¡No compren libros! ¡No lean!

 

Hace algunos años, en una reunión casi informal en Barcelona, el editor Josep Forment comentó que el mundo de los libros era el único que desprecia a sus clientes. Aquella afirmación, a la que tampoco añadió muchas explicaciones, tenía mucho sentido en un encuentro dedicado a la "literatura basura" que promovía el escritor vasco Gonzalo Garrido. A pesar de nuestras discrepancias en torno a los orígenes cultos o populares de la literatura en la Biblia, no olvidé nunca las sabias palabras de Forment respecto al pequeño mundo editorial. Y, pensándolo bien, no se puede sino estar absolutamente de acuerdo con aquella apreciación singular, pero irrebatible: sólo el mundo de la cultura, y especialmente el de los libros, desprecia y ofende continuamente a sus clientes. Es inimaginable que las empresas de zapatos, frigoríficos o ropa insulten, agravien o desprecien a sus clientes -actuales o potenciales-, pero en el mundo del libro es así: "Todos los lectores son idiotas, salvo los míos; y los lectores potenciales son idiotas en cualquier caso". Esta parece ser la premisa.

Para empezar, pocos autores hacen examen de conciencia antes de lloriquear por la deplorable situación del mercado literario o libresco en general. Podrían pensar, por ejemplo, que las historias que imaginan son tan pobres y tan mal construidas que cualquier comparación con otros entretenimientos, como el cine, la televisión, internet, los videojuegos, etcétera, resulta deprimente. Podrían pensar que sus libros son viejos, o que sus ideas son viejas y que ya no tienen ningún interés. Pero no es esa la respuesta que se ofrece; la respuesta que dan los autores al desgraciado panorama editorial es que los lectores son unos burros, que solo leen bazofia -la bazofia de los otros, se entiende- y que vivimos en una sociedad de idiotas.

Todas las semanas, y casi todos los días, tenemos que leer, en las páginas de semanarios, revistas, diarios y páginas web, a escritores que llaman idiotas, imbéciles, patanes y cosas peores a sus conciudadanos, sólo porque no piensan como ellos, o porque han optado por tener vidas distintas, o porque tienen una mentalidad diferente, o porque disfrutan de la vida de otro modo o por... Me pregunto si los lectores que se acercan tal vez a esos textos querrían comprar los libros de personas tan groseras y maleducadas que constantemente los ofenden y agravian. En este punto quiero recordar que en ningún oficio he visto a tanto maleducado y grosero como en el mundo literario, lo cual prueba que la literatura parece atraer a los necios: esta es otra razón para que los lectores no se acerquen a los libros. "Si los libros van a convertirme en uno de ésos",  pensarán, "mejor entretenerme con otra cosa".

Pero si una industria como la libresca se encuentra en pleno declive, no puede achacarse únicamente a los creadores -aunque la extrema pobreza intelectual de los mismos sea una razón importante-. Las circunstancias socioeconómicas globales, la irrupción de nuevas tecnologías y nuevos modos de entretenimiento, el abandono político de la cultura y otros factores también tienen su importancia. Los editores, como empresarios que son, tienen mucha responsabilidad en la situación de su negocio, pero a uno le cuesta suponer que un empresario no quiera que su negocio prospere. Puede que tenga más o menos suerte, pero su idea es ganar dinero ofreciendo un producto cultural. Tampoco es justo decir que los productos que ofrecen tienen una calidad tan ínfima que nadie quiere acercarse a comprar libros. Hay libros para todos los gustos, aunque las estrategias comerciales suelen ser "viejunas" y, por tanto, alejan a los lectores que ya viven en internet, en la televisión a la carta, en las acciones cívicas culturales o en los nuevos modos de comunicación. El mundo comercial con frecuencia retrasa y frena la imaginación y el impulso editorial. Son las estructuras comerciales las que lastran el negocio editorial, más que los editores, que siempre buscan productos culturales nuevos y para todos los sectores de la población. Esto no quiere decir que muchos editores no piensen como los famosos "próceres literarios": que los lectores son idiotas y que solo leen bazofia -la bazofia de los otros, naturalmente-. Algunos editores han tenido que asumir, por las malas, que no todos los ciudadanos están dispuestos a aceptar la tiranía del esnobismo.

Y finalmente hay que citar al grupo de personas que esencialmente se dedican a sugerir a los ciudadanos que no compren libros y, en general, que no lean libros. Los medios de comunicación parecen especialmente interesados en promover la lectura, pero dan cabida en sus espacios a personas dedicadas en cuerpo y alma a despreciar los libros y todo lo que rodea al mundo literario. En general, estas personas hablan de los libros para denigrarlos, y no por razones altruistas. Me atrevería a decir que un 75% de todas las referencias librescas que aparecen en suplementos culturales o revistas culturales (en papel o en internet) consiste en rebajar, disminuir, denostar o despreciar los libros que supuestamente analizan. El otro 25% elogioso se debe a procesos amistosos, comerciales o amatorios en los que es mejor no entrar. Por otro lado, resulta especialmente curioso que esa vocación agresiva tenga sus orígenes en elementos tan poco literarios como el deseo de hacerse un hueco en el mundo del periodismo, las rencillas y envidias profesionales, o la frustración y los problemas psicológicos personales. Tanto en internet, en las redes sociales o en la prensa convencional, parece habitual encargar a los más torpes la promoción de la literatura, aunque -por supuesto- el resultado es siempre el contrario, con el consiguiente perjuicio para la industria, los lectores y los creadores en general. Con frecuencia, la base de la información crítica está en el clasismo intelectual -una especie de novedoso fascismo que se da especialmente en internet y en las redes sociales-, la vinculación económica o sentimental, y un esnobismo que calma conciencias y rara vez alivia el hambre.

No digo que no haya otras razones que expliquen el deterioro de la industria libresca, pero me pareció útil apuntar que somos precisamente quienes participamos en ella los que estamos gritando a los cuatro vientos: "¡No compren libros! ¡No lean!"

Bueno: el suicidio es un asunto muy personal y cada cual se quita la vida como quiere.