. Esa es la razón por la que quienes creen estar dedicando toda su vida a la literatura puede que estén entregando su tiempo y su esfuerzo a la nada y el olvido. No es tan fácil decir qué es literatura, buena literatura, literatura basura y pseudoliteratura. Y quienes lo juzgan deberían estudiar más Historia de la Literatura para no cometer ridículos errores o, aún peor, deplorables injusticias.

Jean Shrimpton, 1964
Jean Shrimpton, 1964

Esto me ocurre, y es posible que le ocurra a algún lector luciérnago: que leo a escritores que hablan de su "literatura" cuando yo no veo en sus páginas ni rastro de aquello que me enseñaron que era literatura; que leo a críticos que alaban textos en los que no distingo ni un solo rastro de literatura (y a veces, ni siquiera de gramática); que leo opiniones de lectores sobre una "literatura" que me resulta completamente ajena y desconocida; y leo a editores que nos proponen textos en los que me cuesta adivinar dónde demonios andará la literatura. Por otra parte, esto hay que reconocerlo, es posible que ellos piensen lo mismo de mis escritos o de otros que yo considero maravilloso arte literario. 

Creo sinceramente en la prudencia en el juicio literario, y creo que el juicio literario -y la prudencia y honestidad que deben regirlo- sólo se adquiere con el estudio, y no con la soberbia o el paternalismo. Hay lectores, escritores, críticos y editores que sólo consideran literario un modo concreto de escritura, y por esta razón parece imperar en nuestros días una suerte de limitación estilística y genérica que me resulta empobrecedora. Los textos semi-líricos, intimistas, sentimentales y "emocionalistas" invaden las librerías y, desde luego, cuentan con mucha aceptación, al igual que la seca brevedad estilística (en general) de la novela negra. Este tipo de escritura, como el abundantísimo "asustaviejas" (con numerosos tacos, expresiones groseras y afán de escándalo), se ha convertido en el "paradigma" de la escritura literaria, dejando prácticamente fuera de la catalogación literaria todo lo que no sea semilírico, sentimental, intimista, noir, grosero, plano o no se adapte a estos gustos predominantes.

Podría ocurrir que estos modos narrativos (no lo llamaremos estilo, de momento) acabaran acaparando toda la narrativa, que no se distinguieran voces, modelos o fórmulas distintas. Sé que hay personas a las que les cuesta aceptar que haya fórmulas narrativas que no se adapten a ese "simulacro literario" cargado de sentimentalismo y emocionalismo íntimista, a medio camino entre un liviano pensamiento hippie y las consignas adolescentes de Facebook y Twitter. Por lo mismo, a mí me podría costar admitir que en muchos de esos textos hubiera un ápice de literatura. Más vale que ampliemos horizontes y comprendamos que las voces personales e individuales de cada autor son necesarias e incluso imprescindibles. Cuando el autor siente que se le desprecia por no utilizar las fórmulas convencionales y entiende que no tiene "derecho" a utilizar otros modos narrativos más que los imperantes y los que están de moda... no sólo se desploman elementos esenciales de la literatura (la libertad creativa y la singularidad), también es un indicio de que se está petrificando la mentalidad y la sociedad en la que vive.



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Psicologismo, emocionalismo y peste bubónica

De Últimas sesiones con Marilyn (Michel Schneider / Patrick Jeudy) uno no puede extraer más que una conclusión: que el psicoanalista Ralph Greenson era un psicópata peligroso que, como él mismo reconoció, pudo haber abocado a la actriz al suicidio. El psicoanálisis, que tantas vidas segó y destrozó a lo largo del siglo XX, obligando a personas frágiles o inseguras a creerse perturbadas, no queridas, con problemas mentales irresolubles o simplemente locas, ha sido seguramente una de las disciplinas más nocivas y peligrosas de la historia de la Humanidad. La idea de que la razón y la consciencia son elementos secundarios en la vida de las personas (frente al todopoderoso subconsciente) pareció instalarse en la mentalidad del siglo XX con unos resultados emocionalmente desastrosos y culturalmente deplorables.

Sigmund Freud fue una de esas personas capaces de labrarse una magnífica reputación sin haber hecho nada que la mereciera. Desde luego, ni Freud descubrió el inconsciente ni la mayoría de los conceptos típicamente freudianos (la sexualidad infantil, la represión, la regresión o la libido) son tampoco de su cosecha. Las primeras décadas del siglo XIX ya habían conocido la mayoría de las ideas que posteriormente Freud adoptó y tergiversó a su modo. Dejando aparte al precientífico Mesmer, podría hablarse de Von Feuchtersleben, que ya diagnosticó la psicosis; de Jean-Martin Charcot, que utilizó la hipnosis como terapia; de Max Dessoir, que perfiló la idea del inconsciente en 1890, etcétera. Todos partían de ciertas ideas auspiciadas por el romanticismo y, naturalmente, surgidas de las investigaciones dieciochescas. Otros nombres prefreudianos son Pierre Janet, Debreyne o Jules Michelet. La técnica de la "asociación libre" tampoco la inventó Freud, sino Francis Galton en 1879.

Como otros muchos vanidosos (fantaseaba imaginándose que era Aníbal, Cromwell o Napoleón, Copérnico o Leonardo da Vinci), Freud acudió al victimismo para hacerse un nombre. Lloriqueaba diciendo que el mundo había sido hostil a sus libros y teorías revolucionarias, cuando en realidad tuvieron una acogida inmediata y fabulosa. Los estudiosos dicen que las ideas del médico austriaco fueron recibidas con entusiasmo. Aun hoy los turistas van en peregrinación a ver el diván vienés de Freud y es improbable que haya una casa en el mundo que no albergue La interpretación de los sueños (del que su autor dijo que era obra única en la historia de la Humanidad, naturalmente). Freud nunca tuvo problemas para publicar sus obras y, bien al contrario, enseguida contó con el favor de algunos artistas destacados del siglo XX, entre ellos André Breton, Salvador Dalí o Luis Buñuel. (Aunque algunos de ellos, como Dalí, por ejemplo, acabaron admitiendo que semejantes teorías eran buenas narraciones, pero nada tenían que ver con el arte).

Salvador Dalí y Man Ray en París (1934)
Salvador Dalí y Man Ray en París (1934)

De los textos del propio Freud (como los del tratamiento a la famosa Anna O.) se deriva que "todo el edificio del psicoanálisis está basado en observaciones y pruebas clínicas que, en el mejor de los casos, contienen errores o resultan dudosas, y que, en el peor de los casos, son fraudulentas", dice P. Watson. Hoy se sabe hasta qué punto falseó los resultados, forzó a sus pacientes en sus declaraciones, usó el voluntarismo como metodología científica, trabajó con mistificaciones simbólicas o se atrevió a "adivinar" los "traumas" de sus pacientes. El "fraude freudiano" es tan evidente que incluso él mismo confesó a sus colegas neurólogos que todo eran embustes, aunque "por supuesto, no lo diré".

Las ideas y las mentalidades son estructuras que necesariamente hay que trabajar en el laboratorio de la longue durée. (Su análisis, desde luego, excede el espacio que se le puede dedicar en una breve entrada como la presente, pero el lector avezado descubrirá enseguida dónde habría que matizar generalizaciones). Y la idea del "psicologismo" -o la concesión de valores suprarracionales a las supuestas entidades inconscientes- ha sido una de las más afortunadas desde que se propagara como la peste bubónica a principios del siglo XX (y casi con los mismos efectos devastadores). El psicologismo y su perverso veneno no sólo hicieron mella en Marilyn: escritores, actores o pintores acabaron pensando que estaban dominados por los demonios de su inconsciente, que eran unos pervertidos, que tenían traumas infantiles, que sus sueños revelaban su mentalidad paranoica o esquizofrénica... Del mismo modo, algunos escritores concedieron más valor a las turbulencias del "flujo de conciencia" que a la razón, y aún se siguen considerando grandes mitos de la literatura occidental. La influencia de esta idea recorre, desde los primeros años del siglo XX, la literatura occidental, obligándonos a leer interioridades ficticias relacionadas con las emociones y no con la razón. La importancia del emocionalismo es tal que incluso las grandes corporaciones industriales aluden a las "emociones" o los "sentimientos" para vender sus mercaderías. (Incluso se ha puesto de moda el sospechoso y contradictorio término "inteligencia emocional", cuya semántica espantaría a cualquiera medianamente ilustrado). En el arte, el psicologismo, el emocionalismo o esta especie de "sentimentalismo emocional" ha dado sin embargo algunos frutos apreciables, sobre todo en la poesía y en algunos brotes de narración poética. Las expresiones modernas que aluden a la "necesidad imperiosa de escribir", a un "mandato" o un "destino", a un "no poder vivir sin escribir", a escribir desde "dentro", a las "impresiones" o a las "emociones" literarias (frente a la historia, la ciencia, la teoría literaria, la filosofía u otras disciplinas semejantes) son los estertores de esa corriente psicoliteraria del siglo pasado. Entre los grandes literatos del siglo pasado, Virginia Woolf hablaba de la necesidad de contar la historia de acuerdo con lo que los personajes llevaran "dentro", T. S. Eliot se dejó llevar por ensoñaciones que sólo él comprendía y por su particular stream of consciousness, D. H. Lawrence aplicó la galería de perturbaciones sexuales inconscientes, James Joyce dejó hablar libremente al inconsciente, y la nómina se alarga durante años y décadas hasta nuestros días, donde muchos autores parecen convencidos de que su "vida interior", sus "emociones" o sus "sentimientos" merecen la consideración y el aprecio artístico general. Por desgracia, la crítica literaria en su mayor parte sigue empleando el método impresionista, emocional, sentimental o inmanentista heredado del psicologismo, y -por supuesto- inventando o suponiendo las ideas de los autores a los que parecen estar psicoanalizando.

La disciplina de la Historia de las Ideas proporciona este tipo de paisajes y, sobre todo, contribuye a situar en su contexto las obras de arte y la literatura que tenemos entre manos. Y no parece que el viejo, caduco y decrépito psicologismo -que cuenta ya más de un siglo- esté en vías de extinción: la buena reputación de las emociones frente a la razón y la fama del "mundo interior" frente a la conciencia responsable parecen indicar que los herederos del modernismo sentimental tienen brillantes perspectivas literarias... Ante semejante panorama, sólo cabe preguntarse con el célebre psiquiatra Anthony Clare cómo un personaje como Freud, que esencialmente "se lo inventó todo", ha tenido tanta fortuna, cómo un "charlatán retorcido y marrullero" pudo disfrutar de tanto prestigio durante la primera mitad del siglo XX, y cómo podemos seguir soportando una literatura que ya intuíamos fingida y que se asienta sobre elementos que son, simplemente, "una farsa".


Sigmund Freud (1856-1939)
Sigmund Freud (1856-1939)


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Autocensura

En uno de los textos clásicos de la "socioliteratura" o la "historia de las mentalidades" -si es que semejantes designaciones pueden definirse como disciplinas ajenas a la crítica literaria-, Noël Salomon comentaba la singular y extraordinaria situación en la que escribieron los autores de la Contrarreforma. Ortega y Gasset, recuerda Salomon, habló de la "heroica hipocresía" de aquellos autores que tuvieron que crear en unas condiciones sociales ciertamente terribles. Y añade: "Queda claro que unos hechos como la Inquisición, las censuras o autocensuras, o cualquier factor ideológico o social que ejerce una presión en el creador no pueden dejarse a un lado". En realidad, la estructura política de la España contrarreformista no necesitaba ejercer mucha influencia sobre los autores, porque era la sociedad en su conjunto la que vigilaba los límites de la creación. No hay mejor policía que la conciencia, se decía antiguamente. Si el poder consigue que los creadores se ciñan por voluntad propia a determinados asuntos y determinadas formas, ya no necesitará organismos ni vigilantes ni censores que los pastoreen.

No es seguro que las organizaciones políticas de uno y otro signo que están implantando actualmente en España distintas modalidades de censura y coacción necesiten llegar a esos extremos. ¿Para qué necesitan leyes coactivas y penalizadoras cuando es la propia sociedad la que se ocupa de mantener a raya a la disidencia? Se ha instaurado así un equilibrio amenazante, agresivo y violento que no permite ir más allá de la moderación más reaccionaria. Incluso aquellos que se presentan como revolucionarios no son más que cachorritos del patrioterismo más apolillado, representantes de las ideas más blandengues de paz y amor de los años sesenta. Igual que los grupúsculos políticos españoles, que nunca han destacado por su brillantez intelectual y siempre han estado empecinados en adoctrinar a la gente, los grandes conglomerados industriales se han empeñado en hacer el ridículo censurando ciertas actitudes o ideas. Facebook, Twitter, Instagram y otras empresas, fariseas e hipócritas hasta límites vomitivos, se adaptan gustosamente a las tácticas del sometimiento intelectual más reaccionario. Pero semejantes métodos de censura no son necesarios.

Decía un famoso historiador de la ciencia que los movimientos culturales siempre encuentran oposición, y ello se debe a que a los hombres les cuesta modificar su visión del mundo y, además, los triunfadores de una sociedad están dispuestos a mantener contra viento y marea un statu quo del que obtienen poder y dinero. (De ahí, por ejemplo, que resulte tan difícil la superación del psicologismo sentimental que ha dominado la literatura del siglo XX, entre otras cosas, o que figuras de principios del siglo XX sigan conservando su prestigio como modelos literarios). La mentalidad actual (ideológica, pero sobre todo cultural, aferrada como un percebe moribundo a los viejos esquemas de la segunda mitad del siglo XX) se conserva y se mantiene gracias a la violencia y la agresividad. Se trata de una violencia paralizante que no permite ir más allá, ni razonar, ni pensar, ni discutir. Se trata de una violencia cobardona e irracional que resulta muy útil como Santo Oficio de la moralidad reaccionaria. El auge de la nadería, la frivolidad, la tontuna y el simulacro emocional guardan relación con esta permanente espada de Damocles que hemos instalado nosotros solitos sobre nuestras cabezas. Se diga lo que se diga, y no importa cuál sea el asunto, el tema o la reflexión, siempre saltarán cientos de voces violentas dispuestas a convencer al mundo de que lo mejor que puedes hacer es... ¡estar callado! Nuestra sociedad violenta y ególatra favorece la existencia de los trolls: freaks y tarados que arremeten contra todo lo que encuentran a su paso para asegurar que nadie saldrá impune ante una opinión que escape a la pasividad generalizada. El alarido, el gruñido y el pataleo son los modelos conversacionales actuales. Lo importante no es el razonamiento, sino la afirmación implícita de que nadie puede gozar del privilegio de tener ideas propias. No importa de qué se hable o cuál sea el asunto que se trate: siempre habrá un ejército de cafres dispuesto a alzar su griterío en las redes, en la prensa, en la televisión o en los libros, golpean las piedras y los árboles, gruñen y arañan, se hinchan como gorilas cuando se les hace caso (y se les hace caso siempre, pues son la moderna Inquisición). Su existencia no es inane, sino muy útil: la sociedad los utiliza como violentos inquisidores, pequeños Torquemadas que mantienen y conservan las rancias estructuras de nuestro mundo en un nivel de equilibrio, con su mentalidad castradora, su tiranía ideológica o sus cárceles de pensamiento. Prueben a hablar de cualquier tema o tratar razonablemente cualquier asunto desde una perspectiva ya no nueva, sino simplemente distinta, y de inmediato saltarán los pequeños representantes del Santo Oficio a comentar, apostillar, censurar, glosar, interpretar... Darán su opinión irrelevante, innecesaria y vacua a toda costa, y se envanecerán de poder discutir con cualquiera. Pero sobre todo, pondrán al ingenuo pionero a caer de un burro o... por decirlo más precisamente, le colgarán el preceptivo sambenito inquisitorial y lo trasladarán al patíbulo o la hoguera. 

La violencia verbal (y la autocensura resultante) es especialmente grave en el ámbito cultural, donde precisamente debería reinar la posibilidad de un razonamiento crítico. Los trolls, a menudo vistiendo los dignos ropajes de la "crítica literaria" en medios supuestamente respetables, y haciendo gala de una decrepitud repugnante, se aferran a los modelos con los que han llenado sus neveras durante el último medio siglo, e inciden en paradigmas obviamente superados (como el impresionismo crítico, la retórica "setentera" o el sonrojante emocionalismo literario, por ejemplo). Resulta asombroso que en la era de internet la élite cultural siga royendo los huesos del pudridero literario del siglo XX. 

El resultado de este sistema de vigilancia ideológico, intelectual y cultural es la autocensura. Para abordar con respeto las opiniones y los trabajos ajenos es necesaria una inteligencia y una formación de la que las élites culturales al parecer carecen: de ahí esa violencia que constantemente despliegan en periódicos, radios, revistas, televisiones o redes sociales. En este estado intelectual contrarreformista, la vida cultural resulta asfixiante y angustiosa. La autocensura y el regreso a labores menos llamativas son las consecuencias tristemente inevitables.




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Sociopatías razonables

Aunque no soy persona hosca ni arisca, reconozco que las relaciones sociales desatan en mi organismo algunas consecuencias indeseables, como dolores articulares, desvanecimientos, sudor frío, contracciones musculares y múltiples problemas gástricos. Alguna vez he presumido a solas de mi tenacidad y coraje por tener el valor de enfrentarme a un auditorio repleto de gente o he presumido ante el espejo de mi fingida serenidad ante la perspectiva de una cena estival. En todo caso, siempre es agradable que mis familiares y amigos me consideren un hombre tímido -la timidez siempre ha estado bien vista- cuando en realidad sufro una horrible sociopatía.

Hace unos meses, ante la inminente llegada del verano, comencé a temer la convencional necesidad del "veraneo". En fin, la estación es propicia al parecer para la holganza, para el agotamiento turístico e incluso -he oído- para que los aficionados al garabato -de suyo holgazanes- comiencen a escribir. Un servidor, carente de cualquier emoción o simpatía respecto a las inevitables estaciones climatológicas, sólo teme la obligación de abandonar el cómodo cubil donde me entrego felizmente a mis labores cotidianas. Por fuerza tiene uno que veranear. Y como tampoco tuve jamás afición a las revoluciones, me ajusto -aunque a regañadientes- a las convenciones populares y durante unos días procuro hacer acopio del valor y la resolución suficientes para descolgar el teléfono y ajustar una habitación de hotel y unos billetes ferroviarios.

Por eso, aunque jamás he sabido para qué sirven las vacaciones ni por qué se organizan como se organizan, ni he tenido claro jamás qué se puede hacer con unos días libres, contraté una habitación interior en un hotel barato de una localidad industrial del norte, para la que los meteorólogos anunciaban abundantes lluvias y "fuertes bajadas de las temperaturas". Esperaba que esos cinco días de "merecido descanso" de los que todo el mundo hablaba transcurrieran rápidamente en dicha población. Para sobrellevar el descanso estival, acarreé varios libros de botánica y química de aminoácidos.

Llegado el día, me vi sudoroso y aterrorizado en la esquina de mi calle, con mi vieja maleta al lado y levantando la mano con ese ademán fascista que -por alguna razón- consigue que se detengan los taxis. El señor taxista dijo algo desagradable sobre una mujer que pasaba junto al vehículo y luego pretendió hacerme creer que en Madrid ya había más "moros" que españoles, al tiempo que proclamaba su asco y su repugnancia por todo, excepto por el deplorable estado higiénico de su propio taxi. En la estación, las "medidas de seguridad" -curiosamente- no consisten en detener a los ladrones que pululan a sus anchas por allí, sino en amargar la vida a los viajeros, haciéndoles sufrir esperas y filas en busca de los explosivos o las armas de destrucción masiva que llevamos junto a la toalla y la sombrilla. En el interior del tren, algunas personas procuran que todo el mundo conozca los tonos cuidadosamente escogidos para sus e-mails, sus mensajes de Whatsapp, sus notificaciones de Twitter, etcétera. Otros se esmeran en amenizar el viaje con las sintonias de sus teléfonos móviles, que no recuerdan a Haydn o a Mozart precisamente, sino a la alegre parranda de los polígonos periféricos. A su debido tiempo, el tren se inunda con los penetrantes olores de las albóndigas, la tortilla de patatas con pimientos, las inevitables naranjas y las crujientes y grasientas patatas. La joven que tengo enfrente considera que tiene los pies lo suficientemente limpios como para plantarlos en el asiento de al lado: es feliz escuchando cierto martilleo chicharrero que sale de sus auriculares y que puede escuchar todo el vagón.

Mi hotel, situado en un polígono industrial de cierta ciudad portuaria, está aislado: lo suficiente como "para que nadie le moleste", según el mugriento recepcionista. Sin embargo, milagrosamente, ocurre todo lo contrario, y lo único que tengo son molestias: del aire acondicionado, que seguramente acondiciona toda la cornisa cantábrica, a juzgar por el ruido que hace, y de los clientes del hotel, a los que oigo hasta en sus más precavidos susurros. Desde luego, en mi destino vacacional hay playa, aunque a juzgar por el aspecto que presenta fue en su vida anterior un after o una explanada botellonera. Acudo temeroso al arenal, sólo para comprobar la poca destreza de los niños con los balones, las pelotas y toda suerte de adminículos playeros, que siempre acaban golpeándome a mí. Reconozco que es agradable ver la esmerada educación de los fumadores, que esconden prudentemente las colillas de sus cigarros bajo la arena y las tapan a conciencia. Las voces, los gritos y los alaridos no permiten escuchar las olas del mar, pero a cambio nos ofrecen un preciso panorama de las dificultades fonéticas, morfológicas y sintácticas de la población española. 



A pesar de mis peculiaridades, que reconozco, me parece que sufro igual que el común cuando me resulta imposible comer un filete o cuando me toca lidiar con la producción gastronómica de un cocinero incapaz de distinguir un bacalao de un puerro. En fin, todo han sido inconvenientes en mis "ansiadas vacaciones" (como dicen), y no ha sido la menor asistir con sorpresa y estupefacción al horrible espectáculo de un hombre que afirmó con una convicción aterradora que el reguetón era música. Leer los periódicos sólo añadía angustia a mi exilio vacacional, pues en ellos todo era estulticia, violencia, degeneración, cambalaches y faltas de sensatez y de ortografía. A lo largo de todas mis vacaciones, y habiendo comprado dos y tres periódicos diarios, en ninguno he visto que se hablara ni de Tito Livio ni de Dioscórides. No sé qué piensan los directores de los periódicos que puede interesar a los lectores.

Aunque tenía previstas unas largas vacaciones de cinco días, las continuas estafas en los restaurantes y en otras instituciones españolas me desplumaron al cabo de pocas horas, y tuve que reducir mi estancia costera a sólo dos días. (No niego que semejante mutilación vacacional representó cierto alivio). Así que, al cabo de cuarenta y ocho horas, feliz y contento, embarqué en otro tren de regreso a casa. Y no me importaron ya todas las molestias e inconvenientes del trato con las personas y las organizaciones, sistemas y estructuras sociales, porque sabía que finalmente volvería a mi cubil, donde mi única desdicha es tener que soportarme a mí mismo. 

Abrí la puerta de mi casa y recibí con una calurosa sonrisa aquel olor a lugar húmedo, insalubre y cerrado. De nuevo en casa: el mundo es maravilloso.




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La crítica y la cochambre

Apenas acabábamos de salir del instituto y aún no habíamos memorizado los pasillos y recovecos de la universidad cuando el profesor de Teoría de la Literatura nos puso el famoso "Aguiar e Silva" en las manos y nos dijo que hasta que no hubiéramos leído, estudiado, comprendido y garabateado dicho libro no pisáramos su clase. No necesito explicar aquí lo que significaba ese estupendo manual para los párvulos universitarios, ya que cualquiera medianamente ilustrado lo tendrá tan anotado y tan subrayado como yo. En fin: antes de cumplir los veinte mis compañeros y yo podíamos presumir de tener una idea clara de lo que significaba la Teoría Literaria o, en otros términos, la Crítica Literaria.

 

La teoría fue completándose con otros nombres que aún resuenan en mi cabeza con la admiración de lo mítico: Jakobson, Spitzer, Vossler, Wellek, Ransom, Curtius, y un larguísimo etcétera, entre los que uno finalmente escogía a sus favoritos. En mi caso, como saben todos los luciérnagos, la devoción teórica se concentró en Gustave Lanson y el historicismo. Durante los años de estudio filológico, en realidad y por lo que toca a la literatura, no hicimos sino leer crítica literaria. Desde luego nos sobrecogía el genio de buena parte de los autores que estudiábamos (clásicos, medievales y renacentistas, en aquella época), pero admirábamos verdaderamente a los críticos que nos enseñaban en qué consistía aquel genio. Creo que he leído pocas páginas tan emocionantemente inteligentes como las de Alan Deyermond, uno de mis profesores favoritos. Gilson, Stern, Russell, Canavaggio, Berlin, Gies, Sebold y un larguísimo etcétera componían el ilustre catálogo de nuestras admiraciones críticas. También reconocíamos el talento crítico en algunos profesores españoles. Desde luego, no se pueden dejar de admirar nombres como Aranguren, Castro, Marañón, Marías, Abellán, Alonso, Rico, Gullón, Riquer, Alarcos, Carnero, Mainer, etcétera.

 

La característica principal de todos estos nombres -y muchos otros, de los que uno ha ido aprendiendo mal que bien lo poco que sabe- es su vocación filológica. Y por filología entendemos la "ciencia que estudia una cultura tal como se manifiesta en su lengua y en su literatura, principalmente a través de los textos escritos". La crítica literaria, por tanto, se conformaba como una disciplina que situaba la obra literaria en su contexto histórico e intelectual, así como en su tradición artística y ponía de relieve los aspectos (historia, estilística, retórica, filosofía, etcétera) que permitían comprenderla en toda su amplitud.

 

Para quienes hemos admirado el trabajo crítico de estos grandes nombres, para quienes hemos aprendido lo poco o mucho que sabemos en sus páginas, y para quienes somos conscientes de la dificultades de la crítica literaria, es una verdadera tortura asistir al desfile de ignorancias, infantilismos y necedades que un día tras otro nos ofrece la llamada "crítica" que aparece en medios dedicados presuntamente a la cultura y la literatura. La incompetencia crítica nace esencialmente de una formación muy deficiente, pero también de la incapacidad o el talento para leer y entender las obras literarias con criterio, de la ignorancia de los fundamentos de la crítica literaria y, en otro sentido, de la necesidad de hacerse un hueco en un mundo feroz y con pocos medios como es el mundo cultural. Aferrados como tristes mejillones al inmanentismo -que no es más que pereza en la indagación- y a cuatro conceptos manidos de los años setenta, desfilan por suplementos culturales y supuestas revistas culturales en internet toda una caterva de aficionados dispuestos a convertir una de las disciplinas filológicas más relevantes en una pura cochambre. Textos mal escritos (incluso con faltas de ortografía), valoraciones simplonas, opiniones de tasca, topicazos de saldo, crítica ad hominem, evaluaciones pedestres... Un estercolero intelectual en el que apenas pueden espigarse algunos textos dignos.

 

Dice mucho del estado de nuestra cultura que para ser crítico literario no se exijan los más mínimos conocimientos filológicos y que para llamarse tal baste con el engreimiento y la vanidad de creer que la opinión propia y las ocurrencias personales merecen ser tenidas en cuenta. 

 

 

Esta entrada del blog se publicó en el diario La Opinión-El Correo de Zamora en enero de 2016.



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Hardware y software cultural

Hace algunos meses Anika Lillo me preguntaba en la revista Qué leer: "¿Por qué hay cultos lelos e ignorantes listos?" Casi a vuelapluma le contesté que me parecía que la inteligencia viene de serie y la instrucción no es suficiente para paliar la estupidez.

Examinemos esta extraña contradicción, por si pudiéramos sacar algo en claro. ¿Por qué ocurre que tantas personas lectoras y aparentemente cultas son unos perfectos mendrugos, groseros y destripaterrones?

 

Este ambiente cibernético en el que nos movemos es proclive a la simpleza y el infantilismo. (¿Qué reflexiones o ideas pueden ofrecerse en 140 caracteres, por ejemplo, si las ideas y las reflexiones lo son precisamente por los matices y las precisiones?). Internet -o, más bien, algunos sectores de internet- está poblado de sentencias y valoraciones que, a poco que se mediten, no son más que torpes balbuceos de la inteligencia. Y lo peor es que no resulta fácil librarse de semejantes necedades e insignificancias. La simpleza, la perogrullada o la pazguatería tienen el camino abonado: a veces parecen sentencias de uno de los filósofos de Diógenes Laercio después de un banquete con demasiado vino y otras son propias de Zorrilla, Espronceda o Bécquer cuando iban a la escuela. Por experiencia sabemos que la vacuidad hace mella en nuestra sociedad y que -por razones ignotas y seguramente sobrenaturales- no hay nada que cautive más a las masas que las simplezas vacías con aire poético.

Un grupo importante de dichos pensamientos o ideas carentes de cualquier fundamento guardan relación con el mundo cultural y libresco-literario en general.

Las palabras tienen el poder de cambiarnos... o no.
Las palabras tienen el poder de cambiarnos... o no.

Que los libros nos cambian, que sin los libros no somos nadie, que los libros están por encima de todo, que los libros nos hacen madurar, que los libros nos hacen más sabios, que los libros nos acompañan siempre, que los libros nos convierten en personas más prudentes e inteligentes...

Pues depende.

Hace unos días, conversando con una buena amiga respecto a las "mejoras intelectuales" que proporcionan los viajes, llegamos a la conclusión de que dichas mejoras sólo son posibles si el cerebro está receptivo o dispuesto a asimilar lo que la persona está viendo o viviendo y a reflexionar sobre ello. Viajar, en sí mismo, no mejora en nada a las personas si éstas no tienen la capacidad para asimilar lo que ven sus ojos, lo que respira su nariz y lo que tocan sus manos.

Y con los libros ocurre otro tanto. Los libros no sirven de nada si quien los lee tiene una CPU incapaz de procesar los datos. Para que nos entendamos: los libros, los viajes, la música, la escultura, el cine, etc. son el software, y nuestro cerebro es el hardware. Si nuestros componentes no son capaces de procesar la literatura, el arte, la música o las vivencias culturales, todo cuanto leamos, oigamos o veamos nos servirá de poco.

Ésa es la razón por la que (todos) conocemos a grandes lectores que son unos verdaderos mentecatos, a críticos incapaces de mantener un criterio artístico solvente, a editores que confunden literatura con simulacros literarios, a escritores que creen que las citas de Facebook y Twitter son el colmo de lo literario, y a verdaderos majaderos que sólo admiran aquello que son incapaces de comprender, y que leen abobados -como las vacas miran al tren- unos libros que sus mismos autores dijeron no comprender en absoluto y ser fruto de un momento de perturbación mental.

Sinapsis neuronales
Sinapsis neuronales

Desde luego, es probable que algunas personas con una cultura muy elemental sean unos maleducados mastuerzos, pero no es la regla general. Hay personas educadas, amables y generosas en todos los estratos culturales, del mismo modo que hay groseros, estúpidos y malvados en todos los sectores sociales. Y diré algo más: por experiencia puedo decir que no perdería una apuesta si me jugara algo a que hay más bobos, groseros, vanidosos, maleducados, viciosos, engreídos y zoquetes en el mundo de la cultura que en otros ámbitos de la sociedad.

Por otro lado, ¿qué poder pueden tener los libros, así considerados en general, sobre los lectores? Todo depende de los libros: hay libros repugnantes desde cualquier punto de vista (moral, literario, editorial y mecanográfico) y hay libros maravillosos. Pero la influencia que tengan sobre nosotros depende de nuestra estructura mental, no de los libros en sí mismos. Ni los libros, ni un sillón académico (o dos), ni una tesis doctoral, ni una cátedra, ni un escaño en el Parlamento, ni una dirección editorial, ni una página en un suplemento cultural convierten al necio en un sabio: bien al contrario, todos esos puestos de relumbrón no hacen sino destacar la estulticia del mostrenco que es incapaz de asimilar lo que lee, lo que estudia o lo que ve.

Las personas que vienen con la inteligencia, la bondad, la amabilidad, la discreción o la generosidad de serie aprovecharán los libros, el arte, la música o el cine, y disfrutarán de los grandes artistas y las grandes obras del ingenio humano, y se harán más sabios, y más prudentes, y más solidarios y amables y generosos. Pero a aquellos que son mezquinos, torpes, ofensivos, groseros y violentos de nada les servirá todo el arte, la sabiduría y la belleza del mundo, y seguirán siendo unos seres despreciables que no merecerán jamás ni un minuto de nuestro tiempo, por muchos libros que hayan leído, por muchas óperas que oigan o por muchos museos que visiten.


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El método infalible para convertirse en un verdadero literato de literatura literaria

A continuación, estimados amigos luciérnagos, tendré el honor de compartir con todos vosotros el "Método infalible para convertirse en un verdadero literato de literatura literaria". No esperéis una receta sencilla: ser un verdadero literato de literatura literaria tiene su aquel, su quid, su mecanismo y su entelequia, y no es cosa de dos o tres minucias y fruslerías. Desde luego, las agudas conclusiones que presento a continuación las he extraído a fuerza de mucho análisis y perspicacia, pues jamás tendría la osadía de llamarme a mí mismo "literato de literatura literaria": aún me queda mucho camino por andar antes de llegar a esos inefables dominios del Parnaso. (Para empezar, soy filólogo, y no hay cosa que más deteste la literatura moderna que los estudios filológicos).

 

"El Parnaso" (1761) de Mengs.
"El Parnaso" (1761) de Mengs.

Y es así: ya estoy viendo que algunos de mis amigos luciérnagos son tan ingenuos que creen que para llegar a ser un verdadero literato de literatura literaria basta con estudiar las ramas principales de la Filología, la Historia y la Filosofía, además de otras que algunos consideran muy necesarias. ¡Ilusos amigos! ¿Para qué quiere un verdadero literato de literatura literaria estudiar lingüística y morfosintaxis, historia de la lengua, retórica, historia de la literatura, filosofía, crítica literaria (la de verdad), y todos esos engorros académicos? No, amigos, nada de eso: para ser un verdadero literato de literatura literaria lo principal es parecerlo.

Como puedes suponer, futuro Petrarca, tus esfuerzos guardan más relación con el cultivo de las relaciones sociales que con la morfosintaxis y los tetrástrofos monorrimos. Generar esa imagen de literato literario te costará sudor y lágrimas, pero -gracias a Dios- no tendrás que coger ni un libro. Lo principal, lo básico y elemental es que te comportes como un buen español y te arrimes a la familia, a los amigos y a las mafias culturales. ¿Dónde vas a encontrar más comprensión y apoyo que entre los familiares y los amigos? Son los familiares y amigos los que, con amorosos y mullidos cariños, te llevarán a las páginas de los periódicos, a las editoriales enjundiosas, a los premios más sustanciosos, a los jurados y certámenes, a los congresos... e incluso a los sillones académicos. ¡Los amigos! ¡La familia! ¡No lo olvides, párvulo literato! En España, si no cuentas con los amigos o la familia, siempre serás un advenedizo que pretendes arrebatarle el lugar parnasiano a la auténtica y verdadera intelectualidad! El apellido familiar o la amistad predilecta tienen muchísima más fuerza que un epíteto, un retruécano o un quiasmo.


"El Parnaso" (1811) de Appiani
"El Parnaso" (1811) de Appiani

Sin embargo, para convertirte en el heredero del Dante -que seguramente eres- no es suficiente con la autoproclamación; y tampoco basta con que tus familiares y amigos te lleven en alzas hasta las páginas dominicales, los congresos, los certámenes y las escuelas de arte literario. Tendrás que esforzarte en escribir, aunque... no te preocupes, ninguno de tus esfuerzos tendrán relación alguna con la inteligencia y la cultura. No: no te preocupes por la inteligencia; en el campo del arte literario moderno, lo último que debe angustiarte es la inteligencia. Ten en cuenta que, según los intelectuales más avezados en las disciplinas literarias actuales, ya no es necesario que nadie comprenda lo que escribes. De hecho, hay sabios megahiperliterarios que sólo leen lo que son incapaces de comprender. ¡Por Dios! ¡Sólo los estúpidos leemos libros que comprendemos! ¡El verdadero intelecto moderno consiste en leer obras que ni se entienden ni se comprenden! Esto es fundamental, amigo luciérnago: si quieres ser un verdadero literato de literatura literaria tienes que aprender a disfrazar la estafa intelectual con los ropajes del arte.

No importa que tu escritura se asemeje a la de un bachiller dubitativo, a la estudiantilla del Colegio del Amor de Dios o a una tonelada de ladrillos plúmbeos: lo importante es que puedas convencer al mundo de que esos garabatos son la mismísima esencia homérica.

A continuación, querido luciérnago, te muestro una breve retahíla de los estilos principales que puedes utilizar para llegar al Parnaso de la literatura literaria.

 

1. Narración lloriqueante sentimental de emociones emocionantes.

2. Relato pseudotrascendental de poética infantil (vía Facebook y Twitter).

3. Estilo asustaviejas.

4. Novela corta, letra gorda y muchos blancos para dar que pensar.

5. Novela estilo eslovaco, ucraniano, búlgaro, kazajo o bielorruso.

6. Imitación carpetovetónica de Burroughs, Kerouac, Bukowski et al.

7. Literatura enjundia (aire, presunción o fachada de filosofía profunda).

8. Estilo hispano 1970. 

9. Estilo poético asintáctico o "siembrapuntos".

10. Novela social: "lo-que-se-aprende-viendo-el-telediario".

 

"El Parnaso" (1511) de Rafael
"El Parnaso" (1511) de Rafael

En efecto: ¿para qué necesitas enfangarte en las ásperas disciplinas filológicas, teniendo tus emociones emocionantes y tus sentimientos sentimentales? ¿Para qué esforzarte si te tienes a ti mismo en tu misma mismidad, que eres lo más trascendental que ha ocurrido en este mundo desde la última glaciación?

Cuando te dispongas a escribir, piensa que tienes que aprovechar el momento literario: advierte que el lloriqueo sentimental y la poética infantil son los movimientos culturales más relevantes de nuestro tiempo. Escribe novelas que fomenten esa pseudotrascendencia vacua de Facebook y elévate a ti mismo a los altares. También puedes escribir tu vida, pasarla por un filtro de Instagram y llamarlo "autoficción".

Pero si no te dan las sinapsis cerebrales para el sentimentalismo emocionante, tal vez puedas entregarte a la "literatura asustaviejas": basta con que acumules sin ningún criterio toda la terminología de taberna de pueblo ('puta', 'polla', 'joder', 'jodidamente', 'cabrón', etcétera) y se te ocurra una majadería cualquiera. Seguramente acabarás publicando las novelas más pordioseras y cutres del último milenio, pero a cambio puede que te ofrezcan un trabajo temporal de editor.

Entre toda esta morralla intelectual mi estilo favorito aparece en esas novelas que dan que pensar. Combina muy bien con la novela asintáctica ("Dormía. Sí. El dolor. Dormía") e intensa-que-te-mueres, y lo principal es que sean breves, ininteligibles, con mucha enjundia (vacuidad, para entendernos) y con cierta apariencia de haberse escrito en la Europa oriental. (Mi recomendación, querido aspirante, es que te cambies el nombre y utilices un apellido como Sworkiezski, Yurikielkov, Wolfkolski o alguno parecido, con muchas letras del final del abecedario).

El estilo hispano 1970 sólo está al alcance del viejunismo más acendrado -a sus representantes se les puede leer desde hace cuarenta años en los medios patrios-, pero puedes arriesgarte a la imitación mesetaria de Burroughs, Kerouac, Bukowski. No te reprimas: con tu talento puedes llegar a ser el Kerouac de L'Hospitalet o el Burroughs de Baracaldo.

Ánimo: estos consejos pueden llevarte a los primeros puestos de las listas de ventas si tus editores andan vivos y consiguen convencer a los lectores de que tus libros no los ha redactado una niña de secundaria o un yonki de Las Barranquillas. Pero si no lo consigues, no te preocupes: vender setecientos ejemplares de tus novelas también puede ser un indicio indiscutible de tu pertenencia a la literatura literaria (¿a que sí, queridos míos?), sobre todo si te arrimas a la rama de la enjundia, el intensismo sentimental o el realismo sucio de barbecho segoviano. Dada la elevada calidad de tu prosa, siempre puedes alegar que tu literatura está muy por encima de la (despreciable) sociedad en la que te ha tocado vivir y que el mundo no es capaz de distinguir tu sublime arte. (En todo caso, piensa que si ni siquiera tu familia ha querido comprar tu libro, tal vez... no seas tan genio como crees).

Para finalizar, un último consejo: el Gran Consejo que no puede faltar en cualquier recomendación que quiera instruirte en el camino del Parnaso: "Sé tú mismo" y "Saca lo que llevas dentro".

Aplícalo y triunfarás sin duda en el mundo literario.

La extraña broma de Lizzy Bennet

Salvo aquellos que cuentan con el respaldo divino, todo los demás estamos sometidos a las caóticas leyes de la falibilidad humana y, por tanto, podemos engañarnos, errar, fracasar o equivocarnos en todo aquello que emprendemos. Si nos esforzamos, podemos reducir esos errores hasta unos límites aceptables, pero sólo los más ingenuos -y los más estúpidos también- pueden irse a la cama con la seguridad de la perfección. Y en el proceloso océano de la traducción, es inevitable que los errores vayan salpicando nuestro trabajo y, con el transcurso de los años, esos fallos parecen adquirir fosforescencia e iluminarse en las páginas de nuestros trabajos ya impresos, recordándonos lo torpes que fuimos o lo ignorantes que éramos... Como las erratas y los lapsus, los errores se empeñan en aparecer cada vez que abrimos uno de nuestros libros y, como animalillos bioluminiscentes, nos recuerdan con cruel pertinacia nuestras carencias. Quizá por ello -porque soy consciente de las mías- tiendo a ser comprensivo con las de los demás. Y cuando me topé con el siguiente problema en la traducción de Orgullo y prejuicio, observé el caso como un enigma, examinando con curiosidad (y a veces con una sonrisa) las decisiones de otros traductores y editores.

El "problema" al que me refiero se encuentra en el capítulo XVII del libro III de Orgullo y prejuicio. Este capítulo se corresponde con el capítulo 59 de las ediciones modernas. (Por cierto: no acabo de comprender las razones que empujan a los editores modernos a ordenar los tres libros como uno solo, modificando la numeración original en tres volúmenes. En la época de Austen las novelas solían presentarse en tres volúmenes y, consciente de esta ordenación, la autora dividió su obra en tres partes: Orgullo y prejuicio tiene un aire de comedia melodramática inevitable que se refuerza con esa estructura, y el argumento sufre dos cesuras decisivas coincidiendo con el final del vol. 1 y del vol. 2. Repito que no me explico por qué los editores modernos evitan este rasgo significativo y relevante en la obra de Austen y deciden ignorarlo. Sin duda tendrán buenas razones, aunque yo no las conozco).

Pero vayamos al caso. En este antepenúltimo capítulo, la historia está a punto de concluir. Jane y Bingley se han comprometido y en el domicilio de los Bennet reina la alegría. Ni siquiera el turbulento matrimonio de Lydia empaña la felicidad que presagia el ventajoso matrimonio de Jane y Bingley. Sin embargo, nadie sabe que Lizzy ha estado hablando con Darcy y que éste le ha declarado su apasionado amor. Lizzy asiste al almuerzo y no comenta nada, aunque se sonroja un poco. Aquella noche, Elizabeth decide "abrir su corazón" y contárselo todo a Jane, la tierna hermana mayor que seguramente comprenderá sus vaivenes afectivos.

Naturalmente, Jane se sorprende: ¿te has comprometido con el señor Darcy? ¿Cómo es posible? Si os odiabais... "Sé que es imposible". Elizabeth, con su humor habitual, exclama: "¡Pues bien empezamos! Sólo confiaba en ti: si tú no me crees, nadie lo hará...". Continúa la conversación y Jane le recuerda que "detestaba" al señor Darcy. Lizzy contesta: "No sabes nada". Al final, tras insistir, Jane acepta que no le queda más remedio que asumir que efectivamente su hermana está enamorada y comprometida. 

El día que Jane Austen escribió esta escena sin duda estaba de buen humor. Dice Lizzy: "Ya lo tenemos decidido: vamos a ser la pareja más feliz del mundo" ("It is settle between us already, that we are to be the happiest couple in the world").

La conversación continúa y, de repente, ocurre algo extraño. Jane le dice que se alegra de que quiera tanto a Darcy y de que se case por amor. Lizzy, sin embargo, asegura que "siento más de lo que debería" ("I feel more than I ought to do"). Ante semejante enigma, naturalmente Jane pregunta: "¿Qué quieres decir?" ("What do you mean?"), a lo que Lizzy contesta con una frase incomprensible.

 

Why, I must confess, that I love him better than I do Bingley.

 

¿Qué significa esto? Las traducciones que he consultado oscilan entre una literalidad suavizada y una completa transformación. Los compañeros traductores -actuales y anteriores- sin duda tuvieron dificultades con esta frase. Los más arriesgados decidieron resolver por su cuenta el asunto: "Bueno, debo confesar que yo quiero más a Darcy que tú a Bingley". Pero es obvio que eso no es lo que dice Lizzy ni lo que escribió Austen. Austen escribió la frase transcrita arriba y que, en términos laxos, podría traducirse así: "En fin... debo confesar... que lo quiero más que a Bingley". O más exactamente: "...que lo prefiero a Bingley".

Sin embargo... ¿a qué viene esa referencia a Bingley? Curiosamente -y también enigmáticamente-, Elizabeth añade: "Me temo que te vas a poner furiosa". ¿Por qué? ¿A qué se refiere Lizzy? ¿Por qué compara el aprecio que le tiene a Darcy con el aprecio que le tiene a su cuñado? ¿Y por qué se iba a enfadar Jane?

Sin embargo, cualquiera que sea la enigmática broma, Jane parece haber comprendido que su hermana está tomándole el pelo y la regaña: "Mi querida hermana, vamos, déjate de bromas" ("...now be serious", con ese be en cursiva (también en or. al parecer) que refuerza la intencionalidad.

El problema, mis queridos amigos luciérnagos, es comprender la broma de Lizzy o, más bien, la broma de la maliciosa Jane Austen.

Walter Scott ya observó con cierta suspicacia esta frase y advirtió que ahí se podían apreciar perfectamente los "verdaderos" intereses de Elizabeth, al tiempo que los catalogaba como intereses mercenarios (mercenary ones). El autor del Ivanhoe enseguida comprendió que ese 'love' no se refería al amor, sino al interés. Y que, puestos a comparar, el señor Darcy le interesaba más que Bingley. Por supuesto, Lizzy está hablando de dinero, de rentas, de posesiones, de estatus social, de riqueza y ostentación... (Darcy es muchísimo más rico y poderoso que Bingley, y ahí reside también la razón por la que la maliciosa Lizzy sospecha que su hermana se pondrá furiosa). Scott, para apoyar su idea de que la segunda de las Bennet es una mercenaria vendida al mejor postor, recuerda que -efectivamente- Lizzy sí pensó en las ventajas que tendría convertirse en la señora de Pemberley cuando visitó la gran mansión con sus tíos. "¡Y yo podría haber sido la señora de este lugar...!", pensaba. "¡Podría haber paseado por estas estancias tan tranquilamente...! En vez de admirarlas como una visitante, podría haber estado esperando aquí a mis anchas..." Aunque finalmente piensa que... en fin, mejor así, mejor no ser la señora de Pemberley, o perdería el cariño de su familia... Y la malvada Austen añade: "Aquella fue una reflexión afortunada: le evitó el disgusto de tener que arrepentirse".

Pero volvamos a la broma austeniana. Como se sabe, los jóvenes personajes femeninos de Orgullo y prejuicio deambulan por la novela debatiéndose en un precario equilibrio, entre el amor y las necesidades sociales y económicas. Ahora bien, eso no significa que Lizzy hubiera escogido a Darcy únicamente por razones financieras. Es cierto que las saneadas finanzas de Darcy no son precisamente un inconveniente, pero tampoco son el aliciente principal. Y los lectores tenemos la certeza de que Lizzy está bromeando porque su hermana le exige que hable en serio ("Now be serious!"). La comparación con Bingley se establece en términos monetarios y financieros. Desde ese punto de vista, Lizzy no duda en exclamar que Darcy tiene mucho más interés que Bingley.

Jane casi se enfada con su juguetona hermana y le exige que le diga cómo se dio cuenta de que estaba enamorada de Darcy, y cuándo empezó todo. "Cuéntamelo todo, y ahora mismo: ¿me vas a decir desde cuándo estás enamorada de él?". Pero Lizzy es incorregible y vuelve a bromear: "Todo ha sido tan poco a poco que casi no sé ni cuándo empezó. Pero creo que puedo fijar el momento exacto cuando vi por vez primera las preciosas extensiones de sus propiedades en Pemberley". La relación de Lizzy y Darcy obviamente es una relación amorosa, pero en una novela donde la sociedad está presionando constantemente a las mujeres para que se casen teniendo en cuenta los intereses pecuniarios, Austen lanza una última bofetada a la mojigatería social de su época en labios de Lizzy. "Jane volvió a decirle que hablara en serio" y finalmente su hermana consiente en explicárselo todo desde la verdadera perspectiva: la perspectiva de los afectos. 

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Shakespeare y las hortalizas

Nunca deja de asombrarme que haya personas instruidas -e incluso ilustradas y cultas- que ignoren las esenciales diferencias que hay entre los libros y la literatura. Debería ser innecesario apuntar aquí lo que todo el mundo sabe: que se publican infinidad de libros, pero solo una mínima parte de esos libros contiene literatura. Los libros son el soporte habitual de la literatura, pero la literatura puede encontrarse en muros de piedra, en e-books, en planchas de bronce, en obeliscos o en papiros. La literatura puede encontrarse en la servilleta de papel de una taberna, y el libro más lujoso, editado en lustroso papel couché y en formato coffee table, puede no contener ni una pizca de arte literario. 

La distinción es tan obvia que me asombra la pertinaz confusión de dichos conceptos. Constantemente oigo a personas cultas escandalizarse ante la idea de que tal o cual presentador de televisión, tal o cual señora vespertina de frecuente alarido, tal o cual quinceañero internetero, tal o cual politicastro, o tal o cual advenedizo -el lector disculpará que un servidor no conozca sus nombres precisos- anuncien a los cuatro vientos que han compuesto una novela cuando apenas podrían componer una ensalada. Rasgarse las vestiduras por semejantes desperdicios del intelecto es tanto como si Velázquez se escandalizara por las pinturas de los niños de una guardería. Que los garabatos de esos "autores" aparezcan en soportes parecidos a los que se emplean para divulgar la obra Cervantes, Austen,Tolstói, Dickens o Galdós... bueno, es una desgraciada coincidencia, pero poco más. Y tampoco cabe indignarse porque esos libros se vendan a espuertas: también se venden más patatas, cebollas y repollos que obras de Shakespeare, y no creo que al autor del Hamlet -si lo supiera- le importara un bledo. 

