El mejor oficio del mundo

Todo el mundo sabe que el mejor oficio del mundo es el oficio de escritor.

No hay profesión que depare más satisfacciones y alegrías, más placeres estéticos e intelectuales, más algarabías y zafarranchos que la sublime profesión de las letras. Cierto es que algunos escritores se quejan con quejumbres quejumbrosas del dolor inherente al afán escriturario, y lamentan el mucho dolor que les causa el hecho de escribir, y cuánto sufren, y cuánto dolor se les agrupa en el costado, que por doler les duele hasta el aliento. Sin embargo, no debe el ingenuo lector pensar que este dolor es dolor de verdad: es dolor fingido, del que suscita conmiseración o lástima, porque muchos autores se complacen en excitar esa emoción en los demás; y otras veces es gustoso dolor, como aquel de Sacher-Masoch, y por tanto conviene imaginar a estos autores dando placenteros gritillos de dolor mientras gozan hasta la sinrazón del arte de escribir sus sufridos sintagmas y complementos.

Pero salvo esas doloridas (y gozosicas) excepciones, los autores disfrutan enormemente de su oficio. Antaño ser escritor era un suplicio: en la Edad Media tenías que pasar siglos copiando tetrástrofos monorrimos y empeñándote en el trivium y el quadrivium hasta conseguir que te prestaran medio pergamino para escribir un romancillo original. Y en el Renacimiento tenías que pasar años en los studia leyendo a Séneca, a Cicerón, a Quintiliano, a Tito Livio, imitando a Horacio y a Virgilio hasta la extenuación, perfeccionando tu exégesis bíblica... ¡un horror! En el siglo XVIII la cosa no mejoró: todo eran retóricas y gramáticas, en octavo o dieciseisavo, pero con más de ocho volúmenes cada una, y no pasabas de curso si no clavabas un pentámetro yámbico en griego o te aprendías de corrido la epístola Ad Pisones.

Por fortuna, todos esos dolores de cabeza ya han pasado. Aún hay quienes insisten -cegados por la ignorancia y ciertas costumbres periclitadas- en que para ser escritor hay que estudiar Lingüística e Historia de la Literatura, y Teoría de la Literatura, y otras muchas disciplinas. Paparruchas. Por fortuna, basta con tener muchas emociones dentro de uno mismo para poder entregarse al arte literario. Como hay muchas variantes estilísticas, también puede uno dedicarse, por ejemplo, a la literatura incomprensible: basta con tener leves problemillas sintácticos y mucha afición a la verborrea. ¡Esto es un éxito seguro! Las denominadas autoficciones, las novelas de crímenes espantosos, de enamoramientos lánguidos, las novelas de pornografías ligeras o las de gente perturbada completan parte del repertorio. Gracias a las musas, basta con tener ansias escriturarias para escribir: si la cosa se tuerce, siempre contarás con un editor que te adecente la casa o con un periódico amigo que convenza a los lectores de las bondades y las maravillas de tu obra.

Uno de los grandes placeres del oficio escriturario es la relación con otros autores. Antaño la relación entre los escritores era espantosa. Por fortuna, los tiempos gongorinos, lopescos, cervantinos y quevedescos han quedado atrás, y hoy los escritores se respetan y se aprecian sinceramente. Yo no he visto envidias ni rencores, ni resentimientos o inquinas injustificadas: todo son amabilidades, cooperaciones, abrazos y sonrisas. El escritor -esto es de justicia recalcarlo- tiene hoy un único deseo: buscar el arte literario por encima de todas las cosas. A nadie se le ocurre que un escritor actual esté pensando en unos cuantos miles de euros cuando está escribiendo su obra. El escritor de nuestros días sólo piensa en sintagmas nominales y oraciones de relativo, en metonimias y metáforas, en conjunciones y epítetos. La vanidad de otros tiempos también ha pasado a mejor vida: ningún escritor vive pensando en aparecer en tal o en cual periódico o suplementillo cultural, o en tal televisión o en tal cadena de radio. Así es: estoy por pensar que los escritores de hoy ni siquiera conocen el significado de las palabras vanidad o avaricia.

Además, el mundo literario cuenta con la ayuda impagable de los editores y los críticos. Unos y otros tienen superpoderes asombrosos: el escritor puede pasar meses, y años, redactando una novela, pero ellos son capaces de desentrañar todos los misterios de la obra con una sencilla lectura de un par de horas. A veces, sólo con echarle un vistazo -o leer un resumen- ya saben si la novela es buena o mala, y cuáles son sus características principales, y dónde ha acertado y dónde ha fallado el autor. En el caso de los críticos, además, hay que añadir la inspiración divina, que les permite averiguar en las novelas conceptos que al autor ni se le pasaron por la cabeza y que -incluso- jamás tuvo la intención de plasmar. Lo bueno que tiene el Espíritu Santo Crítico es que opera como ácido lisérgico, y permite vislumbrar en los textos aspectos que nadie es capaz de ver ni apreciar, salvo el propio crítico. Por eso a la mayoría de los críticos les trae al fresco lo que los autores puedan decir de su propia obra: ¿quién necesita al autor cuando se tiene a mano al mismísimo Espíritu Santo? Por otro lado, no hay ni puede haber en este mundo personas más generosas que los críticos: aunque nadie les pide su opinión, ellos ofrecen sus visiones lisérgicas y espirituales gratuitamente, sólo por amor literario y por vocación didáctica. Nunca se había visto tanta generosidad en el mundo literario. Por otra parte, jamás he conocido ni he sabido de ningún crítico que haya actuado por resentimiento, inquina, malevolencia, afán de lucro, avaricia, adulación o servilismo. 

¿No es delicioso este Paraíso de las Letras? Amabilidad, fraternidad, cooperación, respeto, humildad, estudio, esfuerzo... Todos los valores verdaderamente humanos se concentran en el ámbito libresco, donde la sabiduría y el espíritu del conocimiento se reúnen para dar a la Patria sus mejores frutos. No es extraño que haya tantos aspirantes a entrar en el Parnaso. ¿Quién no querría gozar de este ambiente de ilustrada e intelectual convivencia? ¿Eh?

Imágenes del estudio de diseño gráfico  2x4 Inc., NY.