Comunicación residual

Dice el libro: "En la primavera de 1958 se celebró en Bloomington, Indiana, un congreso para el estudio del estilo literario. Lingüistas, críticos literarios, antropólogos, psicólogos y sociólogos intentaron, desde sus respectivos campos, una intercomunicación en torno a este tema central. Sin duda, la ponencia más famosa de las que se presentaron fue la de Roman Jakobson sobre lingüística y poética, y hasta tal punto, que este breve texto ha quedado sancionado como el punto de partida inexcusable de la fundamentación teórica..."

Para los estudiantes de filología, que aspirábamos a entender -aunque sólo fuera superficialmente- en qué consistía el hecho literario, aquel texto se convirtió en referencia inexcusable. En España este opúsculo lo publicó la editorial Cátedra, con un prólogo de Francisco Abad; la traducción corrió a cargo de Ana Mª Gutiérrez-Cabello. No sé si se había publicado antes en alguna otra colección o en algún artículo periodístico.

Uno de los argumentos centrales de esta conferencia era, como todos recordarán, la necesidad de revisar "la hipótesis monolítica del lenguaje", en palabaras de Voegelin. Decía Jakobson, con una clarividencia que hoy asombra más que hace cincuenta años, que el "código" lingüístico "representa un sistema de subcódigos conectados entre sí". Antes de formular su famoso sistema (que tuvimos que aprender de memoria, y que gracias al cielo no hemos olvidado), Jakobson aludía a los trabajos de Edward Sapir y de Martin Joos. En concreto, citaba a Joos y su propuesta, según la cual "los elementos emotivos del habla son elementos no lingüísticos del mundo real". A Jakobson, creo, no le gustaba mucho que hubiera que buscar fuera de la lengua lo que debería describirse como "lingüístico". El propio Joos reconocía que a los lingüistas les molestaba tener que "tolerar" en su disciplina aspectos que no son estrictamente lingüísticos, o que rehúyen una catalogación fácil en esta disciplina.

A continuación Jakobson presentaba su famoso modelo y, un poco más adelante, esbozaba las seis funciones básicas de la comunicación verbal ("del hecho del habla", como se decía entonces). Para los pocos despistados que pasen por aquí, recordaré que las funciones eran emotiva, referencial, poética, fática, metalingüística y conativa. 

Muchos debates en aquella época se planteaban en torno al reduccionismo científico: y esto era que a muchos nos parecía que la reducción de las funciones a un sistema "científico" era arriesgado. Karl Bülher (como otros psicólogos) había limitado las funciones del lenguaje a la emotiva, conativa y referencial. Pero no importaba mucho cuántas funciones tuviera el "hecho del habla", porque a mis compañeros y a mí nos parecía que aquello no se ajustaba a la realidad, simplemente. No nos ocupábamos de las teorías sociológicas, políticas, psicológicas o pedagógicas. Lo que nos inquietaba era que los esquemas cientifistas no parecían ajustarse a nuestra sencilla experiencia cotidiana.

Y cuando de experiencias se trata, las nuevas modalidades de comunicación hacen tambalear la teoría clásica. Dice Jakobson que "apenas podríamos encontrar mensajes verbales que realizasen un único cometido". Y añade: "La estructura verbal del mensaje depende, básicamente, de su función predominante". Los mensajes contienen una multiplicidad de funciones, pero Jakobson cree que podrían jerarquizarse. ¿Es posible que nuestro gran ídolo universitario pecara de voluntarismo?

 

 

La experiencia común, a poco que se reflexione, es que la comunicación es un proceso que difícilmente se puede someter a estructuras jerárquicas. En la moderna comunicación, además, se pierden fragmentos esenciales de los elementos o factores, como el código, el contexto e incluso del mensaje. Cuando hablamos "cara a cara" con una persona, todos esos factores parecen anclados y firmes, pero se pierden en las comunicaciones modernas. Nunca faltaron especialistas que afirmaran que el porcentaje de la información que recibe el receptor es sustancialmente menor que la información que "pretende" enviar el emisor. En las comunicaciones modernas, ese porcentaje se convierte en un batiburrillo jerárquico de funciones inextricable. Es imposible que el receptor tenga la más mínima sintonía con el emisor, salvo en comunicaciones breves y elementales, y por eso la comunicación se torna casi imposible. 

En los últimos años he comprobado -aunque puede ser sólo una apreciación personal-, que la comunicación es muy pobre y, sobre todo, arriesgadísima. Un problema, desde luego, es que escribimos mal y no sabemos expresarnos. Pero, sobre todo: no sabemos cuándo expresarnos, se piensa más en los voyeurs  que en el destinatario, los habladores intentan ser graciosos o ingeniosos a costa del receptor, pretenden quedar por encima de los demás a toda costa, se ignora el hecho comunicativo para reafirmar del ego personal, se opina sobre asuntos que se ignoran, se hacen valoraciones personales sin medida, sin filtro y sin juicio, se dispensan burlas de dudoso gusto y se compromete la dignidad, la intimidad, la personalidad y la profesionalidad de los demás sin el menor recato y con una vergonzosa temeridad. La comunicación, en este ambiente pútrido, no sólo se ha convertido en un hecho discutible, sino arriesgado, peligroso, mezquino, vulgar, torpe, sórdido y a veces repugnante: una representación residual de las verdaderas relaciones humanas.

 

 



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Comentarios: 1
  • #1

    Mónica-serendipia (lunes, 11 julio 2016 22:12)

    En periodismo estudiábamos a Jakobson en Teorías de la Comunicación (nuestra triada en aquella asignatura era Eco-Jakobson-Chomsky), su modelo era esencial como advertencia a la meticulosidad de un artículo de información. Ahora que comentas que cincuenta años después su modelo sigue siendo válido, me paro a pensar que cuando lo estudiábamos, lo más parecido a una red social que teníamos era el tablón de anuncios de la facultad. Pero sus funciones siguen siendo válidas para las redes sociales del siglo XXI y da igual que sus usuarios seamos unos analfabetos funcionales, como tú reflexionas. Me ha encantado esta entrada porque me trae recuerdos (y comparaciones odiosas, pero eso mejor lo dejo). ¿Crees que las nuevas generaciones de periodistas/filólogos todavía recuerdan a Jakobson?