La indignación por la publicación de ciertos libros es innecesaria. El sabio y prudente Marco Aurelio decía que es un error mencionar siquiera lo vacuo y despreciable, porque haciéndolo solo conseguimos concederle una publicidad que no merece. En una sociedad culta, esos libros deberían estar condenados a la indiferencia y al olvido, pero las gentes instruidas se indignan y así, involuntariamente, los promocionan, hasta el punto que uno llega a sospechar que prestan más atención a esos despojos del mercado editorial que a la verdadera literatura que dicen defender. Las editoriales y las librerías usan esa morralla libresca para equilibrar sus cuentas de resultados, no porque tengan ningún interés ni en esos libros ni en las personas que los compran. 

Hoy se inaugurará la Feria del Libro de Zamora -y también la de Madrid-, y ya estoy oyendo a los lectores más refinados protestar contra tal o cual libro indecente y vergonzoso. Deberían observar que se trata de Ferias del Libro. Si fueran Ferias de Literatura, la cosa sería distinta.

 

[Artículo publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, el día 29 de mayo de 2015]

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El egotismo: el nuevo género literario

Nada hay más comprensible que el hecho de que a cada cual su vida le parezca lo más importante y trascendental del universo todo. Pero hay que admitir también que pocas cosas son más ridículas que el empeño pertinaz en pretender que a los demás nos interesen dichas vidas... sobre todo porque los demás tenemos las nuestras propias, tan poco interesantes como las de los demás, o igual de interesantes, para el caso.

Pero la mentalidad psicologista tardorromántica, tras un siglo de esfuerzos ímprobos, ha conseguido que las personas con "vocación artística" crean -con granítico empecinamiento- que el objetivo más digno de sus creaciones son ¡ellos mismos! De modo que las páginas de los libros se han poblado de recuerdos personales, de vivencias íntimas, de circunstancias privadas, de asuntos particulares y, en general, de una primera persona cada vez más insufrible. En algunos casos, estos relatos "autobiográficos" se parecen demasiado al discurso interminable del borracho insoportable empeñado en contarnos su vida y convencido de que los grises episodios de su existencia son interesantes, dramáticos, especiales, entretenidos, singulares y -naturalmente- novelescos.

Todo ha contribuido a esta proliferación y generalización del egotismo: las nuevas tecnologías ofrecen blogs, cuadernos de bitácoras personales, plataformas para mostrar fotografías particulares, autoediciones o egoediciones, etcétera. Twitter, Facebook, Blogger, WordPress, Instagram, Tumblr y cientos y miles de plataformas se ofrecen al público para que "cuelgue" en internet su vida, sus opiniones particulares, sus deseos, sus ocurrencias, su literatura o sus progresos artísticos... Todo contribuye, en fin, a ensalzar el egotismo. Y, como es natural, ese narcicismo infantil ha acabado por permear los modelos "literarios", de modo que los episodios egotistas han adquirido categoría literaria a costa del sufrimiento de los lectores, obligados a leer vidas anodinas y tristes en forma de simulacros literarios que el autor considera sumamente interesantes, filosóficamente representativas y artísticamente impecables.

'Narciso', de Caravaggio
'Narciso', de Caravaggio

Si eres Agustín de Hipona o Santa Teresa de Jesús o Goethe... bueno, uno está dispuesto a admitir que has tenido una vida digna de ser contada. Pero si no diseñaste las pirámides de Egipto o el acueducto de Segovia, si no has viajado varios meses hasta descubrir el Nuevo Mundo, si no has dado con una vacuna contra la tuberculosis, si no te has embarcado en un Apolo hacia la Luna, si no te jugaste el pellejo en la playa de Omaha... entonces, amigo mío, tu vida es tan vulgar como la de cualquiera. Es cierto: tu vida es la tuya y es justo que sientas algún aprecio por ella, pero no te empeñes en contárnosla. Todos hemos escrito un par de novelas, hemos tenido un amor trágico, imposible o destructivo (y con frecuencia, a la vez), todos hemos ascendido cumbres difíciles de más de tres mil metros, hemos corrido maratones, hemos tenido un grupo de música durante los años de la "movida", hemos traducido dos o tres clásicos, hemos visto a sir Paul cantando en directo Yesterday, hemos recorrido más de mil kilómetros en el Camino de Santiago, hemos conseguido algún premio importante o hemos tenido algún episodio que roza lo esotérico, lo místico o lo alienígena. Pero si no has escrito el Quijote o el Hamlet, si no eres Dante o Petrarca, si no te llamas Mallory o Hillary, si no eres Zatopek o Gebrselassie, si no te apellidas Lennon o Harrison y has grabado discos en Abbey Road, etcétera, entonces tu vida -con ser muy digna- es idéntica a la de los cien mil millones de personas que según el PRB han poblado la tierra desde sus orígenes. Y si la vida de John Keats se escribió sobre el agua... imagínate la tuya.

Gente. Personas. Individuos.
Gente. Personas. Individuos.

Sin embargo, hay que admitir que una vida vulgar puede convertirse también en una gran obra literaria. Los argumentos extraordinarios no son la esencia de la literatura, sino el modo de narrar esos argumentos u otros cualesquiera. Y por esa razón una vida común puede convertirse en una narración excepcional. Con todo, los narradores excepcionales son aún más escasos que las vidas excepcionales, de modo que las autobiografías literarias valiosas son aún más raras que las biografías singulares y extraordinarias.

Para solventar estos problemas -vidas anodinas y escasez de talento literario- se ha inventado la llamada "autoficción", que consiste en imbricar de modo inextricable la autobiografía con la ficción. O, en otras palabras, en la invención de una vida. Es como pasar la vida de uno por instragram y luego escribir una novela. Semejante distorsión de la vida propia podría considerarse una psicopatología, pero en términos generales se entiende sólo como una técnica narrativa o, en todo caso, como un subgénero novelesco. 

El narcisismo, la egolatría y el egotismo -aparte de una extraordinaria capacidad para el exhibicionismo sin recato- son a mi juicio los trampolines de esta moda ajena al pudor y la vergüenza. Ya sé que en ocasiones se habla de catarsis -olvidando que, según la teoría tradicional, la catarsis literaria debería afectar al lector, no a los conflictos internos del autor-, pero siempre me ha parecido que los problemas psicológicos se deben afrontar en las consultas de los especialistas más que en la novelística.

Sólo la vanidad, el engreimiento, la soberbia y la petulancia pueden conducir a un autor a mostrar su vida sin el menor pudor. ¿Qué resortes se quiebran en la mente de una persona para concluir que su propia vida -generalmente vulgar y anodina- es digna de escribirse -generalmente de manera vulgar y anodina también- y comunicarse al mundo? Como dice Lorenzo Silva en un artículo reciente, entramos en el tiempo del selfie literario: y por si no fuera suficientemente lamentable esa exhibición impúdica de nuestras tristes vidas en imágenes, ahora nos abocamos también a la obligación de leerlas.

El egotismo, con todas sus complicaciones psicopatológicas, se ha convertido definitivamente en el nuevo género literario.

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Agradecimientos

Hace ya un mes que apareció en las librerías la novela Cabaret Biarritz y casi dos meses desde que se le concediera el Premio Nadal 2015. Ha llegado el momento, pues, de los agradecimientos y los amables saludos a todas las personas que han tenido la generosidad de acercarse a las páginas de esta novela.

Desde el primer momento -esto ha de decirse en los renglones iniciales- los señores periodistas han sido extraordinariamente amables conmigo; lo fueron, sobre todo, antes de haber podido leer la novela y, por lo tanto, antes de saber lo que en la novela se decía de ellos. (En todo caso, he creído entrever que los periodistas han asumido los zurriagazos con un espíritu más deportivo y humorístico que los críticos, a los que algún personaje -no yo- les dedica ciertos comentarios).

Tanto en Madrid como en Barcelona o Galicia, Euskadi o Andalucía los señores periodistas han sido muy amables y respetuosos y, por tanto, no puedo sino mostrarles toda mi gratitud y todo mi reconocimiento. 

Gracias a los periodistas, en realidad, el público lector ha sabido de Cabaret Biarritz. Pero con deberles mucho a los miembros del jurado del Premio Nadal, a los editores de Destino y a su equipo, a los periodistas y a todos los amigos que han participado de algún modo en esta aventura, es a ese público lector a quien le estoy más agradecido. No hay libros sin lectores, y tampoco hay literatura sin lectores. La literatura bien se puede pasar sin periodistas y sin críticos -sobre todo, sin críticos-, pero no se cumple jamás si no hay lectores. (Una hipotética literatura sin lectores, en realidad, no es más que papel para reciclar). Y debo decir que la respuesta de los lectores está siendo abrumadora. Que el libro se encuentre ya en los primeros puestos en las listas de ventas -cierto: con las dichosas sombras y con otros pecados editoriales, pero también con algunos textos de mucha intelectualidad y enjundia- puede ser un aliciente para algunos autores, no para mí; para mí el aliciente es que el libro está en manos de muchos lectores a los que espero arrancarles una sonrisa divertida y proporcionarles un buen rato de entretenimiento inteligente. Son los lectores, y únicamente los lectores, lo que tuve en mente cuando redacté Cabaret Biarritz: lo hice para ellos, no para mi vanidad ni para demostrar al mundo una originalidad que no busco, una habilidad de la que tal vez carezca o una inteligencia mayor de la que quiso darme el Cielo. Los lectores -y sobre todo mis amigos luciérnagos- ya saben que no me gustan los sermones literarios, ni la enjundia afectada, ni los simulacros sentimentales, y que entiendo la literatura como un divertimento lo suficientemente serio como para haberle dedicado buena parte de mi vida.

En todas las presentaciones, Madrid, Vigo, Zamora, Pamplona, Bilbao, A Coruña, Almería, etcétera, los lectores han sido tan amables y tan cariñosos que los besos y abrazos que he repartido sin rebozo ni consideración siempre me han parecido escasos. Habría querido regalarles flores, y perfumes, y joyas, y más libros... De regreso a casa, en las largas horas de tren, frente a un libro del que perdía el hilo, me he preguntado muchas veces cómo podré agradecer a tantas y tantas personas su generosidad y amabilidad. Todo me parece poco para mis editores y su equipo, para mi agente y para los amigos (a los que no citaré para no olvidar a ninguno); pero lo trágico es no poder utilizar más que palabras para dar las gracias a los lectores.

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'Cabaret Biarritz'

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'Cabaret Biarritz', Premio Nadal 2015

El pasado martes, 6 de enero, en la tradicional velada literaria que se celebra anualmente en el Hotel Palace de Barcelona, el jurado del Premio Nadal concedió el galardón a la novela Cabaret Biarritz. La novela narra los dramáticos acontecimientos del verano de 1925 en la localidad balnearia y vacacional de Biarritz, donde se reunía -en los alegres años veinte- la crema de la nobleza y la elegancia europea, y donde tanto el glamour como la depravación se daban cita en los salones y en los antros más infames...

Cabaret Biarritz saldrá a la venta el día 3 de febrero de 2015.

En los últimos días he repetido, y lo haré aquí una vez más, que la concesión del Premio Nadal no sólo representa un gran honor y una gran alegría. También es una gran responsabilidad. Tanto los miembros del jurado como otros profesionales que han leído el manuscrito le conceden un valor literario que, ahora, tiene que verse refrendado en la apreciación de los lectores. Al fin y al cabo, son los lectores los que conceden el verdadero premio a los autores.

Quiero que el Premio Nadal sirva aquí, sobre todo, para agradecer a mis amigos luciérnagos su generosidad y su amabilidad. He procurado responder personalmente a todos, pero sin duda, en el enloquecido torbellino de estos días, habré tenido algún despiste y habré dejado sin contestar alguna comunicación. Sirva esta entrada en el blog luciérnago para pedir disculpas y agradecer, de nuevo, todas las muestras de amistad que me habéis dispensado.

Gracias, ¡y nos seguimos viendo en este jardín luciérnago!

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Feliz Navidad

Joan Crawford is coming down your chimney…!


El propietario de este jardín luciérnago os desea

Feliz Navidad y un próspero Año Nuevo. 



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Mordor

...en la tierra de Mordor, donde se extienden las Sombras.

J. R. R. Tolkien, El Señor de los Anillos

Según el mapa, Mordor ocupa un territorio aproximadamente rectangular al sur de Rhovanion y al norte de Haradwaith (sureste de la Tierra Media), rodeado de altas cordilleras conocidas como los Montes de Ceniza (Ered Lithui) y los Montes de la Sombra (Ephel Dúath). En fin, como El Señor de los Anillos es un libro que está en todas las casas, los interesados podrán consultar el mapa que suele incluirse en la mayor parte de las ediciones. En términos generales, Mordor es un sitio desagradable: unas tierras cenicientas, de origen volcánico, infernales, pétreas, negruzcas y áridas, pobladas por seres asquerosos y repugnantes, como los orcos y los trolls.

Mordor, tal y como lo imaginaron los guionistas cinematográficos de Hollywood
Mordor, tal y como lo imaginaron los guionistas cinematográficos de Hollywood

Tolkien rescató para la cultura popular la figura del troll, de larga tradición en las sagas mitológicas nórdicas. Los trolls de Tolkien se parecen bastante a los clásicos escandinavos y adoptan la figura de repugnantes seres gigantes, de tres o cuatro metros de altura, con un cerebro atrofiado, que viven en la oscuridad de cuevas y grutas; en cierto sentido, serían como el popular ogro de los cuentos europeos. Otra modalidad de troll los asocia con figuras semihumanas, peludas y desagradables, bastante estúpidas, que viven en bosques y lugares inhóspitos, y con frecuencia se ocupan únicamente de raptar niños.

Como todo el mundo sabe, son estas figuras mitológicas o fantásticas las que han dado nombre al internauta provocador, violento, agresivo y faltón que continuamente anda buscando camorra y armando escándalos y broncas, más con la intención de notoriedad que con ánimo de conversación. (En algunos lugares se apunta que 'trol' procede del vocablo inglés troll, que designa una modalidad de pesca, precisamente porque los trolls en alguna medida pretenden que alguien "pique el anzuelo" y entre en una discusión destinada a fracasar).

En cualquier caso, el troll cibernético tiene las mismas cualidades que la figura mitológica escandinava: es un personaje oscuro (a veces oculto tras los ropajes del anonimato, aunque no siempre), con poco cerebro y mucho pico, dispuesto siempre a denigrar, a insultar, a despreciar y a encizañar. Tanto la falta de inteligencia como sus repugnantes modales son características imprescindibles del troll.

Brutalidad y estupidez: las características del "troll"
Brutalidad y estupidez: las características del "troll"

Es sabido que las posibilidades de ocultamiento que ofrece internet favorecen la aparición de los trolls. En realidad, uno duda que haya alguien en este mundo que no se haya comportado como un troll alguna vez, especialmente en los primeros años de la Red, cuando esa aparente libertad se utilizaba de un modo infantil. Por fortuna, los tiempos han cambiado, y aunque muchas personas han aprendido que internet no es más que una extensión virtual de la existencia real (sometida por tanto a las mismas normas y reglas de convivencia), el fenómeno del troll se ha ampliado notablemente, y ha contagiado otros sectores que se creían ajenos a la estulticia propia y característica del Gran Vertedero.

En la actualidad, el troll cobardón se agazapa en su cueva, aferrado a su ordenador o su smartphone, y se dedica a escupir su basura a la red, relamiéndose al tiempo que confía en que sus esputos hieran o perjudiquen a alguien. Es propio de los estúpidos creerse más que los demás, y por eso procuran aparentar sabiduría, independencia, solvencia o rigor. En general, un troll es un troll, y aunque el troll se vista de seda, troll se queda: hablador y estúpido sin remisión. (Es muy propio del troll no saber que lo es, pero ¡éstos son los riesgos de la estupidez!)

Esta especie de agresividad del frustrado (elemento esencial de la mente perturbada del troll) se ha extendido por todos los medios de comunicación como una pestilencia asquerosa. Todos conocemos tuiteros, facebookeros y blogueros con mucho pico y poco cerebro, verdaderos trolls dispuestos a sacar a relucir su estulticia palabrera a la menor ocasión, pero en la actualidad esa modalidad agresiva del cobardón ha prendido como la pólvora en la profesión periodística, donde el hambre acecha y es necesario teñir de amarillo supuestas noticias. El periodista troll se abre paso, con el beneplácito de lectores semiilustrados e infraeducados, y lanza sus anzuelos agusanados para capturar ingenuos que sigan sus torpezas en los medios. Hace ya tiempo que columnistas con mucho pico y poco cerebro adoptaron su papel de troll en los medios, y siguen comportándose como tales al amparo de grandes cabeceras periodísticas o poderosas instituciones maternales.

El troll es una figura que nace de la frustración personal, la cobardía, la ignorancia y la mala educación. Desatan sus traumas y sus rencores en Twitter, en Facebook, en los blogs presuntamente literarios o políticos, en la prensa de la Red, en la prensa periódica en papel, en las radios y en las televisiones; los hay famosos y anónimos, y están en la mente de todos; algunos de ellos gozan de un prestigio que causa vergüenza e indignación, y otros disfrutan sólo de la popularidad roñosa y mugrienta que hierve en el caldero de las redes sociales e internet. Al parecer, ya no hay remedio, y la violencia y la agresividad verbal, ajena a cualquier consideración intelectual, se están abriendo paso en todos los ámbitos sociales y están convirtiendo las relaciones humanas en una especie de batalla descerebrada entre orcos, trolls y enanos de toda especie y condición.

Mucha violencia y poco cerebro: viviendo en el desolado país de Mordor
Mucha violencia y poco cerebro: viviendo en el desolado país de Mordor
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Los extraordinarios viajes aéreos de Virgilio

Todos los autores disponen de una teoría literaria particular, para su uso personal y a la que se ciñen por gusto y convicción. No me refiero únicamente a una "tradición", o, dicho de otro modo, a una corriente literaria o a una nómina de autores de los que uno se siente deudor, o discípulo, o imitador. Me refiero a una verdadera teoría literaria consciente y meditada, en la que se evalúan y se seleccionan todos aquellos elementos que finalmente compondrán lo que el común denomina "la voz" personal de un autor. En esta teoría literaria, siempre en evolución, el escritor esboza su "poética" y decide sobre sus intereses, sus objetivos y sus recursos; decide sobre sus símbolos, sobre su presencia en la obra, sobre los límites de la expresión, sobre las experiencias, sobre el sentido del humor, la ética, la imagen del mundo, los procesos creativos, etcétera. (He de admitir que no tengo comprobado que todos los escritores tengan este plan teórico sobre su literatura, aunque es obvio que han de tenerlo, porque no se puede imaginar un escritor con tan pocos fundamentos como para ignorar la necesidad de un análisis razonado de su trabajo).

El lector luciérnago puede estar tranquilo: no le voy a endilgar aquí mi teoría literaria particular, aunque advierto que podría resumirse en la imagen de un bulldozer arrastrando los escombros de la vieja torre de marfil egotista que se levantó en el siglo XX. Reconozco que la moda de hablar de uno mismo hasta la extenuación (del lector) no ha decaído en las primeras décadas del siglo XXI, y que la manía egotista sigue teniendo una vitalidad descorazonadora. (A veces también da vergüenza ajena, pero eso depende ya del pudor y el sentido de la privacidad de cada cual). Hay lectores, no obstante, que prefieren otro tipo de argumentos e historias, y se aburren mortalmente con las experiencias interiores de los autores más sentimentales y emocionales; no todos los autores cuentan con una vida interior lo suficientemente poderosa como para interesar al mundo, por mucho que para ellos sea un prodigio de "imaginación emocional".

Los amigos que compartimos este jardín luciérnago tenemos nuestras preferencias particulares. Digamos que somos aficionados a las historias... luciérnagas. Y, para los recién llegados, sépase que el luciernaguismo es un (diminuto y brillante) "movimiento cultural" ("¿qué es el rock&roll sino un ejercicio de arrogancia?") caracterizado por lo extravagante, lo misterioso, lo curioso, lo estrafalario, lo ridículo, lo divertido y lo clásico. Nos interesan los yacimientos arqueológicos y sus incomprensibles características, los libros viejos, los espectros y los fantasmas, las colecciones de anécdotas curiosas, los mapas, los insectos, las teorías científicas peregrinas, las historias rocambolescas, los grupos marginales y subversivos, la historia paralela y estrafalaria, lo asombroso, lo maravilloso, lo incomprensible y lo inabarcable.

En nuestro tiempo de realismos y descreimientos -¿de qué me suena esto?-, apenas se atreve uno a declarar que el mundo es un lugar asombroso, lleno de misterios y maravillas incomprensibles; pero este estrafalario mundo nuestro no sólo es maravilloso y enigmático, sino que parece la mismísima imagen de una fertilidad desbocada, repleta y llena de miles y millones de objetos y seres, formando un caos que sólo la presunción y el envanecimiento pueden considerar sometido al imperio de la razón y la ciencia. Por fortuna más que por desgracia, nuestro universo es caótico, azaroso, incomprensible y sorprendente, y no admirarse ante el monumental desconcierto de la vida sólo revela una cierta incapacidad para gozar de ella.

Hace unos días, y por razones que no vienen al caso, me hallaba yo estudiando El Victorial de Gutierre Díaz de Games cuando me topé con el extraordinario caso de los viajes aéreos de Virgilio. Como todos los amigos luciérnagos conocerán mejor que un servidor el texto al que me refiero, bastará con que recuerde a los desmemoriados que El Victorial es una suerte de biografía de Pero Niño, un importante noble de la corte de Enrique III de Castilla, allá por el siglo XV.

Este libro à nombre "El Victorial", e fabla en él de los quatro príncipes que fueron mayores en el mundo, quién fueron, e de algunos otros brevemente, por enxemplo, a los buenos cavalleros e fidalgos que an de usar oficio de armas e arte de cavallería trayendo a concordança de fablar de un noble cavallero,al qual fin este libro fize.

El caso es que estaba un servidor enfrascado en el estudio de este clásico de la literatura española cuando, volviendo a uno de los primeros capítulos, reparé en la narración de cierta leyenda sobre una "piedra labrada" que había hecho tallar Salomón, o Salamón. Se dice que Salomón hizo labrar una piedra gigantesca en Jerusalén, "tan alta como una torre". (Una especie de pilar u obelisco). Y ordenó que se construyera una manzana de oro y que, cuando el sabio rey muriera, metieran allí sus despojos, y los colocaran en lo alto del pilar. (Esto de la manzana de oro con los huesos de un muerto también se dijo después de Julio César y así lo utilizó nuestro autor). En todo caso, la piedra labrada (menhir, obelisco o pilar) era de tales dimensiones que, cuando el rey Salomón murió, no hubo manera de levantarla. Ni con mil bueyes y caballos pudieron poner en pie aquella monstruosidad pétrea. (¿Se estarían refiriendo a un peñasco labrado como el de Baalbek? ¿O tal vez se referían a un pilar monumental, como el obelisco inacabado de Assuán, de más de 1.200 toneladas?). Dice Díaz de Games que aquella "piedra labrada" "yazía echada en un campo, e era muy maravillosa cosa de ver".

En este punto, cuando tenemos ese impresionante monolito en el paisaje, entra en escena Virgilio, o Vergilio. Y va a Jerusalén y le dice a los judíos que le interesa comprar la piedra, para llevarla a Roma. Los judíos no dudan en vendérsela, con la condición de que cada día que pasara en camino, debería pagar doce monedas de oro del emperador, porque creían que tardaría siglos en llevar el monolito a Roma, con las subsiguientes ganancias. Efectivamente, Virgilio dispuso "muchos engenios e carretones" para sacar de Jerusalén la piedra, y allanó los caminos, e hizo todos los esfuerzos imaginables, aunque en muchos días apenas consiguió avanzar unos cuantos estadios...

De repente, el texto da un giro sorprendente y nos dice Díaz de Games: "E en una noche sola la puso de allí en Roma, e amanesció un día asentada en medio de la plaça".

 

¿Qué significa esto? ¿Por qué Virgilio tenía la encomienda de llevar semejante pedrusco a Roma? Y, sobre todo, ¿cómo es posible que consiguiera trasladar el monolito, pilar u obelisco a Roma en una sola noche, y dejarlo plantado como si tal cosa, cuando ni mil bueyes habían conseguido moverlo en Jerusalén? Y, sobre todo, ¿cómo es posible que el autor nos lo cuente con toda la tranquilidad y el sosiego del mundo, y como si fuera cosa sabida que no necesitara mayores explicaciones?

No se sabe que Publio Virgilio Marón (70 a.C. - 19), el inmortal autor de la Eneida, hiciera semejante viaje y, desde luego, no se tiene constancia de que llevara ningún monolito de Jerusalén a Roma, fuera en un día o en un año.

Digámoslo de una vez: el fundamento de esta mitología de traslaciones pétreas se encuentra en una antiquísima tradición que consideraba a Virgilio como un mago o nigromante, una especie de Merlín latino. Hay infinidad de referencias que apuntan en esta dirección: es un clásico el Polycraticus medieval de John de Salisbury, la Divina Comedia de Dante o el mismísimo Libro de Buen Amor de nuestro Arcipreste de Hita. En el texto de Hita (261), el Arcipreste llama "sabidor" a Virgilio, lo cual es tanto como mago o nigromante. Dice Gybbon-Monypenny: "La figura de Virgilio se convirtió en la Edad Media en una especie de mago, a quien se atribuían en las leyendas toda clase de aventuras e invenciones". Una de esas invenciones, rescatada por Salisbury, era su capacidad para desplazarse a su gusto de un lugar a otro como "por arte de magia". Esta caracterización debió de ser bastante temprana, pues se conocen ciertas prácticas adivinatorias, conocidas como sortes vergilianae, en las que se utilizaban los textos virgilianos para predecir acontecimientos futuros; estas sortes vergilianae fueron populares al parecer ya en el siglo II. También se asegura que los idus de octubre (el 15 del mes) llegó a considerarse una fecha sagrada, precisamente porque Virgilio nació ese día. Algunos textos especializados (The Virgilian Tradition..., de Ziolkowski y Putnam) estudian pormenorizadamente todos estos detalles, con profusas referencias y citas, incluida la curiosa y habitual tendencia de Virgilio a aparecerse a los vivos para darles consejos o ejercer de guía en los más peregrinos laberintos. Desde los primeros siglos de nuestra era y a lo largo de la Edad Media, la imagen de Virgilio fue mutando de sabio a mago, pero los especialistas no han podido averiguar de dónde sacó nuestro Díaz de Games la idea de que Virgilio fue a Jerusalén y trasladó "en un día" el enorme obelisco judío. 

En el Libro de Buen Amor, el Arcipreste cuenta que Virgilio "fizo otra maravilla quel omne nunca ensueña": convirtió las aguas del Tíber en cobre. Algunos especialistas han señalado que semejante "truco" es el resultado de la mala comprensión de la expresión "pontem aerium" de Alejandro de Neckam, con la cual los eruditos designaban una especie de "puente aéreo" que le servía a Virgilio para trasladarse de un lugar a otro fácilmente. Al parecer también le permitía trasladar monolitos y obeliscos. (La confusión se debería a la creencia de que aerium derivaba de aes, -ris, 'cobre', y no de 'aer, -is', 'aire').

En resumen (véanse también Comparetti y Spargo, para más información), ésta es la explicación que nos permite comprender las extraordinarias habilidades volátiles de Virgilio, tal y como las describe Gutierre Díaz de Games en El Victorial. Luego utilizó la leyenda del "puente aéreo" virgiliano y la mezcló ingeniosamente con la historia de la manzana de oro en lo alto del obelisco, donde estarían guardados los huesos de César.

 

De este modo un apunte al acaso en cualquier libro puede tenerlo a uno ocupado varios días, aunque gustosamente: el individuo curioso siempre encontrará placer e instrucción horaciana en semejantes laberintos de la historia, la leyenda, los textos y la imaginación. 


Virgilio, como un Supermán del siglo I, volaba donde quería y transportaba obeliscos
Virgilio, como un Supermán del siglo I, volaba donde quería y transportaba obeliscos
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El escritor y las redes sociales: bailando en un campo de minas

La teoría decía que los autores debían estar presentes en las redes sociales por dos razones principales: la primera, para dar a conocer su producto (publicidad); y la segunda, para "interactuar" con los lectores. Aparentemente, ambos motivos tenían suficiente calado como para que los escritores desearan asomar la nariz en Twitter, Facebook u otras plataformas semejantes, como Tumblr o Instagram, e incluso ofrecer trabajos de más sustancia en blogs particulares. Seguramente los teóricos estaban tan fascinados con la industria de las redes sociales que no fueron capaces de advertir las evidencias que desmontaban semejantes patrañas.

La primera es que no todos los ciudadanos están en las redes sociales y, desde luego, no todos los lectores. Sólo un 15 por ciento de la población española tiene acceso a Twitter, por ejemplo (algo más en Facebook); un porcentaje cada vez mayor de ese 15 por ciento se está apartando de las redes sociales: cierran sus perfiles o, simplemente, no las utilizan; y, como es evidente, un enormísimo porcentaje del escaso cinco por ciento restante no ha abierto un libro en su vida y uno diría que incluso tiene serias dificultades para escribir 140 caracteres sin cometer faltas de ortografía y de respeto. En definitiva, hay muchísimos más lectores fuera de las redes sociales que dentro, y sin embargo dedicamos una enorme cantidad de esfuerzo a Twitter cuando no es ahí donde están los lectores. Esa "enorme cantidad de esfuerzo" se convierte en una intensísima sensación de pérdida de tiempo, difícil de cuantificar. 

Por otra parte, el uso de Twitter como elemento propagandístico -y éste es un detalle reconocido por analistas y usuarios- resulta en términos generales contraproducente. La expresión "Twitter es una red social, no una red de ventas" (el autor es un joven profesional de la comunicación y el márketing) define a la perfección su uso. Los escritores que utilizan Twitter como una "ametralladora" publicitaria con frecuencia son tachados de "pesados" o "spammers", y a la larga sólo consiguen que se les active la función de "silenciar" para que su propaganda no moleste en el TL. Un uso "informativo" y "aséptico" de Twitter o Facebook podría tener más sentido, pero los usuarios -en general- esperan que la red social se comporte como tal, y que un autor actúe como una "agencia de noticias", replicando artículos periodísticos, tampoco se valora positivamente.

Y en este punto, me parece, es donde se encuentra el "campo de minas" de las redes sociales. Los lectores, como todos los usuarios de las redes, esperan algo más que información: esperan "comunicación social", es decir, opiniones, comentarios, apuntes, sugerencias, preguntas, respuestas, réplicas, agradecimientos, saludos... En definitiva, esperan que se produzca una "simulación" de la realidad social. En nuestras casas, en el trabajo, en los bares o en la playa, interactuamos y dialogamos con los demás, pero con las barreras sociales (y "civilizadoras") que con frecuencia son inexistentes en la Red: la educación, la cortesía, la contrarréplica, las mentiras piadosas, una respetable hipocresía, el diálogo fluido, el contacto visual, etcétera. Las redes sociales, además, permiten que personas de círculos y ámbitos completamente distintos permanezcan en un estadio de igualdad irreal. (Una democracia intelectual improbable). Todos hemos asistido a conversaciones en las que un zopenco ignorante le cantaba las cuarenta a una persona que académica, intelectual y cerebralmente estaba a mil años luz de distancia de él. Estos arrebatos agresivos, estas opiniones volanderas, estas chulerías informáticas se basan en el ridículo argumento de que cualquier zopenco tiene todo el derecho del mundo a dar su "opinión". Todos hemos tenido la desgracia de "discutir" en Twitter con personas maleducadas, groseras, ignorantes o mostrencas, cuando sabemos a ciencia cierta que jamás nos detendríamos a conversar con esa persona en ningún otro lugar y bajo ninguna circunstancia. Estas discusiones son extraordinariamente perjudiciales para una persona que -como los escritores- deben ofrecer una imagen pública que se ajuste, en lo posible, a la serenidad, la inteligencia, el sosiego, el estudio o la reflexión. De esas algaradas no se pueden sino obtener malos humores y disgustos. Sin duda, la creencia de que cualquiera puede dar su opinión sobre cualquier asunto es la teoría más nociva de nuestros tiempos. Pues si es cierto que cualquiera puede dar su opinión sobre cualquier asunto, no lo es menos que dicha opinión será la mayor parte de las veces una solemne majadería.

Las redes sociales exigen al autor mostrarse como la persona que es: se ve "obligada" a exhibirse en condiciones que resultan contraproducentes para su negocio y, en cualquier caso, para su imagen pública. Porque la persona no tiene por qué coincidir con el autor, del mismo modo que el autor no es el narrador. Y el escritor -como la enorme mayoría de los profesionales responsables- tiene mucho que perder y poco que ganar en Twitter o en Facebook. Si se atreve a dar una opinión política, cientos de seguidores lo catalogarán pública o privadamente como "facha", "progre", "comunista", "nazi", o cualquier burrada semejante. Si da su opinión sobre la religión, la masa de "followers" escrutará esa opinión para catalogarlo del modo más ramplón y elemental. Si admite que es seguidor de un equipo de fútbol, acabará siendo un "merengón centralista" o un "asqueroso culé catalanista"; y si no le gusta el fútbol, acabará entrando en el redil de "esos que se creen más que los demás y desprecian a los aficionados al deporte"; si prefiere la literatura romántica y decimonónica, será un anticuado carcamal; si le gusta la literatura moderna, será un esnob o un hipster; si le gusta la literatura clásica, será un pedante; y así sucesivamente y ad infinitum. Toda opinión genera una réplica y una reacción (pública o no, pero una reacción con consecuencias). Este sometimiento al escrutinio público llega al extremo de que se evaluará incluso si uno está o no está en Twitter o en Facebook, y dependiendo de su actitud hacia estas empresas, así será catalogado y codificado.

Antaño nuestras opiniones se mantenían en los saludables términos de la familia, los amigos, la taberna o el parque. Ahora nuestras opiniones, nuestros gustos, nuestra profesión, nuestros defectos y nuestros errores están a disposición de todo el mundo y, también, a disposición de cualquier majadero que quiera utilizarlos: y así es como Twitter y el resto de las redes sociales se han convertido en un campo de minas para las personas con actividades públicas, como los escritores. 

Twitter y Facebook dicen más de nosotros de lo que imaginamos. Y lo dicen de manera sesgada, torticera, parcial, tergiversada y banal. Es muy sencillo cometer leves errores por los que uno puede ser tachado implacablemente de prepotente, listillo, ingeniosillo, chistoso, asqueroso, fascista, nazi, pedante, sobrado, ignorante, plasta, friki, pesado, soso, aburrido, cansino, vulgar, salido, guarro, criticón, maleducado, soberbio... Basta observar nuestro propio TL de Twitter o el muro de Facebook para comprobar que tenemos catalogados con ese sistema a todos los miembros de nuestra red social, y que así somos catalogados también nosotros. En ocasiones, esas catalogaciones no se establecen por los errores que pueda cometer el usuario, sino por el simple hecho de apuntar una opinión, hacer una pregunta, dejar un aséptico emoticono o colocar una fotografía que puede dar pie a variopintas interpretaciones: es muy fácil caer en el cajón de los cursis, los racistas, los machistas, los pseudointelectuales, los esnobs... A menos que uno se dedique a dar exclusivametne los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches, la mina acabará estallando bajo sus pies: todos aquellos que ejercen una profesión pública -como los escritores, pero también los compositores o los ilustradores, por ejemplo- están corriendo riesgos inútiles. El escritor ofrece su mercancía y su trabajo, pero no tiene por qué ofrecerse a sí mismo. Ni los lectores ni nadie tiene por qué saber nada del autor más allá de su obra, que es lo que pretende dar a conocer. El individuo y su privacidad nada añaden a una creación literaria: bien al contrario, seguramente la entorpecen y la emborronan.

Ante una ingenua broma, todo el mundo -literalmente- puede centrar sus miradas, sus iras, sus mofas o sus burlas en el escritor descuidado. Los medios de comunicación no han tardado en hacer buen uso de estas redes sociales: ahí encuentran su justificación para los argumentos más torticeros y arbitrarios que se les puedan ocurrir. (El escritor declaró en Twitter que "..."). Pero -entiéndase- la culpa de los torrentes de calumnias, ofensas, insidias, rumores, confusiones, errores, improperios y vejaciones (esencia de las redes sociales) no es más que de aquellos que voluntariamente se exhiben en estos peligrosos campos de minas. Y quien se dedica a bailar en un campo de minas... no tiene muchas posibilidades de salir bien parado.

La mayoría de las personas podemos contar con los dedos de ambas manos -con mucha generosidad- el número de amigos que tenemos. Pero incluso nuestros amigos más queridos conocen nuestros defectos, aunque los perdonan por cariño, años de amistad, benevolencia o simpatía. Los "amigos" de Twitter o Facebook no son más que hocicones que se meten en nuestras vidas (porque los invitamos), y nos juzgan sin fundamento y -también, con frecuencia- sin piedad. Teniendo en cuenta el carácter esencial de los españoles (envidioso, maledicente, rastrero, criticón, cotilla y dado al chascarrillo ofensivo), es fácil adivinar que nadie puede salir bien parado de Twitter o Facebook. Someterse a ese escrutinio público es una necedad en la que hemos caído como ingenuos pardales.

 

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Diez libros que no aparecen en las listas de libros

Sugiere Eco en El vértigo de las listas (Lumen, 2009) que las listas parecen propias de civilizaciones primitivas, en las que -a falta de perspicacia ideológica o analítica frente al mundo- los hombres se limitan a enumerar los objetos, ordenándolos de algún modo o formulando una retahíla sin jerarquía alguna. Las listas, elencos, enumeraciones o catálogos -en el propio repertorio del semiólogo- ejercen una extraña fascinación en los individuos y por esa razón enumeramos, ordenamos, catalogamos y listamos todo lo que cae en nuestras manos. Es difícil saber si esa fascinación se debe al asombro (y la seguridad) que produce una ordenación (una fascinación "matemática") o a la excitación que produce cierto "coleccionismo" intelectual ("¿He leído todos los libros de esta lista? ¿He visto todas las películas de esta lista?"). También hay, me parece, un algo lúdico en esa tarea de recopilar datos, ordenarlos de algún modo -aunque sea únicamente con el dudoso criterio del gusto o la afición- y exponerlos orgullosamente como una retahíla absoluta: la lista definitiva, la enumeración fija, el catálogo imprescindible, el inventario impepinable. Así pues, con las excusas y los objetivos más peregrinos, los medios de comunicación se lanzan a elaborar listas de cervezas, libros, traseros, películas, países, candidatos, patatas fritas, restaurantes, playas, ciudades, monumentos, etcétera. ¿Para qué? Para hacer listas. La lista es un fin en sí mismo y, como cualquiera puede sospechar, atiende al placer del que la elabora o la examina, y no es necesario que tenga ningún cometido ulterior. 

 

Por razones obvias -y aunque no estoy especialmente interesado en este juego "primitivo" de los inventarios y repertorios populares-, suelo detenerme en las listas de libros. Los 100 libros más importantes de la Historia, los 50 libros imprescindibles, los 30 libros necesarios para triunfar, los 101 libros de la Biblioteca Clásica, los diez mejores libros del año, los tres libros insustituibles para este verano... Como la mayoría de estas listas se elaboran sin ningún criterio -más allá de la prisa por acabar que tiene el becario que las redacta-, a la mayoría de los lectores les sorprende ver en dichas retahílas libros absurdos, pesados, infumables o incomprensibles, pero que se "cuelan" en esas listas por dejadez del amanuense o registrador, o por esnobismo, o porque hay que rellenar el elenco con los nombres de la Enciclopedia Clásicos de la Literatura Universal. Reconozco sin rubor que en muchas de esas listas aparecen libros que ni he leído ni tengo el más mínimo interés en leer. (Y no es cosa de desprecio: a ciertas edades uno elige la formación que desea tener y los caminos literarios que uno desea emprender. Y ahí se acaba la disputa). Junto a los libros y autores imprescindibles, uno encuentra verdaderos escándalos que se han hecho un hueco en la Historia literaria por motivos que uno no acierta a comprender, por muchos estudios críticos que engulla. Y, por otra parte, uno echa de menos en esas retahílas algunos libros que han alegrado buena parte de sus días y que, por razones ignotas, siempre se le olvidan al contable registrador de inventarios literarios.

 

Aprovecharé la circunstancia de que para hacer una lista no se precisa ningún motivo o razonamiento, y propondré una lista con diez libros. Son diez libros que no aparecen -o no suelen aparecer- en ninguna lista y, sin embargo, me parecen dignos de figurar en una retahíla noble y laureada. Esta lista, en realidad, no tiene más excusa que la de rendir homenaje a un puñado de libros que me han acompañado siempre, con los que he disfrutado y aprendido, y a los que dispensaré eterna fidelidad. No es una lista de los libros que considero "mejores", ni más "importantes", ni más "relevantes", aunque a mí me parezcan lo suficientemente buenos como para ir por delante de muchos que el común considera mejores. Sobre algunos de ellos ya he conversado con los amigos luciérnagos, y respecto a los otros... si no me atrevo a recomendarlos, al menos aseguro que a mí no me hicieron mucho mal. Puedo decir que estos libros me han proporcionado horas de entretenimiento y diversión, y de conocimientos útiles y curiosos, que no he encontrado en otros textos por los que muchos lectores beben los vientos. Es muy cierto que a estos libros se llega por otros, generalmente, y que -también generalmente- es necesario haber leído otros para poder disfrutar de éstos. Por lo demás, poco me importan las consideraciones estrafalarias que se puedan extraer de este listado. Como todas las listas, ésta no es más que un asunto personal para disfrute propio.

  1. Diógenes Laercio: Vidas de los filósofos ilustres.
  2. Thomas Browne: Sobre errores vulgares (Pseudodoxia Epidemica)
  3. Pedro Mexía: Silva de varia lección
  4. Claudio Eliano: Historias curiosas
  5. M. Menéndez Pelayo: Historia de los heterodoxos españoles
  6. Plinio: Historia natural
  7. VV.AA.: Evangelios apócrifos
  8. Arthur O. Lovejoy: La gran cadena del ser
  9. Sebastián de Covarrubias: Tesoro de la lengua castellana o española
  10. Isidoro de Sevilla: Etimologías

Cierto: el luciérnago perspicaz lo habrá advertido sin duda... ¡No aparece ninguna novela en esta lista! Tal vez las novelas empiecen a aparecer en el número 11 o 12. Nunca se sabe. Y tampoco he incluido algunos libros bíblicos fundamentales y de los Santos Padres, ni los impagables Aristóteles, Teofrastro o Dioscórides... por aquello del qué dirán. 

Sean felices, amigos luciérnagos.

 

 

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La 'cathedra pestilentiae', el foro soberbio y la fama pregonera

Hace algunos días aparecía en prensa un artículo de una famosa escritora en el que reconocía con cuánta angustia afrontaba la inminencia de las críticas y hasta qué punto le afectaban las opiniones de lectores y cronistas. Otra magnífica escritora, amiga mía, me comentaba recientemente que su desdén por las redes sociales se debe esencialmente a que no quiere saber lo que los lectores puedan opinar de sus libros; su espanto ante la opinión ajena es tal que siente un terror idéntico ante las críticas positivas y las críticas negativas. "Yo entrego mi libro al público", me decía, "y eso es todo. Agradezco que lo lean, pero no quiero que me den su opinión". Más contundente es ***, quien me aseguraba que "el oficio de escritor sería muy agradable si uno no se viera obligado a escuchar las opiniones de los lectores".

(Comprenderán mis amigos luciérnagos que no puedo dar los nombres de estos escritores, medianamente conocidos, porque sus palabras podrían entenderse como un menosprecio hacia las personas que tienen la generosidad de comprar y leer sus obras. Sin embargo, yo rogaría que sus palabras se entendieran desde otro punto de vista: creo que su actitud guarda más relación con el modo de entender el hecho creativo que con una displicencia hacia el lector. Procuraré explicarme más adelante).

En todo caso, mis amigos escritores no son una excepción. Todos los luciérnagos saben de decenas de autores que -por timidez o por hastío o por otras razones- han huido del mundanal ruido literario y han preferido la escondida senda del anonimato. Muchos de ellos dejaron de escribir absolutamente, incapaces de afrontar la experiencia de presentarse ante el mundo, bien como individuos, bien como autores de obras señaladas.

La famosa instantánea de Salinger negándose a ser fotografiado
La famosa instantánea de Salinger negándose a ser fotografiado

Al rastrear este deseo del "sabio" de apartarse del mundo, uno se topa de inmediato con los versos del primer salmo davídico (tal vez), vertidos al latín como "Beatus vir qui non abiit in consilio impiorum..." La traducción bíblica dice: "Dichoso el hombre / que no sigue el consejo del impío, / ni en el camino del errado se detiene, / ni en la reunión de los malvados toma asiento". (Uno está dispuesto y tentado a admitir que esa "reunión de malvados" no es más que el mundillo literario y su parafernalia de vanidades: "cathedra pestilentiae"). No deja de ser curioso que hace treinta siglos (si nos remitimos a la cronología habitual de los salmos) ya se hubiera fijado la tradición del sabio que se aleja del mundo, bien para redactar sus obras, bien para entregarse a la perfección creativa, individual y espiritual.

Naturalmente, en este brevísimo recorrido por los que decidieron apartarse de los bullicios mundanos, hemos de recibir con honores a Horacio, que no sólo se apartó de la algarabía para trabajar en su obra, sino para alejarse del "foro soberbio". En su famoso Epodo II (según las ordenaciones comunes), conocido por su inicial "Beatus ille...", Horacio propone este apartamiento como método para la "recta vía" espiritual, emocional y vital: "Feliz aquel que, sin negocio alguno, / como los hombres de antaño / los campos paternos con su yunta labra", y añade que será feliz quien "el foro rehúye y umbrales soberbios / de los ciudadanos ricos". (Trad. M. Fernández-Galiano).

Si cito a Horacio, no voy a dejar atrás a Fray Luis de León. También el agustino defendió la vida contemplativa del sabio frente a las alharacas del mundo. Aunque toca el tema en distintos lugares (y de un modo maravilloso en Los nombres de Cristo), no cabe aquí sino recordar la "Vida retirada", a la que los especialistas conceden un "valor proemial" al frente de toda su obra: "¡Qué descansada vida / la del que huye el mundanal ruïdo, / y sigue la escondida / senda por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido!". Para lo que nos interesa, quisiera recordar aquí el verso 11 y ss., donde explica que el sabio, el verdadero sabio, "no cura si la Fama / canta con voz su nombre pregonera" y rechaza las alabanzas y ensalzamientos del "vano dedo" de las gentes. En el vehemente deseo de soledad ("Vivir quiero conmigo") hay voluntad de apartamiento y desprecio del mundo.

 

Fray Luis de León (en la Universidad de Salamanca), con un gesto a medio camino entre la bendición y el enfado ante una fotografía no deseada.
Fray Luis de León (en la Universidad de Salamanca), con un gesto a medio camino entre la bendición y el enfado ante una fotografía no deseada.

No estoy seguro de que los escritores actuales que admiten sus sociopatías tengan en mente el beatus ille a la hora de apartarse del mundo. Yo diría que se trata más bien de un "extrañamiento" respecto a su propia obra. El mundo editorial exige al autor que participe como "producto" en la venta de su literatura, y a menudo un autor que no domina los aspectos "sociales" de la mercadotecnia ve cómo su obra sufre los juicios negativos que se hacen sobre su persona. En los tiempos que corren, un autor que halaga al lector (en cualquier sentido) verá cómo la simpatía popular también se traduce en números bancarios.

Sin embargo, la mayoría de los autores con los que hablo me confirman que la obra, una vez impresa y entregada al público, comienza a adquirir una vida peculiar, que se aleja cada vez más del autor, a quien poco a poco le va resultando extraña, sobre todo si se enfrasca en otros estudios. Es como si la cadena de comunicación jakobsiana se rompiera una vez que la obra literaria se entrega al lector. El lector, entiéndase, no mantiene una relación con el autor a través de la obra literaria: mantiene una relación con la obra y consigo mismo. El autor no es el narrador ni los personajes (salvo en las novelas muy pobres) y el lector se equivoca si pretende entender a una persona por lo que escribe. Podrá entender al escritor, al literato o al autor, con su tradición literaria y su estilo, y su organización racional o emocional, pero yerra si prentende comprender a la persona.

Ya sé, amigos luciérnagos, que estos son conceptos elementales de la Teoría de la Literatura, y que no debería detenerme en ellos, pero los tiempos que vivimos promueven una confusión entre la persona, el individuo, el escritor, el autor y el narrador, y parecen insistir en una relación entre personas (escritor y lector) cuyo único nexo es en realidad una ficción (una novela o un poema), y cuya comunicación interpersonal sólo puede acarrear frustraciones y decepciones. Porque una cosa es que el escritor redacte cientos de páginas apasionantes y otra bien distinta es que él mismo sea apasionante. Y que un lector sea un fervoroso seguidor de cierta literatura no quiere decir que forzosamente merezca fervor ninguno desde el punto de vista personal.

Por eso muchos autores prefieren la vida retirada y muchos lectores sensatos se guardan muy mucho de tentar a la suerte conociendo a los escritores que escriben páginas apasionantes pero cuya personalidad puede resultar... digamos, "discreta".

Debo añadir, a título personal, que a un servidor le encanta mantener contacto con los pocos o muchos lectores que tiene, a través de las redes sociales, por e-mail o personalmente. Digamos que prefiero arriesgarme a una experiencia que puede resultar en algún caso poco estimulante a ignorar a quienes tienen la amabilidad y la benevolencia de leer mis textos.

