Las luciérnagas (Lampyridae) son coleópteros polífagos cuya principal característica es la capacidad para emitir luz. Contrariamente a lo que pudiera parecer, las luciérnagas no utilizan pilas. Tienen luz propia y no precisan argucias para brillar. La bioluminiscencia se produce mediante un proceso de oxidación de un pigmento llamado luciferina en el que participa decisivamente la enzima llamada luciferasa.
Hay disciplinas que tienden a ser como el agua y el aceite: ni se mezclan, ni quieren mezclarse ni tienen intención de mezclarse si pueden evitarlo. La astronomía y la astrología, la fast-food y la dietética, el periodismo y la crónica rosa, el chamanismo y la medicina... Entre estos duetos de imposible reconciliación se encuentran la Historia y el esoterismo. La crónica de los misterios repele a los historiadores. Para el historiador sólo cuentan los testimonios, los datos, las referencias y los números, y, aun así, todo ello ha de ser analizado con espíritu crítico.
En El rey loco, el historiador e hispanista Henry Kamen se atreve con los supuestos misterios que salpican la historia moderna de España y, haciendo uso del rigor científico imprescindible, ofrece llamativas respuestas a los enrevesados enigmas de los siglos de oro.
Henry Kamen: El rey loco y otros misterios de la España imperial. La Esfera de los Libros, Madrid, 2012. Trad. José C. Vales; 319 págs.
Restos del volcán en la isla de Santorini: uno de los supuestos emplazamientos de la Atlántida
El historiador británico Henry Kamen ha sido profesor en distintas universidades españolas, británicas y americanas, y colabora habitualmente en la prensa española. Es uno de los grandes especialistas en la España de los siglos de oro y, aparte de sus imprescindibles textos universitarios, también ha desarrollado una amplia actividad en el campo de la divulgación histórica, con textos dedicados a figuras claves de la España moderna, como el Duque de Alba o Felipe II especialmente.
En El rey loco y otros misterios de la España imperial, Kamen aborda desde una perspectiva rigurosa pero amena una serie de supuestos enigmas que han rodeado la historia moderna de nuestro país: ¿estaba la Atlántida platónica en tierras peninsulares o tal vez en América? ¿Dónde se encontraba el mítico El Dorado? ¿Quién era el misterioso Judío Errante? ¿Quién era realmente Miguel Servet? ¿Fue la Inquisición una invención moderna? ¿Por qué caminos discurrió la sombría vida de Antonio Pérez? ¿Cuáles fueron las verdaderas implicaciones de la romántica muerte de don Carlos? ¿Cómo se formularon los mitos en torno a don Sebastián de Portugal? Estas y otras cuestiones componen el amable mosaico de historias que propone Henry Kamen.
Una de los principales activos de La Esfera de los Libros es su sección historiográfica: seguramente es la editorial que ha publicado los mejores textos de divulgación histórica en los últimos tiempos; entre ellos se encuentran el César y La caída del Imperio Romano de Goldsworthy, el Napoleón de Dwyer o la Historia de Cataluña de Balcells.
Algunas cosas han cambiado dramáticamente en Riseholme... pero no todas. Los cotilleos, las envidias, las rencillas, las malicias, los rencores y el afán de protagonismo (los delicados placeres de la vida, en fin) siguen siendo el motor y la pasión de nuestros entrañables personajes. Lucía, acompañada de su inefable aide-de-camp Georgie, sigue siendo la reina indiscutible del pueblo. Pero cuando decide ir a pasar las vacaciones estivales al hermoso pueblo costero de Tilling, la pretenciosa, esnob, presuntuosa, manipuladora y deliciosa Emmeline Lucas se verá obligada a enfrentarse a una rival a su altura, la señorita Elizabeth Mapp, cuyas excelsas virtudes son la tacañería, la avaricia, la presunción, la manipulación, la ira y el egoísmo en todas sus variopintas vertientes. El enfrentamiento está servido y la colisión parece inevitable. La consecuencia de esta tremenda trifulca de egocentrismos, vanidades y frivolidades es una de las grandes comedias ligeras del siglo XX.
