Psicologismo, emocionalismo y peste bubónica

De Últimas sesiones con Marilyn (Michel Schneider / Patrick Jeudy) uno no puede extraer más que una conclusión: que el psicoanalista Ralph Greenson era un psicópata peligroso que, como él mismo reconoció, pudo haber abocado a la actriz al suicidio. El psicoanálisis, que tantas vidas segó y destrozó a lo largo del siglo XX, obligando a personas frágiles o inseguras a creerse perturbadas, no queridas, con problemas mentales irresolubles o simplemente locas, ha sido seguramente una de las disciplinas más nocivas y peligrosas de la historia de la Humanidad. La idea de que la razón y la consciencia son elementos secundarios en la vida de las personas (frente al todopoderoso subconsciente) pareció instalarse en la mentalidad del siglo XX con unos resultados emocionalmente desastrosos y culturalmente deplorables.

Sigmund Freud fue una de esas personas capaces de labrarse una magnífica reputación sin haber hecho nada que la mereciera. Desde luego, ni Freud descubrió el inconsciente ni la mayoría de los conceptos típicamente freudianos (la sexualidad infantil, la represión, la regresión o la libido) son tampoco de su cosecha. Las primeras décadas del siglo XIX ya habían conocido la mayoría de las ideas que posteriormente Freud adoptó y tergiversó a su modo. Dejando aparte al precientífico Mesmer, podría hablarse de Von Feuchtersleben, que ya diagnosticó la psicosis; de Jean-Martin Charcot, que utilizó la hipnosis como terapia; de Max Dessoir, que perfiló la idea del inconsciente en 1890, etcétera. Todos partían de ciertas ideas auspiciadas por el romanticismo y, naturalmente, surgidas de las investigaciones dieciochescas. Otros nombres prefreudianos son Pierre Janet, Debreyne o Jules Michelet. La técnica de la "asociación libre" tampoco la inventó Freud, sino Francis Galton en 1879.

Como otros muchos vanidosos (fantaseaba imaginándose que era Aníbal, Cromwell o Napoleón, Copérnico o Leonardo da Vinci), Freud acudió al victimismo para hacerse un nombre. Lloriqueaba diciendo que el mundo había sido hostil a sus libros y teorías revolucionarias, cuando en realidad tuvieron una acogida inmediata y fabulosa. Los estudiosos dicen que las ideas del médico austriaco fueron recibidas con entusiasmo. Aun hoy los turistas van en peregrinación a ver el diván vienés de Freud y es improbable que haya una casa en el mundo que no albergue La interpretación de los sueños (del que su autor dijo que era obra única en la historia de la Humanidad, naturalmente). Freud nunca tuvo problemas para publicar sus obras y, bien al contrario, enseguida contó con el favor de algunos artistas destacados del siglo XX, entre ellos André Breton, Salvador Dalí o Luis Buñuel. (Aunque algunos de ellos, como Dalí, por ejemplo, acabaron admitiendo que semejantes teorías eran buenas narraciones, pero nada tenían que ver con el arte).

Salvador Dalí y Man Ray en París (1934)
Salvador Dalí y Man Ray en París (1934)

De los textos del propio Freud (como los del tratamiento a la famosa Anna O.) se deriva que "todo el edificio del psicoanálisis está basado en observaciones y pruebas clínicas que, en el mejor de los casos, contienen errores o resultan dudosas, y que, en el peor de los casos, son fraudulentas", dice P. Watson. Hoy se sabe hasta qué punto falseó los resultados, forzó a sus pacientes en sus declaraciones, usó el voluntarismo como metodología científica, trabajó con mistificaciones simbólicas o se atrevió a "adivinar" los "traumas" de sus pacientes. El "fraude freudiano" es tan evidente que incluso él mismo confesó a sus colegas neurólogos que todo eran embustes, aunque "por supuesto, no lo diré".