 

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Literatos por cuenta propia

En este punto no puedo afirmar que tenga datos contrastados y fiables, pero estoy por asegurar que, entre todas las naciones del mundo, el nuestro es el país que cuenta con más escritores por metro cuadrado; poco importa que las tasas de lectura sean escasas -e incluso vergonzantes, comparadas con otros países-; lo interesante aquí es ese deseo furibundo del español de entregarse a la "literatura" de forma desmedida y atrabiliaria. No hay, en nuestra feraz tierra literata, quien no haya dado a la prensa al menos dos docenas de obras de enjundia, entre las que deben espigarse varias novelas, ensayos, poesías, artículos, filosofías y memorias. En el maremágnum de esta superabundancia literaria, desde luego, apenas se distinguen formas y colores, y todos los gatos son pardos. El lector -si es que existe- se ve abrumado por la cantidad de obras magnas que cada quincena invaden los estantes de novedades, y apenas es capaz de distinguir un camaleón de una iguana, o un chacal de una hiena. 

Pero no debe abatirse el tierno lector: este blog luciérnago -aunque no tiene más pretensión que la de entretener tres minutos al desocupado internauta- ofrecerá las claves para distinguir la abeja de la avispa, las churras de las merinas y la velocidad del tocino. En definitiva, instruiremos al amable lector para que aprenda a distinguir al verdadero literato.

En primer lugar, el lector que pretenda distinguir el grano de la paja y los galgos de los podencos debe apartarse -como de la peste- de aquellos escritores que hablan de la inspiración. La inspiración es un elemento esencial del "escritor por afición". Naturalmente, necesita la inspiración (divina, por lo general) para compensar sus deficiencias técnicas y sus lagunas intelectuales. El escritor por afición cree que el arte es un don divino (aunque no conozca a Platón ni de oídas) y que él cuenta con semejante favor divino para entregarse a los furores literarios. A un literato por inspiración no le hables de estudio y esfuerzo, pues su arte sólo depende del Más Allá. (En otros lugares se han proporcionado razones suficientes -como si no valiera con el sentido común- por las que deben apartarse los libros basados en este influjo de la divinidad, de modo que no se insistirá aquí en ello).

El literato por afición tiene otra manía desesperante, que consiste en repetir como una letanía la frase "yo escribo sólo para mí". Curiosamente, estos literatos que escriben sólo para sí mismos no hacen sino dar la murga a todo el mundo con sus relatos. Lo cierto es que siendo individuos que escriben sólo para sí mismos tienen un interés excesivo en que los lea hasta el quiosquero de la esquina. A veces creo que estos literatos acaban repitiendo ese mantra porque no les queda otro remedio: después de dar la brasa a familiares, amigos, editores, vagabundos y gatos, acaban convencidos de que nadie desea escucharlos y, por tanto y efectivamente, acaban escribiendo sólo para sí mismos.

El literato por afición es con frecuencia el mejor escritor del mundo, y puede atestiguarlo con los numerosos testimonios veraces y solventes de su madre y su novia (o su padre y su novio, tanto da), o, en su defecto, de algún familiar benévolo que no quiere herir los sentimientos de nadie. Este "literato de ocasión" está convencido de su valor artístico y, por tanto, no deja escapar ocasión en la que pueda autoproclamarse adalid de la literatura universal. Es tan consciente de su potencial literario que no dudará en repartir consejos -gratuitos o facturados- sobre cómo se debe y cómo no se debe escribir, y cuál es su opinión sobre tal o cual libro, y cómo Dostoievski se equivocó en Los hermanos Karamazov, y cómo Jane Austen carece de interés filosófico, y por qué puede uno pasarse muy bien sin leer el Werther de Goethe.

Una característica esencial del "literato de ocasión" es el asco que siente por todo lo que se acerque o guarde relación con los estudios literarios. El escritor de reata detesta la filología. Es curioso, porque el arte literario se compone de palabras y la filología -entre otras cosas- se dedica a estudiar las ciencias de las palabras: la morfología, la sintaxis, la semántica, la historia de las lenguas, etcétera. Cualquiera diría que para dedicarse a la escritura son necesarios ciertos conocimientos filológicos, pero esto al parecer carece de toda lógica... (Es de suponer que el literato de ocasión recibe estos conocimientos por ciencia infusa y, por tanto, puede prescindir de su estudio). La filología también estudia la teoría de la iiteratura (o crítica literaria), y la historia de las distintas literaturas nacionales, y la literatura comparada... Al literato de ocasión todo esto le trae al fresco, para ser sinceros; siente una incomodidad patológica ante el estudio de la Historia, de la filosofía, del arte y otras disciplinas, que no considera en absoluto necesarias para su excelso arte literario. 

Finalmente, otra de las características esenciales del escritor por cuenta propia es su graforrea. El literato ocasional siempre está escribiendo... (a veces lee, pero en su cerebro realmente está escribiendo). Hay un tipo de escritor compulsivo que escribe sin parar por razones psiquiátricas: con frecuencia los doctores recomiendan a sus pacientes que redacten sus manías, sus traumas, sus fobias, sus neurosis y paranoias. Algunos "escritores" creen que esto es literatura, pero en realidad sólo son procesos paliativos de dolencias psiquiátricas o psicológicas. Narrar las psicopatías personales nada tiene que ver con la literatura. Pero es característico del literato virulento esa entrega desaforada a contarle a todo el mundo sus sentimientos, emociones y la evaluación sentimental de su vida personal e íntima. Con toda seguridad, están convencidos de que al resto del mundo nos interesa su existencia, y no voy a ser tan malvado aquí como para decirles que, en realidad, al resto del mundo le importa un bledo la vida emocional de un graforreico incontrolable.

El escritor graforreico no tiene ningún control sobre lo que escribe, todo le parece bueno, ingenioso, lúcido, brillante y artístico. Y como no tiene amigos instruidos que le digan la verdad, siempre está convencido de sus sublimes valores literarios. Y aquí nace uno de los grandes peligros que corre el literato de ocasión: la frustración. El pobre literato -genio sublime según su madre, su devota esposa o su abuela- continuamente ve cómo sus manuscritos son rechazados en las editoriales y cómo -siendo tan excelso escritor- nadie le presta la menor atención. Como el cerebro del literato de ocasión es granítico y pétreo, jamás pensará que es mal escritor: pensará que las editoriales están atestadas de analfabetos que no distinguen la i de la o, y que son una pandilla de majaderos sin ninguna instrucción; también puede pensar que su literatura es adelantada para nuestros tiempos, y que por eso los editores no lo comprenden. En este momento, nuestro literato frustrado puede entregarse a una lucha desigual en la que él se convertirá en el adalid y el salvador de la literatura universal. En este punto, para él todos los escritores son malos e ignorantes, todos los críticos, unos vendidos y unos incapaces; todos los editores, unos necios analfabetos; todos los lectores, unos borregos... Él, y sólo él, posee el secreto del arte literario; él, y sólo él, es capaz de encauzar toda la energía intelectual de su excelso ser hacia las bellas letras; él, y sólo él, es consciente del deplorable estado de la cultura universal y él, y sólo él, se siente con el valor intelectual y moral necesario para emprender la campaña de purificación literaria que el mundo necesita.

Para el resto del mundo, sin embargo, el misterio consiste en averiguar cómo una persona con tan pocas luces ha llegado a creer que puede componer algo que se asemeje a la literatura.

 

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Ficción y realidad en Tilling

Cualquiera que haya leído a Cervantes o a Flaubert conoce los peligros de confundir la literatura con la realidad. Por otro lado, la realidad y la ficción seguramente no guardan ninguna relación con la verdad, lo científico o lo comprobable, sino con lo verosímil y lo asumible. Hay sucesos "reales" que resultan increíbles, y ficciones más que posibles. Hoy todo el mundo es consciente de que la realidad con frecuencia propone escenarios que ni siquiera una mente perturbada sería capaz de imaginar.

Como saben todos los luciérnagos, éste es un tema clásico de Teoría de la Literatura, y resulta especialmente interesante para los creadores, que habitualmente trabajan con conceptos como "ficción", "verosimilitud", "realidad", "imitación", "imaginación", etcétera. No es éste el lugar donde uno deba repetir lo que todos los luciérnagos saben; sin embargo, es importante recordar que todos estos elementos -y otros adyacentes- son regiones de fronteras difusas, y que -afortunadamente- no siempre es posible establecer en qué lugar se sitúan los hitos que delimitan las diferentes provincias de la creación literaria. En este punto, siempre me gusta recordar al gran arqueólogo aficionado Heinrich Schliemann, que leía de niño la Ilíada homérica y siempre estuvo persuadido de que Troya había existido realmente. Cuando alcanzó la edad madura y cierta riqueza, se empeñó en descubrir el emplazamiento de Troya, ante las carcajadas de la comunidad académica, que siempre había asegurado que la Troya de Homero no era más que una fantasía del poeta. (Como todo el mundo sabe, Schliemann acabó desenterrando Troya, aunque no la Troya VII de la que se hablaba en los antiguos textos griegos).

Hay numerosos ejemplos que obligan a mirar con escepticismo esas fronteras de la realidad y la ficción, aparentemente tan sencillas de trazar. Los estudiantes de Filología abordábamos el Cantar de Mío Cid teniendo en cuenta la sentencia del maestro Pidal, según la cual el Cantar, aunque con algunos rasgos imaginativos, era esencialmente histórico. Poco después supimos que nuestro querido Cantar, aunque reflejaba algunos rasgos históricos, era esencialmente imaginación y ficción literaria.

La ficción tiene tanta fuerza que adquiere rasgos de realidad e influye y opera en la realidad y se adentra en ella para convertirse en realidad. Siempre me ha sorprendido, por ejemplo, que haya quien niegue la existencia real de Dios ante la cantidad enorme de catedrales e iglesias y acontecimientos que suceden en torno a Dios. Es obvio que Dios existe para los hombres; otra cosa es que exista "en sí mismo".

Umberto Eco explicaba en una de sus conferencias que la Historia y la ficción son independientes de la realidad. Decía que tenemos serias dudas, por ejemplo, de la existencia real de Jesucristo, pero todo el mundo sabe -y nadie lo pone en duda- que Supermán nació en Kripton. Así es como la ficción adquiere carta de realidad. Naturalmente, es un truco de semiólogo, pero es una teoría ajustadísima si rebajamos la reducción al absurdo: por ejemplo, resulta imposible saber con precisión si las noticias de un informativo son ciertas, reales, verdaderas, históricas y comprobables, pero todo el mundo está seguro -y no cabe la menor duda al respecto- de cómo murió Anna Karénina. Nadie podrá negarlo.

(Aunque no puedo detenerme en ello, uno de los asuntos más interesantes al respecto es cómo el lector asume la ficción como hecho real, y cómo el cerebro interpreta las emociones de lo ficticio como si fueran reales. Lloramos y reímos con una novela, o con una película, porque entramos en el juego y nuestro cerebro opera (casi) con las mismas emociones que utiliza para con la realidad. Nuestros "sentidos internos", como los llamaba John Locke, al menos en cierta medida, no parecen distinguir entre realidad y ficción. Locke, como Hume, Hutcheson, Condillac y otros filósofos del XVIII estudiaron con mucho interés este sorprendente hecho, y Hugh Blair hizo precisiones literarias importantísimas en su Retórica).

Hace algunas fechas, viajando por el sur de Inglaterra, disfrutaba un servidor de la campiña de Sussex desde la comodidad de un tren británico. A la izquierda se extendían los bosques en onduladas colinas y a la derecha resplandecía el océano estival en mil destellos matutinos. Durante varios años he recorrido estos caminos en la soledad de mi estudio, y no me costaba mucho descubrir las granjas de estilo Cold Comfort en las laderas herbosas.

El tren se detuvo en el diminuto apeadero de Rye y, de repente, recordé que allí había vivido durante muchos años E. F. Benson, y que llegó a ser incluso alcalde del pueblo. Así que no lo pensé dos veces y salté del tren para encontrarme inopinadamente en una cafetería-floristería que gozaba de todo el encanto de las narraciones de Benson. A lo largo de más de un lustro he traducido la obra de E. F. Benson para la editorial Impedimenta y, por las labores de documentación, sabía que Benson había utilizado el pueblo de Rye para describir su Tilling literario. Naturalmente, uno siempre tiende a pensar que el autor puede tomar algunos detalles de la realidad pero que, en términos generales, se trata de una ficción.

Mi sorpresa fue mayúscula, pero también emocionante y divertida. Benson dice que "no hay en toda Inglaterra una población tan descaradamente pintoresca como Tilling". Y puede decirse exactamente lo mismo de Rye, porque Rye es Tilling. Allí estaba, en la calle empedrada y en la esquina, la famosa casa de E. F. Benson, que para todos los lectores de su obra será siempre Mallards, el domicilio de la cotilla, rastrera, envidiosa y maravillosa Elizabeth Mapp. Allí estaban las dos puertas enfrentadas del mayor Flint y el capitán Puffin, allí estaba la cuesta que conducía a la High Street (que se llama también así en Rye), y la preciosa iglesia normanda en lo alto, con el cementerio en la parte de atrás, donde se colocó la estela funeraria por Mapp y Lucía (aunque afortunadamente no estaban muertas), y la pintoresca puerta medieval, y el castillo, y las extensiones pantanosas de las marismas, el mirador... 

Fue emocionante encontrarse realmente con los lugares que ya había recorrido en la literatura, y observar que allí estaba todo, tal y como lo describió maravillosamente Benson en su colección de novelas sobre Elizabeth Mapp y Emmeline Lucas (Lucía).

Pude comprobar que en Rye, como en Tilling, ¡sigue celebrándose el concurso anual de pintura para aficionados locales!, y tuve incluso el placer de recorrer la galería... con cuadros... bueno, en fin, como los que describe Benson en sus libros. Pero lo más conmovedor fue descubrir un elemento arquitectónico del que Benson habla en sus libros y que uno siempre creyó ficticio. Benson dice que Mapp y otros pintores aficionados de Tilling y los alrededores tenían devoción por una panorámica de la calle que iba a dar a la iglesia, porque allí se veían las pintorescas casitas y la chimenea torcida de la última casa. Como he dicho, simpre pensé que esa chimenea era un elemento ficticio de las novelas de Benson. Sin embargo, y para mi emocionada contemplación, allí estaba. 

Amigos luciérnagos, ¿les apetece pasear conmigo por el Rye real y el Tilling ficticio de Benson? Acompáñenme.

Lamb House. En esta casa vivió Henry James. Después fue adquirida por E. F. Benson, que la ocupó durante muchos años. Fue el modelo para Mallards, con sus famosísimos tres escalones: el domicilio de Elizabeth Mapp en sus novelas.
Lamb House. En esta casa vivió Henry James. Después fue adquirida por E. F. Benson, que la ocupó durante muchos años. Fue el modelo para Mallards, con sus famosísimos tres escalones: el domicilio de Elizabeth Mapp en sus novelas.
Ésta es la famosa chimenea torcida de la última casa de la calle, una panorámica encantadora que todos los aficionados a la pintura de Tilling y los alrededores deseaban plasmar en sus lienzos. Al fondo, la iglesia normanda de Rye/Tilling.
Ésta es la famosa chimenea torcida de la última casa de la calle, una panorámica encantadora que todos los aficionados a la pintura de Tilling y los alrededores deseaban plasmar en sus lienzos. Al fondo, la iglesia normanda de Rye/Tilling.
Otro de los atractivos turísticos de Rye/Tilling, el castillo. El de Rye es el Ypres Castle, junto a la puerta sur de la ciudad.
Otro de los atractivos turísticos de Rye/Tilling, el castillo. El de Rye es el Ypres Castle, junto a la puerta sur de la ciudad.
Una de las calles de Rye/Tilling. Como decía Benson, "Tilling es una de las localidades más descaradamente pintorescas de Inglaterra". Y lo sigue siendo.
Una de las calles de Rye/Tilling. Como decía Benson, "Tilling es una de las localidades más descaradamente pintorescas de Inglaterra". Y lo sigue siendo.
Esta calle, con su pequeños 'cottages' estilo Tudor, se encuentra frente a la iglesia normanda de St Mary y su famoso cementerio.
Esta calle, con su pequeños 'cottages' estilo Tudor, se encuentra frente a la iglesia normanda de St Mary y su famoso cementerio.
El viejo cementerio, junto a la iglesia de St Mary.
El viejo cementerio, junto a la iglesia de St Mary.

Fot.: (c) José C. Vales / Belén Bermejo

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Working for the man

Hace algunas semanas, mientras disfrutábamos de un ameno café en una de las plazas más castizas de Madrid, mi amigo M. M. -hombre de larguísima y brillante trayectoria en el mundo editorial y cultural de la ciudad- me comentaba que poco a poco iría desgranando en su blog todas las aventuras literarias que ha vivido estando al frente de los diversos departamentos que ha dirigido u organizado. Le pregunté entonces cuál era la razón para ofrecer todo ese cúmulo de expriencias gratis y no en forma de libro o de película documental o cualquier otro formato. En términos simples, le preguntaba por qué decidía no obtener nada a cambio de narrar unas experiencias que -en realidad- valdrían muchísimo dinero. Y en resumen, lo que le preguntaba era por qué había decidido ofrecer de modo altruista al mundo semejante cúmulo de información.

Es decir, la cuestión es: ¿por qué [algunos] nos estamos acostumbrando a ofrecer gratuitamente contenidos que no sólo tienen un valor cultural sino también un valor pecuniario o económico? La cuestión es: ¿por qué estamos alimentando con contenidos originales, artísticos, intelectuales, culturales, etcétera, un sistema que no sólo no nos paga por hacerlo, sino que nos cobra a precio de oro nuestras intervenciones? Me pregunto por qué tantos jóvenes fotógrafos, tantas novelistas brillantes, tantos pintores, tantos diseñadores gráficos están alimentando a esta bestia a cambio de ciertas posibilidades de encontrar un trabajo precario, miserable y pordiosero. ¿Por qué estamos dando gratis lo que tanto nos ha costado?

 

 

En el mundo anglosajón, sobre todo en Estados Unidos, hay una expresión que ejemplifica bastante bien lo que está ocurriendo: "Working for the man". El Urban Dictionary (sólo para mayores de 18 años) explica a la perfección el significado de esta expresión: "Performing a task, manual labor, or any type of assigned duty for a stupid, spineless, gutless, lazy, selfserving, douchebags, worthless, anal retentive, unappreciative, disrespectful person or organization for money". Desde principios del siglo pasado "working for the man" significó tanto como "trabajar para un miserable tirano" y, en general, "trabajar por cuatro centavos para una persona miserable, indigna, estúpida, asquerosa y despreciable". Con frecuencia, "the man" era el mismísimo Gobierno, pero como se explica en otros lugares, generalmente aludía a quien ostenta una autoridad violenta y que se aprovecha del trabajo ajeno. En ningún lugar he visto que este "man" remita a los trabajos de esclavitud en el siglo XIX y XX en Estados Unidos, aunque todo hace sospechar que la expresión nació allí, en los grupos de trabajo esclavo que daban de comer y engordaban a miserables sin escrúpulos. Como se sabe, uno de los grandes éxitos de Roy Orbison tenía precisamente ese título: "Working for the man".

 

 

Las redes sociales, los blogs y las páginas personales nos ofrecen la fabulosa posibilidad de ofrecer nuestras ideas al mundo. Miles de jóvenes y no tan jóvenes (como mi amigo M. M. y yo mismo) completamos páginas enteras con textos, artículos, ideas, propuestas... y otros miles y millones de personas aportan sus fotografías, sus cuentos, sus diseños, sus ocurrencias, sus dibujos, etcétera. Es fabuloso. ¿Para quién? Twitter, Facebook, YouTube, Amazon, Pinterest, Tumblr están repletos de ideas que se ofrecen a cambio de NADA. Se trata de alimentar a la bestia con el fruto de nuestro trabajo filológico, artístico, creativo, intelectual o científico, a cambio de ciertas posibilidades (trabajo, contactos, publicidad, tal vez algo de dinero... si haces mucho el estúpido delante de una cámara). Somos como los niños y los obreros de Lewis Hine, trabajando por una miseria, por la perspectiva de sentirnos libres, mientras los propietarios de Twitter, Facebook, YouTube, etcétera se reparten los millones que todos generamos gratuitamente para ellos. Pero... como los niños de Lewis Hine, parece que nosotros tampoco tenemos derecho a confiar en un futuro mejor. No hay esperanza: una joven escritora tarda uno o dos años en redactar su novela, por la que Amazon le da menos que migajas; un fotógrafo cuelga su noticia gráfica en Twitter, pero el dueño de la red social ni siquiera se entera, porque está contando su dinero o ejecutando una de sus infinitas y ridículas actualizaciones; un profesor de matemáticas se esfuerza en enseñar a los jóvenes los misterios de las integrales en YouTube, pero los dueños de la plataforma de vídeo miran para otro lado mientras la pornografía, la violencia y la estulticia juvenil rebosa en su web, porque son más rentables.

Por mi parte, no estoy dispuesto a aceptar que existe un intercambio justo en este sistema. Y por esta razón animo a los luciérnagos a que jamás ofrezcan gratis (o casi gratis) sus ideas, su arte o su sabiduría. (Una cosa es la costumbre tradicional y académica de compartir información entre iguales y otra bien distinta ofrecer contenidos gratuitos para el enriquecimiento de cuatro caraduras). Es dificilísimo rebelarse contra The Man, porque es un miserable y hará todo lo posible por engañarnos, embaucarnos y convencernos de que lo único que nos merecemos son migajas. Pero amigos... si pueden, no trabajen para él, o al menos... no trabajen gratis. No estoy proponiendo un boicot, ni un plante, ni una conspiración, ni una subversión; no promuevo conjuras, complots o maquinaciones. No pretendo formar una "quinta columna" ni sabotear nada. Sólo quiero dejar claro que sabemos lo que está ocurriendo: sabemos que estamos trabajando por una miseria para engordar al cerdo: "Working for the man".

 

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Libros, e-books, papiros y estelas funerarias

Es muy probable que los amigos luciérnagos estén de acuerdo conmigo a la hora de considerar el actual panorama literario, libresco y editorial como un perfecto pandemónium. Si hay algo que caracterice el ámbito de las letras en la actualidad es el ruido, la algarabía, la confusión y el griterio. El Parnaso, antaño un lugar donde reinaba el silencio y la dedicación al estudio, es hoy una zarabanda panderetera atestada de vociferantes maleducados, gruñones y chillones, empeñados en hacer oír sus simplezas a toda costa. La Red da voz y altavoz a todos estos energúmenos, y el griterío, el alarido y el berrido se convierte en el único argumento literario al parecer. Propaganda masiva, cháchara inútil, conversación ascensorista, reflexiones infantiles, propuestas juveniles con disfraces intelectuales, clamores de niños malcriados, lamentaciones literarias, quejumbres editoriales... a eso y a cosas peores se reduce -en términos generales, entiéndase- el universal vertedero en que se ha convertido la Red.

Y en este colosal estercolero, el mundo del libro no escapa a las declaraciones y proposiciones más simples y torticeras que puedan imaginarse, propias de una discusión de taberna mugrienta, cuando no de escolares soñolientos esperando a que escampe para salir a jugar al patio.

Editores, escritores, traductores, correctores, maquetistas, responsables de ventas, libreros y lectores parecen enfangados en una discusión a grito pelado en la que no se diferencian argumentos de amenazas y predicciones de augurios. El precio de los libros, la distribución, la calidad, los soportes, la piratería y mil cuestiones no son sino una barahúnda de sugerencias que se acumulan y se olvidan en el Gran Estercolero.

Por otra parte, es comprensible que en un escenario "crítico" (acepción 2, de 'crisis') la confusión sea la característica visible de un problema real. Lo dramático es que la Red precisa confusión, griterío y barahúnda para sobrevivir, y cháchara y conversación inútil, y sugerencias ridículas, y boberías y chistes, y en este aquelarre de tontunas las voces de quien está en condiciones de aportar ideas y razones solventes se diluyen en medio de la escandalera gallinácea de internet; las opiniones de los editores, escritores, libreros y profesionales del libro -los sensatos, que también los hay- se equiparan a las del majadero, al troll o al insensato criticón y bocazas.

En todo caso, no quisiera que esto se entendiera como un desprecio furibundo de internet: como en todos los grandes basureros, muladares, estercoleros y vertederos del mundo, quienes saben buscar encuentran flores, anillos de oro, joyas, piezas útiles y objetos preciosos y valiosos.

Doy por sentado que a nadie le importa mi opinión respecto a la actual crisis editorial, porque en este mundo en el que todo se comparte -curiosamente- no hay nada que menos nos importe que la opinión de los demás. De hecho, en raras ocasiones se aportan argumentos racionales a las discusiones, sino opiniones personales y consideraciones particulares, así que en breve voy a dar las mías y santas pascuas.

Yo, señor juez, soy un obrero de las letras y de los libros. No digo que no deban existir otros soportes en los que puedan expresarse las ideas, las ficciones o las reflexiones de autores e intelectuales; sólo digo que yo me ocupo de los libros y que esencialmente me interesan los libros. Por supuesto, respeto profundamente a todas las personas que leen en e-books, planchas de metal, obeliscos, estelas funerarias o pergaminos. En mi caso -y rogaría el mismo respeto-, el soporte que más me complace es el libro. Y al libro he dedicado toda mi vida y pienso seguir haciéndolo si Dios, Bezos, Suckerberg y otros santones del mundo moderno me lo permiten. En serio lo digo: le deseo toda la felicidad, prosperidad y fortuna a aquellas personas que leen a Jane Austen, a Dickens o a Cervantes en una tableta de cristal líquido o de chocolate, en una pantalla de televisión o en un friso helénico. Sólo pido -si se me permite pedir algo- que se respete mi humilde gusto de leer a estos autores (y a todos los demás) en libros, con su lomo, sus guardas, su cosido o su pegado, con las decisiones estéticas del editor, con su letra escogida, con su paginación adecuada, con sus mapas, sus grabados, sus tejuelos, con sus estampaciones y sus lomeras. La idea de que el soporte es irrelevante me resulta un poco infantil. (Casi da vergüenza tener que explicar que el medio también es mensaje y que todo el cúmulo de información que propone un libro físico se añade al texto, con sus colores, su textura, su tamaño preciso, su fuente característica, su paginación, su orden, etcétera, y todo ello forma parte de lo que el autor y el editor quieren transmitir al lector. Pero esto es algo que sabe cualquiera con dos dedos de frente, claro). Me gusta que todos los libros sean distintos en tamaño, y que tengan distintos colores, y poder apilarlos en mi mesa de trabajo, y utilizar seis a la vez para consultarlos. Prefiero poder dejar los libros abiertos por una página, y volver a ellos ahora, o luego o nunca; me gusta pintar, garabatear, apuntar y doblar las páginas, e incluso recortarlas a veces; me agradan los grandes libros que jamás caben en un e-book ni en un telefonillo, con sus colores impresos, con su tinta, sus defectos y sus glorias de estampación...

Los argumentos para preferir los libros -como puede verse- son muchos, y también los hay literarios, pero ya "se está haciendo tarde y empieza a refrescar, se está nublando el cielo y nos vamos a mojar", así que habrá que ir concluyendo.

Insistiré en que creo que cada cual puede hacer lo que le venga en gana en este mundo libresco siempre que no cometa delitos, ni robe, ni plagie, etcétera, y se someta a las leyes y a las normas elementales de educación. No tengo opinión sobre quienes tienen otros gustos u otras preferencias, y si leen en e-books o en estelas funerarias, en megalitos, en planchas de cobre, en puertas de baño, en ordenadores, en teléfonos o en papiros es cosa de cada cual, y a mí ni me va ni me viene. Ni los juzgo ni evalúo su capacidad para asumir la modernidad. Y espero que tengan la bondad de hacer lo mismo conmigo, aunque sólo sea por piedad y misericordia: los libros son mi antídoto contra la cháchara inútil y el herrero que me libera de la servidumbre. 

¡Saludos, luciérnagos!

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Sentimientos, emociones y neurotransmisores

Uno de los grandes disgustos de los jóvenes estudiantes que ingresan en las facultades de Filología tiene lugar cuando descubren que los poetas no dicen "la verdad". Hasta principios del siglo XX, cuando se produce la industrialización de los sentimientos y las emociones, la publicación de los sentimientos y las emociones era algo vergonzante y se restringía a los límites de lo particular, lo personal, lo familiar y las relaciones amorosas privadas. Naturalmente, los párvulos filólogos sentían que su tierno corazoncito se quebraba al descubrir que Garcilaso no derramaba lágrimas de cocodrilo al redactar sus sonetos, sino que tenía delante los textos de Ausonio o Bernardo Tasso para imitarlos a conciencia. "Oh... entonces, aquellos versos en los que lamentaba la muerte de Isabel Freyre... "¡Oh dulces prendas por mi mal halladas...!". Bueno, en primer lugar no hay nada que sugiera una escena tan "romántica", y en segundo lugar, el poeta tenía delante la Eneida para copiar en castellano la virgiliana "Dulces exuviae, dum fata deusque sinebat".

No voy a aburrir a mis queridos amigos luciérnagos con asuntos que conocen bien: la única "verdad" reconocible en Quevedo o en Lope es la "verdad poética", la que remite a una tradición literaria y a una creación lingüística y literaria. El Romanticismo (y algunas fórmulas ilustradas, pero dejémoslo así) propuso la exaltación del "yo" y la individualidad, pero eso no significaba que sus obras literarias (salvo en el caso de autores menores) fueran la narración de sus vidas, de sus sentimientos reales o sus emociones verdaderas. Una de las cualidades de la literatura es sobrepasar los estrechos límites de la realidad para universalizarse. E. R. Curtius, al prologar Poesía y verdad, de Goethe, reproducía una carta del genio alemán a Creuzer en la que afirmaba: "Nosotros debemos reverenciar el legado de nuestros mayores, Homero, Hesíodo y los demás...", y señalaba que su labor intelectual tenía carácter "supratemporal". 

Creo que fue la revelación psicologista de finales del siglo XIX y prinicipios del XX (más que el movimiento romántico) lo que favoreció la explosión del sentimentalismo y el emocionalismo que ha llegado a nuestros días. Hasta ese momento, nadie había sido tan atrevido como para suponer que los sentimientos personales podrían interesarle a los demás y, por lo tanto, cabía la posibilidad de darles salida pública. ¡Incluso los románticos, como el "padre" Goethe, matizaban sus sentimientos personales en la razón ilustrada y en la tradición literaria! El modernismo sentimental de principios de siglo favoreció la proliferación emocional estrictamente individual. Así, de la mano del psicologismo -pocas veces relevante y tantas veces torticero- la literatura se vio (y se ve) inundada de psicopatías, neurosis, paranoias o traumas infantiles. Es fundamental recordar que estos procesos patológicos, aunque se viertan en texto como terapia o catarsis, no son literatura. Pero conviene precisar que algunas de estas patologías y otras aún más graves han sido el sustrato de obras literarias importantes. 

El psicologismo modernista y sentimental de principios de siglo también afectó a la crítica, que aceptó y catalogó como grandes obras de arte lo que no eran más que desvaríos de mentes desgraciadas y enfermas. La literatura se convirtió de este modo en un erial, en el que habían desaparecido los hitos de la tradición y bastaba con la expresión ilimitada y más o menos "poética" de las emociones personales y privadas. Naturalmente, la sociedad -que desestimó como impropio este método al principio- no tuvo más remedio que aceptar el género de la autoexposición emocional, y sumarse a la "industrialización" sentimental que padecemos en nuestros días.

Hoy sabemos que los sentimientos y las emociones no son más que procesos químicos en los que determinadas sustancias (neurotransmisores, biomoléculas, hormonas, etcétera) generan determinados estados fisiológicos y mentales que habitualmente asociamos con estados emocionales. Aunque... desde luego, uno comprende que la "tradición poética sentimental" no acepta bien las odas a la serotonina o los sonetos de exaltación a la dopamina. De todos modos, la noradrenalina y el glutamato podrían adaptarse a uno de esos interminables poemas de verso libre que...

En cualquier caso, aun aceptando la existencia de los sentimientos y las emociones como procesos espirituales o psicológicos (es decir, en el sentido antiguo, del siglo XX), hay que admitir que no todos los autores se entregan a esta exhibición pública y generalizada. Los más avisados saben que el tamiz literario es imprescindible y que el fingimiento "poético" no es más que un recurso escolar. Por otro lado, que los supuestos sentimientos y las emociones necesiten un "rebozado" poético es muy razonable, ya que -como en el caso de las experiencias místicas- deberían considerarse inefables, es decir, indescriptibles.

Poca cosa serían los sentimientos si pudieran describirse en un soneto o una quintilla. ¿Qué clase de amor, amistad, dolor, alegría o desesperación es tan triste, cutre y pordiosero que puede describirse en una novela o en un poema? Si un servidor albergara un sentimiento de amor o amistad tan pobre que pudiera describirse en un poema, me embargaría una depresión mortal.

Les contaré una anécdota real para concluir.

Hace poco, con motivo de... bueno, eso no importa. Lo importante es que cierto autor había escrito algo parecido a una biografía y se me ocurrió preguntarle si no le daba pudor desnudarse así ante el público. (He de advertir que mi pregunta no era maliciosa. Siempre podría haberle preguntado si creía que era necesario dar a conocer su vida o por qué creía que su vida y sus emociones o sentimientos personales podrían interesarle al resto de la Humanidad). Creo que el autor entendió "vergüenza" por "pudor" y me miró airadamente, y me contestó que efectivamente le daba vergüenza pero que la literatura consistía en "publicar las emociones y sentimientos personales".

Mi opinión importa poco, pero por si a alguien le interesa (y teniendo en cuenta que soy consciente de que no son más que procesos neurológicos), considero que los sentimientos personales (al menos los míos) son demasiado importantes para uno y demasiado irrelevantes para los demás como para airearlos en novelas y poemas.

Que tengan buen día.

Un hombre pide perdón (o clemencia) a su esposa en los tribunales de Chicago en 1948 donde se procedía a la demanda de divorcio interpuesta por la mujer (via vintag.es)
Un hombre pide perdón (o clemencia) a su esposa en los tribunales de Chicago en 1948 donde se procedía a la demanda de divorcio interpuesta por la mujer (via vintag.es)
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Cómo afrontar una crítica negativa

En nuestro país, quien más quien menos ha publicado dos o tres novelas, ha redactado cuatro o cinco poemarios, ha escrito varios tratados críticos, ha trabajado en ensayos históricos o políticos, mantiene varias páginas web y media docena de blogs (literarios, la mayoría, aunque también científicos y cuánticos), además de participar crítica y creativamente en Facebook, Twitter, Instagram, Tumblr y otras redes sociales.

Por tanto, la práctica totalidad de la población española está sometida al dictamen crítico. Los autores, que viven sin vivir en sí mismos por culpa de semejantes látigos literarios, se enfrentan por tanto a un abismo emocional cuando los críticos amenazan con evaluar su obra literaria.

Si la crítica es benévola, el autor inspirará profundamente, elevará su mirada hacia el Altísimo y dará gracias a los hados por semejante favor. También procurará agradecer las generosas palabras del crítico, por lo que pudiera pasar en el futuro.

Ahora bien, si la crítica es negativa, hiriente, ofensiva o destructiva, ¿cómo actuará nuestro autor? ¿Se hundirá en una ciénaga de aflicción, desesperación y depresión ante las malquerencias de un crítico al que la úlcera de estómago o la próstata han molestado más de lo justo ese día?

 

 

Tras una rápida consulta, amigos luciérnagos, he de comunicaros que la mayoría de los autores, editores, periodistas y vecinos a los que he comunicado mi inquietud me han asegurado que, ante una crítica negativa, lo mejor es... ¡no hacer nada! El quietismo. No hay que responder, ni comentar, ni hablar, ni respirar...

Hay razones poderosas para actuar así ante una crítica negativa. La primera es que si el crítico es un profesional de importancia, un profesor universitario o un periodista de renombre y solvencia, y la crítica aparece en una revista especializada, seguramente resultará más beneficiosa que nociva. Entre otras cosas porque los críticos (de verdad) rara vez evalúan una obra conforme a criterios personales ni suelen dar su opinión particular al efecto: suelen remitirse a los hechos literarios y, por otro lado, la verdadera crítica literaria jamás se ocupa de una obra deleznable, porque el objeto de esa disciplina son las obras de arte, no las obras menores, irrelevantes o mal escritas. No hay nada más insensato y ridículo que dedicar tiempo y esfuerzo a libros que no valen la pena. (Hay algunos "críticos" blogueros que dedican horas y horas a criticar libros malos, hasta el punto que uno tiene la sospecha de que jamás leen uno bueno...).

 

 

Pero -admitámoslo- la mayoría de la "crítica" literaria en la actualidad se genera en la Red. Y, aunque por lo general se trata de lectores bienintencionados, hay una gran variedad de modalidades críticas blogueriles. Hay blogs "críticos" historiados, coloristas, naïf, minimalistas, intelectualistas, esnobs, cutre-lit, románticos, eróticos, plastíferos, periféricos, amables, responsables, informados, desinformados, atrabiliarios, macarras, melifluos, incomprensibles, amistosos, amorosos, humorísticos, etc. En fin, cada bloguero impone su personalidad lectora y social en su blog. (A modo de inciso diré que los "críticos" blogueros, especialmente los más severos, exigen un respeto y una deferencia que con frecuencia ellos no tienen para con los demás, y, como todos los habladores, tienen una piel "muy fina", poco resistente a las críticas).

La independencia -y en muchos casos el anonimato- permite que los "críticos" blogueros puedan despacharse "a gusto" con una obra que -simplemente- no les ha "gustado". (Aprovecho para recordar que los libros no se evalúan como los estofados y las menestras). Es asombroso -y para los autores y las editoriales, aterrador- que la opinión en un blog o en una red social pueda perjudicar irresponsablemente meses e incluso años de trabajo de escritores, editores, diseñadores, equipos de prensa, fotógrafos, etcétera. Aunque hay honrosísimas excepciones, las razones que suelen aducirse para favorecer o denostar un libro son silvestres y pedestres, ajenas a cualquier mínimo ejercicio crítico solvente y profesional. Como se sabe, el poder que ha adquirido la blogosfera crítica se está convirtiendo en un verdadero problema que tiene atemorizado al mundo editorial, con la exigencia de libros gratuitos y otras prebendas. Por otro lado, las editoriales también procuran aprovechar ese "soborno" encubierto para favorecer sus intereses.

 

 

¿Cómo afrontar los arrebatos y furibundias de "blogueros con un mal día"?

En mi opinión, ante una crítica agresiva, injusta, irresponsable, pedestre y atrabiliaria, lo mejor es concertar una cita con el bloguero en un lugar solitario y apartado, donde se puedan discutir los asuntos literarios tranquilamente y sin interrupciones.

En fin... Hemos de aceptar que vivimos en un país poco respetuoso en el que el deporte nacional es darle al pico, especialmente en materias y temas que desconocemos por completo. Un ingeniero, un abogado, un médico o un arquitecto no consentirán que nadie juzgue o se inmiscuya en su trabajo profesional, pero no dudarán en abrir un blog literario donde dar rienda suelta a sus conocimientos de secundaria y evaluar con la solvencia de un comentario de texto obras literarias que con frecuencia están más allá de su capacidad analítica. (Por eso los autores no pueden entrar a discutir con las decenas de "críticos" que evalúan su obra. Ciertos blogueros son lo suficientemente astutos como para hablar mal de un libro con la intención de desatar una reacción por parte del autor y encontrar así cierta repercusión).

Entiéndase, de todos modos, que el lector siempre juzgó los libros, y siempre tuvo una opinión al respecto: la diferencia con el momento actual es que lo que antes se mantenía juiciosa y discretamente en el ámbito familiar ahora se divulga al mundo entero. Desde luego, eso puede perjudicar al autor y su obra, pero con mucha frecuencia perjudica también la imagen del bloguero que se adentra en terrenos pantanosos y resbaladizos que no conoce. Es difícil encontrar tantos críticos en la arquitectura, la danza, la pintura o la música clásica como en la literatura. Ello se debe sin duda a la graciosa creencia según la cual saber leer es suficiente para evaluar una obra literaria.

 

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Mitos y misticismos de la escritura

 

Permitidme, queridos amigos luciérnagos, que comparta con vosotros un temor que me acecha por doquiera que voy. Y este temor o acechanza no radica sino en la intuición de que está volviendo a resurgir el escritor imbuido de la inspiración sobrenatural. De nuevo vuelven a oírse expresiones que convierten la escritura en un mandamiento sagrado (no se sabe de qué dios), en una orden espiritual, en una misión divina... Los escritores vuelven a hablar de la imposibilidad de sustraerse a semejante imposición (¿alienígena?), de la obligación natural, espiritual, mística o tántrica de entregarse —como víctimas sacrificiales, oh— a la celeste labor de la escritura.

En realidad, parece que son los propios escritores —de corta formación filológica en general— los que se abisman en estas tribulaciones místicas y desatan su farragosa perorata sobre la obligación de escribir, asociándolas a no sé qué ridículos mandatos de carácter místico, divino, espiritual, alienígena o... Con frecuencia hablan de una necesidad irreprimible de escribir, de la "droga" de la escritura, del mandato, de la misión, de la obligación. No tardaremos mucho en saber que hay escritores a quienes unas voces en su cerebro les ordenan dedicarse a escribir, en vez de ir al médico.

Sin embargo, mis queridos luciérnagos, la escritura es otra cosa. (Y la literatura, otra bien distinta). La escritura es el producto de una reflexión (sí, incluso en los místicos y en Santa Teresa, v. bibliografía al respecto) en la que el escritor ha resuelto que tiene algo que decir y ha decidido cómo expresarlo. Ponerse a escribir por ponerse a escribir —por orden de las voces del cerebro o por mandato de Santa Genoveva— tiene otros rasgos que no se asimilan a la escritura ni a la literatura, sino a la psiquiatría. (En todo caso, adviértase que la psiquiatría también ha dado algunos frutos literarios curiosos, asociados sobre todo a la función terapéutica de la escritura). Si una persona tiene unos deseos irreprimibles de escribir, sin saber qué ni cómo ni por qué... bueno, no quiero asustar, pero uno diría que tiene un leve problemilla psiquiátrico conocido como grafomanía.

Mis queridos amigos: la escritura no es un asunto de arrebatos, órdenes divinas, abducciones alienígenas, disparates inspiracionales, genética literaria ni sandeces semejantes. La escritura, y la literatura que podría derivarse de ella, es producto de la inteligencia y la razón, de la reflexión, de la técnica, del estudio, de las lecturas, del análisis y las disciplinas técnicas y teóricas asociadas a la Filología, la Historia, el Arte, etcétera; la imaginación, la intuición, la ocurrencia, la habilidad para descubrir nuevos giros, fórmulas, estructuras o hallar personajes, escenas, teorías o esquemas mentales no son sino el fruto natural del mucho estudio anterior y la mucha reflexión. La escritura es un trabajo consciente y la literatura es el fruto artístico de un trabajo consciente. Ni siquiera los místicos o los surrealistas —salvo los crédulos aficionados de segunda fila— aceptaron jamás que su trabajo fuera el producto de la inconsciencia, pues la inconsciencia, el sueño, la visión mística o la revelación inconsciente, fruto de los problemas psiquiátricos, las drogas o el alcohol, no generan más que sandeces que posteriormente causan graves problemas al editor que tiene que arreglar semejantes desaguisados "inspiracionales".

Por desgracia —o por su propio interés— han sido los escritores quienes han desbrozado este ridículo camino de la inspiración divina, y desde antiguo han propalado la especie de que "su obra" era un producto divino más que humano. Nietzsche describió en El origen de la tragedia la dicotomía en la que a su juicio se escindía la creación artística. En primer lugar, hablaba del "autor poseso", que trabaja en estado de éxtasis, "como poseído por fuerzas extrañas e irreprimibles"; en segundo término nos encontramos con el "autor artífice", que crea en "un estado de lucidez, de equilibrio, de disciplina mental, relizando su obra a través de un esfuerzo vigilante...". Diderot se había expresado en términos semejantes también, aludiendo a la belleza de los trabajos sustentados en la razón, la reflexión, el estudio; mientras que el genio tendría como características la pasión, el dinamismo, y —oh— "el espíritu profético". No es necesario remontarse más, pues todos los luciérnagos conocen las opiniones de los teóricos anteriores. Y todas ellas, o buena parte al menos, aluden a ese "espíritu profético", incomprensible, místico, divino, ¡alienígena!, que traspasa las obras de arte y literarias.

Por desgracia, y al contrario que las apariciones marianas, jamás los "espíritus proféticos" se han manifestado en personas iletradas, o que jamás han leído un libro, o que nunca han estudiado nada, o que ignoran los rudimentos de la historia, la teoría literaria, la retórica, la gramática, etcétera. Curiosamente, el "espíritu profético" siempre se ha manifestado en personas que han dedicado muchas horas al estudio y a su formación técnica e intelectual. Por eso, cuando el dicho "espíritu profético-literario" se expresa en personas de dudosa formación, el resultado suele ser deplorable. El "espíritu profético", en fin, tiene la manía de expresarse en individuos que han estudiado y trabajado mucho, y que han leído y reflexionado mucho, y que han investigado mucho y se han esforzado en las disciplinas por las que el dicho "espíritu profético" siente una especial debilidad: la literatura, el arte, la historia, la filosofía...

Clementine Paddleford y su "espíritu profético", 1958.
Clementine Paddleford y su "espíritu profético", 1958.
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"En cosas peores podría ocuparse el hombre": los traductores, según Cervantes (DQ, II, lxii)

A propósito de los laberínticos trabajos de traducción y su conexión con la reciente publicación del Quijote en su moderna versión de novela gráfica (véase entrada ant.), no quisiera dejar pasar la ocasión de reproducir aquí la opinión que la traducción le merecía a Cervantes o... al menos, a don Quijote. Se trata de un conocidísimo pasaje de la segunda parte del Quijote (capítulo LXII), cuando el caballero se atreve a curiosear en una imprenta y a dar su opinión aunque nadie se la pide.

Como es natural, una joya para traductores que buscan "las propias correspondencias".

Texto extraído de Miguel de Cervantes: Don Quijote de la Mancha. Crítica / Instituto Cervantes, Barcelona, 1998. Estudio preliminar de Fernando Lázaro Carreter. Texto crítico y dirección de Francisco Rico. (Segunda Parte, cap. LXII; págs. 1143-4).

 

"—¿Qué título tiene el libro? —preguntó don Quijote.

A lo que el autor respondió:

—Señor, el libro, en toscano, se llama Le bagatele.

—¿Y qué responde le bagatele en nuestro castellano? —preguntó don Quijote.

Le bagatele —dijo el autor— es como si en castellano dijésemos 'los juguetes'; y aunque este libro es en el nombre humilde, contiene y encierra en sí cosas muy buenas y sustanciales.

—Yo —dijo don Quijote— sé algún tanto del toscano y me precio de cantar algunas estancias de Ariosto. Pero dígame vuesa merced, señor mío, y no digo esto porque quiero examinar el ingenio de vuestra merced, sino por curiosidad no más: ¿ha hallado en su escritura alguna vez nombrar piñata?

—Sí, muchas veces —respondió el autor.

—¿Y cómo la traduce vestra merced al castellano? —preguntó don Quijote.

—¿Cómo la había de traducir —replicó el autor— sino diciendo 'olla'?

—¡Cuerpo de tal —dijo don Quijote—, y qué adelante está vuesa merced en el toscano idioma! Yo apostaré una buena apuesta que adonde diga en el toscano piache, dice vuesa merced en el castellano 'place', y adonde diga più dice 'más', y el su declara 'arriba', y el giù con 'abajo'.

—Sí declaro, por cierto —dijo el autor—, porque esas son sus propias correspondencias.

—Osaré yo jurar —dijo don Quijote— que no es vuesa merced conocido en el mundo, enemigo siempre de premiar los floridos ingenios ni los loables trabajos. ¡Qué de habilidades hay perdidas por ahí! ¡Qué de ingenios arrinconados! ¡Qué de virtudes menospreciadas! Pero, con todo esto, me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen y no se veen con la lisura y tez de la haz; y el traducir de lenguas fáciles ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel. Y no por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio de traducir, porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre y que menos provecho le trujesen".

 

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El prodigioso laberinto cervantino

Acaba de publicarse en España la versión en cómic de Don Quijote, ilustrada por el dibujante británico Rob Davis, en la editorial Kraken. Cuando la editora Sonia Antón me propuso colaborar en este proyecto, por mi mesa de estudio se derramaron a partes iguales la ilusión y la responsabilidad. Para los filólogos hispanistas, el Quijote es como Keops para el egiptólogo, el Partenón para el arquitecto, o la Victoria de Samotracia para el escultor: simplemente, en la literatura española no hay nada mejor y, si quiere encontrarse algo a su altura en la literatura universal, habrá que esforzarse repasando a Shakespeare, o abismarse definitivamente en las sombras clásicas de Homero o Virgilio.

Rob Davis emprendió la abrumadora tarea de trasladar a las viñetas la historia de don Quijote en 2011, cuando se publicó en Gran Bretaña la primera parte de la narración cervantina. Dos años después veía la luz la segunda parte, al tiempo que la industria editorial proponía un volumen único en el que se presentaba la obra completa. En una entrevista reciente, Davis confesaba que al principio llegó a preguntarse qué demonios estaba haciendo al atreverse con semejante "monstruo". ¿Quién era más loco: don Quijote enfrentándose a molinos de viento que creía gigantes o Rob Davis enfrentándose a la novela cervantina como si fuera una novela barata de los años setenta? Sin embargo, la obra de Cervantes ofrecía suculentos anzuelos a sus lápices y pinceles: "Don Quixote is love, loss, high adventure and madness: what better reasons are there to make art?"

El Caballero de los Espajos, según Rob Davis
El Caballero de los Espajos, según Rob Davis

Como he apuntado, se me encomendó la tarea de "redactar" en lengua castellana las partes textuales de la obra, una labor que -en los trabajos preliminares- la editora y un servidor denominamos "traducción". Naturalmente, no tardamos en percatarnos de que esta labor no podía ser una "traducción" al uso, sino que requería un tratamiento especialísimo. 

Lo que ocurría, querido lector, es que mi trabajo tenía todos los visos de ser la labor más extravagante, retorcida, laberíntica y luciérnaga de todos los tiempos. Y lo explicaré brevemente.

Como es sabido, el autor del Quijote no es Cervantes, sino un moro que redactó de manera impía las aventuras de nuestro héroe. Cide Hamete Benengeli, gran historiador aunque un poco burlesco, las puso en claro y un traductor las vertió en lengua castellana para Cervantes, que fue quien las compuso finalmente para el impresor de la Casa de Robles en 1605. Tal y como confiesa Cervantes en varias ocasiones, también aprovechó otras fuentes secundarias, que a veces cita y a veces no.