Lamb House, en Rye, hogar del escritor E. F. Benson y modelo de Mallards en la novela "Mapp y Lucía"
E. F. Benson: Mapp y Lucía, Impedimenta, Madrid, 2012; traducción y prólogo de José C. Vales; rústica con sobrecubierta, 440 páginas.
[Del prólogo a Mapp y Lucía] En Mapp y Lucía se desarrolla el conflicto por la superioridad social en Tilling. Pero el conflicto, como las preocupaciones de los protagonistas, tiene un carácter frívolo y superficial. Como ya se ha advertido más arriba, es asombroso que E. F. Benson se atreviera a formular una narración donde las máximas preocupaciones atañen a la receta que explica cómo cocinar una langosta, a las felicitaciones navideñas, los ejercicios de calistenia, los tés en el jardín, el estado del césped, una representación teatral en el salón de casa, la habilidad para interpretar el Claro de luna de Beethoven, los ejercicios de yoga, el bridge o la composición del comité del Club de Arte en un pueblo de Sussex. En la obra de Benson no hay graves reflexiones sobre la muerte, el mal, la teología, la pasión o el sexo porque la melancolía eduardiana no se enfocaba en esos temas, sino en la alegría de vivir y el gusto por las cosas bellas. «¿Qué sería la vida sin atardeceres?», le dice un personaje a otro en el colmo de la frivolidad. Y en otro momento, Georgie Pillson admite que la vida no sería nada sin los cotilleos, las maquinaciones, las grandezas y los embustes de su querida Lucía. (Por otro lado, este mismo Georgie Pillson se derrumba y se desespera cuando descubre que posiblemente su parlour-maid, Doris Foljambe, va a abandonarlo: «Toda mi felicidad, arruinada para siempre»).
En Mapp y Lucía —y para el caso, en todas las novelas de la serie— se acumulan, página tras página, envidias, rencores, malicias, vanidades, venganzas, ambiciones, hipocresías y falsedades. Pero no hay una verdadera reflexión acerca del mal o la maldad. En realidad, como advierte el crítico y escritor Philip Henshe, prologuista de una reciente edición inglesa de Mapp and Lucía, uno de los grandes méritos de E. F. Benson es haber escrito una historia donde apenas ningún personaje puede ostentar ninguna virtud, y, sin embargo, al mismo tiempo, ha conseguido que adoremos a sus protagonistas y nos desternillemos de risa con ellos. Desde luego, nos asombran sus maldades, sus presunciones y sus maquiavelismos, pero los objetivos de esas iniquidades son tan fútiles y vanos que la malignidad apenas pasa de ser un entretenimiento contra el aburrimiento. Como los personajes de Jane Austen, estos burgueses de provincias se aburren, y su modo de entretenerse es el cotilleo, la maledicencia, el maquiavelismo, la mezquindad o la envidia, pero siempre en un tono menor. Benson se ocupa de que resulte hilarante y divertido.
Geraldine McEwan es Emmeline Lucas, Lucía, en la serie de televisión de la LWT
Richard Cadogan está harto. Harto de vivir en Londres, harto de su profesión de poeta de baladas líricas medievales, harto de su editor y harto de sí mismo. Está pensando en escribir una novela y en cambiar de vida: necesita experiencias, emociones, aventuras. En un arrebato de valentía, una noche va a la estación de ferrocarril y se dirige a su Oxford estudiantil. ¿Por qué Oxford? Bueno... todo el mundo sabe que si hay una ciudad donde todo es posible, ésa es Oxford. Tras alguna peripecia camionero-literaria, Cadogan llega a Oxford a altas horas de la noche, y su ojo neo-novelesco se fija ahora en las tiendas, en las calles, en los sonidos y las luces de la durmiente ciudad universitaria. Descubre en Iffley Street una juguetería de extraño aspecto, con la puerta abierta. Su nueva personalidad aventurera le impele a entrar, y allí encuentra... un cadáver. A la mañana siguiente, cuando acude a la policía, en aquel lugar no está la juguetería, sino una tienda de ultramarinos, y no hay cadáver alguno, sino un montón de latas de conservas y legumbres. Perdido y desorientado, Richard Cadogan sólo tiene una opción. Ir a buscar al profesor-detective más literario de Oxford: Gervaise Fen.
