Samarcanda no existe

Hace algunas semanas, deambulando por las renovadas salas del Museo Arqueológico Nacional de Madrid (MAN), una buena amiga y yo recordábamos un proyecto épico en el que estuvimos a punto de embarcarnos. Los horrores de este mundo caótico y violento impidieron que en su momento pudiéramos llevar a cabo semejante hazaña. Y por otra parte, convirtieron a quien esto escribe en un arqueólogo de salón: acompaño a Schliemann, a Evans, a Carter, a Champollion y a todos los demás en  sus aventuras, pero me veo obligado a reducir mis periplos por desiertos, junglas y ruinas a la pura y simple imaginación. Mi pasión por los libros en los que se narran las peripecias arqueológicas puede justificar, tal vez, la triste experiencia de tocar papel en vez de piedras labradas hace dos mil, tres mil o diez mil años.

Treinta años atrás, un grupo de jóvenes estudiantes de distintas disciplinas nos reuníamos en los cafés de Salamanca para entregarnos a discusiones literarias y a ensoñaciones futuras. Uno de mis proyectos más queridos consistía en aventurarnos con nuestras mochilas en los desiertos de Oriente. A decir verdad, no me importaba mucho si nuestra aventura comenzaba en El Cairo o en Estambul. Siempre que en aquellas conversaciones se mencionaba Estambul, había alguien que se negaba a hablar de tal ciudad si no se corregía el nombre para llamarla Constantinopla o Bizancio. Para mí la aventura comenzaba cada vez que escuchaba Golden Brown de The Stranglers: era perfectamente capaz de imaginar los mercados de El Cairo, y las rutas de las pirámides, y los ciclópeos templos junto al Nilo... igual que el Gran Mercado de Estambul, y Santa Sofía, y el estrecho del tumultuoso mar de Mármara...

 

Damasco (via Time.com)
Damasco (via Time.com)

Nuestro proyecto de estudiantes mochileros partía de Constantinopla o de El Cairo, pero no recuerdo que hubiera ninguna ruta fija a partir de ese momento.  Años después, cuando algunos de nosotros cumplimos la treintena, el proyecto se ajustó más a las necesidades de los integrantes de la caravana. Íbamos a partir de una de las dos urbes citadas (se lanzaría una moneda al aire para decidirlo), pero en todo caso luego iríamos directos a Jerusalén. De allí, hospedándonos en hoteles y viajando en nuestros jeeps o 4x4, pasaríamos por Tiro, para encaminarnos después hacia Damasco. (Mis preferencias exigían detenernos en pueblos y ruinas arqueológicas relacionadas con grandes momentos biblicos, pero mis compañeros de viaje esgrimieron una excusa implacable: si nos empeñábamos en un viaje bíblico, jamás saldríamos de Israel y Palestina). Así pues, había que ir a Damasco cuanto antes; sin embargo, Petra y Tiro eran lugares que no podían pasarse por alto... Tras algunas tensiones derivadas de las rutas a seguir, se decidió que el siguiente gran hito en nuestro camino sería Bagdad. ¡Qué maravillas no encontraríamos en aquella ciudad! Después, Isfahán, Islamabad y Samarkanda...

Era el viaje de nuestras vidas: un mundo exótico poblado de zocos y mercados, cúpulas y mezquitas, especias y alfombras, colores imposibles, sabores exquisitos y olores embriagadores, lenguas ancestrales y mitologías olvidadas... Nuestro viaje duraría dos meses y medio, tal vez tres, y recorreríamos con espíritus arrobados las plazas de aquellas ciudades que durante muchos años ocuparon nuestra imaginación de estudiantes. La ciudad vieja y el barrio judío de Jerusalén, con la Iglesia del Santo Sepulcro y el Muro de las Lamentaciones, el Templo de Júpiter en Damasco y la tumba de Saladino, las ruinas de Palmira, el minarete de Muktafi en Bagdad, la plaza de Naghsh-i-Jahan en Isfahán o la fabulosa madrasa Ulugh Beg en Samarcanda...

Jerusalén (via TimesofIsrael)
Jerusalén (via TimesofIsrael)

Todos aquellos proyectos, uno tras otro, fueron quedando en nada. Nuestros problemas financieros (que eran muchos tanto en 1985 como en 1995) eran de poca importancia comparados con los verdaderos motivos que imposibilitaban nuestro maravilloso viaje. La situación política hacía imposible un viaje desde El Cairo a Jerusalén, y muy improbable el trayecto desde Estambul. Ya casi no nos importaba que el gran mercado de Estambul fuera un recuerdo con dos tiendas de especias y un sinfín de puestos de ropa pirateada y cutre: si al menos pudiéramos visitar las mezquitas... El conflicto en Israel, Palestina y el Líbano, que parecía interminable -y lo es, en realidad- impedía el paso de nuestra caravana; en aquella época aún existían Palmira y Damasco; ahora ya no. Y cuando estábamos pensando en Bagdad, las fuerzas aliadas emprendieron la conquista de Iraq: fue el primer conflicto armado retransmitido por televisión. Durante años, Irán e Iraq habían mantenido una feroz guerra en la que los dos pueblos se masacraron impunemente. Irán incluso se había enfrentado a Estados Unidos y se había embarcado en una regresión en el tiempo que asombró al mundo. De Islamabad y Samarcanda... ¿qué quedará hoy, tras las guerras de la URSS y EEUU en aquellas lejanas y exóticas tierras?

Ante los restos arqueológicos del MAN, mi amiga prometió llevarme a Egipto y enseñarme sus mercados, sus pirámides, sus museos y sus templos. Ojalá cumpla lo prometido -y ojalá no saltemos por los aires gracias a un terrorista suicida yihadista-. Será una compensación a la tristeza que me invade cuando recorro con las yemas de los dedos esos lugares en mis atlas y mis mapas. Creo que ya nunca visitaré esos lugares y tendré que conformarme con los libros y mi imaginación.

Samarcanda ya no existe.

 

Samarcanda (via Wikimedia)
Samarcanda (via Wikimedia)


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