Las ideas y las mentalidades son estructuras que necesariamente hay que trabajar en el laboratorio de la longue durée. (Su análisis, desde luego, excede el espacio que se le puede dedicar en una breve entrada como la presente, pero el lector avezado descubrirá enseguida dónde habría que matizar generalizaciones). Y la idea del "psicologismo" -o la concesión de valores suprarracionales a las supuestas entidades inconscientes- ha sido una de las más afortunadas desde que se propagara como la peste bubónica a principios del siglo XX (y casi con los mismos efectos devastadores). El psicologismo y su perverso veneno no sólo hicieron mella en Marilyn: escritores, actores o pintores acabaron pensando que estaban dominados por los demonios de su inconsciente, que eran unos pervertidos, que tenían traumas infantiles, que sus sueños revelaban su mentalidad paranoica o esquizofrénica... Del mismo modo, algunos escritores concedieron más valor a las turbulencias del "flujo de conciencia" que a la razón, y aún se siguen considerando grandes mitos de la literatura occidental. La influencia de esta idea recorre, desde los primeros años del siglo XX, la literatura occidental, obligándonos a leer interioridades ficticias relacionadas con las emociones y no con la razón. La importancia del emocionalismo es tal que incluso las grandes corporaciones industriales aluden a las "emociones" o los "sentimientos" para vender sus mercaderías. (Incluso se ha puesto de moda el sospechoso y contradictorio término "inteligencia emocional", cuya semántica espantaría a cualquiera medianamente ilustrado). En el arte, el psicologismo, el emocionalismo o esta especie de "sentimentalismo emocional" ha dado sin embargo algunos frutos apreciables, sobre todo en la poesía y en algunos brotes de narración poética. Las expresiones modernas que aluden a la "necesidad imperiosa de escribir", a un "mandato" o un "destino", a un "no poder vivir sin escribir", a escribir desde "dentro", a las "impresiones" o a las "emociones" literarias (frente a la historia, la ciencia, la teoría literaria, la filosofía u otras disciplinas semejantes) son los estertores de esa corriente psicoliteraria del siglo pasado. Entre los grandes literatos del siglo pasado, Virginia Woolf hablaba de la necesidad de contar la historia de acuerdo con lo que los personajes llevaran "dentro", T. S. Eliot se dejó llevar por ensoñaciones que sólo él comprendía y por su particular stream of consciousness, D. H. Lawrence aplicó la galería de perturbaciones sexuales inconscientes, James Joyce dejó hablar libremente al inconsciente, y la nómina se alarga durante años y décadas hasta nuestros días, donde muchos autores parecen convencidos de que su "vida interior", sus "emociones" o sus "sentimientos" merecen la consideración y el aprecio artístico general. Por desgracia, la crítica literaria en su mayor parte sigue empleando el método impresionista, emocional, sentimental o inmanentista heredado del psicologismo, y -por supuesto- inventando o suponiendo las ideas de los autores a los que parecen estar psicoanalizando.

La disciplina de la Historia de las Ideas proporciona este tipo de paisajes y, sobre todo, contribuye a situar en su contexto las obras de arte y la literatura que tenemos entre manos. Y no parece que el viejo, caduco y decrépito psicologismo -que cuenta ya más de un siglo- esté en vías de extinción: la buena reputación de las emociones frente a la razón y la fama del "mundo interior" frente a la conciencia responsable parecen indicar que los herederos del modernismo sentimental tienen brillantes perspectivas literarias... Ante semejante panorama, sólo cabe preguntarse con el célebre psiquiatra Anthony Clare cómo un personaje como Freud, que esencialmente "se lo inventó todo", ha tenido tanta fortuna, cómo un "charlatán retorcido y marrullero" pudo disfrutar de tanto prestigio durante la primera mitad del siglo XX, y cómo podemos seguir soportando una literatura que ya intuíamos fingida y que se asienta sobre elementos que son, simplemente, "una farsa".


Sigmund Freud (1856-1939)
Sigmund Freud (1856-1939)


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