Eso crees tú

En mis tiempos universitarios se contaba un chiste muy popular entre los filólogos: decía que un escritor, después de morir, ascendía al Parnaso y, allí, en las laderas del glorioso monte, la Musa guardiana le preguntaba cuáles creía el hombre que eran sus méritos para que se le dejara entrar en la morada de los poetas. El escritor contestaba: "He dedicado toda mi vida a la literatura". La Musa lo observaba durante unos minutos y le contestaba: "Eso crees tú".

Hace ya años que la imagen de ese pobre escritor en las laderas del Monte Parnaso no se aparta de mi pensamiento. Sé de algunos escritores, editores, críticos y lectores a los que probablemente les ocurrirá lo mismo que al protagonista del cuento. Al pasar la laguna Estigia o al presentarse ante San Pedro en el cielo, se les preguntará qué han hecho durante su existencia terrenal y contestarán: "He dedicado toda mi vida a la literatura"; y los santos, o Dante, o Virgilio, o las Musas o Minerva le contestarán: "Sí, eso crees tú". No voy a ser tan vanidoso como para negar que eso me pueda ocurrir a mí también. Como esos escritores, editores, críticos o lectores, yo también creo haber dedicado toda mi vida a la literatura.

Aquel chiste, repetido hasta la saciedad a principios de los noventa, remitía a la pasión que algunas personas tenían por lo que en aquel entonces se llamaba "subliteratura" o "literatura popular", o se designaba con otras fórmulas denigrantes. Con el tiempo aprendimos a ser más prudentes: sabemos que algunos ejemplos de lo que un día fue literatura popular se transformó con el paso del tiempo en "alta literatura", y lo que fue "alta literatura" pudo transformarse en elitismo vacuo y olvidado. Los meandros y canales entre la "alta literatura" (cultura elitista, en general) y la "cultura popular" son más frecuentes de lo que creemos, y las aguas de uno y otro caudal se mezclan con insólita frecuencia. Esa es la razón por la que quienes creen estar dedicando toda su vida a la literatura puede que estén entregando su tiempo y su esfuerzo a la nada y el olvido. No es tan fácil decir qué es literatura, buena literatura, literatura basura y pseudoliteratura. Y quienes lo juzgan deberían estudiar más Historia de la Literatura para no cometer ridículos errores o, aún peor, deplorables injusticias.

Jean Shrimpton, 1964
Jean Shrimpton, 1964

Esto me ocurre, y es posible que le ocurra a algún lector luciérnago: que leo a escritores que hablan de su "literatura" cuando yo no veo en sus páginas ni rastro de aquello que me enseñaron que era literatura; que leo a críticos que alaban textos en los que no distingo ni un solo rastro de literatura (y a veces, ni siquiera de gramática); que leo opiniones de lectores sobre una "literatura" que me resulta completamente ajena y desconocida; y leo a editores que nos proponen textos en los que me cuesta adivinar dónde demonios andará la literatura. Por otra parte, esto hay que reconocerlo, es posible que ellos piensen lo mismo de mis escritos o de otros que yo considero maravilloso arte literario. 

Creo sinceramente en la prudencia en el juicio literario, y creo que el juicio literario -y la prudencia y honestidad que deben regirlo- sólo se adquiere con el estudio, y no con la soberbia o el paternalismo. Hay lectores, escritores, críticos y editores que sólo consideran literario un modo concreto de escritura, y por esta razón parece imperar en nuestros días una suerte de limitación estilística y genérica que me resulta empobrecedora. Los textos semi-líricos, intimistas, sentimentales y "emocionalistas" invaden las librerías y, desde luego, cuentan con mucha aceptación, al igual que la seca brevedad estilística (en general) de la novela negra. Este tipo de escritura, como el abundantísimo "asustaviejas" (con numerosos tacos, expresiones groseras y afán de escándalo), se ha convertido en el "paradigma" de la escritura literaria, dejando prácticamente fuera de la catalogación literaria todo lo que no sea semilírico, sentimental, intimista, noir, grosero, plano o no se adapte a estos gustos predominantes.

Podría ocurrir que estos modos narrativos (no lo llamaremos estilo, de momento) acabaran acaparando toda la narrativa, que no se distinguieran voces, modelos o fórmulas distintas. Sé que hay personas a las que les cuesta aceptar que haya fórmulas narrativas que no se adapten a ese "simulacro literario" cargado de sentimentalismo y emocionalismo íntimista, a medio camino entre un liviano pensamiento hippie y las consignas adolescentes de Facebook y Twitter. Por lo mismo, a mí me podría costar admitir que en muchos de esos textos hubiera un ápice de literatura. Más vale que ampliemos horizontes y comprendamos que las voces personales e individuales de cada autor son necesarias e incluso imprescindibles. Cuando el autor siente que se le desprecia por no utilizar las fórmulas convencionales y entiende que no tiene "derecho" a utilizar otros modos narrativos más que los imperantes y los que están de moda... no sólo se desploman elementos esenciales de la literatura (la libertad creativa y la singularidad), también es un indicio de que se está petrificando la mentalidad y la sociedad en la que vive.



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