Comienza la aventura. Disfruten y diviértanse.
CRISPIN, Edmund: La juguetería errante [The Moving Toyshop], Impedimenta, Madrid, 2011; traducción de José C. Vales, rústica con sobrecubierta, 320 págs.
Los claustros de Oxford y los lugares emblemáticos de la ciudad universitaria son los escenarios en los que se desarrolla la trama de "La juguetería errante".
Edmund Crispin era el pseudónimo de Bruce Montgomery (1921-1978), compositor de música coral y escurridizo escritor de novelas policíacas. La editorial Impedimenta ha escogido seguramente el título más emblemático de la colección de desternillantes aventuras del profesor-detective Gervaise Fen para iniciar un recorrido por la obra de Crispin. Dice el editor en la solapa del libro que lo que más le gustaba al escritor-compositor era "nadar, fumar, leer a Shakesperare, escuchar óperas de Wagner y Strauss, vaguear y mirar a los gatos. Por el contrario, sentía gran antipatía por los perros, las películas francesas, las películas inglesas modernas, el psicoanálisis, las novelas policíacas psicológicas y realistas, y el teatro moderno". En La juguetería errante aparecen esas preferencias, y algo más: aparece el Oxford maravilloso y misterioso de su juventud, un gusto decididamente británico por lo estrafalario y una divertidísima concepción de la literatura, que aprovecha para lanzar dardos a los grandes iconos de las letras inglesas.
Del prólogo a Jill (Lumen, 2007; págs. 19-21, trad. Marcelo Cohen).
No conocí a Bruce Montgomery hasta casi mi último curso. Por una parte era sorprendente: por lo general la amistad era automática entre estudiantes que cursaban el programa completo de Humanidades. Por otra, no lo era: el ambiente estilo lenguas modernas-sala de teatro-música clásica-hotel Randolph en el que se movía Bruce era incompatible con el mío. Por supuesto, yo lo había visto por allí, pero no se me había ocurrido pensar que fuera un estudiante de pregrado, no en el sentido en que lo era yo. Con una insignia de vigilante de ataques aéreos y un bastón, se movía muy tieso y distante, dentro de un triángulo formado por la conserjería del college (en busca de cartas), el bar Randolph y su residencia en Wellington Square. [...] Bruce, al igual que yo, era una especie de superviviente. No por ello me sentía menos cohibido ante él. Como "el señor Austen", Bruce tenía un piano de cola, había escrito un libro titulado El romanticismo y la crisis mundial y había pintado un cuadro que colgaba de la pared de su sala, y era un magnífico pianista, organista e incluso compositor. Durante las vacaciones de aquella Semana Santa se había pasado diez días escribiendo, con su plumilla y su portaplumas de plata, un relato detectivesco titulado El caso de la mosca dorada. Lo publicó al año siguiente bajo el nombre de Edmund Crispin y así inició una de las diversas carreras en las que triunfó.
Tras esta formidable fachada, no obstante, Bruce guardaba su aspecto más frívolo, y pronto nos encontramos pasando la mayor parte de nuestro tiempo en común partidos de risa en taburetes de bar. [...]
En contrapartida, le hice oír discos de Billie Holiday y lo persuadí de que ampliara su círculo de locales de copas. Una noche el celador de la universidad entró en uno de ellos y a mí me pillaron sus secuaces en una puerta lateral; Bruce, por su parte, se metió en una especie de cocina, se excusó ante alguien que estaba planchando y esperó a que no hubiera moros en la costa. "¿Cuándo aprenderás -me reprochó más tarde- a no actuar por iniciativa propia?".