La obra Cervantes, en clásica lengua española, una vez compuesta y editada, llegó a manos de traductores de múltiples lenguas. Un inglés la tradujo para los lectores británicos, y fue esta versión inglesa la que leyó Rob Davis y la que le sirvió para elaborar una versión nueva, más concreta y precisa -por obvias razones-. Esa obra, en inglés, es la que apareció en mi mesa de estudio hace unos meses, cuando emprendí la labor textual. 

La cuestión era: ¿cómo un servidor iba a atreverse a traducir del inglés un texto que originalmente se escribió en castellano (y en el mejor de los castellanos, por cierto)? Por supuesto, no podíamos cometer semejante tropelía. La editora Sonia Antón y un servidor llegamos a la conclusión -yo creo que razonable- de que la mejor opción era regresar al texto original cervantino y ajustar el texto de Rob Davis a la obra original siempre que fuera posible, permitiendo además que los rasgos propios de Davis quedaran a la vista. Era el modo en que la firma Cervantes-Davis de la portada adquiría pleno sentido. Un cálculo aproximado -pues todo se anotó con precisión en los textos previos a la edición final- me permite aventurar que al menos un 80% del texto remite con exactitud a la obra original cervantina. El otro 20% se reparte entre las elaboraciones textuales de Davis (traducidas), la imaginación original de Davis (traducidas) y un mínimo espacio para la versión de este traductor respecto a la versión de Davis.

 

Clavileño estalla
Clavileño estalla

La labor de un servidor comenzó entonces con un cotejo preciso del texto inglés de Davis frente al original castellano. En primer lugar se acotaron las frases de los diálogos, los cuentos, los relatos, la narración del "autor", del "traductor", de "Cide Hamete Benengeli" y del propio Cervantes para ajustarlas al texto que proponía Rob Davis. Una vez seleccionados los fragmentos originales, en ocasiones había que "editarlos", para que se ajustaran a los "bocadillos" o para que la lengua no resultara incomprensible a los lectores modernos de la obra. He de advertir que utilicé la mejor fuente del texto cervantino: el Quijote de la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico para Crítica (Barcelona, 1998), con su correspondiente Volumen Complementario de material crítico.

Siempre que fue posible, se reprodujo el texto cervantino, con lo cual se eliminaron los peligros de traducir lo traducido, y los riesgos de perdernos en un laberinto textual propio de la Cueva onírica de Montesinos. Además, de ese modo recuperábamos el texto original, permitíamos que el lector joven (y el no tan joven) pudiera acercarse a la obra de Cervantes sin el temor reverencial que imponen sus mil quinientas páginas y su lengua del siglo XVII.

La crítica ha saludado la aparición de este Quijote de Davis con fabulosos augurios. Por mi parte, no puedo sino agradecer a Kraken y a su editora Sonia Antón la maravillosa oportunidad que me han brindado al poder trabajar con la gran obra literaria de todos los tiempos. Confío en que la veneración, el respeto y la admiración que siento por el Quijote se haya traducido aquí en rigor filológico, precisión lingüística y en una versión ajustada y fiable de la obra cervantina.

Ahora no queda más que disfrutar de los estupendos dibujos de Rob Davis y de las aventuras del más grande caballero que vieron los siglos pasados y verán los venideros...

 

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Entre el corazón y el cubo de basura

No será necesario insistir aquí en el hecho de que las redes sociales son una algarabía de ingenio, arte, sugerencias, comunicaciones, informaciones y propuestas, aunque también es un vertedero de tontunas, irresponsabilidades, bobadas, necedades e ignorancias. En fin, las redes son como el mundo: un lugar insoportable en el que nos vemos obligados a vivir.

Pues bien, hace unos días me llamó la atención uno de esos tuits ocasionales que alguien lanzó al ciberespacio seguramente tras haberlo meditado mucho, aunque uno no puede estar seguro de la calidad de dichas meditaciones. El tuit aseguraba que su autora (pues era autora) no consideraba un "verdadero escritor" a aquel autor que fundamentaba su obra en la documentación. No voy a mentir diciendo que le he dedicado a esta proposición muchas horas de análisis crítico, pero sí me he detenido de tanto en tanto en ella, principalmente cuando no tenía otra cosa que hacer. Y dicha aseveración (¡que no es escritor verdadero aquel que se documenta!) acudió nuevamente a mi sesera desocupada ayer cuando, al ver en la televisión un aula de "escritura creativa", comprobé que el aula no tenía ni una estantería, ni un libro, ni periódicos, ¡ni siquiera ordenadores! Entonces lo comprendí todo: los nuevos escritores son un prodigio de vivencias, de tal enjundia y calado, que no se precisan más que a sí mismos para componer un libro y, con seguridad, una obra maestra.

La escritora feliz no necesita más que su feraz espíritu imaginativo y una pequeña libreta
La escritora feliz no necesita más que su feraz espíritu imaginativo y una pequeña libreta

En mi opinión, hace falta contar con un espíritu prodigioso para emprender la tarea de escribir una novela sin precisar documentación. Aunque jamás se me ocurriría negar que hay personas con una vida interior tan abundante (y superabundante) que serían capaces de escribir varias novelas del tirón narrando exclusivamente las peripecias de su corazón o de alguna otra víscera. Siempre me han admirado esos escritores que ven en la vida actual, a su alrededor, en su entorno cercano, en su propia historia o en sus quehaceres cotidianos el fundamento de sus novelas, que por lo general se consideran "intimistas" (porque no van más allá de la intimidad personal). Para escribir novelas "intimistas", "personales", "autobiográficas", "cotidianas", etcétera, hay que tener una vida interesante o, al menos, una mirada distinta que permita apreciar esa vida íntima y cercana, cotidiana y común, como una aventura prodigiosa. Y aun así, me resulta casi inverosímil creer que el escritor de historias personales de interioridades e intimidades íntimas no precise consultar un periódico, una enciclopedia, un manual, una página web o un prospecto medicinal. Pero que un servidor crea imposible la labor del escritor sin acudir a la información y la documentación no es relevante: ya digo que conozco personas que completan varias resmas de papel diarias únicamente con su barahúnda sentimental y no necesitan más que su feraz espíritu imaginativo para dar a luz libros intimistas a espuertas.

Los que no tenemos una vida interior tan imponente ni una vida exterior llamativa, para los que tenemos un espíritu común y una vida vulgar, o para los que somos demasiado pudorosos como para airear nuestros sentimientos sentimentales o para considerarlos dignos del aprecio del mundo (que tendrá también los suyos, y tan buenos como los nuestros), la necesidad de la documentación es ineludible. En nuestra labor de documentación (con frecuencia derivada de los procesos de investigación académica), consultamos libros, periódicos, atlas, mapas, enciclopedias, compendios, historias, fotografías antiguas, acudimos a bibliotecas, a museos, a... Y no lo hacemos para "rellenar" nuestras historias, ni para convertirlas en enciclopedias o para demostrar cuánto hemos trabajado en ellas: tales son, en realidad, los defectos del escritor aficionado, tentado a incluir en su obra todo lo que ha averiguado, venga o no a cuento, sea necesario o prescindible. No: la documentación no es el objetivo, sino el pertrecho que permite al novelista generar mediante palabras el escenario, la atmósfera, el ambiente y el contexto. La mejor documentación es la que no se nota y la que fluye naturalmente en el relato; los mejores escritores ofrecen dicha información como si la hubieran vivido o como si su conocimiento fuera tan natural como lo es para otros novelistas la organización de su casa o la disposición de los edificios de su calle.

Para quienes nos vemos obligados a trabajar mucho si queremos sacar adelante un relato mediano, la información y la documentación son tan básicas como la sintaxis, la estructura o la voz y el tono narrativos.

Amigos que os veis en esta triste situación: no debemos avergonzarnos por no contar con una vida interior y emocional tan fértil que nos permita escribir treinta novelas de un tirón, ni una vida cotidiana o familiar tan extraordinaria que merezca la atención de millones de lectores. Admitamos humildemente que nos vemos obligados a buscar los paisajes, los escenarios y los ambientes de nuestras historias en las bibliotecas, en las hemerotecas, en los museos o en los cubos de la basura. Tal vez, con suerte, algún día tengamos esa vida interior prodigiosa que nos permita escribir con la única inspiración de nuestros corazones íntimos (o del Espíritu Santo, en su defecto); tal vez entonces los teóricos literarios del vertedero cibernético tengan a bien considerarnos "verdaderos escritores".

Jóvenes escritoras sin vida interior buscando información y documentación para sus novelas
Jóvenes escritoras sin vida interior buscando información y documentación para sus novelas
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Samuel Richardson: historia de un sombrero

El siguiente texto pertenece a un pequeño estudio titulado De María Antonieta a Josefina. La Revolución, en la moda: 1780-1812, publicado en una edición no venal en 2008 (Espasa). La idea era aplicar la metodología de la Historia de las Ideas a un aspecto poco estudiado del período y descubrir cómo las mentalidades y las ideologías revolucionarias (sobre todo en Francia) tejieron un entramado que abarcaba desde las fórmulas literarias hasta los tocados de los salones filosóficos.

 

Jean-Honoré Fragonard: "Le Baiser à la dérobée", Museo de L'Ermitage, San Petersburgo
Jean-Honoré Fragonard: "Le Baiser à la dérobée", Museo de L'Ermitage, San Petersburgo

Historia de un sombrero

A mediados del siglo XVIII, el impresor Samuel Richardson (1689-1761) publicó una novela epistolar en la que presentaba a una joven inglesa sometida a las presiones amorosas de un caballero. La novela ostentaba el dieciochesco título de Pamela o la virtud recompensada (Pamela, or Virtue Rewarded). El texto puede considerarse una apología de la moralidad más estricta; cuando el caballero pretende tentar la virtud de la joven con joyas y vestidos, ella contesta: "Perder mi mejor joya, mi virtud, estaría mal recompensado con esas joyas que vos os proponéis darme. ¿Qué debería pensar cuando me mirara el dedo o me viera en el espejo con esos diamantes alrededor del cuello y en las orejas, sino que fueron el precio de mi honradez, y que llevo esas joyas por fuera porque no tengo ninguna por dentro?" (de la versión de F. Galván y M. Pérez Gil, 1999). Muchos contemporáneos de Richardson consideraron que Pamela era una verdadera mojigata y se hicieron versiones burlescas y otras en las que la protagonista era bastante menos virtuosa. En cualquier caso, la Pamela fue un éxito en toda Europa y, como se señala en algún lugar, "para estar a la moda era prácticamente obligado tener un ejemplar de la Pamela, y sin haberla leído no había posibilidad de mantener conversación alguna en sociedad". Hasta finales de siglo se publicaron innumerables ediciones de la obra de Richardson -que años después dejaría boquiabierto a Rousseau con su novela posterior, Clarissa- y, sobre todo en Francia, la joven quinceañera, tan virtuosa y tan firme en sus convicciones, se convirtió en el centro de todas las discusiones... para bien y para mal.

Las damas francesas, a decir verdad, no eran muy partidarias de seguir la senda de virtud que había iniciado Pamela, y tampoco estaban dispuestas a rechazar los fantásticos vestidos y joyas que les proporcionaban sus pretendientes o amantes. Pero había un algo en aquella novela inglesa que sí les interesaba... En aquellas cartas, la protagonista ofrece numerosos detalles sobre la nobleza rural inglesa, sus costumbres, su indumentaria... "[Mi señora] me dio dos tocados de fino encaje de Flandes, tres pares de elegantes zapatos de seda, [...] y otro par con hebillas de plata labrada, así como varias cintas y lazos de todos los colores para el pelo, cuatro pares de medias blancas de fino algodón y tres de fina seda, y dos vistosos corsés". (Quizá sea necesario precisar que en Inglaterra era habitual que las damas entregaran los vestidos pasados de moda a las criadas, así como otras prendas, con la condición de que hicieran algún arreglo que "rebajara" la elegancia de las mismas). Por otro lado, ¿por qué el caballero inglés prefería a aquella muchacha vulgar en vez de escoger a cualquiera de las damas de alcurnia que podía tener a su disposición?

¡El encanto de lo natural y lo campestre! ¡Una cara bonita que se viste con la sencillez de una campesina y que es capaz de encandilar a un lord!

Jean-Honoré Fragonard: "Les Hasards heureux de l'escarpolette", Londres
Jean-Honoré Fragonard: "Les Hasards heureux de l'escarpolette", Londres

En la carta XX, después de detallar profusamente todo tipo de vestidos y adornos, la joven dice que compró "dos cofias muy bonitas, un sombrerito de paja, un par de mitones de punto rematados con percal blanco, dos pares de medias corrientes de estambre azul con dibujos de relojes blancos, ¡que tienen una pinta muy elegante, os lo puedo asegurar!, y unas dos varas de cinta de color negro para las mangas de las almillas, así como para un adorno al cuello...".

Desde ese momento, y gracias a la enorme repercusión de aquella extensísima novela epistolar, las damas europeas "jugarán" a parecer jóvenes inocentes como Pamela Andrews, se vestirán con guirnaldas de flores, deambularán por bosquecillos... con "un sombrerito de paja" adornando sus bucles. En España, donde la novela también tuvo gran éxito, y en honor a la joven virtuosa de Richardson, ese sombrerito de paja se llamará "pamela".

En Francia, esa pasión por "lo natural" tuvo evoluciones variables. Algunos filósofos creían que la Naturaleza era buena en sí misma, pero tras un análisis más pormenorizado dejaron de creerlo. Y construyeron una Naturaleza más dulce y colorista: diseñaron jardines "racionales", recortaron los árboles adecuadamente, formaron parterres simétricos, colocaron fuentes allí donde la razón lo sugería... y las damas se adornaron con delicadas flores.

 

François Boucher, "Marquise de Pompadour"
François Boucher, "Marquise de Pompadour"

El movimiento artístico que llamamos "rococó" tiene su raíz en la Naturaleza fingida de las rocallas (rocailles, grutas falsas y decoraciones pretendidamente naturales). El rococó -en ocasiones también conocido como estilo Luis XV- tuvo su máxima expresión en las artes decorativas y lo llenó todo de guirnaldas, flores, hojas, porcelanas (Sèvres) de delicados detalles, con toques de lánguido clasicismo. En pintura, casi cualquier retrato de madame Pompadour revelará claramente las características de este estilo; no en vano, algunos especialistas consideran que la Historia del Arte haría bien en llamarlo "estilo Pompadour". [...] El pintor François Boucher, que la retrató tantas veces, la imaginó siempre orlada con flores y cintas de seda...

Diderot se quejaba de los pintores del rococó: "¡Ah, apenas cogen el pincel y la paleta, ya están pintando guirnaldas de flores!". Cuando el severo Diderot veía las obras que producía el estilo rococó y, especialmente, los cuadros de Boucher, se ponía enfermo: "¡Este hombre no ha conocido la realidad!". Y quizá estaba en lo cierto, pero también era verdad que las personas a las que retrataba tampoco vivían en un mundo real. La monarquía y la aristocracia francesas habitaban un mundo rococó, plagado de casitas de pescadores, guirnaldas de flores, estanques con pececillos de colores, parterres geométricos, gestos lánguidos, mejillas sonrosadas e ingenua sensualidad. Ese mundo nada tenía que ver con Diderot; él ni siquiera utilizaba pelucas empolvadas: ante el retrato de unos fingidos pastores rodeados de tiernos corderos y flores (con una pamela negligentemente abandonada a los pies de una muchacha), Diderot exclama: "¿Dónde habrá visto el pintor a unos pastores vestidos con tanta elegancia y tanto lujo?".

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"El desconsolado sentir romántico"

El pasado 7 de abril falleció en Pensilvania el hispanista Russell P. Sebold, cuyos trabajos sobre el Neoclasicismo y el Romanticismo en España son de todo punto esenciales para conocer las letras dieciochescas y decimonónicas. A Sebold le deben las letras españolas un reconocimiento singular: sus ediciones críticas, sus ensayos y recopilaciones se cuentan entre lo mejor y más atinado de los estudios hispánicos. Desde otro punto de vista, desde luego personal, para quien ha dedicado buena parte de su vida académica y profesional al estudio del Romanticismo, Russell P. Sebold merece todos los elogios y honores.

Russell P. Sebold, de "El desconsolado sentir romántico", incluido en Trayectoria del Romanticismo español. Crítica, Barcelona, 1983; pág. 16.

 

"El estudioso de la literatura romántica por lo menos tendrá que poseer la capacidad de gozarse en esta forma loca y apasionada, porque sin algo de semejante vivencia, aun cuando el lector o investigador se interese principalmente por los problemas filosóficos del romanticismo, nunca llegará a penetrarlos en todo su sentido; pues para el romántico la emoción y la idea son siempre símbolos o contrafiguras la una de la otra. La triste suerte del romanticismo español en nuestro siglo es que la mayor parte de los estudios que se le han dedicado han sido escritos por unos señores que no parecen haber sentido una sola emoción en toda su vida. La dicotomía pensamiento-sentimiento es ineludible a lo largo de todo el romanticismo".

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Crítica literaria: de la emoción a la Historia

A Mónica Gutiérrez,

historiadora.

 

Con frecuencia he bromeado en este blog acerca de la corriente crítica impresionista que recorre los meandros de la blogosfera. Como a veces uno no tiene la habilidad escrituraria necesaria o pasea por las palabras sin comedimiento ninguno, puede que ciertas afirmaciones hayan resultado ofensivas. Pero... en realidad, ¿hay alguna razón para esta inquina contra la crítica impresionista? No. No la hay. La crítica literaria puramente impresionista no es seguramente la más erudita (pues remite toda la experiencia literaria a un hecho personal, y por lo tanto suele prescindir de datos relacionados con la Historia literaria, con el contexto social, con los aspectos técnicos de la escritura, etcétera), pero no es en absoluto desdeñable. De hecho, entre los impulsores y defensores del impresionismo crítico se encuentran algunos de los grandes nombres de la literatura y de la crítica literaria, como Croce, Mallarmé, Proust, Valéry o Eliot. Todos estos nombres reaccionaron contra las teorías positivistas y, como dicen los manuales, "defienden los derechos de la subjetividad, del inconsciente y del ensueño". El camino de la lectura impresionista concluye con el establecimiento de líneas críticas que guardan relación con el símbolo, el mito, el conocimiento intuitivo, etcétera. Tanto Proust como Valéry odiaban a los críticos que se encerraban en las bibliotecas y reunían datos, biografías, tramas históricas, etcétera, para explicar el hecho literario. Para ellos, toda la crítica era "necesariamente" subjetiva y revelaba una proyección autobiográfica. Este aspecto de la crítica es especialmente llamativo, porque considera que el crítico se revela a sí mismo cuando desarrolla una crítica literaria. En palabras del periodista y escritor americano C. Klosterman, "It’s always been my theory that criticism is really just veiled autobiography; whenever someone writes about a piece of art, they’re really just writing about themselves". En fin, parece evidente que un crítico que revela sus "impresiones" sobre un libro está revelándose realmente a sí mismo, más que explicando los fundamentos del texto al que se refiere. Sin embargo, la crítica impresionista considera que la acumulación de datos (técnicos, históricos, sociológicos, literarios, etcétera) es completamente estéril. Decía Anatole France: "El buen crítico es el que narra las aventuras de su alma en medio de las obras maestras". Quienes optan por la crítica impresionista, subjetiva, simbólica o emocional cuentan con una ventaja indudable, y es que al crítico impresionista le basta el texto en sí mismo. Rara vez remite a una tradición literaria del texto, ni a los elementos históricos que configuraron su escritura, ni a la biblioteca del autor, ni a sus referencias ideológicas o literarias... Para el impresionismo y sus herederos, el texto se basta a sí mismo y al crítico le basta su propia experiencia lectora; por tanto, no hay ninguna necesidad de traspasar las fronteras del propio texto y las emociones personales.

"Fiction Departament" (c) G. Zimbel
"Fiction Departament" (c) G. Zimbel

En realidad, no hay ninguna razón intelectual que impida a un crítico de la red decantarse por el New Criticism, el formalismo ruso, la estilística, el estructuralismo, el postformalismo, la pragmática o la deconstrucción. Todas las teorías críticas son perfectamente aceptables si se aplican honradamente y con la pericia suficiente; otra cosa es que a los lectores puedan interesarle ciertas barahúndas mentales. Y, si se me permite un luciernaguismo, tampoco estaría de más que los blogs anunciaran en su cabecera qué tipo de crítica se ejerce en su sitio web. Por ejemplo, los autores podrían indicar: "¡Viva Trubetzkoy! Un blog de crítica literaria formalista". O bien: "Bloom de Libros. Un blog de critica literaria deconstructivista e intertextual". O "Libromaze. Lecturas hermenéuticas e ideosemánticas". Las revistas literarias también deberían anunciarse así: "Cómo Leer. En esta revista se tratan los textos literarios conforme a la morfonovelística". O "El Amable Cultural: donde esté la deconstrucción, que se quite la glosemática".

El peligroso trabajo bibliotecario
El peligroso trabajo bibliotecario

A estas alturas a nadie le sorprenderá saber que un servidor, por razones académicas y por voluntad y convencimiento personal, es un ferviente seguidor de la Historia literaria como método crítico, y de Gustave Lanson como profeta venerado de esta religión, de quien he hablado en numerosas ocasiones.

El historiador se ocupa de obras del pasado (o del presente) que, en todo caso, no son monumentos pétreos e inmóviles, sino que cruzan los siglos para revivificarse en cada lectura. El historiador de la literatura no rechaza las emociones que se derivan de la experiencia personal, pero en ningún caso les concede valor absoluto. Los sentimientos y las emociones derivadas de una lectura son personales, y por eso intransferibles y únicas, de modo que no pueden servir como método crítico, dice Lanson. La experiencia personal es intolerable cuando se extralimita y adopta forma de evangelio, concediendo a una emoción personal o a una valoración individual el estatus de una catalogación general o universal. La crítica literaria es útil cuando sirve a todos los lectores, y resulta irrelevante cuando es una opinión personal intransferible, pues la declaración de ese crítico en nada va más allá que la de cualquier otra persona del mundo.

La crítica basada en la historia literaria propone reunir "todos los conocimientos exactos, impersonales y comprobables que puedan obtenerse". Todo ese cúmulo de información aporta a la lectura de la obra en cuestión una luz que no todos los lectores pueden obtener por su cuenta. En muchas ocasiones he comentado que la diferencia de leer el Quijote en una edición común o leerla en la edición de F. Rico es la misma diferencia de ir en carro a viajar en un F-18 Hornet.

La historia literaria persigue el conocimiento profundo de los textos literarios, las relaciones con la tradición literaria, con la historia de la cultura, la historia de las ideas, y precisa la cooperación de otras disciplinas, como la paleografía, la historia de la filosofía y todas las ramas de la filología, incluida la lingüística. Uno comprende que, vista la cuestión desde esta perspectiva, la crítica literaria es un trabajo abrumador. Pero ocurre que el historiador literario necesita conocer esos datos exactos, invariables, fijos, ajenos a toda emoción personal y ajenos a toda opinión subjetiva, para poder ilustrar al lector, pues ese es al fin el único objetivo que tiene el crítico o reseñador. "¡Pero las bibliografías de cada obra son infinitas!", dirá el joven bloguero aficionado a las elucubraciones críticas: "Si quisiera reseñar una obra, tendría que dedicar días y meses a su estudio. ¿No es más sencillo que diga lo que me parece simplemente...?". Desde luego, es más sencillo y más cómodo. Y en la dificultad, el estudio, el esfuerzo, el conocimiento y la información está la diferencia entre un comentario personal y la crítica literaria. Como dice Lanson: una obra literaria es una obra de arte, no una trivialidad. Si exigimos seriedad y conocimiento en la economía, la arquitectura, la medicina o la ingeniería, ¿por qué nos permitimos el lujo de ser triviales y hablar a la ligera en cuestiones literarias?

Para el historiador literario todo es relevante: quién fue el autor, qué libros utilizó, qué estudió, cuál fue su experiencia creativa, cómo habló de su obra... Pensar que un autor imagina su obra de la nada, sin referencias y ajeno a la tradición literaria, cultural o ideológica, es una monstruosidad y un absurdo. Para el estudio de fuentes y referencias es muy útil la disciplina de la literatura comparada.

Nada de todo esto impide que consideremos la obra literaria como un proceso emocional. Nada puede ni debe impedir que nos conmuevan o nos emocionen las obras literarias: es más, el conocimiento y la información proporciona una experiencia mejor y más intensa de la obra literaria.

En definitiva, y transcribo aquí el párrafo esencial de la teoría lansoniana, "os enseñaremos lo que es materia de ciencia y, por tanto, de enseñanza: os comunicaremos todo el conjunto de verdades relativas e imperfectas, pero precisas y comprobables -historia, filología, estética, estilística, rítmica-, todas las ideas dependientes de un saber exacto que pueden ser las mismas en todos los espíritus, y que os darán los medios de afinar, de rectificar, de enriquecer vuestras impresiones, de ver más cosas, y más profundamente, en las obras maestras que se leen siempre".

La literatura, desde luego, como disciplina artística, tiene como objetivo las emociones y la razón, el sentimiento y el conocimiento. Por tanto, se trata de sentir, de reaccionar, de aprender y conmoverse. La labor del crítico es ofrecer al lector los instrumentos precisos para que esa experiencia sea memorable. El lector no necesita los sentimientos y las emociones de otro, porque tiene los suyos propios. Lo que necesita es luz para que pueda disfrutarlos.

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'Frankenstein', en Austral

A partir de este mes de febrero, la mítica colección Austral (Espasa) incorpora a su catálogo el Frankenstein de Mary Wollstonecraft en la versión del profesor Charles E. Robinson. En 2009 tuve la suerte y el honor de colaborar con la editorial Espasa en la traducción de la versión para la edición "Clásicos", que ofrecía la versión doble de la obra de Mary Shelley: por una parte, la traducción de los cuadernos manuscritos de la autora (act. en la Bodleian Library de Oxford), sin añadiduras ni correcciones, y, por otro lado, la versión completa con las correcciones de su marido y otras. La edición contaba también con un magnífico aparato crítico, una solvente introducción, y varios apéndices con cartas y documentos importantes para la comprensión del texto.

Austral publica ahora la traducción de la versión "expurgada"; es decir, el Frankenstein tal y como lo concibió Mary Wollstonecraft (aún no estaba casada con Percy B. Shelley) en Villa Diodati. Hasta ahora, todas las traducciones del Frankenstein en español habían asumido las correcciones de Shelley, o los añadidos de los sucesivos editores, o la organización y estructura de los distintos impresores, o los añadidos incluso de la propia Mary Shelley. Esta traducción se limita al texto redactado por la autora, tal y como aparece en sus manuscritos más fiables y tal y como quiso verlo publicado.

 

Fragmento de la introducción a Mary Shelley: Frankenstein, Austral, Madrid/Barcelona, 2014; por José C. Vales.

 

No importa cuántas veces se haya repetido el pasaje de la Introducción a la edición de 1831 de Frankenstein en la que la autora explica cómo se forjó uno de los grandes mitos contemporáneos: las palabras de Mary Shelley en las que recuerda aquel «verano húmedo y desapacible» de 1816 (el famoso «año sin verano», en realidad), aquellas veladas leyendo libros de terror en la villa Diodati de lord Byron cerca de Ginebra, aquella proposición del excéntrico romántico («¡Escribamos cada uno una historia de terror!»), las pesadillas nocturnas que inspiraron la creación del monstruo... toda esa escenografía romántica resulta hoy indispensable también para disfrutar la experiencia de leer el Frankenstein de Mary Shelley. Junto al poeta George Gordon, lord Byron, que contaba 28 años, se entregaron a aquel entretenimiento estival y literario otras cuatro personas: Mary Wollstonecraft Godwin, que por entonces aún no había cumplido los dieciocho años; su futuro marido, Percy Bysshe Shelley; la hermanastra de Mary, Mary Jane («Claire») Clairmont, embarazada de lord Byron; y el médico personal de Byron, John William Polidori. De aquel juego nació esta obra cumbre de la literatura universal, escrita por una adolescente de apenas dieciocho años: Frankenstein o el moderno Prometeo, que se publicará sólo un año y medio después.

Mary Shelley (1797-1851) era hija de dos famosísimos eruditos británicos, autores de diversas obras de ficción y ensayos políticos: el conocido pensador revolucionario William Godwin y la precursora del feminismo moderno, Mary Wollstonecraft, que había dado a la prensa su importantísima Vindication of the Rights of Woman (Vindicación de los derechos de la mujer) en 1792. Cuando Mary tenía dieciséis años se enamoró del poeta Percy Bysshe Shelley, que estaba casado por aquel entonces, y se «fugaron» en 1814 con la intención de viajar por Europa «para celebrar su amor». Percy dejó atrás a su esposa, embarazada, y a una hija de dos años. En 1815, Mary dio a luz a una niña prematura, que murió a los pocos días. Y poco después, aún sin estar casada, volvió a quedarse embarazada y tuvo a su hijo William, que moriría tres años después en Italia, en junio de 1819.

Pero volvamos a aquel lluvioso y frío verano de 1816. Nuestro grupo de apasionados románticos se había reunido en Ginebra como resultado de ciertas maquinaciones amorosas urdidas por Claire Clairmont, amante del infame lord Byron. El resultado fue que finalmente Byron y Shelley se encontraron por vez primera en los alrededores del lago de Ginebra en mayo de 1816 y se entregaron a excursiones pintorescas, veladas de lecturas románticas, discusiones científicas y meditaciones literarias.

Tal y como explicó Mary Shelley en la introducción citada para la edición de 1831 de su novela, aburridos ante la desapacible climatología, celebraron la proposición de Byron y cada uno de ellos se mostró dispuesto a escribir una historia de terror [...].

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'Imitatio': abejas, hormigas y gusanos

Hubo un tiempo -parece increíble- en el que los jóvenes no eran genios y, por tanto, se veían obligados a estudiar. Si alguno tenía la osadía de entregarse a las furibundias literarias y resultaba tener un dominio especial innato de la lengua, puede que consiguiera algún premio escolar. Y, en todo caso, siempre se le advertía que aún debía trabajar mucho para poder escribir algo que realmente valiera la pena. Por fortuna, ahora contamos con una superabundancia de genios literarios -a los que les sobra afición y les falta filología-, y no hay año que las editoriales no nos ofrezcan sesenta o setenta obras maestras, algunas de las cuales, si bien pecan de cierta inmadurez, no cabe duda de que -a juzgar por los elogios y loas que se les dispensan- podrían competir con Homero y Tito Livio, e incluso con Cicerón.

En cualquier caso, este pobre blog luciérnago no alcanza semejantes alturas literarias, así que volvamos a los oscuros tiempos en que los jóvenes accedían a las letras y a la literatura... -agárrense- ¡estudiando!

 

Scriptorium
Scriptorium

Desde muy antiguo, el método que se consideraba más adecuado para aprender los recursos literarios era la "imitatio". No se trataba en realidad de la imitación horaciana (digamos, "de la naturaleza"), sino una verdadera "imitatio", una labor de "reproducción" de las obras clásicas. En la Edad Media, en los studii europeos era muy frecuente que los estudiantes copiaran libros enteros. (Gracias a esas copias estudiantiles aún conservamos textos que de otro modo se habrían perdido). Esos "praexercitamina" eran ejercicios en los que, copiando a los grandes autores, el alumno descubría giros, fórmulas y estructuras que luego podría aplicar si tenía talento para descollar en el arte literario. Era muy frecuente por otra parte la "imagen aristofanesca" de la abeja que -cito un estudio de Lázaro Carreter sobre Juan de Grial- "libando en múltiples flores, elabora su propia miel". El propio Séneca decía: "Hemos de imitar a las abejas". Esto es: el estudio e imitación de muchos autores podría propiciar una voz nueva, una miel nueva.

Este arte de imitación permitía un acercamiento singular a la obra, pero los humanistas nunca se conformaron con la mera imitación. Ellos entendían que debían subir "a hombros de gigantes" y superar a los antiguos en todo, incluso en las disciplinas literarias. Era frecuente, por tanto, que los literatos actuaran como "hormigas", acarreando materiales de una y otra parte, para configurar su obra, citando a los grandes nombres de la Antigüedad y concediéndoles el valor que merecían. En otras ocasiones se comportaban como los gusanos de seda, rumiando hojas y hojas de morera hasta elaborar una seda finísima en la que convertirse en mariposa.

La cuestión era si los principiantes querían actuar como una abeja, como una hormiga o como un gusano de seda.

 

La imitatio no sólo es un ejercicio necesario para todos aquellos que desean aventurarse en el piélago literario: además, es el portazgo que hay que pagar para encontrar una voz propia y distinta. (Uno de los arrebatos más divertidos de los jóvenes consiste en creer que pueden producir una obra de arte ex nihilo; una obra de arte nueva sin referencias a la historia o a la tradición literaria sería una monstruosidad; incluso Joyce, el gran revolucionario de la literatura moderna, tituló Ulysses su gran obra. Así que... ex nihilo nihil fit).

Recuerdo que en la universidad -y antes de que los profesores nos dejaran bien claro cuál era nuestra posición en el mundo respecto a Garcilaso, Fray Luis, Cervantes, etcétera- los aficionados al garabato imitábamos como posesos a García Márquez y a Cortázar. (Generalmente sin saberlo y generalmente, mal. Bueno, era la época). Gracias a Dios, nadie nos consideraba genios, así que pudimos quemar toda aquella basura sin mayores remordimientos. La imitación es un ejercicio y rara vez merece más que un premio menor en un concurso de casino. Sobre todo, es importante que el estudiante sepa que está imitando, y que no está sino reproduciendo -torpemente, por lo general- los giros y gestos del autor imitado. Un editor me dice con frecuencia: "¡Cuánto daño hizo la generacion beat!"; y lamenta la superabundancia de aficionados que se entregan a la imitación inconsciente de los Kerouac, Ginsberg o Burroughs, porque el imitador de estos jóvenes furiosos con frecuencia acaba pareciendo el yonki de la esquina, pero con menos vocabulario. Del mismo modo, una escritora me decía recientemente: "¡Cuánto daño han hecho las Woolf, las Dickinson y las Plath!", porque muchas jóvenes, queriendo imitar a esas locas sublimes, sólo se quedan en majaderas sentimentales.

Todas las virtudes de la imitatio se convierten en defectos si el imprudente estudiante alardea de su pequeño logro en público. Séneca decía que no hay que airear los zurcidos: el joven escritor debe acudir al papel pertrechado con las armas y los recuerdos de los grandes y "reducir a unidad" todo el saber acumulado durante años y años de estudio. En el ensayo citado, Lázaro Carreter advertía que "la imitación de uno solo no pasaría de mero ejercicio escolar". Y añadía: "Urgido el poeta en su alma para escribir, no se dirige, pues, directamente a la expresión de su sentimiento, sino que da un rodeo por su memoria, bien abastecida de lecturas [asimiladas, podría añadirse], de temas, conceptos y hasta iuncturae verbales...".

Así pues, amigos, libemos como las abejas de las mejores flores literarias, o esforcémonos como hormigas en el incansable acarreo de saberes y ciencias, o rumiemos el saber de siglos en paciente elaboración de la seda.

Tal vez así algún día podamos ser luciérnagas que brillen con luz propia.

 

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Realidades nítidas y evanescentes

El presente artículo forma parte del postfacio redactado para la edición española de Enterrado en vida, de Arnold Bennett en la editorial Impedimenta (2013). Recoge algunos de los detalles literarios (aunque también hubo ramificaciones personales) que contribuyeron al ostracismo de Arnold Bennett a partir de ese enfrentamiento con el grupo de Bloomsbury y sus integrantes. La evolución modernista, la potenciación del sentimentalismo egotista del antiguo romanticismo o la "inconsciencia" literaria, heredera de las novedades freudianas, favorecieron el surgimiento de grandes nombres de la literatura universal, como T. S. Eliot (a quien algún escritor malicioso catalogó como "poeta para niñas de quince años") o como James Joyce, cuya "prosa de retrete" andaba a medias entre la innovación y la perturbación mental. Comoquiera que fuese, este grupo de "jóvenes universitarios desocupados" consiguió hacerse con un hueco distinguido entre las élites cultas y esnobs de la Europa continental, y aunque el exquisito fárrago literario de algunos de sus representantes más eximios siempre fue inaccesible al vulgo, mantuvieron el halo de santidad de quienes se hallan en lo alto una columna marfileña.

Ésta es la diatriba literaria que entablaron Woolf y Bennett, conocida como la "querella con los modernos".

 

Realidades nítidas y evanescentes

«En primer término, una novela debería parecer verdad. Y no puede parecer verdad si los personajes no parecen reales. El estilo cuenta; el argumento cuenta; la invención cuenta; la originalidad de la perspectiva cuenta; la amplitud de la documentación cuenta; la capacidad de identificación cuenta. Pero nada de ello tiene tanta relevancia como la verosimilitud de los personajes. Si los personajes son reales, la novela tendrá alguna posibilidad; en caso contrario, estará condenada al olvido».

Arnold Bennett publicó el artículo «Is the novel decaying?» en 1923, pero no era la primera ni la última vez que el afrancesado escritor de Staffordshire declaraba, por un lado, su pertenencia a la tradición novelística británica y, por otro, se reafirmaba en el modelo literario en el que había crecido: el modelo de «lo real y lo verosímil».

La herencia de Bennett no era desdeñable: la tradición novelística que arrancaba en Jane Austen y alcanzaba a Henry James. El hallazgo de Austen fue dar con un relato de costumbres de la vida burguesa que, precisamente, interesaba a la burguesía decimonónica. Con distintos tonos románticos, la novela burguesa británica avanzó en el siglo XIX con una fuerza imparable. Las previsibles reacciones contra los excesos románticos —que se dieron en toda Europa— exigían una construcción metódica de la novela, una estructura impecable de la trama, un diseño del argumento y los personajes... El realismo y el naturalismo decimonónico proponían retablos de la existencia, monografías de la vida, radiografías de los personajes, cuadros precisos y científicos del mundo real. ¡Se acabaron los héroes románticos y los malvados de cartón piedra! ¡Se acabaron los cementerios y las ruinas, los amores desatados y los arrebatos de dolor adolescente! La novela se había convertido, ya a mediados del siglo XIX, en un retrato fiel de la cotidianidad, de situaciones vulgares, de sucesos triviales, de vidas grises y anodinas. Desde luego, casi huelga decirlo, los autores abrazaron las teorías del realismo en distintas medidas, y fueron limando sus voces literarias con el análisis psicológico, con la crítica social, los aspectos más «sensacionales» de la vida, etcétera. George Meredith (1828-1909), por ejemplo, era implacable en su elaboración lógica de la trama, y advertía que su método consistía en una descripción analítica y psicológica de personajes y situaciones. Thomas Hardy (1840-1928), en palabras de José María Valverde, es el novelista de «las labores agrícolas y las nubes grises», pero fue capaz de percibir el cambio de tendencia a finales del siglo XIX y con la magnífica Jude el oscuro (1895) cerró su carrera como novelista y en lo sucesivo se dedicó úncamente a la poesía. En otro sentido, Henry James se esforzó en mostrar la vida de los elegantes con la metodología de los Turgueniev, Zola y Maupassant.

De los autores de la generación anterior había aprendido Bennett el arte de crear un tapiz real y natural en sus novelas. Lo mejor de Bennett, sin duda, está en esa capacidad para ofrecer una imagen nítida de salones, habitaciones, cocinas, calles, hoteles, iglesias o buhardillas; esa misma imagen obtenemos en una mujer que sube una escalera, en los gestos de una mantenida en un salón parisino, en los temores de un hombre con un nimio problema que resolver. En el suplemento literario del Times (1914) incluso Henry James admitía que las narraciones de Arnold Bennett estaban cubiertas «de forma tan profusa y tan vívidamente abigarrada por una serie de aspectos y hechos pequeños que constituye un monumento exacto a la quasirrealidad».

Pero volvamos a aquella columna periodística aparentemente inofensiva de 1923. Arnold Bennett, avanzando en su discurso sobre la verosimilitud, reitera que cualquier omisión de verdad en la novela resta «poder emocional» a la obra: el lector podrá decir que es un trabajo original, o inteligente, o ingenioso, o intrigante, pero al final tendrá que admitir que «no tiene verdad». Casi inmediatamente, al describir lo que él considera defectos de la novela moderna, recuerda la fulgurante aparición de la tercera novela de Virginia Woolf: Jacob’s Room (El cuarto de Jacob, 1922). Señalaba que Virginia Woolf había tenido «un gran éxito en un mundo pequeño», y advertía que estaba exquisitamente escrito, aunque sus personajes se quedaban en nada porque la autora había estado más ocupada de demostrar su originalidad y su inteligencia que de delinear correctamente los personajes.

Obviamente, el pobre señor Bennett, a sus cincuenta y cinco años, con una educación tradicional en instituciones de segunda categoría y con una necesidad perentoria de escribir para poder cobrar de sus editores, no había entendido nada de lo que rodeaba a Virginia Woolf. Al señor Bennett le habría ido mucho mejor en la historia literaria si no se hubiera dejado llevar por su sinceridad crítica: enfrentarse al todopoderoso y turbulento círculo de Bloomsbury, dominado por las hermanas Stephen (Virginia Woolf y Vanessa Bell), Leonard Woolf, Clive Bell, Lytton Strachey, Roger Fry, E. M. Forster, T. S. Eliot, etcétera, no fue una buena idea. De este modo se inició una controversia que duró casi una década, prácticamente hasta la muerte del escritor y que se conoce como «la querella con los modernos».

Virginia Woolf, herida por la crítica, dedicó toda una conferencia («Mr. Bennett y Mrs. Brown») a demostrar la equivocación del Arnold Bennett. Sin embargo, antes de que Bennett criticara a Woolf, ésta había elogiado y recomendado sus libros en distintas cartas desde 1914. Poco después, la escritora empezó a mostrar sus dudas respecto al realismo, e incluso coincide con Bennett en el aprecio de algunos novelistas rusos, como Dostoievski. Pero cuando Bennett comienza a teorizar sobre los métodos creativos, Virginia Woolf se revela como una joven con ideas totalmente antagónicas. En 1914 Bennett publicó «The Author’s Craft» y en este opúsculo señalaba, de un modo un tanto vago, que las dos características del escritor eran el «sense of beauty» y la «fineness of mind», combinados con lo que los británicos denominan «common sense». Con todo, lo más interesante para el estudio de la teoría literaria se añadía después, cuando Bennett señalaba que «vivimos en un mundo humano» («it is a human world we live») y que es ese mundo el que debe mostrarse en el acto literario. Además, hacía hincapié en lo que denominaba «design of construction»: la técnica y la forma. Una buena trama es esencial, con un control del interés argumental, sostenido y constante. Naturalmente, esta metodología será la que los nuevos novelistas van a considerar procedimientos anticuados, engorrosos e irrelevantes.

«Me deprime el astuto realismo del señor Bennett», comentaba en una carta privada Virginia Woolf a su amiga lady Cecil. Pero la respuesta precisa a los planteamientos bennettianos aparecerá en el primer ensayo de la serie «Mr. Bennett y Mrs. Brown», titulado «Modern Novels» (1919). Por vez primera, Woolf lanza una diatriba formal contra los «materialistas eduardianos» (Wells, Galsworthy y el propio Bennett). Lo que irritaba profundamente a la autora —por aquellos días publicaba su segunda novela (Night and Day)— era aquel modo de concentrarse en los aspectos exteriores de los personajes: el vestido, las propiedades, el modo de viajar, la casa donde viven... Sí, dice Woolf, sus personajes tienen una vida llena de acontecimientos (incluso inesperados o increíbles), pero no sabemos ni por qué ni para qué viven. La antagonista intelectual de Arnold Bennett especifica dónde está la realidad: en el espíritu humano, en la mente humana. Y añade: «No hay un método para la ficción; el único método para la ficción es la honestidad y huir de lo fingido». James Joyce sería el modelo cuya literatura más se acerca a la vida, porque su obra se había constituido como verdadera esencia del autor, no sometida al convencionalismo novelístico.

La historia literaria ha demostrado que la concentración en la obra, el alejamiento de la tradición, el modo de prescindir del lector y la distorsión intelectual del corpus lingüístico —eminentemente tradicional— condujo a un cierto desmoronamiento de la novela (y de la poesía), ahora aislada en su torre de marfil. La vanguardia modernista creaba objetos de arte irrepetibles, ajenos a la tradición y a lo que se llamaba entonces «convention», y exclusivamente vinculados a la intelectualidad única del autor, y por eso los objetos de arte acababan resultando inaprensibles y lejanos.

Cuando Arnold Bennett publica «Is The Novel Decaying?» en marzo de 1923, en el Cassell Weekly, la respuesta de Woolf no se hace esperar. Escribe su segundo ensayo de la serie «Mr. Bennett y Mrs. Brown» y, directamente, se pregunta: «What is reality?». ¿Y quién puede juzgar lo que es real o no?, añade. «Un personaje puede ser real para el señor Bennett y ser completamente irreal para mí». Virginia Woolf insiste en la existencia de algo más relevante que el mundo material a la hora de describir la realidad del mundo. «Nos han ofrecido una casa con la esperanza de que seamos capaces de deducir cómo son los seres humanos que viven dentro». La realidad woolfiana era una angustiosa aventura por «la selva interior»; la apariencia caótica de los trabajos de los nuevos novelistas tenía mucho que ver con la dificultad de organizar lógicamente el mundo interior, naturalmente caótico. Kafka, Proust, Joyce o la propia Virginia Woolf pertenecían a esta estirpe en la que la realidad ya no era «lo que nos habían contado». «Cuando miras hacia el interior, la vida parece estar muy lejos de ser así». El mundo no era para ellos sino una turbulencia de «impresiones», destellos evanescentes, ensoñaciones, vaguedad y confusión... «el titileo de la llama que existe en la interioridad más profunda», y, en fin, un ejercicio de autoexploración de un yo turbulento y problemático, «con la menor presencia posible de lo ajeno y lo externo».

Resulta muy interesante descubrir que los «retratos interiores» que exigió la generación de entreguerras ya estaban casi perfectamente delineados en los realistas y naturalistas, implacables indagadores de la conciencia de sus personajes. El realismo y el naturalismo abrieron en su momento una vía decididamente psicologista; su interés por la realidad era también un interés por las enfermedades anímicas y emocionales. El éxito de los trabajos freudianos (y su progenie jungiana y adleriana) en las dos primeras décadas del siglo XX reflejó, por una parte, el interés de la sociedad europea por la psicología: los desequilibrios emocionales, la histeria, las neurosis y otras dolencias psicológicas y psiquiátricas (individuales o colectivas) se convirtieron en una moda social y en un fundamento literario y artístico —y también en motivo de burla, a veces—: el psicologismo amateur fue uno de los pilares de las vanguardias. El círculo de Bloomsbury («un grupo reducido, decadente, con privilegios heredados, ingresos privados, vidas resguardadas, sensibilidades protegidas y gustos exquisitos») no inventó la exploración del yo, pero fue decisivo a la hora de difundir una corriente literaria de los «flujos de conciencia» de la que habían participado Tolstoi, Dostoievski, Kafka, Proust o Whitman. El culmen (o el colmo) de esa renovación literaria es, como se sabe, el Ulises de James Joyce: su «parole intérieure» pura, y por lo tanto absurda, enloquecida, genial, brillante, necia y caótica, asombró al mundo. El propio Joyce se encargó de recordar que sólo había ido un paso más allá en una técnica que había descubierto al parecer Édouard Dujardin en una novela titulada Les lauriers son coupés. Sin embargo, Dujardin también negó su paternidad, citando obras de Tolstói, y los investigadores han encontrado referencias abundantes en las décadas anteriores.

Este mínimo esbozo de historia literaria de la segunda década del siglo XX, trazado a vuelapluma sobre la controversia Bennett–Woolf no es más que un ejemplo de las gravísimas tensiones teóricas y conceptuales que tuvieron lugar en esas fechas. Hoy, un siglo después, los lectores pueden disfrutar del «materialismo» de Bennett en la misma medida que pueden zambullirse con placer en el inconsciente nebuloso y caótico que propone Woolf. Para el lector actual ambos modelos coexisten sin mayores contratiempos, pues a lo largo de un siglo los caudales de ambas corrientes se han mezclado provechosamente en innumerables ocasiones.

¿Cómo podía saber Arnold Bennett que Virginia Woolf se convertiría en la sacerdotisa de la literatura impresionista, inconsciente («el principal deseo de un novelista es ser lo más inconsciente posible» [«Professions for Woman», 1931]) y emocional (además de mito intelectual del feminismo histórico o la homosexualidad, entre otras cosas)? Bennett tampoco podía imaginar la trascendencia cultural del círculo de Bloomsbury y desde luego jamás sospecharía que los escasos 4.000 ejemplares que Woolf vendió de Al faro, se convertirían en millones en las décadas siguientes, mientras que las decenas de miles de ejemplares que el propio Bennett vendió de The Old Wives’s Tale o de Clayhanger o de Anna of Five Towns comenzaron a languidecer casi inmediatamente tras la Gran Guerra. El resultado de este peregrino devenir de los acontecimientos es que Virginia Woolf es hoy una figura clave de la literatura universal y Arnold Bennett, un escritor apenas conocido.

 

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¿Qué pensaba Jane Austen sobre Tito Livio?

Quizá con un exceso de entusiasmo, en el prólogo a la traducción de Orgullo y prejuicio (edición del bicentenario para Espasa-Austral), sugerí la idea de que quien no se reía con Jane Austen es que no había leído a Jane Austen. E inmediatamente después de pedir humildemente perdón por la autocita, debo insistir en la misma propuesta: creo que Jane Austen era muy divertida. Probablemente no lo era tanto en la vida -la vida nunca es tan divertida como la literatura y las artes-, pero desde luego lo era en sus novelas. Una de las citas recurrentes de Jane Austen aparece en Mansfield Park, y en ella concede graciosamente a los demás escritores el privilegio de tratar de las desgracias del mundo: "Let other pens dwell on guilt and misery". (La cita, por cierto, fue escogida por la gran Stella Gibbons para abrir su Cold Comfort Farm, en España conocida como La hija de Robert Poste). Que Jane Austen tuviera una visión humorística del mundo no quiere decir que no tuviera una visión crítica de lo que acontecía a su alrededor; el humor es con frecuencia el mejor modo de establecer las distancias oportunas para que la crítica sea realmente sólida y, con frecuencia, resulta más dura y relevante que la crítica feroz y despiadada. Aparte de su talento para la organización novelesca y en el ritmo de la narración, Jane Austen proporciona escenarios y situaciones que favorecen su visión humorística de la vida: las conversaciones, a veces muy serias, hacen sonreír al lector, que sabe lo que está ocurriendo en las mentes de los personajes, y puede disfrutar con ese segundo plano implícito de la historia... En fin, no vamos a descubrir ahora a Jane Austen. Mi propuesta luciérnaga aquí es otra.

