Shakespeare y las hortalizas

Nunca deja de asombrarme que haya personas instruidas -e incluso ilustradas y cultas- que ignoren las esenciales diferencias que hay entre los libros y la literatura. Debería ser innecesario apuntar aquí lo que todo el mundo sabe: que se publican infinidad de libros, pero solo una mínima parte de esos libros contiene literatura. Los libros son el soporte habitual de la literatura, pero la literatura puede encontrarse en muros de piedra, en e-books, en planchas de bronce, en obeliscos o en papiros. La literatura puede encontrarse en la servilleta de papel de una taberna, y el libro más lujoso, editado en lustroso papel couché y en formato coffee table, puede no contener ni una pizca de arte literario. 

La distinción es tan obvia que me asombra la pertinaz confusión de dichos conceptos. Constantemente oigo a personas cultas escandalizarse ante la idea de que tal o cual presentador de televisión, tal o cual señora vespertina de frecuente alarido, tal o cual quinceañero internetero, tal o cual politicastro, o tal o cual advenedizo -el lector disculpará que un servidor no conozca sus nombres precisos- anuncien a los cuatro vientos que han compuesto una novela cuando apenas podrían componer una ensalada. Rasgarse las vestiduras por semejantes desperdicios del intelecto es tanto como si Velázquez se escandalizara por las pinturas de los niños de una guardería. Que los garabatos de esos "autores" aparezcan en soportes parecidos a los que se emplean para divulgar la obra Cervantes, Austen,Tolstói, Dickens o Galdós... bueno, es una desgraciada coincidencia, pero poco más. Y tampoco cabe indignarse porque esos libros se vendan a espuertas: también se venden más patatas, cebollas y repollos que obras de Shakespeare, y no creo que al autor del Hamlet -si lo supiera- le importara un bledo. 

La indignación por la publicación de ciertos libros es innecesaria. El sabio y prudente Marco Aurelio decía que es un error mencionar siquiera lo vacuo y despreciable, porque haciéndolo solo conseguimos concederle una publicidad que no merece. En una sociedad culta, esos libros deberían estar condenados a la indiferencia y al olvido, pero las gentes instruidas se indignan y así, involuntariamente, los promocionan, hasta el punto que uno llega a sospechar que prestan más atención a esos despojos del mercado editorial que a la verdadera literatura que dicen defender. Las editoriales y las librerías usan esa morralla libresca para equilibrar sus cuentas de resultados, no porque tengan ningún interés ni en esos libros ni en las personas que los compran. 

Hoy se inaugurará la Feria del Libro de Zamora -y también la de Madrid-, y ya estoy oyendo a los lectores más refinados protestar contra tal o cual libro indecente y vergonzoso. Deberían observar que se trata de Ferias del Libro. Si fueran Ferias de Literatura, la cosa sería distinta.

 

[Artículo publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, el día 29 de mayo de 2015]

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