A veces me pregunto si Bruce no constituía para mí un curioso estímulo creativo. Durante los tres años siguientes estuvimos en contacto casi continuamente, y yo escribí sin parar, como no lo había hecho hasta entonces, ni volvería a hacerlo. [...] Es posible que el vivificante epicureísmo intelectual de Bruce fuese el catalizador que yo necesitaba.
Con seguridad, no hay autor en la historia de la literatura que se identifique más con la Navidad. Charles Dickens ha enseñado a generaciones de lectores a mirar esa época del año con el corazón lleno de los buenos sentimientos (compasión, amabilidad, recuerdos) que en ocasiones le costaron el injusto título de melodramático emocional.
El próximo año se cumple el bicentenario del nacimiento de Charles Dickens (1812-1870) y la editorial Espasa inaugura esta conmemoración publicando la recopilación Cuentos de Navidad, que incluye diez narraciones que el editor de All Year Round y en Household Words publicó en Londres a mediados del siglo XIX. Dado que el clásico Cuento de Navidad (A Christmas Carol), con el inevitable señor Scrooge, ya debe de estar en todas las casas del mundo, este volumen recopila otros relatos quizá menos conocidos pero no de menos calidad y, desde luego, decididamente dickensianos. "La historia de los duendes que se llevaron a un sacristán", "La historia del pariente pobre" o "Los siete vagabundos" son fabulosos ejemplos de la imaginación y el talento de Dickens para el relato breve, humorístico y sentimental. Los cementerios lúgubres, los colegios pobres, la vida del Londres victoriano y los relatos en torno a una chimenea, mientras se toma ponche caliente, son ingredientes imprescindibles del imaginario de Dickens y, por supuesto, están aquí presentes. Además, algunos de estos relatos -que se proponían como números especiales de los semanarios citados- cuentan con la colaboración de autores notabilísimos, como Wilkie Collins, cuya pluma se deja notar especialmente en la historia que se cuenta en "Los siete vagabundos".
Dickens, Charles: Cuentos de Navidad, Espasa, Madrid, 2011. Edición y notas de José C. Vales. Cartoné con sobrecubierta, 216 páginas.
En la amable campiña inglesa, el pequeño pueblo de Riseholme se enfrenta a un verano agotador: tomar el té, veladas de música nocturna, cotilleos en la plaza ajardinada del pueblo, agradables cenas en el jardín, cuadros dramáticos caseros... En fin, a los atareados riseholmenses se les acumula el trabajo.
Al frente de la isabelina población de Riseholme se encuentra la inefable Emmeline Lucas, a quien todo el mundo conoce como Lucía. Ella es quien dispone, dirige y organiza todo cuanto sucede de artístico y cultural en el pueblo. Ella recibe en casa, ella decide qué es moda cultural, ella habla italiano en la intimidad, ella promueve las novedades, ella escoge a sus lacayos, ella bendice a sus súbditos...
Ella es Reina Lucía.
Edward Frederic Benson ya tenía tras de sí una amplia carrera como escritor de novelas populares cuando decidió escribir una comedia social ambientada en la campiña inglesa, y cuando decidió divertirse a costa de un grupo de esnobs de nariz empolvada. Reina Lucía le proporcionó a E. F. Benson más alabanzas que todas las que había recibido hasta entonces por sus cuentos de terror. Así fue como Reina Lucía (1920) se convirtió en la novela inaugural de una serie literaria que ya es todo un clásico británico: Mapp y Lucía. Nancy Mitford o W. H. Auden consideraban que la novela de Benson era un modelo de caracterización de personajes y ambientación de las "amables" relaciones sociales en la campiña inglesa.
Benson, E. F. Reina Lucía [Queen Lucia]. Impedimenta, Madrid, 2011. Traducción de José C. Vales. 350 páginas; rústica con sobrecubierta.
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