Ilustración de Hugh Thomson para la edición de 'Pride and Prejudice' de 1894.
Ilustración de Hugh Thomson para la edición de 'Pride and Prejudice' de 1894.

En alguna edición crítica (española) de Jane Austen se puede leer que la ausencia de notas se debe, precisamente, a que el mundo literario de Jane Austen era muy restringido, y que hay pocas referencias históricas, artísticas o literarias, lo cual es muy dudoso. Jane Austen no tuvo una formación erudita (digamos, en Cambridge u Oxford), pero eso no significa que no lo fuera. Desde luego, estaba al tanto de las corrientes literarias más avanzadas (su mirada sobre el romanticismo exaltado es muy divertida también), cita a Byron o a la señorita Radcliffe como quien los conocía bien, y seguramente había comprendido mejor que muchos personajes ilustres de su tiempo a Mary Wollstonecraft y su Vindication of the Rights of Women. La idea de una Jane Austen mojigata, pueblerina, cotilla y pequeña, igual que la Jane Austen estilo "comedia romántica" es una perfecta ridiculez. Sólo quienes leen libros como quien lee folletos de vacaciones pueden considerar de un modo tan vulgar la obra de Austen. Y precisamente uno de los especialísimos rasgos que elevan la prosa de Austen a una categoría superior es su sentido del humor.

 

Hace unos días -y por razones que no vienen al caso- me encontraba en pleno ataque luciérnago revisando la obra de Tito Livio. Como gran aficionado a Virgilio y a las aventuras de Eneas en la fundación de Roma, me vi obligado a repasar el Libro I de la monumental Ab Urbe Condita ("Desde la fundación de la Ciudad"), que habitualmente se conoce en nuestra lengua como La historia de Roma desde su fundación, y de la que sólo se conserva una parte. Y, estando felizmente con mi candil y mis mamotretos estudiando a Tito Livio, me detuve por casualidad en la primera frase de ese libro...

 

"Iam primum omnium satis constat"

 

Había algo en esa expresión que... En fin, había algo curioso en esa expresión, algo que me recordaba a algo, algo que despertaba ideas de otros libros. La traducción de esa frase (y para que no se me culpe de tergiversador, apelaré a Antonio Fontán y Luis Alberto de Cuenca) viene a ser aproximadamente ésta: "Un primer punto comúnmente aceptado es que...". Ya estoy viendo las caras de mis amigos luciérnagos, y están pensando lo mismo que yo: que la primera frase de Orgullo y prejuicio -si no es exactamente igual- es muy parecida. "It is a truth universally acknowledged..." (Es una verdad universalmente conocida...). No he podido confirmar que Jane Austen tuviera en mente a Tito Livio cuando comenzó su obra, pero es un clásico de la literatura humorística (en Cervantes, por ejemplo) comenzar una parodia con un texto considerado elevado o de gran nota. Puedo imaginar perfectamente a Jane Austen comenzando una pequeña odisea romántica en un pueblo con las mismas palabras que utilizó Tito Livio para describir su gran epopeya de la Roma legendaria y heroica. 

 

Altar dedicado a Marte y Venus, con motivos sobre la fundación de la ciudad. Museo Nacional de Roma.
Altar dedicado a Marte y Venus, con motivos sobre la fundación de la ciudad. Museo Nacional de Roma.

Los historiadores de la literatura suelen hacer referencia a una obra de juventud de Jane Austen, titulada History of England, y que en ningún caso puede considerarse más que como un entretenimiento juvenil, pues es un divertimento escrito cuando la autora rondaba los quince años. Ya entonces, nuestra adolescente Jane Austen tuvo la desvergüenza de burlarse de Oliver Goldsmith, el erudito autor de la Historia de Inglaterra de 1764. (En realidad, a qué negarlo, Jane Austen estuvo divirtiéndose toda su vida a costa de los sesudos highbrowed, incapaces de entender el fundamento y la sustancia del hecho literario). Por esa razón, no me extrañaría que una Jane Austen adulta -pero igual de maliciosa- hubiera decidido darle un tono épico y sublime a su pequeña historia de amores provincianos, fingiendo un principio a la altura -nada menos- de Tito Livio. La autora de Orgullo y prejuicio tenía el talento humorístico y sarcástico -y también la desenvoltura y el descaro- para utilizar de ese modo a Tito Livio y al mismísimo Homero si se terciaba. (Un biógrafo moderno no ha dudado en comparar su irónica pluma con la desvergüenza de los Monty Python).

Probablemente este mundo merezca más una burla amable como la que nos propone Jane Austen que una teoría filosófica demasiado enjundiosa como para ser cierta. La autora de Sense and Sensibility o Emma nos proporciona más alegría y verdad en un párrafo que enciclopedias enteras de reflexiones traídas por los pelos. Por eso nos gusta: porque no nos vende embustes, porque nos divierte y porque nos dice exactamente cómo somos y cómo son esos extraños seres que nos rodean...

 

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La extraordinaria idea del capitán Symmes

Umberto Eco acaba de publicar en España Historia de las tierras y los lugares legendarios (Lumen, Barcelona, 2013), otra de las maravillas a las que nos tiene acostumbrados. En años anteriores Lumen también publicó La historia de la belleza (2004), La historia de la fealdad (2007) y El vértigo de las listas (2009). Todos estos libros, en general, pertenecen a la disciplina de Historia de las Ideas, aunque con ramificaciones en la Historia del Arte, la Estética, la Filosofía y la Literatura. Se trata de impagables compendios de análisis y textos, acompañados de un apabullante surtido de selectas imágenes. En mi opinión son libros imprescindibles, pero sobre la imprescindibilidad de los libros siempre caben opiniones.

En el reciente manual de Eco se habla, naturalmente, de la Atlántida, del Paraíso, de Thule, de Lemuria, de las Antípodas míticas, etcétera, siempre con abundante e informada precisión. Y también se habla de la teoría de la Tierra hueca del capitán Symmes: una aventura intelectual sorprendente y singularmente luciérnaga. Naturalmente, mis amigos luciérnagos deben acudir al texto de Eco o a cualquier otro lugar ilustrado para conocer esta historia, pero como da la casualidad de que un servidor redactó hace tiempo un artículo sobre este asunto, me permito la desfachatez de ofrecérselo aquí.

Este artículo apareció por vez primera en la revista Caleidoscopio (ya extinta) hace un par de años, en un número dedicado (¡!) a los agujeros. Tuvieron la amabilidad de invitarme a participar y éste fue el resultado.

 

La extraordinaria idea del capitán Symmes

 

En la ciudad estadounidense de Hamilton, en Ohio, junto al Great Miami River, hay un pequeño parque en el que apenas nadie repara. Esa explanada fue durante el siglo XIX un cementerio, pero  en 1848 se retiraron todos los cadáveres y tumbas del camposanto y se decidió crear allí un lugar de esparcimiento y recreo, llamado Ludlow Park. Sin embargo, la ciudad de Hamilton acordó conservar una tumba, la de un hombre extraordinario llamado John Cleves Symmes, que había sido enterrado allí en 1829. Su hijo, Americus Symmes, erigió sobre su fosa un pequeño monumento, a modo de cenotafio, y colocó en lo alto del mismo una enigmática bola de piedra con un agujero que la traspasaba de parte a parte.

El monumento, que se encontraba en una de las partes más degradadas de Hamilton, sufrió graves actos vandálicos durante las últimas décadas del siglo XX, y en 1991 la Historical Hamilton Inc. consiguió recuperar lo poco que quedaba de él. En el memorial hay varias inscripciones recuperadas que hacen referencia a la vida de nuestro extraño personaje.

En definitiva y en resumen, ese cenotafio honra la memoria de John Cleves Symmes, nacido en 1780 en Nueva Jersey, tal y como se indica en el esbozo biográfico de James McBride en Symmes’s Theory of concentric spheres (Morgan, Lodge and Fisher, Cincinnati, 1826; pág. 157 y ss.). En su infancia recibió una common English education, que a lo largo de su vida enriqueció con frecuentes visitas a las mejores bibliotecas, pues su sed de conocimientos era, al parecer, insaciable. En 1802, cuando contaba aproximadamente 22 años, se alistó en el ejército de los Estados Unidos y luchó en las guerras de colonización, contra las rebeliones indígenas y en la famosa ocasión de Bridgewater; por su heroísmo, en numerosas ocasiones constatado, fue ascendido a capitán. La breve biografía citada dice que tras abandonar el ejército en 1816 fue proveedor del ejército en St Louis (Missouri) y Newport (Kentucky), aunque sus inquietudes intelectuales probablemente impidieron que prosperara en semejante negocio. Para entonces ya estaba casado: su mujer era una «prolífica» viuda llamada Mary Anne Lockwood, que ya llevó cinco hijos al matrimonio y le dio a nuestro John C. Symmes otros cinco.

Nadie sabía que, mientras se dedicaba a abastecer al ejército y a negociar con las autoridades y los indios, Symmes estaba elaborando una teoría asombrosa sobre la formación y estructura del universo. Sin embargo, aquel hombre bajito y dubitativo —«he speaks hesitatingly», dice su biógrafo— estaba conformando, de acuerdo con «las secretas operaciones de su mente», una de las teorías más imaginativas de la ciencia decimonónica.

De repente y sin previo aviso, en la primavera de 1818, Symmes acudió a la estafeta de correos de St Louis (Missouri) y envió una asombrosa carta a todas las sociedades académicas y científicas de América y Europa, a los consistorios de todas las ciudades importantes y a numerosísimos individuos destacados por sus contribuciones a la ciencia. La carta se conoce como «la Circular de Symmes» y dice así:

 

 

La luz da luz a la luz para descubrir... ad infinitum

 

St Louis, territorio de Missouri,

Norteamérica, 10 de abril, A. D. 1818.

 

¡Al mundo entero!

            Declaro que la Tierra es hueca y habitable en su interior; que contiene cierta cantidad de esferas concéntricas sólidas, una dentro de la otra, y que en los Polos tiene una abertura de entre doce y dieciséis grados. Juro por mi vida que esto es verdad y estoy dispuesto a explorar el hueco, si el mundo me apoya y ayuda en la empresa.

Jno. Cleves Symmes

de Ohio, ex capitán de Infantería

 

N. B.: Tengo a disposición de la prensa un Tratado sobre los principios de la materia, en el que presento pruebas de las propuestas anteriores, explico distintos fenómenos y revelo el «Secreto dorado» del doctor Darwin.

            Mi única intención es el buen gobierno de éste y los nuevos mundos.

            Se lo dedico a mi esposa y sus diez hijos.

            Elijo al Dr. S. L. Mitchell, sir H. Davy y el barón Alex. von Humboldt como mis protectores.

 

Solicito un centenar de compañeros valientes y bien equipados con los que partir desde Siberia en la estación otoñal, con renos y trineos, desde el hielo del mar helado; garantizo que encontraremos una tierra cálida y rica, provista de abundantes animales y plantas, cuando no hombres, al llegar un grado al norte de la latitud 82; regresaremos en la siguiente primavera. J. C. S.

 

           

El capitán Symmes estaba tan convencido de que la Tierra era hueca (y de que había mundos interiores en ella) que le faltó tiempo para involucrar en su turbamulta de fantasías a las más altas instancias del gobierno. En 1822 se puso en contacto con el senador Richard M. Johnson para que presentara en el Congreso de los Estados Unidos una solicitud con el fin de que se le concedieran los fondos necesarios para enviar una expedición al Polo Norte, entrar por el agujero que había allí y descubrir los territorios del interior. Al parecer no tuvo mucha fortuna en su petición, aunque aún hizo otras dos proposiciones: una al Congreso y el Senado de la nación, y otra, más modesta, a la Asamblea General de Ohio, en 1824.

De todas las cartas que envió, sólo dos tuvieron respuesta: la primera era de un hombre de filosofía, Constantin François Chasseboeuf, conde de Volney, famosísimo en su tiempo por haber escrito Les ruines des Empires (traducidas aquí generalmente como Las ruinas de Palmira, 1791). Volney, que a la sazón era presidente de la Academia de Ciencias de París, le escribió muy amablemente diciéndole que su idea era una perfecta necedad. También recibió una carta procedente de Rusia, en la que se le indicaba que se le concedía permiso para establecer su campamento base en Siberia con el fin de intentar llegar al agujero del Polo Norte. Por desgracia, no podían contribuir con fondos a dicha expedición.

Nuestro hombre no desesperó y, puesto que contaba con el permiso del gobierno de Alejandro I de Rusia, decidió dictar una serie de prolijas conferencias por el este de Estados Unidos, con el fin de recaudar fondos para la expedición y, de paso, difundir su teoría de la Tierra hueca.

El capitán se basaba en datos y teorías: una de las teorías era que la Naturaleza es proclive a la creación de cilindros y esferas huecas y con anillos concéntricos; otra de sus hipótesis afirmaba que, si la Tierra fuera sólida, no se podrían producir terremotos. También había creído ver dos agujeros (uno superior y otro inferior) en Venus y Marte, lo cual corroboraría que todos los planetas tenían la misma estructura. Y, finalmente, el caótico comportamiento de las mareas y los vientos tenía su razón de ser en esos enormes agujeros de los polos. El agujero del norte rondaba los 6.500 kilómetros de diámetro; el agujero del sur era mayor, con un diámetro de casi 10.000 kilómetros.

En fin, según el capitán Symmes, la Tierra luciría dos espléndidos —y gigantescos— agujeros en los polos. En el interior habría otras tres tierras, también huecas, y con sus respectivos polos agujereados. En el centro habría un sol. La flotabilidad y suspensión de las distintas tierras interiores se debería a la existencia de un gas denso y respirable, y la luz de dichos mundos procedería tanto de la refracción de nuestro Sol como del sol interior.

El capitán Symmes se entregó en cuerpo y alma a su teoría de la Tierra hueca, e incluso fantaseó escribiendo un relato titulado Symzonia: A Voyage of Discovery (1820) que publicó con el nombre de capitán Adam Seaborn. Probablemente los largos viajes, las discusiones, las decepciones y las frustraciones acabaron perjudicando gravemente la salud del capitán, que finalmente se retiró a una granja de Hamilton a finales de los años veinte. Murió en mayo de 1829 y fue enterrado en el antiguo cementerio de la localidad. Su hijo Americus, como se ha dicho, le erigió un cenotafio, y en lo alto colocó una Tierra hueca, como símbolo de la idea que con tanta pasión había defendido su padre.

 

 

Apéndice: apuntes, referencias y literaturas

 

Cualquier estudiante avispado de secundaria podría demostrar hoy la insolvencia física, geológica y astronómica de la propuesta de Symmes, pero ésa no es la cuestión. La cuestión es esa quijotesca obsesión por una idea, ese vicio intelectual por un concepto, ese empecinamiento suicida por una teoría. El término clásico para estos abscesos imaginativos es manía. El maniático puede ser una persona perfectamente normal en cualquier aspecto de su vida, pero cambia radicalmente de actitud cuando se le habla del objeto de su manía. Y eso era lo que le ocurría al pobre capitán Symmes. Ése es su encanto, y eso es lo que convierte al capitán Symmes en un personaje tan novelesco. Symmes no tenía ni la formación ni los conocimientos imprescindibles que le permitieran sostener con fiabilidad su teoría, y sin embargo se aferró a ella con una fe inquebrantable. La conjunción de un elevado designio con una actuación ridícula es seguramente una de las combinaciones literarias más atractivas.

Las teorías de la Tierra hueca han sido, en realidad, una manía que ha afectado a toda la Humanidad desde tiempos remotos: el Hades clásico, como el Infierno cristiano o el Sheol judío son lugares intraterrenales y subterráneos, y, curiosamente, la descripción como lugares ardientes y abrasadores se compadece en alguna medida con la realidad geológica. Dante situó el Infierno en el inframundo, pero otros autores (Guillaume Postel o Giacomo Casanova) advirtieron de la perspicacia de Dios, que supuestamente habría situado el Paraíso en el interior terráqueo para que los humanos no lo encontraran. Muchos pueblos antiguos e infinidad de leyendas medievales hablan de mundos y pueblos subterráneos: la más curiosa es tal vez la que se cuenta en el condado de Donegal, en Irlanda, donde se encuentra la Puerta del Infierno (Station Island). Se cerró para siempre en 1632.

Pero cuando el capitán Symmes desarrolló su teoría, probablemente no tenía en mente los mitos y leyendas clásicas y medievales, sino la obra de eruditos y filósofos modernos, como Athanasius Kircher (1602-1680), que hablaba de unos extraordinarios vórtices en los polos, generadores de vientos y mareas; el teólogo Thomas Burnet (1635-1715), que ya sugirió la posibilidad de que las aguas fluyeran desde el interior de la Tierra por unas aberturas en los polos; y, sobre todo, sir Edmund Halley (1656-1742), bien conocido por haber descubierto y descrito la trayectoria del cometa que lleva su nombre: Halley imaginó la Tierra como una esfera hueca, con tres tierras interiores, también huecas y concéntricas, pero cerradas, sin agujeros en los polos.

La teoría del capitán Symmes fue la última propuesta «ingenua» sobre una Tierra hueca. Las que se difundieron posteriormente (como las de William Reed, Lady Paget, Marshal Gardner o Cyrus Teed, entre otros muchos) ya adolecen de la malicia de quien sabe que son falsas y las mantiene por intereses espurios.

Los textos literarios más relevantes que hacen referencia a los mundos intraterrenales son Las aventuras de Arthur Gordon Pym (1838), de Edgar Allan Poe; Isaac Laquédem (1853), de Alejandro Dumas, padre; Viaje al centro de la Tierra (1864), de Jules Verne; y Laura o el viaje en el cristal (1884) de George Sand.

José C. Vales

 

 

 

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Imitatio Christi: ¡no escribas!

Me encontraba hace unos días repasando -por razones que no vienen al caso- algunos textos agustinianos, cuando me topé con la famosísima contestación que el de Hipona dirigió a Fausto, llamado "el Maniqueo" (Contra Faust. Manich., 28, 4) a propósito de algunas dudas y reticencias que tenía este sobre las enseñanzas de Jesús. Lo que me llamó la atención fue la duda de San Agustín respecto a la posibilidad de que pudiera encontrarse en algún momento un texto escrito por el mismísimo Jesús de Nazaret. Tanto San Agustín como San Jerónimo parecen dejar muy claro que el profeta de Nazaret no dejó escrito nada en absoluto.

¿Cómo es posible que un rabino famoso, un profeta reconocido, una verdadera celebridad en su tiempo no dejara escrita ni una sola palabra? (Me parece estar oyendo a mis queridos seguidores: "Ya está este JCV con sus cuestiones estrafalarias y luciérnagas").

Sín ánimo de adentrarme en laberintos de sociología histórica, podría afirmarse que el Próximo Oriente fue en la Antigüedad un hervidero graforreico: tal vez el asombro ante el descubrimiento de la escritura fuera la razón de una febril actividad gráfica, pero lo cierto es que esa zona ofrece durante algunos siglos una cantidad asombrosa de textos, entre los cuales naturalmente destacan los compendios bíblicos y hebraicos.

Incluso los discípulos de Jesús el Nazareno (algunos de ellos no especialmente ilustrados) se revelaron como prodigiosos biógrafos y dejaron para la posteridad los impagables Evangelios. Sin embargo, repito, "el interesado" jamás escribió nada. Parece que hubiera adoptado algunos rasgos de la filosofía griega antigua, y al modo de Sócrates, se negara a redactar ni una sola línea. Tal vez pensaba prudentemente como aquel senador romano, que advertía que las palabras se las lleva el viento y los escritos permanecen -amenazantes- para siempre.

Hay, sin embargo una leyenda que... (En fin, si hay una leyenda, no vamos a dejarla pasar ni a despreciarla como falsa; a efectos literarios es tan cierta como cualquier otro relato). Hay una leyenda antigua, digo, de enorme importancia religiosa según la cual Jesús de Nazaret -convertido ya en un famoso predicador- habría mantenido correspondencia con un rey sirio. No cuesta ningún trabajo imaginar que Jesús, como rabino que era, educado en la escuela de Jerusalén, mantuviera correspondencia oficial y administrativa o religiosa con grandes personalidades de su época. El rey se llamaba Abgaro V Ukhâmâ (es el que Tácito llama Acbarus Magnus), que reinó en la ciudad de Edesa, la capital de la Osrhoena, durante los primeros años de la EC.

Al parecer -y sigo aquí fielmente la información que proporciona Aurelio de Santos Otero en su estudio de los evangelios apócrifos-, este monarca estaba aquejado de una enfermedad incurable, tal vez la lepra negra. Al parecer, el monarca escribió una carta al famosísimo profeta de Nazaret en la que le rogaba que visitara su ciudad y lo sanara. Jesús le contestó (¡!) y le envió una misiva diciéndole que, lamentándolo mucho, no podía ir a Edesa porque tenía que cumplir con una misión divina. De todos modos, añadía en su carta el Nazareno, le prometía que una vez que subiera a los Cielos le enviaría a un discípulo suyo para que lo sanara y, de paso, predicara el Evangelio. Y, efectivamente, poco después de la Ascensión de Jesús a los Cielos, y por mediación de Tomás, se le encomendó a Tadeo (Addai) que fuera a Edesa y sanara al monarca Abgaro.

Estoy seguro de que todos los luciérnagos amigos están deseando leer una carta manuscrita de Jesús de Nazaret. Pues bien, en el Jardín Luciérnago no se van a ver defraudados. He aquí la contestación -un poco burocrática y administrativa, es cierto- que envió Jesús al rey Abgaro:

 

"Abgaro: dichoso de ti por creer en mí sin haberme visto. Pues escrito está acerca de mí que los que me hubieren visto no creerán en mí, para que los que no me hayan visto crean y tengan vida.

Por lo que se refiere al objeto de tu carta, en la que me rogabas viniera hasta ti, [he de decirte que] es de todo punto necesario que yo cumpla íntegramente mi misión y que, cuando la hubiere cumplido, suba de nuevo al lado de Aquel que me envió.

Mas, cuando estuviere allí, te enviaré uno de mis discípulos para que cure tu dolencia y te dé vida a ti y a los tuyos".

 

La contestación de Jesús resulta un poco funcionarial, es cierto, y no destila ese aire místico que tanto nos emociona en las palabras que recogen Mateo o Juan en sus Evangelios. A decir verdad, parece que le está dando largas al pobre rey leproso, a quien es fácil imaginar decepcionado porque el profeta milagrero de Nazaret se negaba a viajar a Edesa con la excusa de una misión divina.

Pero... no vayamos más allá en las imaginaciones. La verdad es que esta carta muy probablemente data de mediados del siglo III y que, aunque hay autores que defienden su autenticidad, no hay pruebas fehacientes de que fuera redactada por el mismísimo Jesús de Nazaret. Lo que se tiene en la actualidad son copias en distintas lenguas (siríaco, armenio, griego, latín, copto o árabe), porque esa carta o algunas de sus frases se utilizaron como talismanes contra las enfermedades durante siglos.

La tradición eclesiástica afirma que Jesús no escribió ni una sola palabra de su puño y letra, y ciertamente sería decepcionante que su obra manuscrita se redujera a esa lamentable carta al rey Abgaro en la que le da largas y le asegura la curación para más adelante, por apóstol interpuesto y cuando Él hubiera subido al Cielo.

Si es cierto que Jesús nunca escribió nada, hay un rasgo de elegante displicencia en ese acto, una prudente seguridad en sí mismo, un gesto augusto, a medio camino entre la filosofía mística y la humildad eremítica. Esa negación de la palabra manuscrita en favor del testimonio ajeno consagra también un carácter profético y divino. También parece un alejamiento de la soberbia vanidad que implica el acto de plasmar en letras de molde o calígrafas las ideas personales... Ante semejantes sugerencias, sólo se me ocurre que tal vez deberíamos promover la humildad del silencio escriturario; en este sentido, seguir las enseñanzas de Jesucristo no sólo sería un acto de modestia, sino también de generosidad hacia el resto del mundo. No he visto en ninguna "Imitatio Christi" la idea de seguir en esto a Jesús y promover el silencio literario como virtud cristiana, pero nunca es tarde para guardar discretamente la pluma, clausurar el teclado y entregarse a la moderación no volviendo a escribir ni una sola de las majaderías que se nos puedan ocurrir.

 

[Cfr. Los evangelios apócrifos. BAC, Madrid, 1963/2006; colección de textos griegos y latinos, versión crítica, estudios introductorios y comentarios de Aurelio de Santos Otero; págs.: 655 y ss.]

 

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La nueva novela

Los amigos que de tanto en tanto tienen la bondad de visitar estos parajes luciérnagos saben cuánto se lamenta aquí el triste estado de la República Literaria y cuán ajados se ven los cortinajes y el mobiliario de los palacios parnasianos. La ignorancia, la mezquindad, la envidia y otras infecciones no menos purulentas han conseguido que nuestras Letras presenten un aspecto mugriento y lamentable. Por desgracia, un servidor no tiene el bálsamo de Fierabrás que pueda curar semejantes males, de modo que habrán de ser otros, más instruidos y desde luego más hábiles, quienes procuren la salud a nuestro enfermo, o para siempre se verá abocado a permanecer en la planta de incurables del hospital cultural.

Sin embargo, y pensando en qué modo podría uno contribuir a mejorar el estado del moribundo, he decidido compartir con mis amigos luciérnagos un remedio que pondría fin al menos en cierta medida a la lamentable calidad de las novelas de nuestro tiempo.

Mi idea es que todas las novelas se hagan acompañar obligatoriamente— de una anotación precisa y una amplia y exhaustiva bibliografía.

Efectivamente, es muy lamentable encontrarse con novelas que no están convenientemente anotadas, porque el lector con frecuencia ignora los detalles que siempre tiene en cuenta la superabundancia intelecual del novelista. He ido a mi biblioteca y he escogido un libro al azar: El color púrpura, de Alice Walker, que fue Premio Pulitzer en 1983. En los primeros renglones se nos habla de un lugar llamado Macon. ¿Y bien? ¿Dónde está Macon? ¿Se refiere la autora a la Macon de Georgia o es un lugar inventado? ¿Cuántos habitantes tenía Macon en la época en la que se desarrolla la historia? ¿Quién era su alcalde? Otra, un clásico moderno: El perfume de Patrick Süskind. Ya en el tercer renglón cita a De Sade, Saint-Just, Fouché y Napoleón. Naturalmente, uno conoce a Napoleón y a De Sade ¿pero tengo la obligación de conocer a Fouché y a Saint-Just? ¿Quiénes eran? ¿Revolucionarios? ¿O, tratándose de El perfume, eran perfumeros de la ciudad de Colonia? ¿O es que acaso el señor Süskind quiere que me sienta culpable por mi ignorancia de los más mínimos acontecimientos de la historia de Francia? ¿Y si soy natural de Malaisia? ¿Por qué tendría que conocer los intríngulis de la historia revolucionaria de Francia?

Estos dos ejemplos bastarían para que todas las editoriales exigieran como condición sine qua non una anotación precisa y exhaustiva de las novelas que se entreguen, así como una amplia bibliografía comentada, si puede ser, para que el lector que se gasta su dinero en un libro tenga toda la información a su alcance y no tenga que andar indagando si Macon está en Georgia o en Virginia, o si Fouché era partidario de Robespierre o de Murat.

Por supuesto, nadie en su sano juicio compraría o leería hoy un Quijote sin anotar, como nadie salvo los especialistas se atreverían con un Cicerón o un Ovidio, o con una exégesis bíblica, o un San Isidoro o... En fin, ni siquiera puede uno imaginarse que haya nadie tan torpe como para adentrarse en Blake o Wordsworth (ambos Williams), o en Goethe y Schiller sin un aparato crítico imprescindible. 

Pero lo que se propone aquí es que TODAS las obras literarias vengan a las manos del lector con dicha información, correctamente apuntada y anotada. Y estoy viendo que habrá algún picajoso que diga que esto es imposible: pues me permito recordar que Umberto Eco hizo ya esto mismo con El nombre de la rosa, para satisfacción de sus muchos y fervorosos clientes y lectores (entre los cuales me hallo, naturalmente).

Es una vergüenza que los títulos más vendidos y populares de nuestros días hurten a sus fieles lectores una información imprescindible. ¡Hombre, por favor! Recuerdo que el ejemplar de El Código da Vinci que adquirí y que no sé dónde está no venía acompañado ni de una sola nota, y no se especificaba si la Biblia que había utilizado el autor era la Vulgata, la Septuaginta, la de Berleburgo, la de Lutero o la del rey Jacobo. Y, aunque desgraciadamente no he tenido tiempo para leer los novísimos fenómenos editoriales de la gran escritora E. L. James, he comprobado que su Opera Magna viene sin bibliografía, y sin unas mínimas referencias a los grandes tratados erótico-sexuales, como las obras de Luciano, el Káma-sutra, el Decamerón, o los manuales y álbumes eróticos de la antigua China, por ejemplo El manual de la muchacha cándida.

Si la República Literaria quiere mejorar la deplorable imagen que tiene, ha de afrontar sin falta estas carencias intelectuales. No puede publicarse novela en nuestro país sin una anotación implacable y una bibliografía adecuada. El autor, para que sea considerado como tal, ha de señalar cuáles han sido sus recursos, sus fuentes, sus materiales... ¡a no ser que nos quieran hacer creer que todo cuanto escriben lo encuentran en sus geniales e inspiradas molleras!

¿Una novela romántica? Anote usted los lugares, los tratados sobre las emociones, los libros sobre las relaciones humanas, la historia social y matrimonial, etcétera. ¿Una novela histórica? Anote usted fechas, fuentes, ediciones críticas, facsímiles, bibliografía... ¿Cómo puede leerse una novela histórica medianamente decente sin una anotación exhaustiva? ¿Una novela intimista y de sentimientos sentimentales autodestructivos y apesadumbrados? Cítense los trabajos freudianos o jungeanos adecuados, y las estadísticas de la OMS sobre suicidios, tratados de sociología, sobre la historia de la locura, etcétera. ¿Y las novelas modernas de borrachos y drogadictos que odian la vida? En este caso, con citar a Bukowski o a Kerouac es suficiente y el lector ya se da por enterado; en todo caso, una referencia a algún manual sobre drogas y alcoholismo nunca está de más. ¿Una novela posmoderna? En este caso es imprescindible la anotación y la bibliografía, porque el lector rara vez conoce a los autores búlgaros, ucranianos o moldavos de los que hablan esos prodigios del intelecto, y también es necesaria una sinopsis final, para que el lector tenga una idea aproximada de lo que ha leído y pueda comentarla en...

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La música extremada

Aceptaré con paciencia y humildad penitencial los latigazos que se me propinen por escribir esta entrada sobre fray Luis de León, pues soy consciente del sacrilegio y la blasfemia literaria de comentar al acaso la excelsa poesía del agustino en un blog frívolo de curiosidades luciérnagas.

Por otro lado, no creo que haya otro asunto más digno de consideración y estudio que la poesía renacentista española. En todo caso, mi osadía no llegará al atrevimiento de ensayar una crítica literaria de las obras de fray Luis de León, ni siquiera de una oda o alguna de sus traducciones o prosas. Sólo me referiré a un verso (el cuarto de la oda a Francisco de Salinas) y, naturalmente, apenas podré esbozar algunos aspectos de lo que propone el poeta en ese verso. (Para comentar todo el poema necesitaría más tiempo del que dispongo y más intelecto del que Natura graciosamente me concedió).

He de advertir que vengo a este verso de Fray Luis de León por casualidad, por una sugerencia que aparece en un texto de astronomía que tengo entre manos y porque la cuestión en sí me parece suficientemente luciérnaga como para tratarla con algún detalle.

Aunque no es necesario recordar los versos de la Oda a Francisco de Salinas, pues todos los amigos luciérnagos los conocerán de memoria, avanzo aquí los primeros sólo para disfrutar de ellos una vez más.

 

 

 

"El aire se serena

y viste de hermosura y luz no usada,

Salinas, cuando suena

la música extremada,

por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino

el alma, que en olvido está sumida,

torna a cobrar el tino

y memoria perdida,

de su origen primera esclarecida".

Este Francisco de Salinas al que dedica su oda fray Luis era un músico de renombrada fama en la Universidad de Salamanca. Debió de nacer en torno a 1515 en Burgos, y falleció en 1590. Según todos los indicios se quedó ciego a muy temprana edad, lo cual no impidió que estudiara Humanidades y Filosofía en la universidad salmantina. Después pasó a Italia, donde continuó su formación y su actividad profesional durante veinte años, al abrigo del papa Pablo IV. De regreso a su universidad, se le concede la cátedra de música (1567), como experto en música especulativa. Se llamaba "música especulativa" a la música culta de carácter intelectual o espiritual, frente a la "música práctica", o común. A la música especulativa se dedicaban, como teóricos o compositores, los matemáticos, los filósofos, los humanistas de postín, los astrólogos y los astrónomos.

El poeta admira en Salinas su habilidad para transportar el espíritu del oyente: acudiendo a los rudimentos platónicos, fray Luis explica que, al escuchar la música de Salinas, el alma olvidadiza "recuerda" de dónde procede, y halla su "memoria perdida", y "recobra el tino", el sentido, y vuelve a su "origen primera" como quien descubre "esclarecida" su verdadera naturaleza.

¿Tanta fuerza y tanta sugestión promovía la música del maestro burgalés? En aquella época el platonismo se había ajustado a la idea teocéntrica del mundo, y se entendía que Dios -Maestro tañedor de la cítara celeste (v.21), desde luego- había creado el mundo conforme a la "harmonía" y perfección que naturalmente se le atribuían. Los intelectuales medievales habían asumido que dicha "harmonía" guardaba relación con las proporciones musicales y matemáticas que en su momento estableció la escuela pitagórica.

La teoría de la música especulativa había desarrollado esas ideas sustancialmente, y las había aplicado a los conocimientos científicos del momento, pero todo el conocimiento se concentraba en la idea de la armonía universal y las proporciones numéricas. 

La teoría pitagórica suponía que el movimiento de los cuerpos celestes, engarzados en esferas concéntricas, debía producir necesariamente un formidable estruendo, señaladamente el Sol o la Luna. Por otra parte, y para asombro de científicos y músicos, esos astros y otros menores, como Saturno, Marte, Venus y Mercurio, guardaban entre sí distancias que se asimilaban a las armonías musicales; decían, además, que no la oíamos porque estábamos acostumbrados a ella desde que nacíamos. Aristóteles, en su Tratado del Cielo (II, 9), no parece muy convencido y, por su parte, tiende a considerar que las esferas no producen ruido alguno.

Sin embargo, en el Renacimiento ya se había retomado por completo -al menos teóricamente- la idea de la música que producen las esferas concéntricas del universo al girar unas sobre otras alrededor de la Tierra. Y decía Castiglione en su Cortesano: "Fue [...] opinión de muchos sabios y famosos filósofos ser el mundo compuesto de música, y los cielos, en sus movimientos, hacer un cierto son y una cierta harmonía y nuestra alma con el mismo concierto y compás ser formada, y por esta causa despertar y casi resucitar sus potencias con la música" (trad. Boscán).

Ésta es una de las ideas más "luciérnagas" que uno pueda imaginarse: que los planetas y los astros, encastrados en esferas concéntricas alrededor de la Tierra, producen sonidos musicales que están en armonía con el espíritu humano y que, por esa razón, la música tiene ese poder evocador y místico: porque nos recuerda la "harmonía" universal generada por las esferas, que no es sino la creación del gran Maestro tañedor de la cítara celestial. El alma, en fin, a través de la música, recuerda su origen divino, y de ahí el éxtasis emocional que produce la gran música, la que se alinea con la armonía divina.

Grandes astrónomos, como Kepler, Maier, Bode o Gregory continuaron la tradición de ajustar ingeniosamente las distancias astronómicas a las notas musicales, las armonías y los ritmos. Por otro lado, los poetas añadieron su parte espiritual: "A través de la música el alma entrevé los esplendores situados más allá de la muerte", decía Baudelaire.

Además de ser una idea extraordinaria, alentada en los primeros siglos de la filosofía griega, tuvo una larga vida teórica y poética -ya que no científica-, y la explicación de los poderes evocadores de la música ha mantenido esa relación con las esferas del cosmos. Es también una de las ideas más fecundas de la poesía y la mística literaria, y una explicación ingeniosamente "luciérnaga" a las emociones y sentimientos de elevación emocional que provoca la música en los hombres.

Fray Luis, estatua del Patio de Escuelas, en la Universidad de Salamanca
Fray Luis, estatua del Patio de Escuelas, en la Universidad de Salamanca

Más y mejor en Fray Luis de León: Poesía. BCRAE, RAE/Galaxia Gutenberg, Madrid, 2012; ed., est., y not., de A. Ramajo Caño. Francisco Rico: El pequeño mundo del hombre. Castalia, Madrid, 1970 / Destino, Barcelona, 2005.

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La soledad del escritor de fondo

"Es un lujo ser un escritor de fondo, ahí fuera, en el mundo,

sin un alma que te ponga de mal humor o te diga qué tienes que hacer".

Alan Sillitoe, "The Loneliness of the Long Distance Runner"

En varias ocasiones he comentado con vosotros, amigos luciérnagos, cuán fácil resulta establecer analogías entre el trabajo literario y cualquier otra tarea que requiera notables esfuerzos: subir una montaña, levantar piedras, construir un edificio, tender un puente, etcétera. Es tan sencillo como entregarse a esos ingenuos juegos "filosóficos" en los que se compara la vida con un vaso de vino, o con un camino, con un viaje, con una comida o... una caja de bombones. Con todo, hay que admitir que este tipo de analogías es tan cómodo y tan inofensivo que incluso puede resultar divertido. Y como resulta que un servidor pasa una o dos horas diarias corriendo y castigando su maltrecha osamenta por los parques de la ciudad, pensé que podría ser un pasatiempo entretenido comparar a los corredores con los escritores, y viceversa, hasta formar un batiburrillo luciérnago de proporciones colosales.

Y ocurre, amigo coleóptero, que, a fuerza de observar a escritores y corredores, las semejanzas entre unos y otros me parecieron asombrosas. Por ejemplo, con frecuencia me encuentro con corredores aficionados que salen a hacer deporte con unas zapatillas inapropiadas y sin el material mínimo imprescindible, como esos escritores que emprenden la tarea sin sintaxis y sin ortografía; generalmente son corredores lentos, que se fatigan en cada página, arrastrando su prosodia renglón tras renglón, cansinamente... en definitiva: no están preparados y, por lo tanto, son un engorro para todo el mundo. Muchos de ellos creen que sin unas buenas zapatillas y sin pertrechos filológicos pueden ser como Emil Zátopek, y se ponen a escribir como locos, aunque no suelen llegar nunca a la meta, y se quedan en las cunetas y en los cajones editoriales olvidados.

Emil Zátopek
Emil Zátopek

El corredor, como el escritor, tiene que entrenar mucho. El corredor que quiere escribir un libro, sin haber entrenado y sin haber practicado mucho, no sólo es un ingenuo, sino que hace gala de una notable estupidez, porque nunca podrá lograr nada positivo. El escritor tiene que esforzarse todos los días, y practicar con las series, el esprint, la retórica y la historia de la lengua, del mismo modo que el corredor tiene que esforzarse en los ejercicios anaeróbicos, en la filosofía, la historia y otras disciplinas. ¿Qué habría sido de Sebastian Coe si no hubiera tenido una sólida formación en Literatura? ¿Y qué habría sido de Borges o Eco si no hubieran pasado horas y horas en el gimnasio, quemando grasas en los aparatos de literatura medieval?

Hay corredores fanfarrones, que lo saben todo, saben todo lo que hay que saber en teoría del atletismo, presumidos y soberbios: luego, cuando deciden escribir, son vulgares son incapaces de dar un paso sin tropezar, y con frecuencia ni siquiera acaban las carreras. Hay corredores que lucen su indumentaria de forma vergonzosa: parece que van a las carreras para mostrarse, en vez de para correr. Ser guapo o ir a la última no sirve ni para correr ni para escribir mejor. También hay corredores aficionados con un porte excelente, aunque con frecuencia tienden a hacer el ridículo, porque pretenden lucir más que correr, y exhibirse más que escribir.

Hay jóvenes que corren como posesos... para acabar al cabo de cien metros exhaustos y derrengados, asfixiados e incapaces de dar un paso más. Y gentes de mediana edad que han decidido correr y escribir en el otoño de sus vidas, sin zapatillas y sin sintaxis, sin ropa deportiva y sin filología, con adiposidades grasientas y con faltas de ortografía.

 

Sebastian Coe
Sebastian Coe

Entre los profesionales, sabemos que hay escritores dopados, que reciben ayudas extradeportivas, o que contratan a "liebres" o "negros" para que les hagan el trabajo sucio. Para ganar carreras en las grandes citas hay que tener un talento innato y haber entrenado mucho, ser perseverante y pasar muchas horas de soledad y sufrimiento en el gimnasio, en la pista de atletismo, en la biblioteca y frente al ordenador. Un corredor sin condiciones innatas pero trabajador puede obtener más frutos que un escritor con talento pero holgazán.

Hay corredores de velocidad, escritores de media distancia y maratonianos. Escritores que, como Zátopek, tienen mala técnica pero ganan y encandilan al público. Corredores elegantes, como los keniatas y los etíopes, cuyo esfuerzo y talento siempre acaba saliendo a relucir, a pesar de todo. Hay corredores profesionales, corredores de ocasión, corredores por diversión, corredores aficionados, corredores domingueros y corredores mirones, criticones y chismosos. Y, en fin, también están los periodistas que narran las carreras, y critican a unos y a otros cuando jamás han pisado una pista de atletismo y nunca se han puesto un dorsal en el pecho. ¡Qué fácil es narrar una carrera y criticar a los deportistas cuando nunca has presentado una novela en público!

 

¿Qué tipo de corredores somos? ¿Nos preparamos bien para las carreras? ¿Entrenamos lo suficiente la gramática, la teoría de la literatura y la retórica? ¿Cuidamos cada movimiento de nuestro cuerpo o escribimos sin ton ni son? ¿Crees que eres Gebrselassie o Cervantes? ¿Crees que mereces el Nobel de Literatura por salir a correr los domingos? ¿Te crees Paula Radcliffe por tener una cara bonita y codearte con algunos fanfarrones vestidos de Nike? ¿Crees que puedes ganar alguna carrera porque conozcas toda la historia del atletismo? ¿Eres de los que sufres corriendo o de los que disfrutas del esfuerzo? 

Si a alguien le interesara saber qué tipo de corredor es un servidor, le diría que me tengo por un solitario corredor de fondo y aficionado. Me gusta entrenar mucho, pasar horas y horas entre libros, y no necesariamente escribiendo: las carreras son un lugar donde divertirse, porque sé que nunca voy a ganar, ni lucho para ganar. Sólo corro contra mí mismo y me esfuerzo en hacerlo cada día mejor, admirando a Zátopek, a Dickens, a Coe, a Tólstoi, a Gebrselassie, a Austen y a Radcliffe, sabiendo que jamás llegaré a ser como ellos.

El esfuerzo nocturno, en los caminos y en la mesa de estudio, seguramente no me darán para abandonar el humilde estatus de corredor aficionado, pero de todos modos seguiré adelante, y procuraré disfrutar de la soledad del escritor de fondo.

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Gallinas en palacio: la crítica literaria

Sólo los aficionados y los que han llegado a la literatura por casualidad o deslumbrados por imaginaciones narcisistas pueden fijar trincheras intransigentes en el hecho literario. Todos conocemos personas que no salen del torbellino de F. S. Fitzgerald o de J. D. Salinger, o que se ahogan como náufragos en Joyce o Eliot, o se anegan en las torturas de Woolf o Dickinson, o convierten su existencia en una paráfrasis ridícula de las obras de Bukowski y Kerouac. Nadie puede impedir que un lector decida entregar su vida literaria a un autor, o a un grupo de autores o a un estilo poético o narrativo. Pero un profesional de la crítica o de la literatura debería contar con los recursos suficientes como para no limitar su espectro literario a un género o a un estilo o a un grupo de autores. Por otra parte, es una obviedad que el gusto personal es irrelevante en la crítica literaria; ningún verdadero crítico se pregunta si una obra literaria le "gusta", sino que elabora su discurso y disecciona el texto a partir de sus premisas teóricas (sea el historicismo, el formalismo, la estilística, el new criticism o lo que fuere) y ofrece una visión informada del texto ajena a sus intereses personales.

 

 

Siempre me he preguntado cómo afrontará uno de esos devotos irritados de Kerouac una comedia de Lope de Vega, por ejemplo la maravillosa "La dama boba". (Sí, es una maldad). Y me intriga saber cómo los fervientes y apasionados lectores de Sylvia Plath o Emily Dickinson afrontarán la lectura de John Locke o James Thomson. Y, desde luego, creo que pagaría (aunque no mucho) por saber qué piensan de Petrarca los fanáticos de Philip Roth, Jonathan Franzen o Thomas Pynchon.

La literatura -casi da pereza repetirlo- es un arte en evolución, y del mismo modo que un crítico de arte puede valorar, en su medida y de acuerdo con un análisis histórico y técnico, a Sargent y a Miguel Ángel, un crítico literario (y cualquier lector en general) debería poder evaluar sensatamente a Ian McEwan y a Rosalía de Castro, o a Enrique Vila-Matas y a Paravicino, de acuerdo con algo más que su "gusto" personal. Aunque me llamen pesado, reitero que, para un profesional, la literatura es como un plato de lentejas: no importa si te gustan o no, lo importante es si están bien hechas.

 

 

En nuestro tiempo de egolatrías, el crítico popular parece despreciar todo aquello que no halaga su vanidad literaria (o la de quien le paga), lo que no le proporciona un estatus entre la "intelectualidad literaria" (los personajes del corazón del mundo cultural, para entendernos) o que no se ajusta a lo que consideran imaginativamente el canon literario actual, o personal, o socio-cultural. Aquellos que no salen de Bukowski, Kerouac y Borroughs no tienen mucho más seso literario que los que andan enfangados en las E. L. James, Megan Maxwell o Raine Miller. (Dado el caso, prefiero a quienes no salen de Ovidio, Cicerón, Virgilio y Horacio). A pesar de la vergüenza ajena que provoca esa cierta intransigencia crítica -muy ridícula, por cierto-, los críticos populares siguen insistiendo en negar la variedad literaria de nuestro caótico siglo XXI y que comenzó en los enfangados territorios vanguardistas de principios del XX. Desde entonces -y esto es algo que deberían saber los críticos-, la escena literaria evolucionó como un árbol de genealogía animal o vegetal, expandiéndose en ramas diversas: muchas de esas ramas coexisten y son perfectamente válidas (como la novela histórica, la novela negra, la biografía novelada, la introspección sentimental, la novela urbana en sus distintas variedades, la recuperación de modelos decimonónicos, etcétera), mientras que otras ramas se agostan más pronto que tarde y mueren sin remedio, como ha ocurrido siempre.

La crítica seria (universitaria fundamentalmente) es consciente de este hecho por lo demás obvio, y la investigación crítica se aplica tanto al método histórico-literario (fuentes, corrientes, formación, historia, contexto, etcétera), como al hecho lingüístico y estilístico. Por supuesto, sin los bártulos de la sociología, la filosofía, la historia, la lingüística y el arte, la crítica literaria no es más que un ejercicio escolar. Sólo así puede accederse a un análisis ajustado de Virgilio, Berceo, Chaucer, Voltaire, Austen, Galdós, Joyce, Welty o McEwan sin andar perdido como una gallina en la coronación de los reyes de Inglaterra.

 

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¡Esto es incomprensible!

Una pregunta sencilla para empezar: ¿los signos del arte rupestre franco-cantábrico, como los jeroglíficos, los textos sumerios, los del Valle del Indo y los lineales A y B, y otros signos de protoescritura deberían llamarse escritura? La filología y la arqueología colaboran en estos laberintos de textos incomprensibles. Un arqueólogo podría considerar escritura una serie de signos con cierto orden aparente, como triángulos, soles, lunas, estrellas, rayas y puntos. Un filólogo precisa extraer "sintaxis" y, en términos generales, "gramática", esto es, un ordenamiento general de reglas y principios a los que se someten las palabras en el proceso de comunicación. La escritura también necesita otro elemento primpordial: que pueda leerse. Para que ambos hechos se produzcan, tal vez es necesaria la simplificación fonética y la desvinculación de los monogramas respecto a los significados. En palabras de Peter Watson: "El desarrollo de la escritura tuvo lugar cuando un sonido, correspondiente a un objeto conocido, se generalizó para adaptarse a ese sonido en otras palabras y objetos. Podemos imaginar un ejemplo en nuestro idioma. En primer lugar tenemos un grupo de sonidos, digamos /te/, al que se le asocia el dibujo de una hoja. Pues bien, la escritura, tal y como la conocemos, empezó cuando ese signo fue empleado para escribir (junto a otros) palabras que contenían el grupo /te/ pero cuyo significado no tenía relación con el 'té', como te-rraza o te-la; en estas palabras el dibujo de la hoja no significaría determinada planta o bebida, sino un sonido. Esto fue lo que ocurrió, por ejemplo, con la palabra sumeria 'agua', que se decía a, y cuyo signo eran dos líneas onduladas paralelas. El contexto siempre aclaraba cuándo a significaba 'agua' y cuándo el sonido /a/". Esto comenzó a ocurrir, al parecer, en Shuruppak, al sur de Mesopotamia.

Pero la escritura, en realidad, no es más -ni menos- que un código destinado a la comunicación. (Podría decirse que en principio su finalidad era la ordenación, el recuento o el recuerdo, pero sólo son matices discutibles). Como ocurre con algunas teorías cuánticas, la escritura no existe si no hay alguien que la lea o, en términos jakobsianos, si no hay un 'destinatario'. Y aún me atrevería a ir más allá: la escritura no existe si no hay alguien que la entienda. (Sería una broma fácil -y tal vez injusta- sugerir que el Ulysses o Finnegans Wake no pueden considerarse escritura). Por esa razón resultan tan enigmáticos, tan misteriosos, tan interesantes y tan luciérnagamente atractivos los textos que no podemos descifrar. Hay en ellos un algo mítico y ancestral, una suerte de hechicería y sortilegio, e incluso parecen poseer una sabiduría o encerrar conocimientos superiores. (Es posible que los analfabetos de épocas pasadas albergaran estos mismos sentimientos ante las retorcidas grafías que no podían descifrar). Entre los textos antiguos que no se han podido esclarecer, destacan la escritura Vinča, llamada también escritura europea antigua, perteneciente a una cultura que pobló los montes de Rumanía hace aproximadamente 5.000 años. Por su parte, ni el proto-elamita ni el elamita lineal (3.300-2.900 a.C.) se han descifrado por completo, y no faltan expertos que duden del verdadero carácter "gramatical" de estas escrituras. El llamado Disco de Phaistos (o de Festo, 1850-1650 a.C.), perteneciente a la última fase de la Edad de Bronce, tampoco ha sido descifrado. (En alguna revista de arqueología también se ha asegurado que es un completo fraude).

