Sociopatías razonables

Aunque no soy persona hosca ni arisca, reconozco que las relaciones sociales desatan en mi organismo algunas consecuencias indeseables, como dolores articulares, desvanecimientos, sudor frío, contracciones musculares y múltiples problemas gástricos. Alguna vez he presumido a solas de mi tenacidad y coraje por tener el valor de enfrentarme a un auditorio repleto de gente o he presumido ante el espejo de mi fingida serenidad ante la perspectiva de una cena estival. En todo caso, siempre es agradable que mis familiares y amigos me consideren un hombre tímido -la timidez siempre ha estado bien vista- cuando en realidad sufro una horrible sociopatía.

Hace unos meses, ante la inminente llegada del verano, comencé a temer la convencional necesidad del "veraneo". En fin, la estación es propicia al parecer para la holganza, para el agotamiento turístico e incluso -he oído- para que los aficionados al garabato -de suyo holgazanes- comiencen a escribir. Un servidor, carente de cualquier emoción o simpatía respecto a las inevitables estaciones climatológicas, sólo teme la obligación de abandonar el cómodo cubil donde me entrego felizmente a mis labores cotidianas. Por fuerza tiene uno que veranear. Y como tampoco tuve jamás afición a las revoluciones, me ajusto -aunque a regañadientes- a las convenciones populares y durante unos días procuro hacer acopio del valor y la resolución suficientes para descolgar el teléfono y ajustar una habitación de hotel y unos billetes ferroviarios.

Por eso, aunque jamás he sabido para qué sirven las vacaciones ni por qué se organizan como se organizan, ni he tenido claro jamás qué se puede hacer con unos días libres, contraté una habitación interior en un hotel barato de una localidad industrial del norte, para la que los meteorólogos anunciaban abundantes lluvias y "fuertes bajadas de las temperaturas". Esperaba que esos cinco días de "merecido descanso" de los que todo el mundo hablaba transcurrieran rápidamente en dicha población. Para sobrellevar el descanso estival, acarreé varios libros de botánica y química de aminoácidos.

Llegado el día, me vi sudoroso y aterrorizado en la esquina de mi calle, con mi vieja maleta al lado y levantando la mano con ese ademán fascista que -por alguna razón- consigue que se detengan los taxis. El señor taxista dijo algo desagradable sobre una mujer que pasaba junto al vehículo y luego pretendió hacerme creer que en Madrid ya había más "moros" que españoles, al tiempo que proclamaba su asco y su repugnancia por todo, excepto por el deplorable estado higiénico de su propio taxi. En la estación, las "medidas de seguridad" -curiosamente- no consisten en detener a los ladrones que pululan a sus anchas por allí, sino en amargar la vida a los viajeros, haciéndoles sufrir esperas y filas en busca de los explosivos o las armas de destrucción masiva que llevamos junto a la toalla y la sombrilla. En el interior del tren, algunas personas procuran que todo el mundo conozca los tonos cuidadosamente escogidos para sus e-mails, sus mensajes de Whatsapp, sus notificaciones de Twitter, etcétera. Otros se esmeran en amenizar el viaje con las sintonias de sus teléfonos móviles, que no recuerdan a Haydn o a Mozart precisamente, sino a la alegre parranda de los polígonos periféricos. A su debido tiempo, el tren se inunda con los penetrantes olores de las albóndigas, la tortilla de patatas con pimientos, las inevitables naranjas y las crujientes y grasientas patatas. La joven que tengo enfrente considera que tiene los pies lo suficientemente limpios como para plantarlos en el asiento de al lado: es feliz escuchando cierto martilleo chicharrero que sale de sus auriculares y que puede escuchar todo el vagón.

Mi hotel, situado en un polígono industrial de cierta ciudad portuaria, está aislado: lo suficiente como "para que nadie le moleste", según el mugriento recepcionista. Sin embargo, milagrosamente, ocurre todo lo contrario, y lo único que tengo son molestias: del aire acondicionado, que seguramente acondiciona toda la cornisa cantábrica, a juzgar por el ruido que hace, y de los clientes del hotel, a los que oigo hasta en sus más precavidos susurros. Desde luego, en mi destino vacacional hay playa, aunque a juzgar por el aspecto que presenta fue en su vida anterior un after o una explanada botellonera. Acudo temeroso al arenal, sólo para comprobar la poca destreza de los niños con los balones, las pelotas y toda suerte de adminículos playeros, que siempre acaban golpeándome a mí. Reconozco que es agradable ver la esmerada educación de los fumadores, que esconden prudentemente las colillas de sus cigarros bajo la arena y las tapan a conciencia. Las voces, los gritos y los alaridos no permiten escuchar las olas del mar, pero a cambio nos ofrecen un preciso panorama de las dificultades fonéticas, morfológicas y sintácticas de la población española. 



A pesar de mis peculiaridades, que reconozco, me parece que sufro igual que el común cuando me resulta imposible comer un filete o cuando me toca lidiar con la producción gastronómica de un cocinero incapaz de distinguir un bacalao de un puerro. En fin, todo han sido inconvenientes en mis "ansiadas vacaciones" (como dicen), y no ha sido la menor asistir con sorpresa y estupefacción al horrible espectáculo de un hombre que afirmó con una convicción aterradora que el reguetón era música. Leer los periódicos sólo añadía angustia a mi exilio vacacional, pues en ellos todo era estulticia, violencia, degeneración, cambalaches y faltas de sensatez y de ortografía. A lo largo de todas mis vacaciones, y habiendo comprado dos y tres periódicos diarios, en ninguno he visto que se hablara ni de Tito Livio ni de Dioscórides. No sé qué piensan los directores de los periódicos que puede interesar a los lectores.

Aunque tenía previstas unas largas vacaciones de cinco días, las continuas estafas en los restaurantes y en otras instituciones españolas me desplumaron al cabo de pocas horas, y tuve que reducir mi estancia costera a sólo dos días. (No niego que semejante mutilación vacacional representó cierto alivio). Así que, al cabo de cuarenta y ocho horas, feliz y contento, embarqué en otro tren de regreso a casa. Y no me importaron ya todas las molestias e inconvenientes del trato con las personas y las organizaciones, sistemas y estructuras sociales, porque sabía que finalmente volvería a mi cubil, donde mi única desdicha es tener que soportarme a mí mismo. 

Abrí la puerta de mi casa y recibí con una calurosa sonrisa aquel olor a lugar húmedo, insalubre y cerrado. De nuevo en casa: el mundo es maravilloso.




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Comentarios: 1
  • #1

    molinos (viernes, 18 septiembre 2015 18:24)

    He estado por aquí, he leído esto y me ha gustado.

    Besos!