Caminos solitarios

Todos los escritores transitan caminos solitarios, pero algunos son más solitarios que otros (como dirían los habitantes de Animal Farm). En el libro Rituales cotidianos de Mason Curry (Turner, 2014) un sustancial número de artistas, científicos, escritores y pensadores explican cuáles son sus manías y costumbres a la hora de emprender la tarea de crear, descubrir o inventar. La mayoría de ellos, como es natural, hablan de salas o estudios solitarios a los que se retiran, cual ermitaños, y en cuyas sombras se sumergen para generar mundos ficticios o prodigios tecnológicos.

 

En el mundo de la creación literaria la soledad y el aislamiento son casi preceptivos. Es cierto que algunos escritores fueron capaces de abstraerse en mesas de cafés o en vagones de ferrocarril y que en semejantes condiciones dieron al mundo notables obras literarias, pero lo habitual es la soledad. Supongo que esta hiperactividad mental conduce con frecuencia a la neurosis y la inestabilidad emocional. La mayoría de los problemas a los que hace frente el escritor no guardan relación con la trama -salvo en escritores de saldo- sino con otros elementos decisivos, como la voz narrativa, la perspectiva, la estructura o el dibujo de los personajes, entre otros mil aspectos.  Una conocida escritora (y sin embargo amiga) lo tenía todo dispuesto para emprender la tarea de escribir su novela, pero era incapaz de encontrar "la voz", un término poco filológico que habitualmente suele aplicarse a lo que la crítica literaria denomina "el estilo", es decir, el conjunto de rasgos sintácticos, morfológicos, semánticos, estructurales, ideológicos o históricos que caracterizan a un autor. El control sobre el estilo, o, en otros términos, la uniformidad y la solidez de la voz en el conjunto de una obra, es uno de los rasgos determinantes de la habilidad y la capacidad literaria de un autor.

 

El escritor debe ocuparse personalmente de la mayoría de los problemas que genera su trabajo. Algunos autores con poco control sobre su obra necesitan la colaboración externa (editores, correctores, amigos, consultores) y, con su ayuda, consiguen equilibrar sus textos: la capacidad para ver en su globalidad una obra concreta es una habilidad propia de los editores... (aunque muchos apenas son capaces de ocuparse de la ortotipografía y de algunos detalles léxicos o semánticos). En todo caso, el verdadero escritor se ocupará de todos los problemas que surgen en un trabajo de redacción, y se empleará en cortar, ordenar, mutilar, corregir, ampliar, sintetizar, eliminar, subrayar, etc., todo lo que sea necesario. Todo ello, también con mucha frecuencia, en la más completa soledad.

 

https://www.instagram.com/josecvales/
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Aunque muchos escritores ya vienen psicóticos de serie, otros tantos adquieren cierta inestabilidad emocional con el desempeño de su trabajo. La soledad, la oscuridad, la concentración, la reiteración de ideas, el esfuerzo intelectual, la planificación, el estudio, el análisis o la documentación -estoy hablando de escritores, no de aficionados al garabato- no hacen sino empujar al escritor por la pendiente de la psicosis. (De ahí que la mayoría sean seres insoportables, carcomidos por la envidia, la vanidad o la más pura estulticia).

 

Uno de los problemas más graves de la psicosis literaria es la duda. En general, los editores coinciden en esta apreciación: la mayoría de los autores son inseguros, dubitativos, acomplejados y mentalmente frágiles o inestables. Son clásicas las pataletas inmediatamente anteriores a la publicación de una obra, cuando pretenden cambiarlo todo y acusan a diestro y siniestro de estar conspirando contra ellos. Curiosamente, la capacidad para resolver estas dudas deriva de a) una formación literaria y filológica solvente, o b) de una completa necedad. El autor que mantiene firmes los hilos de su teatro literario es capaz de ver dónde es necesaria la intervención. Los más torpes, por su parte, nunca dudan de la bondad de su trabajo literario.

 

Las dudas son tan necesarias como la firmeza tras una decisión. Como cuando uno decide subir una montaña -y hay pocas analogías que se ajusten tan bien al acto de escribir-, el autor debe escoger el camino, y decidir por dónde y cómo ascender. Y aquí también hay caminos empinados, tortuosos, solitarios y transitados.

 

Tengo para mí que los caminos de la literatura española actual -como si los autores y los críticos no tuvieran ni la más remota idea de lo que está ocurriendo en el mundo- no son caminos de montaña, difíciles y empinados, sino pistas forestales por donde transitan todos juntos en reata, mirando de reojo y con desconfianza a los que se internan en el bosque buscando otros senderos. Conozco a algunos autores (pocos, y a un par de críticos) que han conseguido abandonar la pista forestal de las imitaciones propias del siglo XX y que han emprendido un camino ajustado al siglo XXI. Por lo que a mí respecta, hace tiempo que decidí que el siglo XX está literariamente acabado y envejecido, incapaz de dar soluciones estéticas, ideológicas y filosóficas a un mundo completamente nuevo.

 

Es posible que me despeñe por estos nuevos caminos poco transitados, pero no me importa. Un caminante solitario es digno de lástima, pero el que participa en una excursión con otro centenar de domingueros ni siquiera merece llamarse caminante.

 

https://www.instagram.com/josecvales/
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