Como saben todos los luciérnagos, los fraudes también resultan muy atractivos. No hay nada tan interesante y emocionante como una falsificación, una gran estafa, una gran conspiración, un fraude heroico o un engaño ingenioso. La historia de los textos indescifrables está plagada de estas amenazas latentes de fraude y engaño, y eso no les resta valor: al contrario, añaden intriga novelesca al asunto.

Quisiera compartir con mis amigos luciérnagos la curiosidad por cinco textos que aún no han sido descifrados. El primero es un breve texto relacionado con el misterio del Hombre de Somerton (o Taman Shud Case, 1948): nadie sabe ni quién era ni cómo se llamaba ni cómo llegó allí ni cómo murió aquel hombre que falleció de repente en la playa de Somerton, en Adelaida (Australia). Lo único interesante que se encontró fue un trozo de papel en el que había escrito: "Taman Shud", que en persa signifca "terminado". Poco después se asoció al cadáver un vehículo, donde había un libro (el Rubayat, del autor medieval Omar Khayyam, muy popular a principios del siglo XX), en el que el muerto había escrito una serie de letras [W E R G O A B A B D...] cuyo significado no se ha esclarecido hasta el momento.

El segundo texto es moderno: se trata de un texto inscrito en la escultura Kryptos. A finales de los años ochenta, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de EEUU encargó al artista Jim Sanborn que realizara una escultura para los jardines interiores del nuevo edificio de la Agencia en Langley (Virginia). El escultor hizo Kryptos, una escultura en la que están grabados unos textos con un código complejísimo. Las partes 1, 2 y 3 de Kryptos se resolvieron con ayuda de ordenadores; la parte cuarta K4, aún no ha sido resuelta.

Parte de 'Kryptos', la escultura de Sanborn para la CIA
Parte de 'Kryptos', la escultura de Sanborn para la CIA

El tercer texto es un clásico: el Manuscrito Voynich: un libro redactado hace medio siglo, por un autor anónimo, con un alfabeto desconocido y en una lengua incomprensible. El Voynich, el MS408 de la Beinecke Rare Book and Manuscript Library de la Universidad de Yale, debe su nombre al lituano Wilfrid Voynich, que lo descubrió en 1912. También sobre este libro ha recaído la sospecha, y aunque se da por muy probable la autoría de Roger Bacon, también se dice que fue el propio librero Voynich quien se divirtió a costa de los expertos con ese extravagante (y precioso) libro. El Manuscrito Voynich es el origen del Códex Seraphinianus que el artista Luigi Seraphini realizó en los años setenta del siglo XX.

El Códice Rohonczi llegó a la Academia de Ciencias de Hungría a mediados del siglo XIX. Tiene el aspecto de un misal antiguo, en una especie de lengua relacionada con el húngaro o el dacio, aunque con una superabundancia de caracteres; el papel parece papel veneciano del siglo XV. Tras ser estudiado por distintos especialistas, todos se dieron por vencidos, salvo aquellos que alzaron la voz para afirmar que era una completa falsificación de Sámuel Literáti Nemes (1796-1842), un anticuario húngaro-transilvano.

El texto indescifrable más emocionante es el mensaje del compositor Edward Elgar a Dorabella. Dora Penny era hija del vicario de Wolverhampton y la familia era amiga de los Elgar; éstos fueron a pasar una temporada a casa del reverendo Penny y su hija Dora. Edward Elgar aún no era un compositor consagrado, y ejerció, con sus cuarenta años, de maestro de música de Dorabella, veinte años más joven. Se supone que, dadas las circunstancias, el amor entre ambos resultaba imposible y las comunicaciones entre ambos debían someterse a códigos indescifrables... tan indescifrables que la propia Dorabella aseguró que jámás pudo saber qué le decía su amigo en aquella nota...

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Una biblioteca luciérnaga

Estoy persuadido de que todos reservamos un espacio de nuestras bibliotecas para ese tipo de libros que nos divierten enormemente... pero de los que no conviene hablar en exceso. No se trata, en realidad, de libros que nos avergonzarían (o quizá un poco, sí), sino de esos textos que, por razones culturales, uno entiende que no deberían estar junto a los clásicos españoles, franceses, ingleses o grecolatinos. Y apostaría medio penique de mentira a que la mayoría de los buenos lectores tienen ese tipo de libros y, además, los guardan en espacios poco visibles de sus estanterías, en las baldas inferiores, o en las más altas, en un rincón o en la segunda fila. (En ocasiones son libros muy serios y sesudos, pero tratan temas que están en la aduana de lo común). Cuando alguna visita, por casualidad, se detiene en esos libros estrafalarios, en luciérnago lector siempre dice con un ademán desdeñoso: "Ah, sí, bueno... son cosas mías, sin importancia". Sin embargo, saben que están allí y de vez en cuando acuden a esas estanterías escondidas para disfrutar con sus historias favoritas. Los domingos apáticos, los martes de insomnio, los desamores, las traiciones y las frustraciones cotidianas tienen en esos libros el aliviadero de la sonrisa, la emoción, la evasión o el gozo adolescente.

"Érase una vez, hace mucho tiempo...". Ilustración de Jean-François Segura
"Érase una vez, hace mucho tiempo...". Ilustración de Jean-François Segura

Por supuesto, nuestras pequeñas -siempre han de ser pequeñas- bibiotecas luciérnagas nada tienen que ver con el frikismo, más relacionado con la acaparación compulsiva y obsesiva de libros y memorabilia relacionados con algún asunto extravagante o no. Además, hay que lidiar con una característica esencial de este tipo de textos: la dificultad de establecer fronteras en las nebulosas lindes de lo luciérnago y lo convencional. Por ejemplo, un servidor está convencido de que los Fenómenos de Avieno son extraordinariamente luciérnagos, pero es posible que un especialista en lenguas clásicas o en historia de la meteorología no lo entienda así. Para mí es luciernaguísimo el compendio de las Etimologías de San Isidoro, pero sería un despropósito considerarlo y catalogarlo en otra sección que no fueran los clásicos. También podría considerar luciérnago a carta cabal el maravilloso Gabinete de curiosidades naturales de Seba, pero por muy luciérnago que sea, es también un clásico científico y libresco. También podrían entrar en un hipotético catálogo de la biblioteca luciérnaga los libros raros, como el pornográfico Jardín de Venus de Samaniego, las antiguallas populares de Jules (Julio) Verne, el Tratado de los vampiros de Dom Calmet, o... Por otro lado, estoy convencido de que muchas personas considerarían luciérnagos libros como la Silva de Mexía o el Setenario de Alfonso X, mientras que yo los tengo con los clásicos españoles.

Ilustración de Johan Potma
Ilustración de Johan Potma

Mi breve catálogo luciérnago no guarda relación con la antigüedad de los libros, sino con los temas que aborda. Naturalmente, no se puede esperar que un servidor haga relación aquí de sus tesoros más personales, pero apuntaré las fichas bibliográficas de algunos textos que pueden interesar a los lectores de este blog. Me referiré sólo a media docena variopinta de libros que tengo a mano.

Por ejemplo, sobre la mesa tengo el entretenidísimo -nunca me canso de leerlo- texto de John Withington, Historia mundial de los desastres. Crónicas de guerras, terremotos, inundaciones y epidemias. Turner Noema, Madrid, 2009. Se trata de una compilación amenísima e informada sobre las calamidades históricas de la Humanidad. Más ligero y divertido (con una desastrosa edición, ad hoc) es el libro de Stephen Pile, El libro de los fracasos heroicos. Alba, Barcelona, 2006, un desternillante fracaso literario que advierte: "Ánimo, lo peor aún no ha llegado". En otro sentido, bien distinto, siempre tengo presentes a los grandes exploradores polares, y buena parte de mis textos preferidos está en Hielo (ed. Clint Willis, con textos de R. F. Scott, E. Shackleton, R. E. Byrd, Historias de supervivencia en la exploración polar). Desnivel, Madrid, 1999. Y en otra vertiente de la indagación luciérnaga podrían considerarse estos dos textos: el primero es del famoso escéptico Ronald H. Fritze, Conocimiento inventado: falacias históricas, ciencia amañada y pseudo-religiones. Turner Noema, Madrid, 2010, y el segundo es un breve tratado de Daniel Tubau, La verdadera historia de las sociedades secretas. Alba, Barcelona, 2008. He dejado para el final un libro que merece una consideración especial, no sólo por el cuidado que se puso en su edición, sino por la importancia del texto en sí. Se trata de la obra de Thomas Browne, Sobre errores vulgares o Pseudoxia Epidemica. Siruela, Madrid, 2005. Algún purista me reconvendrá por citar aquí a Browne, pero que conste que lo hago con toda la pompa y reverencia luciérnaga de que soy capaz, pues es uno de mis libros favoritos y, aunque no veo por qué iba a incendiarse mi casa, si se incendiara, seguramente sería uno de los libros que salvaría.

Por supuesto, como he advertido, no he anotado los textos más comprometidos, pero los aficionados a la lectura del luciernaguismo ensayístico pueden adentrarse en estas obras con dos seguridades: la primera, que se van a divertir. Y la segunda, que no podrán alardear de su lectura en conventículos esnobs.

Ilustración de Alexander Henry
Ilustración de Alexander Henry
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La Tabla de los Elementos (literarios)

El mundo es un caos asombroso: eso lo sabe cualquier luciérnago. Y todo lo que hay en él es susceptible de formar parte de la estupefacción que provoca la realidad. Decía un clásico español que estamos tan acostumbrados a ver la lluvia que no somos capaces de admirar su maravillosa estructura, y añadía que era prodigioso observar que el agua no cae toda en un mismo lugar, sino que lo hace de un modo mucho más sabio, repartida y suavemente, para dar alimento y refresco a las plantas y los animales.

Los científicos, a los que por lo visto no les gusta nada de nada el caos ni el vacío, siempre han estado dispuestos a organizar el mundo. Y han llegado a la conclusión de que en el mundo hay una serie de "elementos" que componen todo lo que conocemos. Y han distribuido esos elementos en un sistema que se denomina Tabla Periódica de los Elementos. 

A mí esta tabla siempre me ha parecido asombrosa, mística, prodigiosa, terrorífica y esotérica. En algunos casos esta tabla cuenta con unos pequeños números que indican los pesos atómicos (¡oh!) y las valencias (¿eh?). Todo ello siempre me ha resultado misterioso y, aunque llegué a comprenderlo en su momento, mi imaginación siempre ha conseguido desviar la apreciación de la verdad para centrarse en las "posibilidades literarias" de este prodigioso embrollo químico.

No sé qué pensarán los amigos luciérnagos, pero es normal que la lista la encabece el hidrógeno (H), aunque los clasicistas habrían preferido seguramente el helio (He), que aparece en el extremo superior derecho. Aparte de las posibles discusiones ordenancistas, a mí siempre me llamó la atención la columna de los gases nobles (azul), donde se encuentran el neón, el argón, el kriptón, el xenón, el radón y el extrañísimo ununoctio. Todos ellos son materiales novelescos, seguramente podrían incluirse en cuentos de ciencia ficción o en cómics. Por otro lado, tenemos las columnas de los alcalinos (roja) y los alcalinotérreos (beis). A mí me parece que están un poco mal organizados, porque se mezclan los terribles litio, rubidio, cesio y radio con otros elementos que vienen a ser como vitaminas, poco más o menos, en los yogures y en la leche: el sodio, el potasio o el calcio. En el extremo opuesto (columna amarilla) se encuentran los elementos que uno llamaría "desinfectantes y refrescantes", como el cloro y el flúor, muy utilizados en las piscinas y en la pasta de dientes. En la columna verde de los "no-metales" se encuentran el oxígeno y el nitrógeno, pero también el infernal azufre (16) y el misterioso y lunar selenio (34). En el grupo mayoritario (centro izquierda, de color rosa palo) se encuentran algunos de los elementos más sugerentes, como los brillantes cromo, níquel y cobre, e incluso el rudo hierro (26), todos ellos muy necesarios en las novelas históricas. A partir del número 70 y en esa zona se encuentran los materiales propios de los thrillers y novelas de robos y espías, como el iridio, el platino, la plata, el oro, e incluso el mercurio. Más misteriosos y sin duda más peligrosos son el hafnio, el dubnio, el meitnerio, el roentgenio o el ununtrio. Entre estos metales "de transición" hay nombres aterradores, y si un hombre se atrinchera en un piso de los suburbios y amenaza con estallar su bomba de rutherfordio (104), el relato adquiere tintes apocalípticos. Los lantánidos y los actínidos son más amables: parecen los nombres de una aldea rural. Ahí están (y los escribo con mayúscula porque parecen los nombres de nuestro tío del pueblo) Cerio, Neodimio, Prometio, Europio, Curio, Godolinio, Disprosio o Tulio. Lástima que no existan elementos como Fulgencio, Casimirio, Asclepio o Clodoveo.

Sin ninguna duda, podría decirse que la Tabla de los Elementos químicos también podría ser la Tabla de los Elementos literarios, porque ahí está la historia (con Germanio [32] y Galio [33], la aventura (Niobio [41] y Lawrencio [103], el suspense (con Holmio [67]), la filosofía (Plutonio [94] y otros), la comedia (con el impagable Bromo [35] y, por supuesto, el amor, con el melancólico y enamoradizo Livermorio (103).

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Tres libros para adultos

En un mundo donde se consideran literatura textos como Orgullo, prejuicio y zombis o Crepúsculo o Los juegos del hambre o Pídeme lo que quieras y otros productos semejantes, destinados al público preadolescente, da un poco de apuro entregarse a divagaciones sobre libros para adultos. La literatura infantil y juvenil parece dominar el ámbito literario y las perspectivas editoriales, así que tal vez resulte un atrevimiento insolente proponer textos que vayan más allá de la ocurrencia tuitera, de la sintaxis de muladar, de la sucesión de exabruptos y del moderno y pujante onanismo femenino. Si la mentalidad de los autores apenas consigue superar un nivel de secundaria, será difícil que los textos tengan una organización y un contenido que pueda interesar a personas con el cerebro ya formado. Imagino a nuestros lectores atacados por temblores y fiebres si se les nombra a Tito Livio, a San Isidoro y sus etimologías, a Pedro Mexía, a Goethe o... Del mismo modo, imagino a la "crítica literaria" bloguera estupefacta ante los nombres de Deyermond, Bataillon, Russell, Curtius, Sebold, Rivers o Wardropper. Lo que antes se consideraba literatura y filología ha quedado reducido a polvorientas estanterías en las que ya nadie repara. Como en una dramática inversión intelectual, el friquismo y el amateurismo se ha adueñado de los libros, y el estudio y la literatura ha pasado a convertirse en una enojosa tarea que retrasa los brillos de una fama inmediata y anhelada.

Por fortuna, queridos amigos luciérnagos, nosotros podemos detenernos en Séneca y hablar de sus breves comentarios cuanto nos plazca, y podemos recrearnos en los sonetos del barroco español, o en los artículos de Feijoo o en la poesía intelectual de Jovellanos, o en la deliciosa Floresta de Santa Cruz, o sumirnos en la gloriosa poesía de Garcilaso, o darnos a las furibundias románticas, o cualquier otro asunto que se nos ocurra, sin tener que rendir cuentas ante este monumento a la ocurrencia y a la pobreza intelectual en que se ha convertido nuestro mundo libresco.

Voy a proponer tres libros para adultos. 

Aunque son grandes obras en sus respectivos géneros, uno podría admitir que no son las mejores y que probablemente no encabezarían las habituales listas de los libros imprescindibles y necesarios en cualquier biblioteca. En todo caso, para este luciérnago que les escribe, estos libros forman la Santísima Trinidad de sus intereses intelectuales (y, en parte, también profesionales y estéticos) con los que deambulo por este triste mundo de las letras. No son una elección filológica, sino personal. Por otro lado, siempre he tenido la desgracia de recibir enojadas respuestas y bufidos malhumorados cuando he recomendado estos textos: nunca los he aconsejado a un amigo sin que haya estado a punto de perderlo.

El primero es el imprescindible ensayo La Gran Cadena del Ser, de Arthur O. Lovejoy (1873-1962), una verdadera revelación a la hora de tratar la evolución del pensamiento occidental. Lovejoy fue profesor de filosofía en Harvard y fundó en 1922 el History of Ideas Club con el patrocinio de la Universidad John Hopkins. Con este libro comienza un nuevo modo de abordar la historia del pensamiento y la metodología -descrita con genial brillantez en la introducción- representó el comienzo de una nueva disciplina: la historia de las ideas. Desde que me topara con este libro maravilloso, hace ya más de veinte años, sus páginas han sido guía y referencia en todos mis trabajos literarios e historiográficos, e incluso en otros no relacionados con estas disciplinas.

El segundo texto es El Mediterráneo, de Fernand Braudel (1902-1985). Cuando lo terminé, una larga noche de invierno, tuve que admitir que jamás había leído un libro de historia así, y a partir de entonces busqué todo lo que habían publicado Duby, Braudel, Febvre, Bloch y los compañeros de la llamada escuela de los Annales. Decidme, luciérnagos amigos, si no es maravilloso este comienzo: "En este libro, los barcos navegan, las olas repiten su canción; los viñadores descienden de las colinas de las Cinque Terre, sobre la ribera genovesa, las olivas son vareadas en Provenza y en Grecia; los pescadores tienden sus redes sobre la laguna inmóvil de Venecia o en los canales de Gerba; carpinteros de ribera construyen hoy sus barcas semejantes a las de ayer... Y de nuevo, esta vez, al mirarlos, traspasamos los límites del tiempo". Como con el texto de Lovejoy, Braudel y sus compañeros marcaron hitos para que humildemente pudiera desenvolverme en el laberinto de la historia y me entregaron las herramientas para intentar comprenderlo.

El tercer texto es el famosísimo -y luciernaguísimo- Dioses, tumbas y sabios, de C. W. Ceram (Kurt Wilhelm Marek, 1915-1972). Este libro me proporcionó -hace ya miles de años, casi- largas horas de placeres aventureros: con mi salacot fingido, mis herramientas de arqueólogo aficionado y dispuesto a encontrar antigüedades asombrosas en los zocos de Damasco y El Cairo, me adentré en esta prodigiosa "historia de la arqueología" como quien se zambulle en la narración más apasionante que pueda imaginarse. La historia de Schliemann y el descubrimiento de Troya, tal y como la cuenta Ceram, es simplemente deslumbrante; y no digo nada de la historia de Champollion, héroe y mito de traductores y filólogos, o de Howard Carter, adentrándose en las cámaras mortuorias de Tutankamón... Aún hoy, cuando lo saco de su venerable descanso en la estantería, me resulta dificilísimo abandonar sus relatos.

Tal vez resulte raro o curioso que un hispanista tenga estos tres textos como fundamentos de su labor profesional y de sus gustos intelectuales. Pero la circunstancia podría entenderse mejor si se considera la profundidad filosófica y el talento analítico de Lovejoy, la narración poética de una historia comprendida en su integridad y en su particularidad, tal y como la presentan Braudel y Duby, y el entretenimiento coherente, serio, imaginativo y sugerente que propone Ceram. Los tres libros invitan al estudio, a la reflexión, a la consideración del disfrute intelectual y estético de las ciencias humanas, y no creo que pueda recomendarse nada mejor. Aunque no esté de moda.

 

Y en español: Lovejoy, Arthur O.: La Gran Cadena del Ser. Historia de una idea. Icaria, Barcelona, 1983; trad. A. Desmonts. // Braudel, Fernand: El Mediterráneo. El espacio y la historia. Los hombres y la herencia. Acanto/Espasa-Calpe, Madrid, 1989; trad. J. I. San Martín. // Ceram, C. W.: Dioses, tumbas y sabios. Destino, Barcelona, [1953] 1992; trad. M. Tamayo.

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La polilla nostálgica en vacaciones

Sin ánimo de ofender, así de rotundo lo digo: uno no se ha pasado todo el invierno trabajando como una mula para acabar yendo de vacaciones a Benidorm, Lloret de Mar, Puerto Banús o Sotogrande. Eh, que no digo yo que no se pueda ir, o que esos lugares sean de tal o cual manera, o que me parezca a mí que... No, no: lo único que digo es que yo no quiero ir a esos lugares, porque no coinciden con mis intereses imaginativos estivales. Nada más.

Tampoco tengo últimamente mucho ánimo para enfrentarme en agosto a las grandes ciudades y destinos turísticos de importancia, como Londres, París, Praga, Roma, Viena, Nueva York o Berlín, y aunque me resultan muy atractivos, prefiero dejarlos para los días otoñales o primaverales, cuando el calor y las masas de turistas menguan.

Vayamos al caso: en verano, prefiero los destinos que destilan glamour, elegancia y viejunismo de los siglos rancios. Me atrae ese viejunismo glamuroso como las tristes bombillas de 50 vatios atraen a las polillas... Sí: ese mundo apolillado de Campari, pamela y canotier, de bañadores elegantes, de mañanas perezosas en el paseo marítimo, de atardeceres en playas doradas, de cócteles nocturnos, de jóvenes sensuales, de conversaciones inteligentes y bailes en salones ambarinos... Polilla y alcanfor, viejunismo de casino, elegancia raída por el siglo XX, glamour de fotografía en sepia.

La polilla nostálgica recorre esos lugares imaginando a espías en los años veinte, a traficantes de armas, a nobles venidos a menos que acuden al olisquear la realeza, a playboys de los extrarradios urbanos en busca de vetustas damas dispuestas a darse la última alegría de sus vidas, a jóvenes que han invertido todos sus ahorros en una "elegante" luna de miel, a hábiles ladrones buscando joyas en las pulseras de las damas del casino... En fin, un mundo literario tan luciérnago como pueda imaginarse.

La polilla melancólica y vacacional ha anotado cuidadosamente en un cuaderno esos destinos luciérnagos que considera literariamente imprescindibles. La mayoría de ellos conocieron sus días de gloria en los años veinte y treinta, aunque algunos se remontan a las últimas décadas del siglo XIX y otros se adentran en el XX hasta los años pop de los sesenta, cuyos encantos no son en absoluto desdeñables, naturalmente.

En nuestro país contamos con un destino glamuroso de primer nivel: San Sebastián. El antiguo Casino es hoy el Ayuntamiento, pero la Bella Easo sigue ofreciendo a sus visitantes todos los encantos de los viejos tiempos... y los atractivos de los nuevos. El Hotel de Londres y de Inglaterra, como un enorme Titanic frente a una de las playas más bonitas del mundo, aún está envuelto en esa elegancia de los años veinte y treinta. Mil detalles pequeños sugieren en Donostia historias de paseos, encuentros, conversaciones y sonrisas, en ese delicioso paseo nocturno, mientras los resplandores de los fuegos artificiales titilan en la bahía.

Muy cerca de San Sebastián, y casi con el mismo encanto, está Biarritz, en el extremo suroccidental de Francia. Victor Hugo la "descubrió" a mediados del siglo XIX y los médicos recomendaban largas estancias estivales en aquel pequeño pueblecito de pescadores de ballenas. Con la visita de nobles, potentados, presidentes, altezas, príncipes y realengos colindantes, Biarritz conformó su paisaje habitual, y construyó casinos y el imponente Hôtel du Palais, antigua residencia de la emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III. Centro de moda y elegancia, Coco Chanel abrió en esta ciudad balneario su tercera tienda en 1915.

Otro de los lugares vacacionales más apolillados de Europa es Estoril (junto a la también famosamente apolillada Cascais), cerca de Lisboa. Por supuesto, su casino es legendario, así como su pista de carreras, llamada "autódromo" como una concesión a los tiempos del glamuroso viejunismo. Estoril fue refugio de realeza venida a menos, exiliados de las guerras mundiales, traficantes de armas, espías y asesinos diplomáticos, todo lo cual, según las guías, "proporcionó a Estoril un ambiente de elegancia y sofisticación".

En el amplio y luminoso arco que parte de Cataluña y llega hasta la Toscana, encontramos varios destinos que aúnan glamour y viejunismo elegante en grandes dosis. Niza, Montecarlo, Antibes, San Remo y otras localidades de la Cote d'Azur ofrecen unas playas pedregosas en las que resulta incómodo bañarse -aunque ésa nunca fue la prioridad de franceses e ingleses, desde luego-, pero gozan de paseos marítimos (ah, la adorable Promenade des Anglais, con sus elegantísimos hoteles que rezuman alcanfor por todos sus poros). Estas ciudades no se entienden bien sin Campari y Martini. Mucho más al sur, en la misma costa mediterránea se encuentra la isla de Capri, un lugar de vacaciones imprescindible en las últimas décadas del siglo XIX, cuando los visitantes podían ver al pintor John Singer Sargent paseando con su exótica musa Rosina Ferrara, a quien tantas veces pintó.

Lejos ya de las perezosas tardes estivales junto a las playas del Mediterráneo, los aficionados al turismo viejuno contamos con otros tres destinos de primerísima importancia. Hay que ir a Brighton, cuyo Royal Pavillion (de Jorge IV) fue el primero de una serie de hitos de la elegancia turística imprescindibles: el Grand Hotel, el West Pier (hoy por desgracia en cenizas), el Palace Pier, el Bedford Hotel o el Metropole Hotel.

Casi frente a Brighton, pero al otro lado del Canal, en la costa francesa, se encuentra Deauville, que fue la obsesión del duque de Morny, empeñado en convertirla en un lugar de vacaciones para los más acaudalados de las últimas décadas del siglo XIX. Hoteles, tiendas de lujo, hipódromo, baños, casino... Deauville es tal vez la ciudad decana del viejunismo turístico estival, y lo tenía todo para convertirse en el hito mundial de esta disciplina, pero su fama comenzó a decaer en los años cuarenta, con la Guerra Mundial, y no parece remontar el vuelo aún.

La última ciudad que una polilla melancólica debe visitar es Baden-Baden. Esta localidad balneario, situada en las estribaciones de la Selva Negra alemana, carece de los atractivos de las ciudades costeras, pero tiene también su casino, su hipódromo y sus importantes establecimientos termales. Además, este lugar está vinculado a la reina Victoria, a Dostoievski, a Tolstoi, a Wilkie Collins y a Brahms, entre otros muchos personajes. (Bath, en Inglaterra, también fue una ciudad termal, donde pasaban sus vacaciones los elegantes personajes de Jane Austen, pero en ningún caso, por su antigüedad y su carácter, puede considerarse destino del viejunismo turístico glamuroso).

Felices vacaciones.

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La cultura que no nos gusta

Algún luciérnago perspicaz ya estará pensando que no es posible que haya una cultura que no interese a los amantes de la cultura. Pero ésa es una conclusión apresurada. Dejemos aparte la definición y las implicaciones del término 'cultura', pues son complejidades que no vienen ahora al caso, y quedémonos con la idea general y común de 'cultura' como conjunto de bienes artísticos e intelectuales de la sociedad humana. Y ahora volvamos a la cuestión: me pregunto qué contestaría un individuo medianamente ilustrado si le plantearan la posibilidad de que hubiera determinados aspectos de la cultura que no le gustaran. Supongo que me diría: "Bueno, yo no soy muy partidario de la poesía filosófica y científica del siglo XVIII, pero comprendo que eso forma parte de la cultura, y pensar que Thompson puede quedar apartado de los más altos peldaños de la cultura es un sacrilegio". Uno, como tiene un carácter acomodaticio, diría que esta respuesta es aceptable.

Sólo las personas con una visión muy limitada o muy estrecha de la cultura tienen la osadía de despreciar las formas artísticas que -por cualesquiera razón- no les interesan o no les atraen. Con frecuencia acuden a argumentos relacionados con la política, la sociedad, la religión o la moral para rechazar determinados productos culturales, y con frecuencia también son argumentos ridículos y anacrónicos. Igual que ocurre con la poesía filosófica del XVIII, hay formas culturales que han pasado por épocas difíciles y su popularidad se ha visto mermada. Por ejemplo, hoy no tendría mucha "salida" una colección de sonetos de Paravicino, ni siquiera una colección gongorina, para ser sinceros, pero sólo un necio podría mirar con desprecio la gran poesía barroca. Tampoco gozan hoy del favor del público general la pintura sacra del XVIII, la novela histórica española del romanticismo decimonónico, la arquitectura racionalista (por sus vinculaciones fascistas), se duda de la obra de Leni Riefenstahl y se miran de reojo algunas producciones pictóricas de vanguardia. Conozco a muchas personas que adoran a James Joyce, y conozco a muchas otras que lo detestan, aunque ninguno de ellos lo dejaría fuera de una nómina en que hubiera que incluir a los grandes escritores que han conformado la literatura moderna.

Y bien, ahora viene la confesión.

Todo lo anterior no es más que una excusa para declarar que soy un apasionado y ferviente seguidor de un sector cultural que, en general, no tiene hoy mucho predicamento. Me refiero al sector de la literatura hagiográfica, religiosa y eclesiástica. Una de mis editoriales favoritas es la Biblioteca de Autores Cristianos. La famosísima BAC. La editorial comenzó siendo la Editorial Católica en 1944, y su trayectoria sociopolítica no genera precisamente simpatías. La colección de la BAC fue impulsada por Ángel Herrera Oria, famoso entre otras cosas por impulsar la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, que colaboraría estrechamente con el régimen dictatorial franquista. El primer libro que se publicó en la BAC fue la famosa Biblia Nácar-Colunga de 1944. Contó con el apoyo de la Universidad Pontificia de Salamanca y, sobre todo, con las subvenciones del régimen franquista, que acabó considerándola Bien de Interés Nacional.

La pregunta es si una colección de obras que tiene semejantes padrinos puede honestamente considerarse un fruto intelectual digno. Y me parece que la respuesta, a pesar de todo, ha de ser afirmativa. En la BAC he encontrado durante los últimos años muchísimos datos de interés, verdaderas joyas de la literatura y de la historiografía y de la teología que no se encuentran prácticamente en ninguna parte, y textos que -al menos en cierto sentido- podrían considerarse una honrada penitencia.

Uno de mis textos favoritos de esta colección es la impagable Historia de los heterodoxos españoles (2 vols.), de Menéndez Pelayo. Cualquier espíritu rancio puede acudir a estos textos para proseguir la persecución contra los heterodoxos del mismo modo que yo me he acercado a estos volúmenes para saber a quién debo buscar... precisamente por heterodoxos. La obra es magnífica -un clásico, en realidad- desde todos los puntos de vista, y asombra la erudición del que fuera insigne director de la Biblioteca Nacional de Madrid.

No voy a hacer retahíla de los libros de esta colección que más me han divertido (sí, divertido es un buen verbo, desde luego), pero tampoco puedo dejar de citar alguno más. Creo que las Etimologías de San Isidoro son simplemente maravillosas, y contienen tal cantidad de anécdotas, historias, resúmenes y compilaciones que podrían considerarse una antiquísima enciclopedia. En otro sentido, me interesa muchísimo la colección que A. de Santos Otero preparó de Los Evangelios apócrifos, donde se pueden espigar historias jugosísimas de los primeros tiempos del cristianismo y de las heterodoxias religiosas y otras herejías.

Una de mis últimas adquisiciones ha sido el volumen preparado por Daniel Ruiz Bueno de las Actas de los mártires. Todos los luciérnagos convendrán conmigo en que pocas historias puede haber más apasionantes que las de los mártires. Creo que incluso los aficionados al universo gótico, gore y sadomasoquista les interesaría. Porque es precisamente esa capacidad para la narración de historias, esa sensibilidad antigua, ese oscurantismo libresco y cenobial lo que convierte la colección de la BAC en algo indispensable y fundamental para el aficionado a las historias insólitas y luciérnagas.

 

Martirio de San Policarpo. (Fragmento)

"Pues ¿quién no se llenará de admiración de que les fueran dulces los azotes de los terribles látigos, gratas las llamas bajo el caballete, amable la espada del verdugo, suaves los tormentos de la hoguera crepitante? Corríales la sangre por ambos costados y, descubiertas sus entrañas, estaban de manifiesto todos los miembros internos, de suerte que el pueblo mismo que los rodeaba en corro lloraba ante el horror de tanta crueldad y no podía contemplar sin lágrimas lo mismo que él había querido que se hiciera. Sin embargo, los mártires que sufrían no exhalaban ni un gemido, ni la fuerza del dolor lograba arrancarles un quejido; antes bien, pues cada tormento era de buena gana aceptado, todos los soportaban con paciencia".

 

Actas de los Mártires, Intro., notas y versión española de Daniel Ruiz Bueno. BAC, Madrid, 2012; págs. 264-265.

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Subir y escribir

Dios me libre de considerarme escritor por haber redactado un pequeño cuento de fantasmas. Los luciérnagos saben que el título de escritor lo conceden los siglos, no la vanidad repentina, y repetir mil veces que uno es escritor no lo convierte a uno en Tolstoi. Y tampoco, aunque he pasado buena parte de mi vida entregado a los estudios literarios, tendría la osadía de presentarme en este jardín luciérnago como un experto en Teoría de la Literatura o de Crítica Literaria. A lo más que llego, como podrán imaginar, es a asomarme un poco al hecho literario y a repetir alguna cosilla que aprendí (o que los maestros me inculcaron con mucho esfuerzo) durante los años de estudiante.

Uno de los ejercicios a los que se entregan con fruición los aficionados a la literatura consiste en comparar la escritura con otras actividades. (Por ejemplo, Murakami ha comparado la escritura y el deporte de correr). En realidad, no es que correr, pescar, servir comidas o realizar análisis de sangre tengan nada que ver con el proceso creativo de escribir, pero como el juego de las analogías es tan fácil, los escritores suelen entretenerse y divertirse con ello.

Y yo también.

A los aficionados a las largas caminatas por las montañas nos gusta disfrutar del placer del esfuerzo, de la naturaleza, de la solitaria reflexión (o de la conversación, según los casos) y de la pureza del aire a más de dos mil metros de altura. Cuando uno va solo y se enreda en imaginaciones literarias, puede acabar jugando a las analogías entre la escritura y el alpinismo. Y eso me ocurrió...

Pensé que el acto de escribir podía ser tan duro como el de subir una montaña. Pero ahí no acaban las semejanzas. Me preguntaba cómo alguien puede emprender la tarea de escribir o de subir una montaña sin hacer los imprescindibles preparativos. Me imagino a esos escritores que se ponen sin más frente al papel igual que a esos imprudentes que suben a la montaña sin un mapa y sin saber qué tienen delante. Unos y otros se perderán, y habrá que ir en su ayuda (el 112 o el editor), con el consiguiente gasto y molestia para todo el mundo. Para subir una montaña o escribir un libro hace falta estar preparado, haber entrenado mucho, tener los pertrechos necesarios (botas, ortografía, forros polares, sintaxis, goretex, historia de la lengua, etcétera), y estudiar a conciencia nuestro objetivo. Si un aficionado quiere subir el Everest, probablemente morirá en el intento. Hay que empezar subiendo cuentos y relatos, poco a poco, y no creerse George Mallory o Reinhold Messner cuando apenas somos unos triscapiedras. Por otro lado, siempre hay genios que descubren nuevas vías de acceso a la montaña, como Dickens, Joyce o Whymper, pero la mayoría debemos ir por senderos conocidos si no queremos perdernos y hacer el ridículo lloriqueando en un precipicio. El entrenamiento, los pertrechos, la prudencia, la sensatez y la inteligencia son imprescindibles para disfrutar de la montaña y de la escritura. Llegar arriba y completar la escalada es sólo una circunstancia, y antes de empezar a subir hay que reconocer siempre que hay mejores montañeros, más diestros y fuertes, más hábiles e inteligentes, y que uno debe darse con un canto en los dientes si consigue subir un 3.000, porque es probable que jamás consiga ascender un 8.000. La humildad es muy importante: todos conocemos a montañeros bocazas y presuntuosos que han llegado lloriqueando al albergue por unas ampollas o ateridos de frío por imprudentes y necios. El mundo literario está lleno de bocazas y fanfarrones que han querido subir montañas y se han tropezado en el bordillo de la acera.

Y, por fin -por no alargar una analogía que podría exprimirse hasta el extremo-, me permito recordar que, para triunfar en el alpinismo... hay que bajar. De nada sirve llegar arriba si no tienes capacidad para descender. Se sube una montaña cuando eres capaz de volver. 

Ah, y no olviden llevar buena comida a la montaña. Si llevan sólo golosinas, tendrán problemas. Llévense a Cervantes y a los clásicos, y no desfallecerán.

¡Suerte!

 

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Cutre-lit

Digámoslo desde el principio y sin rodeos: vivimos un apogeo de la cutre-lit. La literatura cutre.

Lo cutre se define como lo grosero, lo zafio, vulgar y mostrenco. No sólo es una falta de elegancia: lo cutre afecta en la literatura a la elección de palabras, a la sintaxis, a la morfología y, por supuesto, a las ideas. Un escritor cutre encutrece su literatura, la amostrenca, la palurdea y la embrutece. Por desgracia, el escritor cutre no tiene remedio: acudirá a una editorial cutre y pondrán en el mercado una soberana cutrería. No hay remedio para el escritor cutre: cuando quiera escoger un tema, escogerá el más cutre que tenga a mano, y si no es cutre, lo encutrizará hasta la náusea. Después se dispondrá a escribir cutremente, y como el cutre no tiene constancia de su cutrez, discurrirá literariamente por el camino de la cutrería hasta su zafio final. Curiosamente, la literatura cutre tiene incontables seguidores entre la cutrecrítica semiilustrada, siempre dispuesta a ensalzar lo cutre con cerril intensidad. Hay cierto esnobismo en la cutrez literaria. La intelectualidad actual española parece abocada a la cutricia. 

 

La elegancia es una mirada
La elegancia es una mirada

Me preguntan a menudo si el cutre nace o se hace. En mi opinión, el cutre nace: nace cutre, vive cutre y muere cutre. Al cutre no lo salvan ni unos buenos padres, ni una buena educación, ni una carrera universitaria. El cutre lleva la vulgaridad aferrada a las entrañas, y jamás se podrá deshacer de ella. Es cutre en la amistad, cutre en el amor, cutre en el trabajo y cutre con el dinero. Y cuando pretende acercarse al otro extremo, fracasa estrepitosamente en el cieno de su vulgaridad. A un cerdo nunca se le quita el olor a pocilga. Y a un escritor cutre siempre se le adivina el pelo de la dehesa. 

Muchos escritores cutres, por buscar refugio en los círculos literarios, se han arrimado a Bukowski o a Kerouac y a otros autores que exploraron la vía literaria de la furia (no de la cutrería). Pero el cutre tiene una perspectiva literaria modorra, y es incapaz de distinguir juntaletrismo y literatura. Así que se arrima a Bukowski sin saber que entre Bukowski y él media el abismo del talento.

Gestos que escriben poemarios enteros
Gestos que escriben poemarios enteros

No creo que entre mis lectores luciérnagos haya ningún seguidor de la cutre-lit actual, así que tal vez no sea necesaria tanta explicación. Sin embargo, me gustaría apuntar luciérnagamente que la literatura cutre no lo es por el tema que escoja, sino por la vulgaridad mostrenca y modorra del autor al plasmar sus ideas majaderas en el papel. Todos los temas son susceptibles de ser tratados en una obra literaria: el sexo, el adulterio, el suicidio, la locura, el canibalismo, el asesinato... No hay asunto físico o moral que la literatura no pueda tratar, porque no hay tabú que el arte no pueda superar. De Madame Bovary a Lolita, y de la Justine a La náusea, todo puede acogerse en la literatura... Lo único que la literatura no soporta es la cutrez. En estos tiempos de mixtificaciones y relajamiento intelectual, algunos aficionados al garabato han confundido provocación con zopenquismo y agitación cultural con ceporrismo grosero. Sí... ésa es otra característica del literato cutre: su pertinacia. Un cutre no se cansa jamás de ser cutre.

 

De cómo el desaliño polvoriento puede ser elegante
De cómo el desaliño polvoriento puede ser elegante

¿Se ha convertido la cutre-lit en el modelo paradigmático de la literatura española? Es difícil saberlo, aunque la cutrería pordiosera eleva tsunamis pseudoculturales en nuestro tiempo. Es difícil saber también si lo cutre es la seña de identidad de la literatura española moderna, aunque uno estaría tentado a afirmarlo sin muchas vacilaciones. En todo caso, aunque la literatura española del siglo XX siempre tenía tendencia al modorrismo ceporro y cutre (sin duda por influencias y razones socio-políticas que no pueden obviarse), nuestra literatura tiene ejemplos de elegancia y talento perfectamente asimilables a los de cualquier país civilizado. Seguramente no ha habido poeta más elegante en el mundo que Garcilaso (o Fray Luis, o Aldana, o Lope, entre otros mil). Sin embargo -y por desgracia- ni la elegancia ni el talento son rasgos que se puedan aprender en las aulas universitarias. Todos conocemos a filólogos y profesores de literatura cuyas obras son la pura cochambre.

Hace pocos años -todos lo saben- se publicó en España el libro más cutre de la historia literaria de nuestro país. En Francia ya tenían -y tienen- a su ídolo cutre por antonomasia, y en España necesitábamos el nuestro. Hay que decir que demostró su cutrismo mugriento y grosero sin rebozo, y que fue alabado -aunque no vendido- allí donde anida con frecuencia la impudicia mental.

Por alguna razón, el mundo editorial también ha creído que la cutrez es nuestro destino literario, y no sólo se empeñan en publicar autores españoles cuya furibunda cutrez espanta, sino que buscan con ahínco entre la zopenquería internacional para atiborrar los abrevaderos y los morrales de los lectores.

Pero, queridos amigos luciérnagos, no todo está perdido: porque tener conciencia del mundo literario en que vivimos nos concede al menos la ventaja de poder escoger caminos menos tristes.

 

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El extraordinario caso de la pastelería secreta

Vivo en una pequeña calle de un barrio señorial de Madrid, con sus comercios de barrio cerrados y arruinados, con sus parados, con sus jubilados viviendo en domicilios maltrechos, con lofts de hijos de potentados (FridayParty), con peluquerías que tienen más caspa que los clientes y con peluquipsters, con restaurantes nouvelle-cousine y con restaurantes grasientos y choriceros, con sus señoras con perrito chillón, con sus doncellas con cofia bajando con simpáticos lebreles, con su chatarrero quincenal matutino y su afilador.

Por la noche se encienden las ocho farolas que tiene mi calle, y esa luz amarillenta, en medio de la soledad y el silencio nocturno, me recuerda la literaria imagen de Baker Street, o incluso alguna peor.

Pues bien, en esta tranquila calle de un barrio señorial ocurre algo que... (Bueno, estoy viendo a mis amigos luciérnagos: "¡Ya está éste inventándose historias y fingiendo aventuras y pretendiendo que nos las traguemos como ciertas...!"). En fin, podría demostrar fehacientemente que la historia que voy a contar es absolutamente cierta. Pero... ¿qué sacaríamos unos y otros de ello? Así que, si no lo quieren creer, amigos luciérnagos, no lo crean, pero que conste que lo que voy a contar es tan cierto como todo lo que aparece en este blog.

Resulta que cierto día, mientras me desperezaba frente a la ventana francesa de mi salón, me percaté de que en el portal de enfrente había un grupo de tres señoras con sendos paquetes blancos, como si llevaran tartas o pasteles en ellos. Esa imagen habría desaparecido con el tiempo de mi memoria si al día siguiente no hubiera visto a un grupo de cinco personas reunidas frente al mismo portal, con sus dulces paquetes en la mano. Por su forma y su modo de estar anudados, ninguna duda tenía de que eran tartas. Pero... ¿por qué se reunían delante de ese portal?

En fin, son preguntas que uno se hace mientras pasea la mirada desocupada por la calle, observa a un niño con su bici, a una señora con su perrito, al churrero con sus cajas grasientas, al frutero ordenando las fresas y al camarero fumando a la puerta del bar.

Pero, hete aquí que una de estas largas noches de trabajo, con la espalda maltrecha y los ojos sanguinolentos, me levanto de la mesa de trabajo y me acerco a la ventana. Todo permanece calladamente oscuro... cuando... de repente, se abre el portal de enfrente y aparecen siete personas, cada una con un paquete pastelero (blanco, impoluto) en la mano. Murmuran algo entre ellos y luego se dispersan tranquilamente. Los pasos en las aceras se van alejando conforme las sombras se pierden bajo las luces amarillas de las farolas.

¡Diantres!, me digo.

¡Esto sí que es el misterio de la pastelería secreta!

Ya sé que los más sensatos dirán: "Pues qué: será una señora que hace tartas en casa y las venderá a sus conocidos". Y otros dirán: "Será economía sumergida" (y dulce, añadiría yo). Y habrá quien diga: "¿Y tanta introducción para explicar cómo se busca la vida una abuela repostera jubilada?".

Bueno, yo no digo que esas opciones sean imposibles. Pero los luciérnagos coincidirán conmigo en que no es muy normal ver cómo un grupo de personas abandona un domicilio a altas horas de la noche con tartas... A lo mejor ni siquiera son tartas, aunque lo parecen...

La verdad es que la primera idea que me vino a la cabeza fue Delicatessen, la imprescindible película francesa de 1991 dirigida por Jean Pierre Jeunet y Marc Caro. Luego recordé también Chocolat (2000) con Juliette Binoche. De ahí fui a otras películas gastronómicas (incluida Julie & Julia, con Meryl Streep) y la fantástica serie protagonizada por Kate Winslet: Mildred Pierce, en la que una divorciada consigue levantar un emporio gracias a sus tartas y empanadas. En realidad, el cine gastronómico es tan abundante como delicioso. Recientemente he visto una divertidísima película de dos chocolateros timidísimos: Tímidos anónimos (2010).

 

Pero, volviendo a esa misteriosa industria pastelera que se esconde en un piso anónimo de mi calle, me pregunto: ¿quién será la persona que, incógnita, elabora pasteles y tartas, y luego las vende a conocidos y vecinos, mediante una susurrante red de contactos? ¿Será un criminal que trocea a sus víctimas y luego hornea empanadas para pervertidos caníbales? ¿Será una dulce pastelera, aficionada a las tartitas de nata y fresa? Será una azucarada abuela o un carnicero matarife? Sinceramente, yo prefiero imaginar a una señorita muy tímida que pasa el día entre hornos y fogones, debatiéndose entre la crema pastelera, los albaricoques en conserva, las fresas con nata, la tarta tatin, los brownies, las sopas de chocolate, los bizcochos y los hojaldres. Prefiero imaginar que es una joven adorable que ha encontrado el dulce secreto de la felicidad en un cake maravilloso, o en una Sacher prodigiosa, o en una golosísima cheesecake...

Ahora, cuando veo a grupos de personas (por la mañana, por la tarde o a altas horas de la noche) saliendo de ese portal con sus tartas, me pregunto si algún día podré paladear esos misteriosos dulces, esos secretos almíbares, esos enigmáticos chocolates, esos incógnitos bizcochos y esas deliciosas frutas almibaradas...

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El embustero prodigioso

En estos casos lo primero y necesario es entonar un 'mea culpa'. Es intolerable no haber leído este libro -no haberlo venerado, en realidad- hace muchos muchos años, o haberlo desestimado cuando vi referencias en otros textos, o haber pasado de largo ante las estanterías de las librerías donde estaba expuesto. Y no deja de ser curioso, porque en El jardín de flores raras que siempre tengo a mano se cita con frecuencia, y lo mismo se puede decir de otros textos de viajeros y aventureros.

Me estoy refiriendo a Los viajes de sir John Mandeville, una guía de viajes que, mereciendo el calificativo de asombrosa, este adjetivo se queda corto y vano. Aunque los lectores luciérnagos conocerán sin duda el texto al que me refiero, quisiera refrescarle la memoria a alguno que se haya levantado tarde o a los que no lo recuerden por haberlo leído hace mucho tiempo. Se trata de un libro redactado a finales del siglo XV, que conoció un éxito inmediato y sorprendente, y que fue traducido a la mayoría de las lenguas europeas en el curso de unas decenas de años. Se trata de una guía para viajeros o para peregrinos: cuenta cómo son las lejanas tierras de Oriente, y qué individuos hay por aquella parte del mundo, y describe las ciudades, con sus castillos y templos, y explica también cómo es la fauna, la flora y otras mil curiosidades entretenidas. Durante siglos se creyó que el autor era verdaderamente el tal sir John de Mandeville, viajero ilustre y caballero, pero lo cierto es que nada se sabe de su autor y de quién fuera en realidad el tal Mandeville, porque con seguridad John Mandeville nunca existió.

Sir John Mandeville, o como quiera que se llamara, no fue más que un prodigioso embustero, un farsante maravilloso que inventó un personaje viajero que había conocido los lejanos territorios de Tierra Santa, y África y Asia, hasta la India, y que tenía un modo asombroso de contarlo. En realidad, seguramente estaba en su castillo de Inglaterra, o en algún cenobio francés, transcribiendo sus elucubraciones o mixtificando la Historia Sagrada junto a un buen número de textos bien conocidos, como el Speculum Naturale de Vincent de Beauvais, la peregrinación de Guillermo de Boldensele, la Bellum Judaicorum de Flavio Josefo, los viajes de Marco Polo y otras colecciones de mirabilia y viajes. Sea como fuere, el resultado es una verdadera maravilla o... una verdadera "mandevilla": el lector casi está deseando coger el zurrón y el bordón y echarse a los caminos, dispuesto a descubrir y admirar todas las "mandevillas" que se relatan en este itinerarium. A medias entre la divulgación turística, la peregrinación piadosa, el viaje de exploración científica y la curiosa arqueología, Los viajes del caballero sir John Mandeville merecen ocupar un lugar de honor en las estanterías luciérnagas, y así será.

Sainte Chapelle de París
Sainte Chapelle de París

"Una parte de la corona de Nuestro Señor con la que fue coronado, uno de los clavos, la punta de la lanza y otras muchas reliquias están en Francia, en la Capilla Real. La corona permanece en una urna de cristal ricamente adornada, pues, en cierta época, un rey de Francia compró estas reliquias a los judíos, a quienes el emperador las había entregado a cambio de una gran cantidad de dinero.

