Autocensura

En uno de los textos clásicos de la "socioliteratura" o la "historia de las mentalidades" -si es que semejantes designaciones pueden definirse como disciplinas ajenas a la crítica literaria-, Noël Salomon comentaba la singular y extraordinaria situación en la que escribieron los autores de la Contrarreforma. Ortega y Gasset, recuerda Salomon, habló de la "heroica hipocresía" de aquellos autores que tuvieron que crear en unas condiciones sociales ciertamente terribles. Y añade: "Queda claro que unos hechos como la Inquisición, las censuras o autocensuras, o cualquier factor ideológico o social que ejerce una presión en el creador no pueden dejarse a un lado". En realidad, la estructura política de la España contrarreformista no necesitaba ejercer mucha influencia sobre los autores, porque era la sociedad en su conjunto la que vigilaba los límites de la creación. No hay mejor policía que la conciencia, se decía antiguamente. Si el poder consigue que los creadores se ciñan por voluntad propia a determinados asuntos y determinadas formas, ya no necesitará organismos ni vigilantes ni censores que los pastoreen.

No es seguro que las organizaciones políticas de uno y otro signo que están implantando actualmente en España distintas modalidades de censura y coacción necesiten llegar a esos extremos. ¿Para qué necesitan leyes coactivas y penalizadoras cuando es la propia sociedad la que se ocupa de mantener a raya a la disidencia? Se ha instaurado así un equilibrio amenazante, agresivo y violento que no permite ir más allá de la moderación más reaccionaria. Incluso aquellos que se presentan como revolucionarios no son más que cachorritos del patrioterismo más apolillado, representantes de las ideas más blandengues de paz y amor de los años sesenta. Igual que los grupúsculos políticos españoles, que nunca han destacado por su brillantez intelectual y siempre han estado empecinados en adoctrinar a la gente, los grandes conglomerados industriales se han empeñado en hacer el ridículo censurando ciertas actitudes o ideas. Facebook, Twitter, Instagram y otras empresas, fariseas e hipócritas hasta límites vomitivos, se adaptan gustosamente a las tácticas del sometimiento intelectual más reaccionario. Pero semejantes métodos de censura no son necesarios.

Decía un famoso historiador de la ciencia que los movimientos culturales siempre encuentran oposición, y ello se debe a que a los hombres les cuesta modificar su visión del mundo y, además, los triunfadores de una sociedad están dispuestos a mantener contra viento y marea un statu quo del que obtienen poder y dinero. (De ahí, por ejemplo, que resulte tan difícil la superación del psicologismo sentimental que ha dominado la literatura del siglo XX, entre otras cosas, o que figuras de principios del siglo XX sigan conservando su prestigio como modelos literarios). La mentalidad actual (ideológica, pero sobre todo cultural, aferrada como un percebe moribundo a los viejos esquemas de la segunda mitad del siglo XX) se conserva y se mantiene gracias a la violencia y la agresividad. Se trata de una violencia paralizante que no permite ir más allá, ni razonar, ni pensar, ni discutir. Se trata de una violencia cobardona e irracional que resulta muy útil como Santo Oficio de la moralidad reaccionaria. El auge de la nadería, la frivolidad, la tontuna y el simulacro emocional guardan relación con esta permanente espada de Damocles que hemos instalado nosotros solitos sobre nuestras cabezas. Se diga lo que se diga, y no importa cuál sea el asunto, el tema o la reflexión, siempre saltarán cientos de voces violentas dispuestas a convencer al mundo de que lo mejor que puedes hacer es... ¡estar callado! Nuestra sociedad violenta y ególatra favorece la existencia de los trolls: freaks y tarados que arremeten contra todo lo que encuentran a su paso para asegurar que nadie saldrá impune ante una opinión que escape a la pasividad generalizada. El alarido, el gruñido y el pataleo son los modelos conversacionales actuales. Lo importante no es el razonamiento, sino la afirmación implícita de que nadie puede gozar del privilegio de tener ideas propias. No importa de qué se hable o cuál sea el asunto que se trate: siempre habrá un ejército de cafres dispuesto a alzar su griterío en las redes, en la prensa, en la televisión o en los libros, golpean las piedras y los árboles, gruñen y arañan, se hinchan como gorilas cuando se les hace caso (y se les hace caso siempre, pues son la moderna Inquisición). Su existencia no es inane, sino muy útil: la sociedad los utiliza como violentos inquisidores, pequeños Torquemadas que mantienen y conservan las rancias estructuras de nuestro mundo en un nivel de equilibrio, con su mentalidad castradora, su tiranía ideológica o sus cárceles de pensamiento. Prueben a hablar de cualquier tema o tratar razonablemente cualquier asunto desde una perspectiva ya no nueva, sino simplemente distinta, y de inmediato saltarán los pequeños representantes del Santo Oficio a comentar, apostillar, censurar, glosar, interpretar... Darán su opinión irrelevante, innecesaria y vacua a toda costa, y se envanecerán de poder discutir con cualquiera. Pero sobre todo, pondrán al ingenuo pionero a caer de un burro o... por decirlo más precisamente, le colgarán el preceptivo sambenito inquisitorial y lo trasladarán al patíbulo o la hoguera. 

La violencia verbal (y la autocensura resultante) es especialmente grave en el ámbito cultural, donde precisamente debería reinar la posibilidad de un razonamiento crítico. Los trolls, a menudo vistiendo los dignos ropajes de la "crítica literaria" en medios supuestamente respetables, y haciendo gala de una decrepitud repugnante, se aferran a los modelos con los que han llenado sus neveras durante el último medio siglo, e inciden en paradigmas obviamente superados (como el impresionismo crítico, la retórica "setentera" o el sonrojante emocionalismo literario, por ejemplo). Resulta asombroso que en la era de internet la élite cultural siga royendo los huesos del pudridero literario del siglo XX. 

El resultado de este sistema de vigilancia ideológico, intelectual y cultural es la autocensura. Para abordar con respeto las opiniones y los trabajos ajenos es necesaria una inteligencia y una formación de la que las élites culturales al parecer carecen: de ahí esa violencia que constantemente despliegan en periódicos, radios, revistas, televisiones o redes sociales. En este estado intelectual contrarreformista, la vida cultural resulta asfixiante y angustiosa. La autocensura y el regreso a labores menos llamativas son las consecuencias tristemente inevitables.




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