El egotismo: el nuevo género literario

Nada hay más comprensible que el hecho de que a cada cual su vida le parezca lo más importante y trascendental del universo todo. Pero hay que admitir también que pocas cosas son más ridículas que el empeño pertinaz en pretender que a los demás nos interesen dichas vidas... sobre todo porque los demás tenemos las nuestras propias, tan poco interesantes como las de los demás, o igual de interesantes, para el caso.

Pero la mentalidad psicologista tardorromántica, tras un siglo de esfuerzos ímprobos, ha conseguido que las personas con "vocación artística" crean -con granítico empecinamiento- que el objetivo más digno de sus creaciones son ¡ellos mismos! De modo que las páginas de los libros se han poblado de recuerdos personales, de vivencias íntimas, de circunstancias privadas, de asuntos particulares y, en general, de una primera persona cada vez más insufrible. En algunos casos, estos relatos "autobiográficos" se parecen demasiado al discurso interminable del borracho insoportable empeñado en contarnos su vida y convencido de que los grises episodios de su existencia son interesantes, dramáticos, especiales, entretenidos, singulares y -naturalmente- novelescos.

Todo ha contribuido a esta proliferación y generalización del egotismo: las nuevas tecnologías ofrecen blogs, cuadernos de bitácoras personales, plataformas para mostrar fotografías particulares, autoediciones o egoediciones, etcétera. Twitter, Facebook, Blogger, WordPress, Instagram, Tumblr y cientos y miles de plataformas se ofrecen al público para que "cuelgue" en internet su vida, sus opiniones particulares, sus deseos, sus ocurrencias, su literatura o sus progresos artísticos... Todo contribuye, en fin, a ensalzar el egotismo. Y, como es natural, ese narcicismo infantil ha acabado por permear los modelos "literarios", de modo que los episodios egotistas han adquirido categoría literaria a costa del sufrimiento de los lectores, obligados a leer vidas anodinas y tristes en forma de simulacros literarios que el autor considera sumamente interesantes, filosóficamente representativas y artísticamente impecables.

'Narciso', de Caravaggio
'Narciso', de Caravaggio

Si eres Agustín de Hipona o Santa Teresa de Jesús o Goethe... bueno, uno está dispuesto a admitir que has tenido una vida digna de ser contada. Pero si no diseñaste las pirámides de Egipto o el acueducto de Segovia, si no has viajado varios meses hasta descubrir el Nuevo Mundo, si no has dado con una vacuna contra la tuberculosis, si no te has embarcado en un Apolo hacia la Luna, si no te jugaste el pellejo en la playa de Omaha... entonces, amigo mío, tu vida es tan vulgar como la de cualquiera. Es cierto: tu vida es la tuya y es justo que sientas algún aprecio por ella, pero no te empeñes en contárnosla. Todos hemos escrito un par de novelas, hemos tenido un amor trágico, imposible o destructivo (y con frecuencia, a la vez), todos hemos ascendido cumbres difíciles de más de tres mil metros, hemos corrido maratones, hemos tenido un grupo de música durante los años de la "movida", hemos traducido dos o tres clásicos, hemos visto a sir Paul cantando en directo Yesterday, hemos recorrido más de mil kilómetros en el Camino de Santiago, hemos conseguido algún premio importante o hemos tenido algún episodio que roza lo esotérico, lo místico o lo alienígena. Pero si no has escrito el Quijote o el Hamlet, si no eres Dante o Petrarca, si no te llamas Mallory o Hillary, si no eres Zatopek o Gebrselassie, si no te apellidas Lennon o Harrison y has grabado discos en Abbey Road, etcétera, entonces tu vida -con ser muy digna- es idéntica a la de los cien mil millones de personas que según el PRB han poblado la tierra desde sus orígenes. Y si la vida de John Keats se escribió sobre el agua... imagínate la tuya.

Gente. Personas. Individuos.
Gente. Personas. Individuos.