"Y aunque la gente dice que esta corona es de espinas, debéis saber que era de juncos marinos, es decir, de carrizos de mar, que pinchan tan intensamente como las espinas. Muchas veces he visto y contemplado la de París y la de Constantinopla, pues ambas eran parte de un todo, hechas de juncos marinos. Pero se hicieron de ella dos mitades, una de las cuales está en París y la otra en Constantinopla. Yo tengo una de esas preciosas espinas, que se parece a la del espino albar, y se me dio como favor excepcional. Pues ocurre que muchas veces se han roto y se han caído al fondo de la urna donde se guarda la corona; se desprenden a causa de la sequedad, al ser movidas para enseñárselas a los grandes señores que van a verlas.

"Debéis saber que Nuestro Señor Jesús, la noche en que fue prendido, fue llevado a un huerto. Allí fue interrogado exhaustivamente y allí los judíos se mofaron de él y le hicieron una corona con las ramas de un espino albar, que es espino blanco, que crecía en ese mismo huerto, y se la encajaron en la cabeza tan apretada e hirientemente que la sangre le corría por muchas partes de la cara, del cuello y de los hombros. Y por eso el espino blanco tiene muchas virtudes, pues a la persona que lleve una de sus ramas ni la tormenta ni ninguna clase de temporal le harán daño. Tampoco ningún mal espíritu entrará en su casa ni en el lugar en que estuviera."

Los textos seleccionados son de Los viajes de sir John Mandeville, Cátedra, Madrid, 2001; edición y traducción de Ana Pinto.

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Arnold Bennett y el sistema de filosofía práctica

Apenas queremos empezar a hablar de Arnold Bennett, y enseguida surge -como dama justiciera- la figura de Virginia Woolf, declarando -poco menos- que los personajes de Bennett son como muñecos vacíos, antiguos y carentes de todo interés para la nueva literatura. El autor de Cuento de viejas, como E. M. Forster y otros epígonos victorianos, también era consciente del cambio de rumbo que se estaba produciendo en la literatura inglesa y universal. Y es cierto que estos autores revelan una especie de desconcierto ante el mundo que se abre ante ellos y, desde luego, una suerte de estupefacción incrédula ante la tremenda carnicería de la Primera Guerra Mundial. Los jóvenes literatos, dispuestos a esgrimir la cachiporra de la vanguardia para acabar con los "antiguos", no tardaron en dejar claras sus intenciones. Virginia Woolf, sobre todo, recriminó a Bennett que sus personajes no tuvieran vida o, más bien, que la vida que le interesaba a Bennett ya no le interesaba al arte literario moderno: "¿No será acaso que la vida ya no es como nos la presentan?". La propia Woolf, por contraposición seguramente a su literatura emocional, o psicológica o espiritual, califica la novelística bennettiana como "materialista". En opinión de Woolf, los personajes de Bennett llevan una vida atareada, van de un lado a otro, conversan, tienen preocupaciones, etcétera... "pero seguimos sin saber cómo viven o para qué viven". Digamos que... les falta un poco de la superabundante vida interior que rebosa en los personajes de Virginia Woolf.

¿Significa eso que los personajes de Bennett están "huecos"? Bueno, al menos no están "llenos" de lo que a Virginia Woolf le interesaba. Los personajes de Bennett no sufren las angustias de los personajes de Woolf, eso es evidente. Y ello se debe a que tanto ellos como su autor procedían de un mundo en el que bullía una "mentalidad" diferente. (Utilizo aquí 'mentalidad' en el sentido de estructuras de ideas propias de un período histórico, tal y como se definen en la disciplina de la Historia de las Ideas). Y no se trata únicamente de una mentalidad "realista" ni de una opción literaria que aboque al autor a levantar un monumento quasirreal, como señalaba Henry James, porque en Bennett también hay toda una herencia de la literatura victoriana tardía, relacionada con la literatura "sensacional" o con los emocionantes folletines de algunas décadas anteriores. Y, sobre todo, en Bennett se aprecia la decisión de centrar la mirada literaria en un aspecto fundamental del pensamiento británico: el espíritu práctico. Quienes hayan disfrutado con la novelística de Jane Austen saben a qué me refiero, y también sabrán que es una herencia de sus predecesores, muy interesados en esa parte tan escasamente romántica que poseen los británicos y que les obliga a considerar los "aspectos financieros" de la existencia, tanto en las relaciones sociales, como en las familiares o las sentimentales.

 

En algunas de sus novelas Arnold Bennett llama a esta mentalidad "Sistema de Filosofía Práctica" (System of Practical Philosophy). Dicho sistema no se ocupa de las emociones, los sentimientos, las amarguras, las dudas existenciales, los traumas psicológicos o los éxtasis artísticos; se ocupa, más bien, de los trabajos domésticos, del aspecto de las personas, de las relaciones humanas, del dinero del banco, de la reputación social, de los perros de la casa, de las vacaciones o del periódico del día. No es que haya una mirada distinta al mundo: ¡es que simplemente se miran otras cosas!

Teniendo esto en cuenta, no resulta extraño que la literatura de Arnold Bennett parezca un monumento a la quasirrealidad. De acuerdo: a los personajes no les suceden cosas espantosas ni terribles, ni tienen una vida interior desequilibrada, tortuosa o enloquecida... simplemente están ahí, y viven en un mundo aparentemente anodino y vulgar. Lo asombroso es que Arnold Bennett consigue que la vida arreglada conforme al Sistema de Filosofía Práctica resulte simplemente deslumbrante. Él lo llamaba "el milagro cotidiano".

 

Dada la pasión que Bennett sentía por la vida anodina, irrelevante, común y vulgar, no resulta extraño que redactara algún manual de vida cotidiana. En Cómo vivir con veinticuatro horas al día, Bennett propone a sus lectores adquirir la conciencia del milagro que representa vivir. En "El milagro cotidiano" revela a las claras que disponemos de 24 horas al día y que malgastarlas sería aún más estúpido que malgastar el dinero o los bienes de que dispongamos.

 

¿Quién de nosotros vive con veinticuatro horas al día? Y, cuando digo "vive" no digo "existe" ni digo "pasa por ahí". [...] Nunca tendremos más tiempo. Tenemos, siempre hemos tenido, todo el tiempo que hay. La intuición de esta profunda y poco conocida verdad (cuyo descubrimiento, por cierto, no me atribuyo) me ha llevado a emprender un minucioso examen de los dispendios diarios de tiempo.

 

Cómo vivir con veinticuatro horas al día no es sólo un opúsculo divertidísimo. Es también un verdadero tratado del Sistema de Filosofía Práctica de Bennett. (Por otro lado, está maravillosamente escrito y el lector puede disfrutar del finísimo sentido del humor del autor al tiempo que descubre prismas nuevos desde los que observar el mundo). Para vivir, parece decirnos Bennett, hay que esforzarse. Disfrutar de la vida también requiere un esfuerzo y, bien mirado, "nada es aburrido". El mundo ofrece tal cantidad de asuntos que parece asombroso que haya quien se aburra...

 

¿Por qué no sales de casa, en zapatillas, y te acercas a la farola más cercana con una red de mariposas? Verás que fauna de polillas comunes y no tan comunes revolotea por allí...

 

Y más adelante:

 

No hace falta dedicarse al arte o a la literatura para vivir en plenitud. Todo el panorama de escenas y costumbres diarias se presta a satisfacer esa curiosidad que llamamos vivir.

 

Seguramente no es necesario ir más allá. Buena parte de la obra de Arnold Bennett (al menos su obra más representativa) tiene como fundamento el asombro ante esas escenas y esas costumbres diarias y cotidianas. El sistema de filosofía práctica que mueve el mundo: la compraventa, los matrimonios, las amistades, los negocios, los hoteles, los periódicos, la bolsa, el arte, los viajes...

Virginia Woolf se asombraba de lo que bullía en su cabeza y en la de James Joyce; Arnold Bennett se asombraba ante los sucesos en una mercería, en un hotel, en una calle de Putney, en una pensión parisina o en un espectáculo público.

Ni siquiera tenía sentido la disputa literaria: vivían en mundos diferentes.

 

[Si quieres leer otros artículos y otras opiniones sobre Arnold Bennett, puedes visitar la Arnold Bennett Bloggers Assembly En esta página encontrarás un listado de blogs que han participado en este encuentro literario sobre Arnold Bennett]

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Schinkel y las ciudades fantásticas

Al intentar arreglar un poco el desbarajuste caótico de mi mesa de trabajo, tuve que revisar una de las libretas de viaje que suelo utilizar, y me topé insospechadamente con el nombre de Karl Friedrich Schinkel, anotado con mala letra en una esquina del diario viajero. Al repente, no conseguía recordar quién era este Schinkel, aunque su nombre estaba anotado en la libreta de un viaje a Berlín.

Grabado de F. Thiele: Altes Museum de Berlín
Grabado de F. Thiele: Altes Museum de Berlín

Karl Friedrich Schinkel (1781-1841) fue un destacado arquitecto alemán recordado sobre todo por el espectacular Altes Museum de la capital alemana, construido en los años veinte del siglo XIX. Entre otras muchas curiosidades, este museo tiene como centro de gravedad una increíble imitación del Panteón romano. Sin embargo, y aunque el museo es asombroso por muchas razones, pensé que seguramente no había apuntado el nombre de Schinkel por eso.

Por las serendipias de la vida -y porque este mundo es lo más extraño y retorcido que uno pueda imaginar- abrí por casualidad un libro en el que me sorprendió una lámina del pintor Petrus Henricus Theodor Tetar van Elven, autor de un cuadro titulado Visión fantástica de los principales monumentos de Italia. El cuadro es de 1858: el pintor fantaseó con la posibilidad de una ciudad junto a un lago o junto al mar en la que se apiñaran los grandes monumentos de Italia. (¡El Síndrome de Stendhal sería en esa ciudad fantástica una especie de aturdimiento mortal!). Al toparme con este pintor de lugares fantásticos recordé por qué había apuntado el nombre de Schinkel: no fue en el Altes Museum, sino en la Alte Nationalgalerie, donde vi lo que más me interesaba del arquitecto Schinkel. ¡Una colección de cuadros de ciudades imaginarias!

 

K. F. Schinkel: "Ciudad medieval junto al río".
K. F. Schinkel: "Ciudad medieval junto al río".

Schinkel se formó como arquitecto, aunque nunca negó su pasión por la pintura. Sin embargo, abandonó el arte del lienzo a edad muy temprana. Se dice que visitó cierta galería en la que se había expuesto El monje en el mar, de David Caspar Friedrich, y que en aquel mismo momento reconoció que jamás llegaría a la altura de aquel artista. (Curiosamente, hoy Friedrich y Schinkel se exponen juntos en la tercera planta de la Alte Nationalgalerie). Desde aquel momento, Schinkel abandonó su tarea como pintor y se dedicó a los grandes proyectos arquitectónicos que le otorgaron fama y prestigio. Sin embargo, y por fortuna, ya había completado varias obras que hoy hacen las delicias de todos los luciérnagos del mundo. Sus cuadros desmienten (como suele ocurrir) la vocación neoclásica que se le atribuye, y sus paisajes imaginarios, entre la turbulenta naturaleza y los asombros arquitectónicos, revelan la profunda emoción romántica del artista. [Vayamos más allá: incluso el neoclasicismo (neohelenismo) que se le atribuye tiene un fuerte componente romántico, pues nadie puede afirmar que el romanticismo sea más goticista que clasicista, aunque éste es un debate largo...] Si los luciérnagos me permiten la insinuación, recomiendo una visita a su obra, bien en la red, bien en Berlín, donde se encuentra la mayor parte de su trabajo, como se ha señalado.

 

Claudio de Lorena: "Atardecer en el puerto" (1639).
Claudio de Lorena: "Atardecer en el puerto" (1639).

Desde que las antiguas tribus judías imaginaran el Paraíso y Platón comentara como de pasada lo que le había ocurrido a la Atlántida, el tema de las ciudades imaginarias no ha dejado de ofrecer fabulosos ejemplos, tanto en la literatura como en la pintura. Es un tema recurrente, generalmente con derivaciones utópicas, al que no han podido resistirse buena parte de los artistas a lo largo de los siglos. Aparte de Las ciudades invisibles de Italo Calvino, seguramente habría que señalar sin falta las prodigiosas Xanadú, Liliput, Utopía o la mismísima Utopía de Moro. Todas estas recreaciones de ciudades y lugares imaginarios conforman nuestro paisaje emocional y estético, y es ahí donde querríamos vivir, sobre todo cuando el mundo real parece -ahora más que nunca- tan aburrido, tan turbio, tan desagradable y tan falto de imaginación.

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Ozymandias: poesía y arqueología

Seguramente no hubo un faraón en el Antiguo Egipto que tuviera más temor al olvido de los siglos. Se llamaba Ramses II, pertenecía a la XIX dinastía y fue elevado al trono de Horus en el año 1279 a.C. Era tal el miedo que tenía al polvoriento olvido que decidió levantar algunos de los templos más imponentes junto al Nilo, en Tebas, en Abydos, en Karnak y en Luxor. Por todas partes erigió tumbas, obeliscos, ciclópeas estatuas, estelas sagradas e inscripciones. Tal vez su obra más conocida sea el templo de Abu Simbel.

En Tebas levantó un complejo funerario al que denominó la "Residencia de los millones de años de User-Maat-Re-Setepenre". Este nombre, User-Maat-Re-Setepernre, era el que ostentaba Ramsés II antes de subir al trono; los antiguos griegos adaptaron el nombre y lo denominaron Ozymandias. En nuestros días ese gran complejo funerario se denomina Ramesseum. Tenía una estructura rectangular y se accedía por un imponente patio en el que Ramsés aparecía esculpido con la figura de Osiris. Luego se pasaba a un segundo patio, con más estatuas osiríacas. Hasta llegar al sanctasanctórum, donde se encontraban las barcas divinas, se pasaba por otras estancias que describían la vida religiosa de quien iba a morar en aquel lugar para siempre.

Grabado de Luigi Ademollo, 1822
Grabado de Luigi Ademollo, 1822

Alrededor del año 27 a.C. Egipto sufrió un terrible terremoto, que afectó a muchas de sus construcciones históricas. Algunas de las colosales estatuas del Ramesseum se quebraron y cayeron al suelo, y con el tiempo fueron engullidas por el polvo y la arena. El pobre Ramsés II vio cumplido de este modo el peor de sus temores. Pero no todo iba a acabar tan mal para él.

Los aventureros y arqueólogos del siglo XIX se quedaron estupefactos ante los restos de aquella ciudad funeraria y, apenas levantaron un poco de arena, descubrieron las quebradas imágenes de Ramsés, derribadas y en tierra. Henry Salt, que ejercía de cónsul inglés en El Cairo, encargó en 1916 a un grupo de aventureros italianos que se ocupara de un busto que se había encontrado en el segundo patio. Los trabajos fueron colosales, como demuestran los grabados románticos de Luigi Ademollo. ¡Pesaba alrededor de siete toneladas! ¡Y son más de dos metros y medio en granito de Assuán! Tras peripecias que sólo están al alcance de los románticos más furibundos, aquella estatua llegó a Londres, asombrando a propios y extraños, y los especialistas comenzaron a cuestionarse el famoso axioma según el cual la historia del arte y la belleza del mundo había comenzado en Grecia. El ciclópeo busto de Ramsés II se custodia hoy en el British Museum.

Ramsés II, del segundo patio del Ramesseum de Tebas, h.1250 a.C.
Ramsés II, del segundo patio del Ramesseum de Tebas, h.1250 a.C.

Percy B. Shelley supo de la historia de este prodigioso busto de Ramsés II, o, más bien, de Ozymandias, como se le conocía a principios del siglo XIX, y no pudo sino dedicarle algunos versos. (Hay alguna disputa sobre la posibilidad de que Shelley no viera en realidad la llegada del busto a Londres, sino que supiera de su hallazgo por noticias periodísticas). El poema de Shelley abunda en uno de los temas románticos (y clásicos también) de la destrucción de los imperios y de la vanidad de las riquezas y el poder. A continuación reproduzco la versión que Leopoldo Panero hizo de Ozymandias. [Puede que algún luciérnago no esté conforme con dicha versión, por esa razón reproduzco más abajo la versión inglesa]

 

Encontré un viajero de comarcas remotas,

que me dijo: "Dos piernas de granito, sin tronco,

yacen en el desierto. Cerca, en la arena, rotas,

las facciones de un rostro duermen... el ceño bronco,

 

el labio contraído por el desdén, el gesto

imperativo y tenso, del escultor conservan

la penetrante fuerza que al esculpir han puesto

en su mano la burla del alma que preservan.

 

Estas palabras solas el pedestal conmina:

'Me llamo Ozymandias, rey de reyes. ¡Aprende

en mi obra, oh poderoso, y al verla desespera!'

 

Nada más permanece. Y en torno a la ruina

del colosal naufragio, sin límites, se extiende

la arena lisa y sola que en el principio era.

 

____________________________________

 

I met a traveller from an antique land

Who said-- "Two vast and trunkless legs of stone

Stand in the desart.... Near them, on the sand,

Half sunk, a shattered visage lies, whose frown,

And wrinkled lip, and sneer of cold command,

Tell that its sculptor well those passions read

Which yet survive, stamped on these lifeless things,

The hand that mocked them and the heart that fed:

And on the pedestal these words appear:

'My name is Ozymandias, King of Kings:

Look on my Works, ye Mighty, and despair!'

Nothing beside remains. Round the decay

Of that colossal wreck, boundless and bare

The lone and level sands stretch far away".

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Mitos literarios del escritor aficionado

Cuando uno es joven y cree que tiene mucha vida interior, muchos sentimientos sentimentales y su mamá le ha dicho que es muy ingenioso, puede tener la mala idea de querer ser escritor. Probablemente si a nuestro joven se le dijera que conviene leer más que escribir, que necesitará años para aprender historia y crítica literaria, que tendrá que estrujarse las meninges para conocer la historia y la evolución de la lengua a la que va a entregarse y otras mil dificultades, meditaría un tanto más su decisión.

Es posible que la feliz efervescencia literaria de nuestro tiempo se deba a confusiones como las que acabo de señalar. Con todo, el principal mito del escritor aficionado es la inspiración. Es curioso cómo esta idea, manipulada a partir de la filosofía griega y la tradición religiosa, ha llegado a nuestros días. En teoría, eran los dioses (o los demonios) quienes insuflaban (por potencia espiritual) a los artistas la capacidad para crear (en tercer nivel, recuérdese la mímesis platónica). Algunos de nuestros jóvenes escritores prefieren utilizar otras sustancias para inspirarse, o escuchan músicas "inspiradoras" o leen libros "inspiradores". En cualquier caso, cuando sienten la inspiración, corren veloces al ordenador, porque la inspiración igual viene que se va...

Es curioso que los escritores aficionados no se percaten de la necesidad de un plan preciso, exhaustivo, minucioso y calculado, lo cual sería de mucha más ayuda y más eficaz para la tarea que intentan emprender. Sólo un detalle más: ni siquiera los grandes místicos escribían "inspirados". Se ha comprobado que los escritos místicos de Santa Teresa, por ejemplo, estaban muy corregidos y tenían tantos comentarios y anotaciones como los de cualquier otro escritor. La escritura siempre es una actividad consciente; si es inconsciente, será caótica y absurda y se parecerá a la verborrea de un perturbado.

El segundo mito del escritor aficionado es el que se enuncia con la ingenuidad de un pollito cascarón: "Yo escribo para mí...". Esta idea se basa en la larguísima tradición de la catarsis, también manipulada en los últimos siglos. Aquellos escritores aficionados que "escriben para sí mismos" en realidad están desvelando que, por medio de la escritura, pretenden liberarse de sus demonios, de sus angustias y sufrimientos, y se ha demostrado que algunas terapias psicológicas y psiquiátricas resultan muy efectivas cuando se recurre a "escribir" lo que se piensa. Pero la literatura, en tanto que proceso (artístico) de comunicación, precisa un objetivo que cierre dicho proceso. Un texto "escrito para uno mismo" es siempre incomprensible para los demás, y seguramente ni siquiera debería llegar "a los demás". La catarsis antigua tenía como objeto al espectador o al lector, cuyo espíritu "mejoraba" con la lectura o con la representacion teatral. La catarsis literaria no estaba pensada para solucionar los problemas psicológicos del autor, sino para ampliar y mejorar las perspectivas intelectuales del espectador o del lector.

De hecho, Aristóteles acuñó el término de catarsis tomándolo de la terminología médica, que lo utilizaba para describir procesos purgantes mediante los cuales el cuerpo se liberaba de elementos nocivos y dañinos. Algunos escritores aficionados aún consideran que la escritura les servirá para liberarse de sus demonios, de sus traumas o de sus obsesiones. Y puede que sea así...

El tercer mito al que quisiera referirme aquí es el que propone el arte por el arte como fundamento literario. El Romanticismo, que tantos y tan magníficos frutos dio a la literatura y el arte, también sembró la cizaña del genio. El genio era una fuerza sobrenatural que podía insuflarse en cualquier individuo; el genio está por encima de sus coetáneos (incluso por encima de la especie humana) y su única labor es expresar la eternidad, la infinitud, la sublimidad de su espíritu. (Con frecuencia los románticos olvidaban decir que también convenía estudiar un poco...). Puesto que el arte tenía ese carácter quasi-divino, el artista no debía concentrarse más que en su obra, prescindiendo del receptor incluso. Las vanguardias también hicieron su trabajo en este punto. Todo el mundo sabe, a estas alturas, que la exaltación de la obra -"tú eres un ignorante y no lo entiendes"- ha sido la excusa para las mayores tropelías artísticas.

Los escritores aficionados -que con frecuencia son también críticos aficionados- se entregan a otros muchos mitos, como la crítica impresionista, o la escritura comprometida, o la pasión formalista, o el sentimentalismo lloriqueante, o las emociones hipertrofiadas, la escritura-revolución...

Todos los mitos del escritor aficionado sirven a la autocomplacencia y pocas veces se dirigen al verdadero análisis histórico, lingüístico, estético, retórico o filosófico de la obra literaria.

Porque lo importante para el escritor aficionado no es el texto, sino el que lo escribe.

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Novelas populares

El próximo 16 de marzo, en Barcelona, tendrá lugar el Encuentro de Blogs Literarios EBLS 2013, organizado por el escritor y consultor de comunicación Gonzalo Garrido y la editora Belén Bermejo. La pregunta de apertura del encuentro es un oxímoron (¿existe la literatura basura?). Naturalmente, si es literatura, no es basura; y si es basura, no es literatura. Seguramente habría que preguntar si existen "libros basura", pues no conviene confundir 'libros' con 'literatura'. Pero, en fin, todos sabemos en realidad a qué se refieren los organizadores con ese planteamiento.

La evaluación crítica de la literatura no es una cuestión sencilla o que se pueda abordar en un 'post' bloguero. La relación entre la literatura, el consumo masivo de cierta literatura y la posibilidad de evaluarla tanto en su contexto como en la historia literaria es demasiado compleja como para despacharla de un plumazo. Sin embargo, hay una corriente de pensamiento crítico (esnob, elitista y clasista a mi parecer) que sugiere que los índices de ventas y la calidad literaria son como una balanza de dos platillos, y que el peso de uno representa la elevación del otro y viceversa. (Esto es, que a más ventas, menos calidad; y a más calidad, menos ventas). A poco que se medite, se verá cuán falsa es esta idea.

Pienso, a vuelapluma, en sir Walter Scott, que comenzó a escribir sus obras cuando el desprestigio de la novela (por la herencia ilustrada) era casi absoluto. Aunque se arruinó con su propia editorial, el nombre de Scott vendió miles y miles de ejemplares en Europa y América, más que todos los novelistas juntos de su época. Se le copió, se le pirateó y se le plagió (claro, también en España). En Francia aparecieron veinte ediciones de sus obras completas entre 1820 y 1951. ¡Todo el mundo leyó a Walter Scott!

El caso de Charles Dickens (y de su amigo Wilkie Collins) es bien conocido. All the Year Around, con el cebo de Historia de dos ciudades, llegó a vender 100.000 ejemplares semanales. Y en esa misma revista (bueno, revista es mucho decir) se publicaron Grandes Esperanzas y La dama de blanco, nada menos. Casa desolada, una de las novelas dickensianas más apreciadas hoy, vendió 40.000 ejemplares, pero dichos ejemplares se reunían en entregas mensuales de a chelín.

Cuando los empresarios editoriales comprenden que la literatura es una industria rentable, la primera idea es "producir" novelas. Ahí nace la impresión en masa: los libros de diez centavos de Beadle (h. 1880) se alargan hasta los famosísimos Mills & Boon de los años treinta del siglo XX, con más de 160 títulos originales al año.

 

En los últimos tiempos, la "popularidad" de las novelas ha encumbrado a Cien años de soledad, El nombre de la rosa, El código da Vinci, Harry Potter, Millennium o Las cincuenta sombras de Grey. Cada uno de los éxitos responde a factores diferentes -desde un innegable valor literario a una revelación pseudoteológica, y desde un interés por las tramas a una reivindicación cultural de la pornografía soft para mujeres-; y se trata de factores que están inextricablemente unidos: el momento histórico y social, la trama, el arte (o no) literario, el plan de márketing e incluso el modelo de distribución cuentan en el éxito de una novela, pero nada tienen que ver con su valor literario. (Estoy pensando ahora en las ediciones clásicas de bolsillo de Penguin, que vendía 20.000.000 de libros anuales en los años cincuenta, y en su imitadora española, Austral, y en ambas colecciones se reunían grandes nombres con otros hoy completamente olvidados).

Los planteamientos simplistas en este asunto no explican ni resuelven nada. Una novela puede ser popular sin ser vulgar, y puede gozar de gran popularidad al tiempo que conserva valores literarios; y, del mismo modo, una novela muy poco popular no tiene por qué considerarse necesariamente "literaria".

De hecho, y como conclusión, me permito recordar que la literatura es esencialmente un arte basado en un proceso de comunicación, y que como todo proceso comunicativo, necesita receptores que reciban el mensaje literario, y que éste influya en ellos y resulte relevante. Difícilmente se puede considerar literatura una obra que nadie conoce. Como dicen los editores... los cajones están llenos de obras maestras.

 

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¡Oh ciudad de la muerte silenciosa...!

"Oh ciudad de la muerte silenciosa y torreada / de luz! ¡Oh fiel muralla de hielo inexpugnable!". Con frases semejantes de expresaba Percy B. Shelley tras conocer las imponentes cumbres del Mont Blanc. (En realidad, ésas son palabras de Leopoldo Panero; las auténticas de Shelley eran un tanto más sencillas y también más aterradoras: "A city of death, distinct with many tower / and wall impregnable of beaming ice" [Una ciudad de muerte, inconfundible con todas sus torres, y un muro inexpugnable de refulgente hielo]). Shelley escribió aquellos versos tras una excursión que hizo con Lord Byron y otros amigos al valle de Chamouni [Chamonix] en 1816. No se le puede reprochar a nadie que se sienta abrumado ante las poderosas cumbres del Mont Blanc: son un espectáculo tan asombroso que, en tiempos románticos, era fácil dejarse llevar por las hadas de lo terrible y lo sublime.

Los luciérnagos de espíritu romántico con frecuencia nos vemos impelidos a las largas caminatas solitarias, y de tanto en tanto, por gozar de esos terribles desiertos de hielo y roca, nos adentramos en escarpaduras y montañas. Los vientos que empujan los hielos y las nieves, las soledades terribles de las cumbres y la poderosa fuerza de las rocas encastilladas son un reclamo inevitable para los espíritus románticos. Comparto hoy con mis amigos luciérnagos unas imágenes de las últimas andanzas por "la ciudad de la muerte silenciosa...".

 

Fulgores violáceos en los desiertos de hielo
Fulgores violáceos en los desiertos de hielo
Mar de hielo bajo cielos árticos
Mar de hielo bajo cielos árticos
Ciudad de torres inexpugnables...
Ciudad de torres inexpugnables...
Lenguas de hielo petrificadas en el viento
Lenguas de hielo petrificadas en el viento

Los vientos se combaten en silencio, empujando

la nieve con su aliento veloz y poderoso;

¡pero siempre en silencio!, y al volar agrupando

los copos en montones de blancor silencioso.

 

Sobre estas soledades donde nace y habita

el relámpago pasa sin voz, y su sonido

inocente resbala por la cumbre infinita

como niebla que flota sobre el valle dormido.

 

Te anima, ¡oh cumbre sola!, la Fuerza, la escondida

Fuerza del universo, que el alma humana llena,

y que a su ley eterna mantiene sometida

la anchura de los cielos que en el silencio suena.

 

P. B. Shelley, "Mont Blanc" [fragmentos], trad. de Leopoldo Panero, en Poetas románticos ingleses [ed. José María Valverde], Planeta, Barcelona, 1996. [Tít. or. "Mont Blanc · Lines Written in the Vale of Chamouni"; textos de Percy Bysshe Shelley, Selected Poems, Gramercy Books, NY, 1994]

Todas las fotografías se hicieron en febrero de 2013 en la Sierra de Madrid.

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La postal

La noticia de la semana, sin duda, ha sido la renuncia del pontífice Benedicto XVI. Y, aunque a los lectores habituales les parezca que no puede haber asunto más alejado de la temática común de este blog, puedo asegurarles que habrá pocas entradas tan genuinamente luciérnagas como ésta. Antes de empezar, sin embargo, quisiera advertir que no se juzgan aquí asuntos teológicos, ni morales ni religiosos, ni se trata de evaluar la ética de Joseph Ratzinger o sus logros o deméritos en Roma, ni de aprobar o suspender sus conocimientos... (Por cierto, muchos se sorprenderían de sus insólitas afirmaciones en el libro Jesús de Nazaret, publicado en España por La Esfera de los Libros en 2007). En fin, en esta entrada no se tratarán cuestiones ajenas a nuestro interés luciérnago por lo extraño, lo extravagante, lo divertido y lo asombroso del mundo.

Resulta que hace unos años -en 2008 para precisar- andaba un servidor en uno de sus vagabundeos ocasionales por esos caminos de Dios. No tienen mucho interés las razones de mis solitarias y míseras andanzas, pero hete aquí que me vi a los pies de unos montes espantosos que hay en León, y por hacer la ruta con alguna compañía me uní a ciertos peregrinos que por allí andaban, entre Rabanal del Camino y la Cruz de Hierro de Foncebadón. Ha de saberse que esos caminos son horrorosos y que muchos caminantes y peregrinos han dejado allí su vida (e incluso su alma), y que más vale que al vagabundo no le sorprenda la noche en semejantes parajes. Con los pies llagados, en todo caso, se baja al otro lado -que se llama Bierzo propiamente-, donde todas las alegrías de aquella tierra reciben al dolorido caminante. Al final de la montaña hay un pueblo llamado Molinaseca, tan hermoso y tan adecentado que da gloria verlo. En este pueblo, por ir con unos peregrinos, se me permitió la entrada en un albergue de los que cuentan para su descanso, y allí pasé la noche. A la mañana siguiente, como no tenía con qué pagarme un desayuno, me entretuve hablando con el hospitalero, que me contó la historia más asombrosa que imaginarse pueda. (Y no fue porque el hospitalero fuera hablador o indiscreto, sino porque un servidor es curioso y pertinaz).

Resulta que unos años atrás, en el año 2000, Alfredo -pues así se llamaba el hospitalero- recibió una postal desde Roma. El remitente era un peregrino clérigo con el que había tenido algún desencuentro "teológico". En esas noches de confidencias peregrinas, el hospitalero le había dicho que la Iglesia no trataba muy bien a los fieles y que se entretenía en asuntos que no parecían muy "divinos". El peregrino se negó a admitir semejantes acusaciones, reprendió severamente al hospitalero, al día siguiente partió, y ahí quedó todo. Pero cuando aquel incógnito peregrino regresaba de camino a Roma, donde al parecer vivía, se sintió picado en su honor clerical, y le envió una postal admonitoria al díscolo hospitalero, desde Francia, al parecer. Lo más curioso -lo extraordinario y lo asombroso- es que el peregrino enojado firmaba como "Louis Joseph, futuro papa Benedicto XVI".

Aún faltaban cinco años para que alguien llamado Joseph Aloisius Ratzinger ascendiera al trono de San Pedro y se hiciera llamar Benedicto XVI.

Naturalmente, sería asombroso que el cardenal Ratzinger supiera con cinco años de antelación que iba a ser Pontífice de Roma, ¡y que ya tuviera pensado el nombre! ¿Fue Ratzinger el peregrino con quien discutió cuestiones ecuménicas el hospitalero Alfredo? Bueno, si no era el propio Ratzinger, la cosa es aún más aterradora, porque sería otra persona quien conociera esos detalles por anticipado.

Curiosamente, años después, cuando el papa Benedicto XVI hizo una visita apostólica a Santiago de Compostela, el portavoz Federico Lombardi comentó con mucha alegría que el papa estaba encantado de volver a Santiago... y a las pocas horas rectificó, diciendo que Joseph Ratzinger jamás había estado en Santiago.

"Algunos prebostes eclesiásticos de por aquí... -me comentaba el buen hospitalero- han querido desautorizarme y defenestrarme, y me han acusado de falsificador y de fabulador". "Pero... ¿por qué ibas a inventarte una cosa así?", le dije. "Bueno, la verdad es que no tengo por qué dar explicaciones...". Lo miré con cara de asombro luciérnago ante su integridad moral y levanté las cejas para que siguiera hablando. "No", me dijo, "acabo de recibir una carta en la que se me ordena viajar a Roma".

Sólo puedo decir que le deseé toda la suerte del mundo a aquel hombre, que parecía un poco abrumado por la obligación de tener que ir a ver a aquel peregrino ahora investido con la santidad papal.

Aquel día llovía a mares, y me alejé de aquel refugio de peregrinos con los pies mojados y el estómago vacío del mísero vagabundo... y con una historia que no olvidaré jamás.

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Hacia lo desconocido

Hay espíritus sosegados y tranquilos que consiguen mantenerse alejados de los tumultuosos riesgos de la aventura: prefieren el seguro refugio de su salón o su biblioteca, el club de fumadores, el casino, el pub y su fiabilidad cervecera, el jardín trasero, con sus flores de temporada, o el garaje donde lo más atrevido es un taladro eléctrico.

Y luego hay espíritus inquietos que constantemente están soñando con mares lejanos, tierras ignotas, volcanes, precipicios, abismos, cumbres, hielos perpetuos y desiertos... Para ellos, navíos en medio de feroces tormentas, islas desconocidas, templos misteriosos, emociones y aventuras sin fin.

Entre unos y otros, espíritus tranquilos y espíritus aventureros, se encuentran los espíritus luciérnagos: los que desde la confortable seguridad de sus sillones, disfrutan con las extraordinarias peripecias de los hombres y mujeres más arrojados que en el mundo han sido.

James Cook (1728-1779) es una de las grandes personalidades históricas de Gran Bretaña. Hijo de la gélida y pobre Escocia, comenzó su andadura a los diecisiete años como grumete en cargueros carboneros de las tumultuosas aguas septentrionales. Se aplicó por cuenta propia a las matemáticas y la astronomía, y así fue como consiguió los conocimientos necesarios para surcar océanos que a otros les resultaban aterradores. En 1755 se alistó en la Armada Real, donde gobernó barcos de guerra, y luego inició el periplo científico cartografiando Terranova. En 1766, en aquellas lejanas y sórdidas tierras, observó un eclipse de sol y envió un notabilísimo informe a la Royal Society; después participó en uno de los eventos astronómicos más importantes de su siglo: el tránsito de Venus frente al Sol y la medición de distancias relativas, de todo lo cual escribió un artículo que finalmente se imprimió en Oxford. Por encargo de la Royal Society, y con vistas a mediciones astronómicas, James Cook se embarcó en su Endeavour en Plymouth, el 25 de agosto de 1768. Uno de sus objetivos era descubrir la Terra Australis nondum cognita, un vasto continente que debería "compensar" las masas terrestres del hemisferio septentrional. En distintos viajes a bordo del Resolution, el Adventure y el Discovery, quiso acercarse a aquellos territorios espantosos, pero las masas de hielo, las banquisas, los icebergs y las furiosas tormentas antárticas lo rechazaron una y otra vez. Se calcula que pudo estar a unos 100km del continente antártico. Al final, tanto el propio Cook como los científicos de sus navíos no tuvieron más remedio que certificar que no había "nada" en el Atlántico meridional, y que no existía aquella suposición de la Terra australis. Tras muchos viajes y exploraciones (especialmente en el Pacífico y Oceanía), James Cook encontró la muerte en Hawaii, un 14 de febrero de 1779, tras una extraña refriega con algunos nativos. "Lloró Inglaterra la muerte de su primer explorador", dice José Manuel Sánchez Ron en el prólogo de El viaje hacia el Polo Sur y alrededor del mundo.

"En esta situación teníamos a la vista dos islas de hielo, una de las cuales parecía ser tan grande como la mayor que hubiéramos visto. No tendría menos de doscientos pies de altura, y en su parte superior era bastante semejante a la cúpula de la iglesia de San Pablo. [...] En todo este camino no habíamos visto la menor cosa que nos indujera a pensar que nos halláramos alguna vez en la vecindad de tierra. [...] No creo que se hayan visto nunca montañas de hielo semejantes en los mares de Groenlandia, o por no menos nada he oído ni leído sobre ello; así que no se puede hacer una comparación entre los hielos de esta parte y de aquella. [...] No diré que sea imposible que nadie avance más lejos hacia el S; pero sólo intentarlo habría sido una peligrosa y temeraria empresa, que ningún hombre en mi situación hubiera llevado a cabo".

 

James Cook: Viaje hacia el Polo Sur y alrededor del mundo [A voyage towards the South Pole and round the World: performed in His Majesty's ships the Resolution and the Adventure, in the years 1772, 1773, 1774 and 1775 writen by James Cook]. Espasa, Madrid, 2012; trad. Manuel Ortega y Gasset; prólogo, José Manuel Sánchez Ron; 694 págs., cón láminas en blanco y negro.

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Dime cómo eres y te diré cómo escribes

Hace unos días, en el curso de mis trabajos habituales, me topé con un viejo teórico de la creación poética llamado Guy Michaud (1911-2006). No es uno de los grandes mitos de la teoría literaria, pero sí un romanista importante. Comenzó su carrera docente en Estambul y luego se trasladó a su país natal, Francia, donde impartió clases en la Sorbona y otras universidades. En uno de sus trabajos más importantes estudiaba cómo el carácter del individuo afecta a la creación poética: su Introduction à une science de la littérature (1950) -parece obvio- bebía de las fuentes del positivismo y de esa idea tan racionalista y tan francesa según la cual la literatura puede someterse a leyes quasi-científicas. Además, Michaud se aferraba a las disciplinas que hicieron furor en su juventud: la psicología, el psicoanálisis y otras materias que hoy están siendo sometidas a importantes reconsideraciones, al parecer. Pues bien Guy Michaud estableció una clasificación de tipos de escritor de acuerdo con su personalidad o su tipología psicosomática. Es muy divertida. Por desgracia, no dispongo del texto original y debo fiarme de resúmenes que he encontrado en otros libros y otros autores.

(Advierto -quizá advertencia innecesaria- que un servidor difícilmente puede estar de acuerdo con esta clasificación, pero que la ha leído y estudiado con gusto e interés. Veamos qué piensan los luciérnagos literarios).

1. Según Michaud, el primer tipo de individuo es el flemático. Estos individuos son de mente gélida y de sangre fría. Naturalmente tienden a la abstracción y la sistematización de todas sus ideas, con frecuencia muy elaboradas y rebuscadas. Se les distingue en sus obras porque no son grandes creadores poéticos, sino analistas y pensadores, con frecuencia sutiles, minuciosos y picajosos. Immanuel Kant es el representante más notable de esta estirpe de frigoríficos cerebrales.

2. El segundo tipo de creador es el denominado apático. Se caracteriza por su holgazanería e indolencia. Está dominado por las ensoñaciones y se daría aires de grandeza si no supiera que su apatía y pasividad seguramente le impedirán llegar alto en los escalafones artísticos. Es el típico "creador", pues un buen número de holgazanes creen poderse ganar la vida siendo artistas, considerando erróneamente que la creación y la literatura no exigen esfuerzo. Este tipo, incapaz de alimentar el espíritu con el esfuerzo, rara vez se eleva sobre la vulgaridad artística. Uno de los que lo consiguió fue Paul Verlaine, según Michaud.

3. Anna de Noailles se considera la representante del tercer tipo de creadores literarios. Conforman el tipo femenino. Seducción e instinto maternal, sexo y familia, forman parte de sus intereses predominantes. Este tipo de escritores y escritoras son expansivos, alegres, optimistas y, siempre que puedan, incluirán enamoramientos y sexo en sus obras. Sin embargo, y a pesar de su vinculación al hedonismo sensual, con frecuencia tienden al conservadurismo y al mantenimiento de los roles femeninos ancestrales y tradicionales.

4. El escritor de tipo sanguíneo es burlón, escéptico, activo y práctico, hábil con las palabras, "medianamente emotivo" y un buscador insaciable del concurso público y social. Prefiere la concisión, se inclina por la concreción y la rapidez, siempre que no haya muchos aduladores a su alrededor: en ese caso, puede demorarse un poco. La extroversión es al mismo tiempo su pasión, su talón de Aquiles y su virtud. Anatole France se ha postulado como representante de esta tipología.

5. Este señor de dudoso espíritu artístico que aparece en la fotografía es Balzac. Guy Michaud decía que era el representante del escritor colérico. Estos individuos gozan de una vitalidad desbordante, pero con frecuencia son agresivos y violentos, tanto en sus obras como en su pensamiento. Suelen fingir que son combativos para ocultar su impulsividad incontrolable. Con frecuencia, semejante furibundia se enfoca hacia el trabajo imparable, o hacia la aventura, o hacia una producción literaria asombrosa.

6. El tipo llamado apasionado es uno de los más complejos. Porque aunque sus obras son claramente representaciones de una fuerte emotividad, es capaz de dominarla e incluso contenerla operativamente. Es una persona muy activa y dinámica y los que le rodean suelen admirarlo porque poseen una inteligencia notable y una gran capacidad de trabajo. En su faceta negativa, suelen tener tendencia a desear y ansiar el poder y la influencia literaria y social. Grandes nombres, como Goethe o Pascal suelen asociarse a esta tipología.

7. Grandes escritores como Byron, Wilde, Chateaubriand o Rimbaud pertenecen a esta categoría. Son del tipo nervioso. Son individuos impulsivos e inestables, muy curiosos y de fecunda invención. Tienen debilidad por lo raro, lo curioso y lo luciérnago. Con frecuencia hay una disonancia entre lo que son y lo que desearían ser; la mayoría de los humanos convive bien con esta disonancia, pero en estos individuos provoca a veces la angustia y la melancolía. A veces tienden al cinismo y el sarcasmo, dice Michaud.

8. El último tipo de escritor es el sentimental. Algunos autores lo definen como "un nervioso flemático". Tiene una apariencia fría y tímida, pero en su interior hay un volcán de emociones y efusiones líricas. Aunque vive bajo un caparazón de introspección, y se refugia en la soledad, absorto en sí mismo y en lo que subyace bajo su epidermis, tiene una tendencia incontrolable a contar su vida en diarios y bitácoras explicando racionalmente lo desgraciado que es. Con frecuencia odia al mundo, se siente incomprendido y llora amargamente. Michaud aseguraba que Rousseau podía ser de este tipo.

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El gabinete de maravillas de Albertus Seba

Tras muchos días de abandono, por razones que no vienen al caso, al fin vuelvo a estas páginas volanderas y luminiscentes, decidido a compensar a mis amigos con la entrada más decididamente luciérnaga posible. Este post reúne todo aquello que nos gusta a los luciérnagos: el asombro ante el mundo y el caos universal, lo maravilloso y lo estupefacto en simbiosis cósmica, la elegancia, la belleza, la extravagancia y lo sublime...

Este señor con peluca se llamaba Albertus Seba. Era natural de la localidad frisia de Etzel, donde nació en 1665. Al parecer ejerció como viajante y comerciante por los puertos de los Países Bajos hasta que pudo obtener la ciudadanía en Ámsterdam en 1697. En aquella época ya era un avisado coleccionista pero su mayor interés radicaba en la farmacopea: por supuesto, en aquella época la disciplina farmacéutica guardaba una estrechísima relación con la Historia Natural y los imaginativos poderes curativos que se atribuían a minerales, plantas, animales y moluscos. Se ha observado que Albertus Seba adquirió una fantástica técnica para la conservación de especímenes de los tres reinos, pero lo más importante de su trabajo tal vez consistió en la primitiva sistematización de plantas y animales. Dada su pasión luciérnaga por lo estrafalario, es fácil imaginarlo en los puertos de Flandes, preguntando a los marineros si traían extravagancias de América u Oceanía. También mantenía contactos frecuentes con expedicionarios, médicos navales y otros profesionales de los descubrimientos ultramarinos, con el fin de ir completando su fabulosa colección.

Los "gabinetes de curiosidades" fueron la consecuencia natural del interés renacentista por el mundo. A partir del 1500 las cortes europeas eran lugares donde se coleccionaban monedas, estatuas antiguas, obras de arte, pequeñas joyas, libros, etcétera. El asombro de las narraciones y relatos de los expedicionarios alrededor del mundo favoreció el coleccionismo de rarezas. Obviamente, cuando el cientifismo de la Ilustración comenzó a abrise camino en Europa, muchos de aquellos gabinetes de curiosidades se convirtieron en colecciones de historia natural.

 

No había en el universo de la primera ilustración científica otro valor más apreciado que el de la comunicación de descubrimientos. (Se trataba de entender los trabajos de investigación como una tarea universal, de ahí la obligatoriedad moral de comunicar a la comunidad científica los avances en cualquier disciplina). Por eso, aunque Albertus Seba vendió sus colecciones a quienes podían comprarlas (a los zares de Rusia en San Petersburgo), también se ocupó de recopilar sus hallazgos en una obra monumental. En 1734 comenzó a publicarse su Locupletissimi rerum naturalium thesauri accurata descriptio, cuyo título en holandés era Naaukeurige beschryving van het schatryke kabinet der voornaamste seldzaamheden der natuur, esto es una "descripción detallada de tesoros y curiosidades del mundo natural". El acuerdo entre el propietario de la colección, los artistas y los impresores se firmó en 1731. También se contó con la ayuda de numerosos científicos, que identificaron ofidios y crustáceos ignotos de la colección de Seba. El Thesauri (hoy conocido como el Gabinete de curiosidades de Historia Natural de Albertus Seba), en cuatro volúmenes, fue viendo la luz a lo largo de más de treinta años. Los últimos dos volúmenes, dedicados a la vida marina y a los insectos, minerales y fósiles, se publicaron tras la muerte del gran naturalista. Hoy, gracias a la edición de Taschen (2001/2006), tenemos una impresionante reproducción del Gabinete de Albertus Seba. Son 446 reproducciones de grabados (175 de ellos a doble página) que harán las delicias de todos los luciérnagos. Está basada en el ejemplar custodiado en la Koninklije Bibliotheek de La Haya. "No hay", decía el coleccionista, "ninguna otra colección en toda Europa que posea tal cantidad de rarezas y maravillas".

 

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El canto bifacial olduvayense y otros prodigios

Tengo sobre la mesa un libro que es, al mismo tiempo, sencillo y asombroso. Se tiene esta impresión tras hojear con emocionado deleite esta colección de textos que describen objetos prodigiosos y que dejan al lector a medio camino entre el anonadamiento y la estupefacción. Es un libro sencillo, en tanto en cuanto el autor se limita a comentar la historia, las características y la relevancia de los objetos que presenta, acompañando su narración con anécdotas curiosas y detalles interesantísimos. Y así se completan las ochocientas páginas del volumen. El plan, así visto, es simple. El asombro se despierta cuando se observa el libro en su conjunto, cuando se entiende como un "gabinete" de curiosidades y maravillas. ¿Qué luciérnago podría resistirse a una colección semejante? Ilustrado con magníficas fotografías en color, el libro repasa uno por uno hasta cien objetos que se custodian en el British Museum de Londres. Desde un canto tallado bifacial olduvayense (por el lugar donde fue encontrado, en la garganta de Olduvai, en Tanzania), con una edad de dos millones de años, al cronómetro marítimo del Beagle (el barco en el que viajó Darwin); y de la Piedra Rosetta a un astrolabio judío español. ¿Más? Bueno, también tenemos la Tablilla del Diluvio (de Nínive, 700-600 a.C.), una moneda con la efigie de Alejandro Magno, el centauro y el lapita ("mármoles de Elgin") del Partenón, un moái de la Isla de Pascua, el grabado del rinoceronte de Durero (con su asombrosa historia) o la serpiente bicéfala mexicana...

Estatuilla decorada en mosaico (1400-1600), México.
Estatuilla decorada en mosaico (1400-1600), México.

Neil MacGregor, historiador y autor del compendio, fue director de la National Gallery de Londres entre 1987 y 2002, y desde entonces dirige el British Museum. Patrocinado por TheBritishMuseum y la BBC Radio4, este libro pertenece a un género muy popular en el Reino Unido y con una larga tradición editorial: este tipo de textos vuelan de las librerías apenas se presentan en sociedad. Los compendios, colecciones, misceláneas, gabinetes, etcétera, tienen en el Reino Unido tanto predicamento como el roastbeef, y uno puede imaginarse sin mucha dificultad a los ingleses pasando la mañana del domingo en el jardín trasero de la casa (manchándose las manos, como dicen ellos) y la tarde lluviosa enfrascados en un compendio de este tipo... Y, en fin, un servidor luciérnago no sería capaz de idear un plan mejor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Neil MacGregor.

La historia del mundo en 100 objetos.

[TheBritishMuseum / BBC Radio4].

Debate, Barcelona, 2012; 800 págs. 

Trad. Francisco J. Ramos Mena.

"El libro trata de contar una historia del mundo de una forma que no se había intentado antes, descifrando los mensajes que los objetos transmiten a través del tiempo; mensajes sobre pueblos y lugares, entornos e interacciones, sobre distintos momentos de la historia y sobre nuestra própia época tal como la contemplamos. Estas señales del pasado -unas fiables, otras hipotéticas, muchas todavía por recuperar- son diferentes de otras evidencias que podemos encontrar. [...] El libro incluye toda clase de objetos, cuidadosamente diseñados y luego, o b ien admirados y conservados, o bien utilizados, rotos y desechados. Abarcan desde una olla hasta un galeón de oro, desde un utensilio de la Edad de Piedra hasta una tarjeta de crédito, y todos ellos proceden de la colección del Museo Británico". [Pág.19].

