Literatura, capital cultural y clasismo

Pierre Bourdieu es uno de los sociólogos más importantes de la segunda mitad del siglo XX y también uno de los más controvertidos. Dado que las ciencias sociales se decantaron por el cientifismo (o el empirismo o la estadística o las matemáticas) en las últimas décadas, todas las ideas debían verse corroboradas con datos. Afortunadamente, para quienes nos dedicamos al estudio de la Historia de las Ideas, lo más interesante y sugerente es identificar claves en acción o en evolución que permitan perspectivas y ópticas distintas sobre asuntos que, por cualesquiera razones, parecen ocultos a la evaluación común. Una de las ideas más afortunadas de Bourdieu es la que atañe al "capital cultural". Aunque el lector podrá precisar por su cuenta el concepto, aquí bastará con señalar que el "capital cultural" es el cúmulo de saberes y conocimientos que proporcionan a un individuo un estatus superior en el seno de una sociedad, y un estatus social superior relativo respecto a otros individuos que no tienen esos saberes y conocimientos. Con frecuencia, el capital cultural está relacionado con el capital económico, pues un niño que se educa en una familia adinerada suele adquirir un capital cultural superior a los miembros de clases más desfavorecidas. Pero no siempre es así: puede haber personas cuyo estatus cultural sea muy elevado y su estatus económico no lo sea tanto. En general también, la sociedad valora el capital cultural y acaba concediendo cierto capital económico a quienes poseen el primero.

El capital cultural es segregacionista en sí mismo. O, por decirlo de un modo más ajustado, debe considerarse en campos independientes, por mucho que finalmente unos tengan relación con otros, y no en un sentido positivo, desde luego.  El estatus en una facultad universitaria, en un grupo de amigos, en un taller de escritura, en una familia, o en una oficina, depende en las sociedades occidentales del capital social tanto como del capital económico.  Se evalúa el capital simbólico, es decir, lo que los sociólogos llaman "los intangibles" que solo existen en tanto obtienen el reconocimiento de los demás. El reconocimiento, por otra parte, debe provenir de aquellos a los que ya se le supone un capital cultural elevado.  Dado que aquí sólo estamos haciendo un comentario ocasional, no importará si en ocasiones sustituimos "capital cultural" por "prestigio". Un individuo, en fin, sólo adquiere capital cultural si los miembros del campo en el que se mueve admiten que lo tiene. Por ejemplo, sería dudoso que una persona aficionada a la literatura soft-porn de E. L. James o de Sylvia Day pudiera encontrar ningún reconocimiento en determinados círculos académicos, aunque probablemente sí lo encontrará en otros ámbitos, como blogs populares o territorios fronterizos con la industria pornográfica. 

La sociedad establece categorías -en muchas ocasiones, completamente arbitrarias- para definir los rangos de ese prestigio, ese capital cultural o ese capital simbólico. Visto desde fuera, es asombroso contemplar cómo algunos individuos hacen todo lo posible por alcanzar un estatus cultural elevado, casi a costa de cualquier cosa. Hay personas a las que no les importa estar situados en un rango bajo: son felices escuchando reggaetón, viendo los programas más dudosos de Tele5, leyendo las llamadas revistas del corazón o aplicándose con pasión a las lecturas estivales de la citada E. L. James. Sin embargo, hay personas que necesitan aspirar a un estatus superior y buscan la aprobación de la "clase alta cultural". Los individuos que pertenecen a esta "clase alta" jamás confesarán que practican algunas de las costumbres de la "clase baja cultural" (aunque lo hagan), y siempre asegurarán que están leyendo a Pynchon, a Kafka o a Henry James aunque estén con la nariz pegada a Gran Hermano

El capital cultural es clasista y segregacionista. Se acumula para ejercer la diferencia respecto a otros, los ignorantes, los vacuos, los frívolos, los torpes... los inferiores. Nadie que ostente un capital cultural importante querrá mezclarse con esas personas que escuchan a David Bisbal, que ven Sálvame, que leen a Paulo Coelho, que devoran la revista Lecturas  y que bostezan ante Rothko. Para quienes escuchan a Bach o a Mozart (o a Isbells o a Shins, en otra categoría) , para quienes ven  Fargo  o House of Cards, para quienes leen a Foster Wallace o a Vila-Matas, para quienes están suscritos a Jot Down  o al New Yorker  y no se pierden la última exposición en una galería del barrio de Salamanca (o en el Pompidou o en la Tate Modern) todas esas personas de baja estofa cultural no son más que unos parias. Curiosamente, la izquierda política suele ser muy benévola con los parias económicos, pero sus miembros son tan intransigentes, clasistas y segregacionistas como los que más cuando se trata de parias culturales. Cualquiera diría que, ante un escaso capital cultural, los potentados culturales estarían interesados en favorecer el ascenso cultural de los parias intelectuales; sin embargo, el clasismo y la oligarquía cultural desprecia con saña y sin contemplaciones a esos "indigentes" culturales, de los que desea distanciarse a toda costa.

Con frecuencia se utiliza la cultura para diferenciarse de los parias efectivamente económicos, pero lo que me interesa destacar aquí -porque es lo que me está asombrando últimamente- es que el clasismo cultural y el segregacionismo cultural del que hacen gala los aristócratas culturales está adquiriendo tintes vergonzosos y nauseabundos. Cuando algún simplón ignorante me viene con el cuento del "mal gusto" de ciertas personas ("de la clase baja cultural", quieren decir), siempre recuerdo las palabras de Madame de Staël, que afirmaba con gran sensatez que era de muy mal gusto hablar del buen gusto. En determinados círculos de Facebook o de Twitter, en ciertas revistas, en programas de televisión, en presentaciones literarias, en películas y en series se está afianzando ese repugnante clasismo, irrespetuoso y fascista, contra quienes no pudieron adquirir cierto capital cultural. Todos los fines de semana, desde revistas culturales y generalistas, se desprecia a quienes tienen gustos que no se ajustan a los estándares de la oligarquía cultural y literaria (lowbrow  o middlebrow, se denominan), cuando a poco que se rasque se adivina que esos gurús de la intelectualidad y la cultura tienen en realidad muy poquito que ofrecer. 

Junto al desprecio clasista y segregacionista de los "aristócratas" culturales, constantemente vemos a personas intentando desesperadamente alcanzar el estatus de la oligarquía cultural, esforzándose con Joyce, con Woolf, con Ginsberg, con Pynchon, con D. F. Wallace, con Rothko, con Bacon, con Hayden, con REM, con First Aid Kit, con Sorrentino o con el último director iraní. De todos modos, no es fácil que la oligarquía deje de mirar a los advenedizos por encima del hombro. Y no es fácil que las puertas de los palacios culturales se abran a intrusos, pero buena parte de la gracia que tiene todo este asunto es que puede ocurrir que uno no esté muy interesado en entrar en dichos palacios, donde últimamente apesta a podrido y a rancio. 

St Petersburgo
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