Sin embargo, hay que admitir que una vida vulgar puede convertirse también en una gran obra literaria. Los argumentos extraordinarios no son la esencia de la literatura, sino el modo de narrar esos argumentos u otros cualesquiera. Y por esa razón una vida común puede convertirse en una narración excepcional. Con todo, los narradores excepcionales son aún más escasos que las vidas excepcionales, de modo que las autobiografías literarias valiosas son aún más raras que las biografías singulares y extraordinarias.

Para solventar estos problemas -vidas anodinas y escasez de talento literario- se ha inventado la llamada "autoficción", que consiste en imbricar de modo inextricable la autobiografía con la ficción. O, en otras palabras, en la invención de una vida. Es como pasar la vida de uno por instragram y luego escribir una novela. Semejante distorsión de la vida propia podría considerarse una psicopatología, pero en términos generales se entiende sólo como una técnica narrativa o, en todo caso, como un subgénero novelesco. 

El narcisismo, la egolatría y el egotismo -aparte de una extraordinaria capacidad para el exhibicionismo sin recato- son a mi juicio los trampolines de esta moda ajena al pudor y la vergüenza. Ya sé que en ocasiones se habla de catarsis -olvidando que, según la teoría tradicional, la catarsis literaria debería afectar al lector, no a los conflictos internos del autor-, pero siempre me ha parecido que los problemas psicológicos se deben afrontar en las consultas de los especialistas más que en la novelística.

Sólo la vanidad, el engreimiento, la soberbia y la petulancia pueden conducir a un autor a mostrar su vida sin el menor pudor. ¿Qué resortes se quiebran en la mente de una persona para concluir que su propia vida -generalmente vulgar y anodina- es digna de escribirse -generalmente de manera vulgar y anodina también- y comunicarse al mundo? Como dice Lorenzo Silva en un artículo reciente, entramos en el tiempo del selfie literario: y por si no fuera suficientemente lamentable esa exhibición impúdica de nuestras tristes vidas en imágenes, ahora nos abocamos también a la obligación de leerlas.

El egotismo, con todas sus complicaciones psicopatológicas, se ha convertido definitivamente en el nuevo género literario.

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Comentarios: 5
  • #1

    Anabel (viernes, 20 marzo 2015 18:48)

    "Habría silencio en los bosques si sólo cantaran los pájaros que cantan bien". Henry Van Dyke.

  • #2

    JCV (viernes, 20 marzo 2015 19:28)

    Hermoso adagio ornitológico, Anabel. También se dice que hasta el graznido del cuervo le resulta hermoso a otros cuervos.
    Bueno... ahora en serio: entiendo lo que quieres decir. En realidad, la bondad literaria de esas expresiones narrativas dependerán de la calidad del texto y del talento del autor, naturalmente. Y las habrá mejores o peores, supongo. Te ruego que observes la entrada más como una reflexión sobre la mentalidad imperante (el narcisismo generalizado) que como una evaluación de un cierto tipo de literatura que, al fin y al cabo, no es sino una expresión (más o menos acertada, dependiendo de los casos) de ese egotismo imperante.
    Gracias por pasar por el jardín luciérnago, amiga. Tendrás siempre las puertas abiertas.

  • #3

    El infierno de Barbusse (lunes, 23 marzo 2015 09:44)

    Completo y preclaro texto.

    (Acuérdese de Turguénev: hizo del hombre superfluo verdadera literatura).

  • #4

    Anabel (lunes, 23 marzo 2015 19:36)

    Entiendo. Supongo que fue una primera lectura muy simplista. Tal vez el problema radique en que somos, cada vez más, una sociedad de cuervos; de cuervos que, además, se toman selfies todo el tiempo. ¿Hacia dónde debemos mirar, entonces, los que necesitamos contar una historia y no tenemos más que lo que hay en nuestro propio mundo interior para contarla? ¿Valdrá la pena intentarlo?
    Saludos y gratitud por la cálida bienvenida.

  • #5

    Fran Montaraz (lunes, 23 marzo 2015 20:14)

    Estupendo artículo. El "autobombo" con que algunos escritores exponen sus penas y alegrías personales debería formar parte de un diario personal más que de una obra literaria. La literatura es un arte y, como tal, debe expresar sentimientos universales, y además, bien escritos.