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El maestro de Nerón

Séneca.

Dejaré a la consideración de los luciérnagos la terrible cuestión que asalta al reflexivo observador: ¿cómo es posible que tan excelso maestro tuviera tan ruin alumno? Sólo apuntaré que no todos los padres son culpables de las infamias de los hijos, igual que los hijos no son responsables de las fechorías de sus padres; y del mismo modo, no todos los alumnos merecen los maestros que tienen, ni todos los maestros merecen los alumnos que les han correspondido. (Y entiéndase 'merecer' en los dos sentidos posibles).

Lucio Anneo Séneca (4 a.C. - 65 d.C.) nació en la Hispania romana, en la ciudad de Córdoba, en una familia de maestros retóricos y literatos. Tras viajar a Roma y descollar como letrado, enseguida atrajo la inquina de Calígula, lo cual resultó finalmente una bendición, porque se vio obligado a un prudente retiro que aprovechó para estudiar la filosofía estoica. El emperador Claudio lo desterró a Córcega -una verdadera humillación en Roma- por culpa de las infamantes acusaciones de Mesalina. Los vaivenes orgiásticos del Imperio zarandearon a Séneca: tras siete años de destierro, Agripina se casó con Claudio, y perdonó a Séneca, y además lo nombró pretor y le confió la educación de su hijo: Nerón. Cuando Nerón alcanzó el poder, nombró ministro a su maestro, y es probable que fuera el propio Nerón el que difundiera el rumor de que Séneca había matado a Agripina y a Británico, cuando en realidad fueron organizados por él. Séneca se atrajo la inquina de buena parte de los grandes prebostes de Roma, especialmente por su enorme fortuna. Dicen que los sextercios y los dracmas que poseía se contaban por millones. (Una parte de su obra está dedicada a la justificación de la riqueza en manos de los filósofos). Con casi setenta años, Séneca comprende que ha caído en desgracia y se retira. El emperador, al fin, le acusa de cierta conspiración y lo condena a muerte. Una muerte horrible, pues la pena consistía en la obligación de abrirse las venas y quitarse la vida.

También dejaré a la consideración de los amigos luciérnagos las precisiones históricas, pues la vida de Séneca es tan novelesca e interesante que las versiones y opiniones al respecto son tan numerosas como las falacias y embustes que se han vertido sobre él.

Nerón escucha pensativo las enseñanzas de Séneca
Nerón escucha pensativo las enseñanzas de Séneca

Encontré a Séneca hace ya muchos años... en tiempos difíciles, pues la doctrina estoica se compadece bien con las dificultades y las amarguras. Luego he vuelto a él con frecuencia, y siempre ha sido fuente de consuelo y sensatez. Hay varios libros en las estanterías que recopilan sus tratados, aunque yo le tengo especial aprecio a la versión que Julián Marías hizo de De vita beata para la Revista de Occidente en 1943 y que Alianza publicó en bolsillo en los años ochenta del pasado siglo.

Y hace unos días volví a encontrarme con el viejo estoico en un pequeño y maravilloso museo castellano (Museo de Zamora, Palacio del Cordón) al que -por desgracia- rara vez acuden visitas. En una de las salas, donde se exponen grandes mosaicos de villas romanas y fabulosas estelas funerarias y estatuas prodigiosas de la Lusitania imperial, me encontré a Séneca explicándole algo a un meditabundo Nerón. (Se trata de una estatua del zamorano Eduardo Barrón [1858-1911], Nerón y Séneca, que fue medalla de oro de la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1904; pertenece al Museo del Prado y hay una versión en bronde en Córdoba). Allí estaba el maestro, intentando convencer al joven tirano de la necesidad de acomodar la vida a la naturaleza de la vida para poder gozar de la felicidad...

 

[Contra la envidia y la maledicencia,

en De vita beata, XIX]

 

"Discutís acerca de la vida de uno, de la muerte de otro, y al oír el nombre de hombres grandes por algún mérito egregio, ladráis como los perrillos al salir al encuentro de personas desconocidas; pues os conviene que nadie parezca bueno: como si la virtud ajena fuera el reproche de vuestros delitos. Comparáis envidiosos las cosas espléndidas con vuestra sordidez, y no comprendéis cuán en detrimento vuestro es esa osadia. Pues si los que siguen la virtud son avaros, libidinosos y ambiciosos, ¿qué sois vosotros, que odiáis hasta el mismo nombre de la virtud?".

 

Séneca: Sobre la felicidad [De vita beata]. Versión y comentarios de Julián Marías. Alianza Editorial, Madrid, 1980 [1983].

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Los siglos oscuros

Casi recuerdo el día preciso en el que ocurrió. Aquel año se dedicaban varios meses a estudiar la literatura medieval, pero la cosa se alargó y prácticamente en todo el año no atisbamos el renacimiento más que en la lejanía. Hasta aquel curso, mis compañeros y yo solíamos emplear la perífrasis "los siglos oscuros" para referirnos a la Edad Media.

De repente, supimos que los siglos oscuros no habían sido más oscuros que otros siglos cualquiera. La oscuridad se debía más a las tinieblas en las que se hallaban los historiadores y los filólogos que a una verdadera época de "oscuridad". El sintagma, como se sabe, fue acuñado por Dámaso Alonso en un ensayo de 1858 y se hablaba de "oscuridad" con la idea de oponer ese período histórico a la "luz" del mundo clásico (grecorromano) y, muy especialmente, a la brillantez indiscutible del Renacimiento. Por otra parte -y sobre todo en Italia-, también existía cierta conciencia de que aquellos "siglos del medio" (después, para nosotros, la Edad Media), habían sido de algún modo un paréntesis lamentable entre aquellos "gigantes" de la Antigüedad y los osados hombres del Renacimiento.

Comoquiera que sea, aún resulta difícil afrontar cualquier conversación sin que salga a relucir la famosa expresión de "los siglos oscuros". La Historia sufre mitificaciones y mixtificaciones constantes: apenas conseguimos imaginar que el Partenón estaba decorado con colorines brillantes; apenas conseguimos imaginar la miseria de la espléndida y monumental Roma; apenas conseguimos hacernos a la idea del hedor nauseabundo que invadía las doradas y lujosas salas de Versalles... Y, desde luego, tal y como contemplamos hoy las construcciones románicas y medievales, nos resulta difícil imaginárnoslas luminosas y coloridas. En realidad, la mitificación romántica nos "obliga" a imaginar esa época, entre hachones y nieblas, entre brumas y largas noches de frío... La estética romántica tiene estas cosas, y a nosotros nos encanta mentirnos conforme a sus postulados y "fingir" una Edad Media que nunca fue.

Iglesia de San Cipriano (siglos XI-XIII), en Zamora. Y... sí, las piedras tienen esa tonalidad malva.
Iglesia de San Cipriano (siglos XI-XIII), en Zamora. Y... sí, las piedras tienen esa tonalidad malva.
Capiteles bajo las famosas arquivoltas de la iglesa de Sta María Magdalena (siglos XII y XIII), también en la ciudad de Zamora
Capiteles bajo las famosas arquivoltas de la iglesa de Sta María Magdalena (siglos XII y XIII), también en la ciudad de Zamora

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Feliz Navidad... luciérnaga

Queridos amigos luciérnagos, esta entrada no está dedicada a Teofrastos ni Diógenes Laercios, ni a ruinas extraordinarias o edificios prodigiosos; tampoco trata de ficciones que se tambalean en precario equilibrio en el trapecio de la realidad, ni propone filosofías caseras sobre cómo correr muchos kilómetros sin que a uno no le duelan las rodillas... Esta entrada sólo está dedicada a vosotros, luciérnagos tímidos que os ocultáis entre la maleza de internet y asomáis vuestras brillantes antenas en este blog disparatado. A todos vosotros, este humilde luciérnago os desea toda la felicidad del mundo y un venturoso año 2013.

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Filósofos ilustres

Creo que ya he compartido con mis amigos luciérnagos algunas joyas que Diógenes Laercio dejó en sus Vidas de los filósofos ilustres. Por alguna razón que sospecho, aunque no me molesto en analizar, cuando ando rondando por la casa nocturna, sin saber bien en qué libro abismarme, siempre acabo con el Diógenes Laercio. Tradicionalmente, De vitis dogmatis et apophthegmatis eorum qui in Philosophia claruerunt se ha traducido como las Vidas de los filósofos ilustres o Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, con alguna variante.

Durante años había oído hablar de este libro: sabía que lo habían utilizado casi todos los autores de renombre, sobre todo a partir del Renacimiento, y que siempre se consideró un manual imprescindible para conocer la filosofía antigua y, muchas veces, olvidada. Confieso humildemente que llegar a esta edad sin haber estudiado profundamente el Diógenes Laercio es un pecado que difícilmente puede perdonarse. Pero... ¡nada de lamentos! ¡Mejor tarde que nunca! Y, en realidad, mejor ahora que con dieciséis años. A decir verdad, ignoro cómo pude pasar sin este libro durante las últimas dos décadas, pues siempre fui plenamente consciente -desde que tuve consciencia, quiero decir- de la importancia de este compendio. Por otro lado, siempre fue un manantial de confusiones, pues cuando acudía a buscar los libros citados por el dicho Diógenes Laercio, la mayoría ni existían ni se conocía que hubieran existido jamás, con lo cual el señor Diógenes parecía el cronista de una filosofía ignorada o inventada.

Dice Carlos García Gual en el prólogo de la edición que adquirí, que las "Vidas y opiniones de los filósofos ilustres constituyen uno de los textos más atractivos del legado helénico, por su información minuciosa, desde luego, pero también por su amenidad; y por su bagaje filosófico y literario, por sus muchísimas noticias sobre los sabios antiguos...". Sin embargo, es preciso señalar que en tiempos modernos se ha desestimado este prodigioso compendio porque se consideraba un resumen rápido y poco profundo de las ideas y sistemas filosóficos, y además se le achacaba una prosa descuidada y pedestre, considerándolo finalmente un "centón erudito" de obras perdidas.

Añade el prologuista de mi edición que este libro "suele dejar una cierta insatisfacción en el lector que aspiraría a encontrar una historia filosófica de un talante más crítico, más valorativo; en definitiva, un estudio más riguroso y penetrante en la exposición de las ideas y menos recargado de anécdotas y detalles pintorescos".

Me temo que estoy leyendo mal las Vidas, o que no entiendo lo que leo, o que soy demasiado ignorante como para comprender críticamente esta obra. O las tres cosas a la vez. Porque lo que despierta mi admiración en este libro son precisamente esas anécdotas, esas citas, los datos biográficos curiosos, las listas de tratados desconocidos, ignorados o desaparecidos... Me divierten los detalles pintorescos en la misma medida que me aburriría la murga sofista de los críticos filosóficos de nuestro siglo de amargados. Hegel dijo que Diógenes Laercio era un "amontonador de opiniones varias" y un "chismorreador superficial y fastidioso". Curiosamente, puedo confesar que me he quedado dormido sobre don Murgas Hegel, y que me he divertido enormemente con Diógenes Laercio. Pero, naturalmente, esto se debe a mi ignorancia. A Diógenes Laercio le gusta entretenerse con citas, con nombres, con las ocurrencias de los filósofos, con extravagancias, con referencias bibliófilas inventadas, perdidas, imaginadas y de segunda o tercera mano, antepone lo anecdótico a lo trascendental, y combina "cierto desorden, una curiosa chismografía y cierta erudición pedante y pintoresca".

¡Me encanta!

La Escuela de Atenas, de Rafael, está en los Museos Vaticanos de Roma
La Escuela de Atenas, de Rafael, está en los Museos Vaticanos de Roma

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Arnold Bennett Bloggers Assembly

Comienzan los preparativos de la Arnold Bennett Bloggers Assembly. Un grupo de amigos (y blogueros, para colmo) apasionados de la literatura en general, de la literatura decimonónica en particular y del gran escritor Arnold Bennett hemos puesto en marcha la iniciativa llamada Arnold Bennett Bloggers Assembly. La razón detonante de esta propuesta no fue sino la constatación de que Arnold Bennett, autor de The Old Wive's Tale y de Anna of Five Towns, entre otras muchas obras, era uno de los tristes e injustos "olvidados" de la literatura británica en España... y en otros muchos lugares.

Lo que nos proponemos es sencillo: el día 27 del próximo mes de marzo (cuando se conmemora el fallecimiento del autor, acaecido en 1931) un numerosísimo grupo de blogs y bitácoras colgará en la red un post o una entrada comentando algún aspecto relacionado con la literatura, la época o la figura de Arnold Bennett. Nuestro escritor es tan interesante que incluso podrían participar bloggers gastronómicos: en el lujoso hotel Savoy de Londres siguen ofreciendo a sus clientes la omelette Arnold Bennett, porque fue él quien la inventó... En fin, el análisis o el comentario de cualquier aspecto relacionado con su figura, su contexto histórico o su contexto literario, sus personajes, la critica, su obra, etcétera, son el objeto principal de esta iniciativa. Quienes aún no conozcan la obra de Bennett (y no sería extraño, dado el desprecio con el que se le ha tratado), aún tienen tres meses para leer algunos de sus estupendos trabajos y ponerse manos a la obra.

 

Antes de pasar adelante, es imprescindible señalar que este proyecto no responde a intereses editoriales o pecuniarios de ningún tipo y, si algo pretende, además de promover la figura de Arnold Bennett, es tender una red de blogs literarios que entablen una relación de comunicación y análisis que vaya más allá de la triste redacción solitaria e ignorada. Pero no pretendemos que todo confluya en esta página luciérnaga o en las de los amigos que promueven esta iniciativa, de modo que se habilitará una página específica independiente y anónima en la que se irán colgando todos los links referidos a este proyecto. Os mantendremos debidamente informados hasta que el proyecto pueda avanzar solo con vuestras propuestas.

Aún no ha echado a andar esta iniciativa y ya contamos con la participación de

Notas para lectores curiosos y su inspiradora titular, Elena Rius, La amena biblioteca de Redfield Hall, Leo en el océano, Calidoscopio, Meliora Latent y este Las luciérnagas no usan pilas. En los próximos días ampliaremos la nómina notablemente, y confiamos en poder contar con una red de blogs literarios amplísima para cuando llegue el día señalado.

En este proyecto no hay derecho de admisión y todos serán bien recibidos.

 

¡Animaos y participad en la Arnold Bennett Bloggers Assembly!

 

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Misterios de andar por casa

No todo el mundo tiene la suerte de disfrutar habitualmente de fenómenos paranormales, sucesos sobrecogedores y misterios misteriosos. En realidad, resulta bastante improbable llegar a ver un espectro o un fantasma (y no valen los de los bares saturday-night), ni conocer a algún endemoniado (y no cuentan los jefes de la oficina), o llegar a avistar naves alienígenas (y no entran aquí ciertas líneas de metro). Tampoco es fácil asistir a levitaciones, efectos döppelganger o resurrecciones vampíricas. Por otro lado, no es frecuente la aparición de "la chica de la curva", la Virgen de Fátima o la licuación de sangres beatíficas. Vivimos en un mundo -reconozcámoslo- bastante prosaico, donde la mayoría de los misterios se reducen a un colapso del ordenador o la imposibilidad de enviar un archivo por correo electrónico.

Sin embargo, si nos fijamos bien y permanecemos atentos a la vívida realidad que nos circunda, tal vez podríamos estar asistiendo -nosotros, tristes luciérnagos vulgares- a verdaderos fenómenos paranormales que necesitarían una explicación en largos programas especializados, en radio y televisión. Por ejemplo, todos sabemos que los calcetines están envueltos en energías teletransportadoras, que consiguen que desaparezca uno de la pareja, o los dos, y aparezca meses después en lugares insospechados. Por supuesto, también se puede hablar de los crujidos, siseos y murmullos que hay en todas las casas por la noche, y de las luces que se apagan y se encienden por gusto: son pequeños acontecimientos paranormales que le suceden a todo el mundo. Hay verduras -la cebolla, por ejemplo, y el tomate, aunque con menos frecuencia- que desaparecen de la nevera durante varios días, y luego aparecen súbitamente. Aunque ha de señalarse que los objetos más aficionados a la traslación involuntaria son los libros. (En casa dicen que el hecho de que no encuentre los libros que busco se debe a mi caótica organización, pero es que desconocen la actividad paranormal de nuestro hogar). Mis amigos luciérnagos con seguridad estarán pensando en las decenas de fenómenos inexplicables que acontecen a su alrededor: yo creo que debemos disfrutar de lo extraordinario, pues no hay nada más extraordinario que nuestro deambular por este mundo.

Hoy quiero compartir con mis amigos luciérnagos un fenómeno que, con toda seguridad, ellos también han experimentado. Me ocurre con frecuencia, sobre todo cuando hago deporte por los solitarios caminos del parque de El Retiro, que las farolas se encienden o se apagan a mi paso. Seguro que este "fenómeno paranormal" tiene alguna explicación prosaica y, con certeza, algún ingeniero electricista podría señalar las causas de semejante hecho sin tener que consultar en Google. Pero a mí me parece mucho más interesante (especialmente cuando voy haciendo deporte y tengo que entretenerme pensando) creer que estoy sometido a fuerzas y energías estelares, que consiguen "absorber" la luz de las farolas, o "encenderlas" con mi sola presencia superenergetizante... (Mi mujer me recomienda en este momento que deje de escribir estas cosas...). A veces he intentado apagar y encender farolas con el simple (es un decir) poder de mi mente, pero la experiencia no ha funcionado y las bombillas han seguido encendidas o apagadas sin tener en cuenta mis superpoderes energéticos... (Mi mujer me está ordenando, ya a voces, que deje de escribir, así que me temo que debo dejarlo). Pero resulta asombroso que de nuestros dedos emanen energías invisibles que puedan controlar la iluminación del ayuntamiento. Esta Navidad, cuando se enciendan las luces festivas, voy a intentar encender y apagar las luminarias de la calle Preciados o de Serrano con el simple (es un decir) poder de mi supercerebroenergético-fulminante... (Mi mujer me está intentando arrebatar el teclado y quiere apagar el ord

La fotografía que encabeza este post pertenece al libro El hogar de miss Peregrine para niños peculiares, de Ramson Riggs, publicado en España por Noguer. Las otras dos fotografías son del parque madrileño de El Retiro.

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Umberto Eco, los mapas y la espinosa cuestión de la esfericidad de la Tierra

Desde que a principios de los ochenta cayera en mis manos el asombro titulado El nombre de la rosa y, al mismo tiempo, por razones académicas, tuviera la suerte de tener que estudiar su Tratado de semiótica general, el profesor Umberto Eco se convirtió en mi gurú personal. En sus libros encontraba todos aquellos argumentos y emociones intelectuales por las que daba saltos de alegría. Todo un mundo de mentiras, farsas, contradicciones, embustes, serendipias, coincidencias, misterios y asombros varios. Sus libros han ido acumulándose en mis estanterías casi sin querer, y siempre tiene algo nuevo y revelador que ofrecer a un luciérnago servidor. Aparte de sus novelas y los ensayos más o menos formales, o sus recopilaciones de artículos, los volúmenes ilustrados de Lumen sobre la Historia de la belleza, la Historia de la fealdad y El vértigo de las listas son un verdadero lujo (también por el precio) y alimento indispensable y frecuente para el espíritu.

Los últimos textos de Umberto Eco en castellano se han recopilado en Construir al enemigo (Lumen, Barcelona, 2012; trad. Helena Lozano Miralles). Se trata en realidad de una colección de "textos de ocasión", donde caben conferencias, discursos, lecciones y artículos de distinta y variada procedencia. Desde luego, todas las piezas son interesantísimas y se leen con gusto y placer, pero hoy, aquí, en este jardín luciérnago, quiero detenerme sólo en el artículo "Astronomías imaginarias" (págs. 210-242), que no es sino la reelaboración de dos ponencias dictadas en un congreso de geógrafos hace más de diez años.

Umberto Eco me echa el anzuelo cuando afirma que "De niño soñaba mirando los atlas". ¡Mapas, mapas, mapas! Los mapas ejercen sobre mí un poder de atracción al que no puedo resistirme. Cualquier representación cartográfica me hipnotiza, e incluso la palabra 'geografía' me deja meditabundo y anonadado. (La tienda-restaurante de National Geographic en Madrid, o el bar The Geographic Club son lugares que despiertan en mí un deseo irreprimible de ir a hacer la mochila y embarcarme en expediciones y aventuras que sólo he imaginado en los mapas... Samarcanda, el Polo Norte, Nepal, las fuentes del Nilo...

El artículo de Eco merece leerse completo, desde luego, así que aquí sólo me detendré en un aspecto curioso de su exposición: la cuestión de la esfericidad de la Tierra.

Aunque uno no había podido dejar de fruncir el ceño cuando encontraba "pruebas" evidentes de que los antiguos sabían que la Tierra era esférica (por ejemplo en algunos autores griegos, e incluso en San Isidoro de Sevilla), uno se callaba y mantenía cerrado el pico porque durante años se nos había enseñado que los antiguos creían que la Tierra era plana. Lo bueno de ser Umberto Eco es que sabe tanto que no tiene por qué callarse: "El pensamiento laico decimonónico, irritado por el hecho de que la Iglesia no aceptara la hipótesis heliocéntrica, atribuyó a todo el pensamiento cristiano (patrístico y escolástico) la idea de que la Tierra era plana". La cuestión tenía sus ramificaciones en la disputa darwiniana, pero lo esencial es que durante el último siglo se nos ha enseñado que "los antiguos" creían que la Tierra era completa y absolutamente plana. Sin embargo, en Inventing the Flat Earth (Praeger, Nueva York, 1991), Jeffrey Burton Russell demostró que la creencia general, tanto en la Antigüedad como en el Medievo, era que la Tierra era redonda. Aunque con variantes místicas, los pitagóricos sabían que la Tierra era redonda, igual que Tolomeo, Parménides, Eudoxos, Platón, Aristóteles, Euclides o Arquímedes. Eratóstenes, en el siglo III a.C. calculó la longitud del meridiano terrestre con bastante precisión, midiendo la inclinación del Sol en distintos puntos de la Tierra. Y en el Medievo todo el mundo parecía saber que la Tierra era redonda: Dante, Alberto Magno, Tomás de Aquino, Roger Bacon y otros.

El problema "geográfico" de Colón ante los eruditos salmantinos no era que la Tierra fuera plana y las carabelas fueran a caerse por un precipicio infernal, sino que la Tierra era tan grande que la travesía por un inmenso océano hasta las Indias Orientales se haría imposible. Colón, por el contrario, pensaba que la Tierra no era tan grande, y que acabaría llegando a las Indias pocos meses después. Ni los geógrafos salmantinos ni Colón sabían que había un continente en mitad del gran océano.

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El regreso del arqueólogo de ocasión

Los amigos luciérnagos ya saben que siempre viajo con mi pequeño maletín de adminículos arqueológicos cuando visito emplazamientos donde las piedras talladas se organizaron de modo racional hace veinte siglos o más... es decir, donde hay ruinas. Dado que mi vocación arqueológica no se sustenta en ningún conocimiento sólido de la disciplina, la pasión por los restos antiguos sólo tienen un aderezo de honrada curiosidad y honesta admiración.

Flores en las ruinas
Flores en las ruinas

No voy a describir aquí el asombro y la estupefacción que causan en el viajero las maravillas de Roma. Ni tengo la presunción de explicar aquí lo que muchos luciérnagos conocerán por sus propios medios y con más solvencia de la que uno pueda aportar en dos o tres párrafos. Mi interés ahora es departir amablemente con ellos sobre cierta curiosidad con la que me topé en los Museos Vaticanos hace unos días.

Resulta que estaba un servidor luciérnago contemplando una de las eternísimas galerías del tesoro vaticano cuando me llamó la atención un pequeño fragmento pétreo que decía QVIS AVIENIVS. Resultaba muy curioso que en un pedazo de estela funeraria se preguntaran quién era el tal Avienio. "¿Quién es Avienio?", parecía preguntarme la piedra tallada.

¿Y quién es Avienio?

¿Quién es Avienio?
¿Quién es Avienio?

Pues... resulta que al menos hubo tres Avenios, Avianos o Avienos distintos. El primero fue un historiador llamado Festo Avieno, autor de un conocido Breviario de las hazañas romanas, llamado también Breviarium de Festus, quizá escrito en el siglo IV. Un segundo Avieno o Avenio fue poeta famoso, que compuso unas cuarenta o cincuenta fábulas esópicas también alrededor del siglo IV d.C. Y el tercero fue un tal Rufo Festo Avieno, que a veces se cita como Postumio Rufio Festo Avienio, que fue geógrafo y poeta.

A mi parecer -y el lector luciérnago puede estar seguro de que lo mío es parecer, y no saber a ciencia cierta-, el QVIS AVIENIVS de la estela funeraria respondía a estas incertidumbres, pero estoy convencido de que el que se encontraba bajo esa piedra era el geógrafo poeta, autor de una descripción del orbe terrestre, de las costas del mundo y de los prodigios celestes.

He pasado los últimos días estudiando concienzudamente a este geógrafo y poeta, solazándome con deleite incomparable en sus ingeniosas palabras. Tiene este nuestro Avieno misterioso un tratado titulado Fenómenos, en el que describe la meteorología de un modo curioso y singular. Y éste es el propósito fundamental de esta entrada: dar a conocer la imaginación del poeta geógrafo incógnito. A continuación, los vv. 1700 y ss, donde se describen las señales naturales para saber si va a llover.

Señales en el cielo
Señales en el cielo

"Si vellones de nubes se arremolinan por el cielo, si la iridiscente Iris desciende a tierra formando un arco doble, si un anillo oscuro parece contornear una estrella blanca, si por la superficie de las aguas alborotan las aves, si una y otra vez sumergen el pecho en el abismo marino, si la golondrina se precipita con frecuencia trinando sobre las aguas a los primeros destellos del alba, si las ranas reiteran su viejo lamento por los estanques, si los autillos emiten arpegios melodiosos por la mañana, si la dañina corneja hunde la cabeza en aguas profundas, bañando el lomo en el río, si se ensaña en roncos graznidos, un abundantísimo aguacero se derramará desde las nubes, una vez que hayan reventado".

Muchos más indicios hay para saber si va a llover o no; por ejemplo, atendiendo a la respiración de las terneras u observando el comportamiento de las grullas. Pero para lo que nos interesa, baste saber que si ven ustedes a las ranas "reiterando su viejo lamento por los estanques", lloverá seguro.

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Románticos de altos vuelos

En las últimas semanas han aparecido por las mesas de la casa abundantes libros de los que querría hablarles a mis queridos amigos luciérnagos. Algunos los dejaré para otro momento, pero en la mesa del salón hubo un brote romántico muy emocionante. Apareció allí un pequeño librito de Mary Wollstonecraft, la Vindicación de los derechos de la mujer, en el formato que Taurus ha adoptado para la serie Great Ideas que publicó en Inglaterra Penguin Books; me alegra contar con este imprescindible (trad. Marta Lois González) en esta edición tan especial. También floreció en la mesa del salón otro de esos pequeños libritos de Olañeta: se trata de unas letras de mi adorada Elizabeth Gaskell, una de las mentes literarias más interesantes del romanticismo; en este caso se trata de un par de relatos publicados en prensa en 1847 y 1848: El héroe del sepulturero y Tormentas y alegría navideñas (trad. Ángela Pérez). Pero también el comentario de estos libros (poco comentario necesitan, a decir verdad, salvo que son obligatorios y ya) ha de quedar para otro momento, porque quiero hablarle de otros románticos de altos vuelos.

Richard Holmes es un especialista en el universo romántico, autor de trabajos imprescindibles sobre las primeras figuras del romanticismo inglés, como Shelley o Coleridge. Hace ya cinco años que se publicó en el Reino Unido este The Age of Wonder. How the Romantic Generation discovered the Beauty and Terror of Science en Harper Press; ahora lo presenta Turner con traducción de Miguel Martínez-Lage/Cristina Núñez Pereira. Como fácilmente podrán comprender los aficionados a esa época convulsa de la Europa dieciochesca y decimonónica, el estudio del romanticismo desde el punto de vista de la experiencia científica, y asociado además a varios de los elementos claves del movimiento (imaginación, aventura, exotismo, individualismo, terror, sublimidad, etcétera), ofrece campo abierto para la teorización y el análisis. Sin embargo, la síntesis intelectual de La edad de los prodigios se obtiene después de leer una magnífica relación, casi novelesca, de los episodios más divertidos y relevantes de la ciencia romántica. La investigación botánica y zoológica, la anatomía, la astronomía, la química, y la física, y todas las peripecias y los avatares estrafalarios por los que pasaron los románticos tienen en este libro prodigioso su descripción más jugosa y relevante. Entre todos los talentos del profesor Richard Holmes, no es el menor el de saber seleccionar las peripecias para ilustrar la impagable aventura de la investigación romántica, y, por supuesto, el de saberlas contar con elegancia, precisión, información y sentido del humor.

Aunque el libro se lee -incluso- con más fruición que la mejor de las novelas, quiero destacar el capítulo III, "Aeronautas en el cielo", en el que se describen los primeros intentos volanderos del hombre a bordo de globos aerostáticos. Si quieren divertirse de verdad, consigan este libro y vayan directamente a la página 177. Este capítulo, dedicado a la globomanía europea de finales del XVIII, con las aventuras de científicos, freaks nobiliarios, reyes dubitativos y gigolós italianos es simplemente genial y desternillante.

"El doctor Charles aunó, de hecho, todas las capacidades del globo de gas moderno en un único diseño brillante.

Lo soltó en los jardines de las Tullerías, en París, el 1 de diciembre de 1783, con un científico asistente, el señor Robert. Atrajeron a la que, según las estimaciones, fue la mayor muchedumbre del París prerrevolucionario: más de cuatrocientas mil personas, lo que venía a ser la mitad de la población de la ciudad. Era un globo espléndido, rosa y amarillo, de colores pastel, de nueve metros de alto, y al público le encantó. La canasta de mimbre, una especie de chaise longue para dos, estaba festoneada de banderas y banderines. El doctor Charles llevaba un cargamento completo de equipamiento científico a bordo (un barómetro de mercurio, que se utilizaba a modo de rudimentario altímetro, un termómetro, un telescopio, bolsas de arena y algunas botellas de champán). En un amable gesto, le pasó el cable de sujección a Joseph Montglofier: 'Monsieur Montglofier, le compete a usted enseñarnos el camino a los cielos'".

Richard Holmes: La edad de los prodigios. Terror y belleza en la ciencia del Romanticismo. Turner, Madrid, 2012.

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Humilitas

No sé si mis amigos luciérnagos compartirán esta opinión o no, pero yo creo que hay ocasiones en las que uno necesita "relocalizarse". Me refiero a la necesidad de situarse en el lugar que a uno le corresponde y del que se ha movido por distintas circunstancias. Las madres, los amigos y las ciudades son los elementos imprescindibles para que se produzca esta higiénica "relocalización". A menudo vamos a nuestras madres con lo que consideramos grandes éxitos, y ellas nos contestan con una sonrisa y nos dicen: "Bueno, pero abrígate, que parece que viene fresco". En otras ocasiones, por tontuna, alardeamos ante buenos amigos de lo que consideramos un logro inigualable, y ellos te arrebatan la cerveza de la mano y te dicen: "Bueno, bueno, menos humos, que no eres Lope de Vega". Y por último, hay ciudades que te sitúan exactamente en el lugar que te mereces. Una de esas ciudades es Roma.

Con Roma uno acaba con las mismas sensaciones que alberga tras varios días en las montañas, o tras varias semanas de vagabundeos por los caminos, o cuando se pierde a un ser querido. La grandeza e inabarcabilidad de la ciudad obliga a repensar la posición que ocupa uno en este entramado llamado realidad. Tras una visita a la Ciudad Eterna, la vida con la que uno se pelea a diario adquiere tonos un tanto infantiles, y casi ridículos. A la vista de las obras de Bernini, Rafael, Miguel Ángel o Bramante, los envanecimientos y los orgullos sufren enormemente. Uno deambula estupefacto por los Museos Vaticanos, por el Coliseo, por las termas de Caracalla o por las galerías del Museo Capitolino, y sale abrumado y atónito. Cuando el viajero regresa a casa, aparecen en todo su esplendor las ridículas disputas de cada día, las nimias vanidades literarias y artísticas, la minúscula vacuidad de los éxitos o la inanidad de los fracasos, y entonces le asalta a uno la terrible sospecha de estar equivocando el camino. Entonces, al menos durante unos días, Roma consigue el efecto de reposicionar al viajero y situarlo en el lugar que le corresponde.

"La vestal Rea Silvia, víctima de una violación, tuvo un parto doble, y bien porque ella lo creyera así, bien porque la complicidad de un dios dignificaba su culpa, atribuyó a Marte la paternidad de su sospechosa descendencia. Pero ni los dioses ni los hombres la libraron a ella o a sus vástagos de la crueldad del rey Amulio: la sacerdotisa fue apresada y metida en una cárcel; a los dos niños los mandó el rey que los arrojaran al río. [...] Una tradición sostiene que cuando el agua, poco profunda, depositó en lugar seco el cesto flotante donde estaban expuestos los dos niños, una loba sedienta encaminó allí su carrera desde las montañas de alrededor, atraída por el llanto infantil, y ofreció sus ubres a los niños, tan mansamente que el mayoral del ganado del rey, Fástulo dicen que se llamaba, la encontró lamiéndolos con la lengua...".

(De La Roma legendaria, de Tito Livio).

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Martín Rico sale de las catacumbas

En algún otro lugar he manifestado mi devoción luciérnaga por el artista escurialense Martín Rico (1833-1908). Desde la perspectiva del apasionado aficionado, me parecía incomprensible que este pintor no hubiera alcanzado la relevancia de otros grandes con los que compartió tiempos románticos. (Dicho sea de paso, lo mismo me ocurre con Fortuny y los Madrazo, por cierto). El caso es que, por fin, el Museo del Prado ha decidido organizar una maravillosa exposición temporal con la obra paisajística de Martín Rico: se inauguró a finales de octubre y, en principio, permanecerá abierta hasta el 10 de febrero de 2013.

Muchos ignorantes descubrimos a Martín Rico cuando el Museo del Prado decidió ampliar su colección permanente con la deslumbrante pintura romántica y decimonónica española. Por alguna razón que sospecho pero que me resulta absurda, ridícula y noventayochista, esas grandes obras habían permanecido en los almacenes del Prado, ocultas a su legítimo propietario: el ciudadano que las paga y las conserva. Entre esos cuadros y esos artistas, los ignorantes -repito- descubrimos a Martín Rico. Dice el folleto de la exposición que "Martín Rico fue uno de los artistas más relevantes en la introducción del paisaje realista en España y el que mayor proyección internacional tuvo en su tiempo". También se nos dice que el Prado conserva la mayor y la mejor colección del artista. Pero, sorprendentemente, se añade que ésta es "la primera exposición importante dedicada al artista".

Si Martin Rico es uno de los "artistas más relevantes" del siglo XIX y el Museo del Prado posee "la mayor y la mejor colección del artista", ¿cómo es posible que su obra no se haya expuesto hasta hace apenas unos años y, sobre todo, que ésta sea la "primera exposición importante" dedicada al artista? Me temo que el olvido de Martín Rico guarda una estrecha relación con la visión paticorta y acomplejada del arte que han tenido los prebostes intelectuales tras los carnavales vanguardistas. Cuando se decidió encerrar en los sótanos del Prado a los artistas del siglo XIX y cuando se decidió ignorar a Sorolla, a Pérez Villaamil, a Fortuny o a los Madrazo, el pintor Martín Rico los acompañó a las catacumbas del olvido. Éste es otro éxito que el arte debe agradecerle a las vanguardias.

Al final, a uno no le queda más remedio que pensar que todos estos vaivenes del arte guardan relación con determinadas estrategias de comunicación y márketing. No se me ocurre otra razón que explique por qué Sorolla o Fortuny o Martín Rico no aparecen al lado de los grandes pintores impresionistas y otros artistas contemporáneos de más nombre y -obviamente- menos talento. En todo caso, es inútil luchar contra estas fortísimas corrientes de evaluación estética: el arte, como la literatura, son procesos culturales cuya evaluación es lenta y cambiante, y con frecuencia se ven sometidos a intereses no del todo "artísticos".

Sea como fuere, en el jardín luciérnago se celebra y se brinda por esta magnífica exposición, y se imploran nuevos acontecimientos en los que se devuelva a su lugar a los grandes pintores olvidados de nuestro siglo XIX.

Todas las imágenes que aparecen en esta entrada pertenecen a la serie "Vistas venecianas 1873-1908", seguramente la parte más espectacular y popular de la exposición. Pero si acuden al Prado, no se pierdan sus acuarelas y los "cuadernos" de viaje del autor. Maravilla de maravillas.

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Wagner letal: un nuevo caso para Gervase Fen

Cuando decimos que algunas grandes óperas, con sus interminables gorgoritos, sus "apuestos donceles" barrigones y ancianos, sus "damiselas" con sobrepeso, sus decorados de cartón piedra y sus coreografías de bachillerato, son mortales, no nos referimos a un arte criminal, naturalmente. Con frecuencia, lo único que fallece en la ópera es el tímpano y la paciencia. Sin embargo, en alguna que otra ocasión también muere... el cantante.

Una compañía de ópera acude a Oxford con el fin de representar la eterna (en varios sentidos) Los maestros cantores de Núremberg, de Richard Wagner. Sólo una semana antes del estreno, el cantante principal de la obra aparece ahorcado en su camerino. Y todo el mundo da por sentado que se trata de un suicidio... salvo Gervase Fen, el profesor de literatura que se entrega con furibunda energía a resolver los casos más peliagudos del crimen británico.

 

Edmund Crispin: El canto del cisne, Impedimenta, Madrid, 2012.

Trad.: José C. Vales.

La editorial Impedimenta publicó en su momento y con notable éxito el gran clásico de Edmund Crispin, La juguetería errante (The Moving Toyshop). No puede ser más oportuna, pues, la presentación de otro de los títulos clásicos en los que Gervase Fen despliega toda su actividad y su ingenio para resolver el caso más enrevesado y complejo que pueda imaginarse: un cantante magnífico y odioso, un corista con ínfulas, una joven tímida, una periodista recién casada, un huido de la Alemania nazi, un boticario asustadizo, un policía burócrata, un tenor apacible, un compositor enloquecido, y varias decenas de desternillantes personajes más forman el gran elenco de esta novela de Bruce Montgomery. Se trata de una narración divertida y aguda, con un argumento sabrosísimo y una resolución brillante y chispeante que hará las delicias de los aficionados a la literatura detectivesca.

Ah, y, naturalmente, no falta una buena carrera por Oxford con el súper deportivo Lilly Christine III. Agárrense, y disfruten.

 

Más información en la página de Inicio.

 

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'Orgullo y prejuicio', edición conmemorativa

La mítica colección Austral (Espasa) publica de tanto en tanto ediciones especiales conmemorativas, habitualmente con textos revisados y prologados o anotados por especialistas. Entre los títulos publicados se encuentran los Cuentos de Edgar Allan Poe, con prólogo de Lorenzo Silva, La Isla del Tesoro, de Stevenson, con prólogo de Agustín Sánchez Vidal, y la edición conmemorativa de Jaume Josa i Llorca de El origen de las especies, de Charles Darwin. A esta ilustre serie se une ahora Orgullo y prejuicio, de Jane Austen. La edición especial conmemorativa celebra el bicentenario de la publicación de la novela.

Jane Austen: Orgullo y prejuicio [Pride and Prejudice]. Espasa (Austral, edición conmemorativa del bicentenario), Madrid, 2012; introducción, traducción y notas de José C. Vales. [Incluye DVD coleccionista remasterizado de Orgullo y prejuicio, de Simon Langton para la BBC, con Colin Firth y Jennifer Ehle (1996).


Sobre Jane Austen y Orgullo y prejuicio

 

"Considerada como la campeona de la comedia romántica, y alabada y apadrinada por el gran romántico de la época, Walter Scott, Jane Austen es seguramente la menos romántica de esas décadas de convulsiones ideológicas y estéticas que se resolvieron en el romanticismo decimonónico; seguramente es la más astuta y maliciosa, y, frente a las Brontë o a Mary Wollsonecraft, también la más crítica con algunos de los rasgos histriónicos del nuevo movimiento que empezaba a adueñarse del panorama literario europeo. Desde el punto de vista de los recursos literarios, Austen es sin duda la más moderna y la más ingeniosa de su generación. La imagen de sensiblería, frivolidad o vacuo sentimentalismo que a veces se intenta achacar a la obra de Jane Austen se debe como mínimo a una lectura apresurada y no excesivamente informada, o tal vez a las recreaciones que se han hecho de sus obras y que con frecuencia se alejan del espíritu de las mismas.

Jane Austen (1775-1817) nació en la rectoría de Steventon, en Hampshire, y buena parte de su educación correrá a cargo de su padre, que había sido profesor en Oxford. Desde luego, por las manos de Jane pasan los Shakespeare, Pope, Gray, Addison, Johnson o Goldsmith, pero también el imprescindible Samuel Richardson o la inefable señora Radcliffe y sus misterios góticos...".

[De la Introducción a la Edición Especial Conmemorativa 2012]

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La delicada pureza de la sencillez: Stefan Zweig y las lentejas

Antes de ir a preparar las lentejas, querría hablarles de Stefan Zweig.

La primera vez que oí el nombre de Stefan Zweig fue hace unos diez o doce años, creo, cuando en un despacho editorial saltó ese nombre a propósito de cierta manera de narrar las cosas. Desde luego, en aquel momento me hablaban de Stefan Zweig como si hasta los fans irredentos de Bob Esponja tuvieran la obligación de conocerlo. (Con pocas cosas disfruta tanto un editor como "echando carreras" de libros y espetándole a los demás lo ignorantes que son por no conocer a un poeta épico eslovaco o a un narrador vanguardista croata). En fin, como uno es un ignorante sin remedio, pero procura tener libreta, me apunté el nombre de aquel autor (será húngaro o serbobosnio o lituano o vietnamita, pensé, ya que ésas son algunas de las nacionalidades favoritas de los editores más esnobs) e intenté hacerme con algún libro suyo.

Fue por entonces cuando quedé deslumbrado ante los Momentos estelares de la Humanidad (Acantilado, trad. Berta Vias Mahou). ¿Cómo era posible que un escritor como aquel hubiera quedado atrapado en las jaulas de esnobs y clasistas literarios?

(Hagamos unas lentejas ligeras, sin mucho condumio cárnico). Lo cierto es que Stefan Zweig fue muy popular en su época (años veinte y treinta del siglo pasado) pero su sencillez (habilidad) narrativa no fue muy del gusto de los prebostes literarios de las décadas posteriores, y, por tanto, no tardó en quedar relegado al olvido. (Un leve psicologismo, relevancia sentimental, personalidades oscuras, emociones sencillas, un cierto aire de novela "sensacional" decimonónica). Casi un siglo después, las mismas élites que lo despreciaron se encargaron de llevar a cabo su "recuperación". (Ha de señalarse que este proceso de olvido y recuperación se dio especialmente en Estados Unidos e Inglaterra, pero también en la Europa continental). Fue un escritor prolífico y destacó especialmente en la biografía y el relato corto. Tres de esos relatos han aparecido últimamente por aquí y, naturalmente, no he tenido más remedio que devorarlos.

(Si hacen lentejas, sírvanlas con unas piparras en vinagre, enteras o troceadas... ¡Mmmm!).

Desde luego, los tres relatos son muy recomendables. (No voy a entrar en la discusión bizantina sobre longitud de textos y nominalismo genérico, así que pueden llamarlos relatos, cuentos, novelas o como más les plazca). Por mi parte, aunque es una verdadera delicia, tengo algunas prevenciones contra la Carta de una desconocida, pero ése es un asunto que puede discutirse y ni siquiera estoy seguro de que Stefan Zweig no esté "provocando" al lector en ese relato. Mi favorito, entre estos tres, es Ardiente secreto. Ignoro por qué un escritor tan hábil y concienzudo como Zweig no eliminó las primeras páginas (concernientes al seductor) y se limitó a ofrecer la visión del muchacho protagonista; pero de todos modos, eso no rebaja mucho el genial discurrir de la historia.

Antes de ir a retirar las lentejas del fuego, me gustaría señalar la impagable labor de los traductores de Zweig (Berta Vias Mahou, Berta Conill, Manuel Lobo, de los libros citados) y de sus editores, que han logrado una delicadísima prosa en español, aunque en realidad ya estamos acostumbrados a los buenos oficios de Acantilado.

En fin, que se me queman las lentejas: si ya conocen y disfrutan de Zweig, felicidades; y si no lo conocen, enhorabuena: tienen por delante muchas horas de lecturas inolvidables.

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Post on translation

Creo haber dicho en alguna otra ocasión que Granite & Rainbow es una declaración de amor a los libros y la literatura. Pero si fuera sólo eso, bien poco sería. (Todos conocemos a personas que dicen amar los libros y la literatura, y luego son como esas acémilas que tratan a su amor a patadas y a golpes: "Para quererme así, mejor no me quieras", pensará la literatura). Ainize Salaberri, alma de esta revista cultural, es de las personas que sí sabe querer a la literatura. Entiende el arte de las letras como un ser vivo, con sus músculos, su sangre, su cerebro, sus risas y sus llantos; entiende que la literatura nos moldea y nos hace crecer y por eso la cuida con la honestidad y la elegancia que cada tanto despliega en sus Granite & Rainbow.

G&R cumple tres años y hace el número 21: en esta ocasión dedica especial atención a Uxúe Juárez y su blog y al escritor Juan Gracia Armendáriz; el reportaje sobre "Escritores en el exilio" de Rebeca G. Nieto y la entrevista a los editores de 'errata naturae' también merecen marcarse con post-it. La mayor parte de la revista la ocupan las informadas reseñas de la sección "Librero por un día", en el que distintos articulistas recomiendan los libros que han representado un hito en sus vidas: es una estantería muy sugerente, en la que cabe el maratoniano libro de Murakami, una turbia historia amorosa de Zweig, el clásico de Bradbury, una rareza de Dickens, un imprescindible de Marsé y otros libros curiosos, necesarios, amables, ásperos o divertidos. La editora Belén Bermejo examina en la sección de poesía la obra del escritor Alejandro Palomas.

Además, G&R ha tenido la amabilidad de dedicar un espacio a este dubitativo luciérnago; Ainize Salaberri y un servidor charlamos sobre las revueltas y recovecos de la labor del traductor en las págs. 84-88. Nunca las luciérnagas pensaron que podrían revolotear por lugares tan interesantes...

G&R - Ainize Salaberri

 

José C. Vales dice que la mejor traducción es aquella que no se nota. Él lo consigue. Y lo dice alguien que ha traducido a algunos de los mejores escritores de la historia: Dickens, Jane Austen, Trollope, Crispin, Benson, Stella Gibbons, Eudora Welty, Wilkie Collins... Para él resulta un lujo traducirlos, y para los lectores una suerte que existan traductores tan involucrados en lo que hacen, creando siempre magia a golpe de palabra.

 

"El gran éxito del traductor es que el lector acabe olvidando el extravagante hecho de que los personajes de Dickens o Trollope no hablen en inglés, sino en español".

José C. Vales es traductor porque...

... porque forma parte de los trabajos editoriales. He estado vinculado al mundo editorial desde hace unos quince años, a lo largo de los cuales he realizado labores de edición, corrección, “negritud”, redacción y documentación. No he llevado cafés porque tengo muy mal pulso. Así que la traducción es únicamente una labor más; y no he abandonado las otras.

  

¿Cómo te formaste? ¿Cómo te sigues formando?

Soy filólogo, así que la lingüística y la literatura forman parte de mi vida desde los diecisiete años. Por suerte, mis profesores en Salamanca me inculcaron la idea de ser filólogo al “estilo” de los humanistas del XVI, en el sentido de ser “profesionales de las letras”. Y luego, cuando se alcanza cierto nivel laboral, el mejor modo de aprender es “arrimándose” a los mejores. Por fortuna, yo trabajo con algunos de los mejores editores y especialistas de la industria en España, y no hay día que no aprenda algo de ellos...


Granite & Rainbow es una revista literaria digital que puede descargarse gratuitamente en www.graniteandrainbow.com en formato PDF. Ahí podrá leerse la entrevista completa así como todos los artículos referidos más arriba. Si el lector luciérnago lo desea, puede leerse también la entrevista completa aquí mismo, en la sección Sin salvoconducto.

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Libros y tumultos

Estas mañanas he desayunado con un librito decididamente genial, titulado Cómo vivir con veinticuatro horas al día, de Arnold Bennet (Melusina, 2010, trad. X. Zambrano), una verdadera maravilla que debería llevarse en el bolsillo siempre y consultarlo con frecuencia. Luego he estado trabajando con Swan Song, de Edmund Crispin (Vintage, London, 2009), que muy pronto se verá en las librerías españolas con el título de El canto del cisne, y que publicará la editorial Impedimenta. Después de comer, a la hora del café, leo un libro divertidísimo titulado Alienígenas, de John F. Moffit (Siruela, Madrid, 2012; trad. I. C. Iglesias) que ofrece una visión de la historia UFO desde la perspectiva de la estética popular y la historia de las mentalidades, y hará las delicias de los ufofreaks. La "tirada larga" de la que hablan los runners le corresponde a un gran libro, El final del desfile, de Ford Madox Ford, publicado aquí por Lumen (Madrid, 2009; trad. M. Temprano), con el que paso buena parte de la velada nocturna.

Pero cuando de verdad quiero disfrutar un rato de la lectura, y cuando quiero enterarme de cosas curiosas y aprender lo que habitualmente no se nos enseña, acudo a un libro que he adquirido recientemente y que se titula Vidas de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio (Alianza, Madrid, 2007-2001; trad., notas y estudio de Carlos García Gual).

Lo único que puedo decir, en mi boquiabiértica atonitez patidifusa, es que cada epígrafe de este libro es una sorpresa, un divertimento, una enseñanza, un talento, un ingenio, un giro, un requiebro, una farsa, un embuste, una verdad, un mito, un asombro, una admiración...

Hoy quiero compartir con los luciérnagos el anonadamiento que supone conocer al filósofo Teofrasto (c.370-286 a.C.). Dice Diógenes Laercio que Teofrasto era tan sabio y tan intelectual que hasta su criado era filósofo. Tam