Hardware y software cultural

Hace algunos meses Anika Lillo me preguntaba en la revista Qué leer: "¿Por qué hay cultos lelos e ignorantes listos?" Casi a vuelapluma le contesté que me parecía que la inteligencia viene de serie y la instrucción no es suficiente para paliar la estupidez.

Examinemos esta extraña contradicción, por si pudiéramos sacar algo en claro. ¿Por qué ocurre que tantas personas lectoras y aparentemente cultas son unos perfectos mendrugos, groseros y destripaterrones?

 

Este ambiente cibernético en el que nos movemos es proclive a la simpleza y el infantilismo. (¿Qué reflexiones o ideas pueden ofrecerse en 140 caracteres, por ejemplo, si las ideas y las reflexiones lo son precisamente por los matices y las precisiones?). Internet -o, más bien, algunos sectores de internet- está poblado de sentencias y valoraciones que, a poco que se mediten, no son más que torpes balbuceos de la inteligencia. Y lo peor es que no resulta fácil librarse de semejantes necedades e insignificancias. La simpleza, la perogrullada o la pazguatería tienen el camino abonado: a veces parecen sentencias de uno de los filósofos de Diógenes Laercio después de un banquete con demasiado vino y otras son propias de Zorrilla, Espronceda o Bécquer cuando iban a la escuela. Por experiencia sabemos que la vacuidad hace mella en nuestra sociedad y que -por razones ignotas y seguramente sobrenaturales- no hay nada que cautive más a las masas que las simplezas vacías con aire poético.

Un grupo importante de dichos pensamientos o ideas carentes de cualquier fundamento guardan relación con el mundo cultural y libresco-literario en general.

Las palabras tienen el poder de cambiarnos... o no.
Las palabras tienen el poder de cambiarnos... o no.

Que los libros nos cambian, que sin los libros no somos nadie, que los libros están por encima de todo, que los libros nos hacen madurar, que los libros nos hacen más sabios, que los libros nos acompañan siempre, que los libros nos convierten en personas más prudentes e inteligentes...

Pues depende.

Hace unos días, conversando con una buena amiga respecto a las "mejoras intelectuales" que proporcionan los viajes, llegamos a la conclusión de que dichas mejoras sólo son posibles si el cerebro está receptivo o dispuesto a asimilar lo que la persona está viendo o viviendo y a reflexionar sobre ello. Viajar, en sí mismo, no mejora en nada a las personas si éstas no tienen la capacidad para asimilar lo que ven sus ojos, lo que respira su nariz y lo que tocan sus manos.

Y con los libros ocurre otro tanto. Los libros no sirven de nada si quien los lee tiene una CPU incapaz de procesar los datos. Para que nos entendamos: los libros, los viajes, la música, la escultura, el cine, etc. son el software, y nuestro cerebro es el hardware. Si nuestros componentes no son capaces de procesar la literatura, el arte, la música o las vivencias culturales, todo cuanto leamos, oigamos o veamos nos servirá de poco.

Ésa es la razón por la que (todos) conocemos a grandes lectores que son unos verdaderos mentecatos, a críticos incapaces de mantener un criterio artístico solvente, a editores que confunden literatura con simulacros literarios, a escritores que creen que las citas de Facebook y Twitter son el colmo de lo literario, y a verdaderos majaderos que sólo admiran aquello que son incapaces de comprender, y que leen abobados -como las vacas miran al tren- unos libros que sus mismos autores dijeron no comprender en absoluto y ser fruto de un momento de perturbación mental.

Sinapsis neuronales
Sinapsis neuronales

Desde luego, es probable que algunas personas con una cultura muy elemental sean unos maleducados mastuerzos, pero no es la regla general. Hay personas educadas, amables y generosas en todos los estratos culturales, del mismo modo que hay groseros, estúpidos y malvados en todos los sectores sociales. Y diré algo más: por experiencia puedo decir que no perdería una apuesta si me jugara algo a que hay más bobos, groseros, vanidosos, maleducados, viciosos, engreídos y zoquetes en el mundo de la cultura que en otros ámbitos de la sociedad.

Por otro lado, ¿qué poder pueden tener los libros, así considerados en general, sobre los lectores? Todo depende de los libros: hay libros repugnantes desde cualquier punto de vista (moral, literario, editorial y mecanográfico) y hay libros maravillosos. Pero la influencia que tengan sobre nosotros depende de nuestra estructura mental, no de los libros en sí mismos. Ni los libros, ni un sillón académico (o dos), ni una tesis doctoral, ni una cátedra, ni un escaño en el Parlamento, ni una dirección editorial, ni una página en un suplemento cultural convierten al necio en un sabio: bien al contrario, todos esos puestos de relumbrón no hacen sino destacar la estulticia del mostrenco que es incapaz de asimilar lo que lee, lo que estudia o lo que ve.

Las personas que vienen con la inteligencia, la bondad, la amabilidad, la discreción o la generosidad de serie aprovecharán los libros, el arte, la música o el cine, y disfrutarán de los grandes artistas y las grandes obras del ingenio humano, y se harán más sabios, y más prudentes, y más solidarios y amables y generosos. Pero a aquellos que son mezquinos, torpes, ofensivos, groseros y violentos de nada les servirá todo el arte, la sabiduría y la belleza del mundo, y seguirán siendo unos seres despreciables que no merecerán jamás ni un minuto de nuestro tiempo, por muchos libros que hayan leído, por muchas óperas que oigan o por muchos museos que visiten.


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Comentarios: 1
  • #1

    Elena Rius (martes, 30 junio 2015 08:47)

    Harta yo también de tanta majadería en torno al supuesto carácter casi sagrado de los libros, generalmente en forma de sentencia cursi ("Leer te hace mejor" y cosas así). Pues oye, depende. Ni todos los libros son buenos, ni todos los lectores son capaces de procesarlos. La verdad es que hay muchos de los que poco se puede extraer, por mucho empeño que le pongas...