Simulacros

Dicen los académicos de la RAE que un 'simulacro' es una imagen hecha a semejanza de algo ("especialmente sagrada", añaden). Desde el punto de vista de la precisión semántica, bien podría valernos aquí esa definición de simulacro como objeto "hecho a semejanza" de otra cosa. Pero me parecen más afortunados y comprensibles los sinónimos que ofrecen en la acepción #3: "Ficción, imitación, falsificación". 


A poco que observemos con cierto desinterés el mundo que nos rodea, intuiremos que vivimos en el mundo del simulacro: en el mundo de la imitación y la falsificación. La apariencia o semejanza tiene tanto predicamento como lo original y auténtico. La imitación, la falsificación y el simulacro se han convertido en parte de nuestro mundo, y lo que pudo ser vergonzoso antaño se mira hoy con normalidad e incluso con complacencia, y no parece decisivo identificar lo auténtico y distinguirlo de su imitación o simulacro. La ropa, los artículos domésticos, los dispositivos electrónicos, los juguetes, los productos de alimentación, el arte... todo se imita, se suplanta y se falsifica. Son las reglas implacables de la industria. (Considerémoslo nosotros, amigos luciérnagos, con la distancia de quien no se siente concernido o como el científico que describe el movimiento de los microbios y las amebas, pero ni lo juzga ni lo evalúa moralmente). 

 

No puede extrañar a nadie que el mundo del libro se haya metido hasta los corvejones en esta corriente del simulacro. El mundo del libro es también una industria y utilizará todos los recursos industriales (publicidad, márketing, implantación, tergiversación, simulación y competencia) para vender su producto. A la industria editorial no le preocupa la literatura, sino la venta de libros. Y sabe qué recursos puede emplear para vender libros. Curiosamente -y esto es lo interesante-, la industria sabe que la idea de "alta literatura" también vende libros. Y como no es fácil encontrar escritores que puedan ofrecer grandes obras, nos propone "simulacros literarios" que los aficionados más elitistas compran a ciegas. Los lectores "selectos" se niegan a reconocer que, bajo la apariencia de "alta literatura", les están colando los productos más infames y deplorables de la industria literaria. En fin, no es necesario abundar en el tema: todos sabemos de determinados productos de pretendida alta cultura que han alcanzado esas "cumbres" mediante geniales operaciones de propaganda. Algunos lectores (tímidos) intuyen que se les está dando gato por liebre y que, en otras circunstancias, esa obra no habría pasado de ser un producto destinado al olvido; pero hay personas dispuestas a perseverar en el autoengaño y jamás serán capaces de ver los bigotes del gato en determinados sellos editoriales conejiles, o detrás de determinados nombres, o escondidos en las páginas de tal o cual suplemento literario... Los devotos de las apariencias jamás reconocerán -ni en el lecho de muerte- que han pasado media vida leyendo simulacros literarios.  Son los mismos que soportarán ampollas e incomodidades infinitas con sus Nike, pero jamás se plantearán cambiar de marca; o los que saben que cualquier teléfono les ofrece las mismas o mejores prestaciones que un Apple, pero ni se les pasa por la imaginación la posibilidad de abandonar el prestigio  de la manzana.

 

Resulta muy gracioso observar la pasión por las "marcas literarias" (sellos editoriales, autores, editores, librerías, suplementos, críticos, etcétera). La pasión de algunos lectores por dichas "marcas literarias" tiene una consecuencia inmediata que los industriales conocen bien: se les puede colar morralla a espuertas con la seguridad de que el estafado siempre defenderá el producto por su marca. Estos mismos devotos jamás adquirirán un libro de una "marca" que consideren "inferior", y preferirán mil veces una bazofia envuelta en una marca de prestigio a una buena obra publicada por una editorial, digamos, popular. Los esnobs son como los bebés: el papel de colores brillantes que envuelve el regalo siempre les llama más la atención que el propio regalo. Y la industria editorial conoce a la perfección a estos elitistas miopes, así que les endilga toda la morralla que puede bien envuelta en papeles de colores, con un lacito de lentejuelas y con un logotipo bien grande.




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