Los extraordinarios viajes aéreos de Virgilio

Todos los autores disponen de una teoría literaria particular, para su uso personal y a la que se ciñen por gusto y convicción. No me refiero únicamente a una "tradición", o, dicho de otro modo, a una corriente literaria o a una nómina de autores de los que uno se siente deudor, o discípulo, o imitador. Me refiero a una verdadera teoría literaria consciente y meditada, en la que se evalúan y se seleccionan todos aquellos elementos que finalmente compondrán lo que el común denomina "la voz" personal de un autor. En esta teoría literaria, siempre en evolución, el escritor esboza su "poética" y decide sobre sus intereses, sus objetivos y sus recursos; decide sobre sus símbolos, sobre su presencia en la obra, sobre los límites de la expresión, sobre las experiencias, sobre el sentido del humor, la ética, la imagen del mundo, los procesos creativos, etcétera. (He de admitir que no tengo comprobado que todos los escritores tengan este plan teórico sobre su literatura, aunque es obvio que han de tenerlo, porque no se puede imaginar un escritor con tan pocos fundamentos como para ignorar la necesidad de un análisis razonado de su trabajo).

El lector luciérnago puede estar tranquilo: no le voy a endilgar aquí mi teoría literaria particular, aunque advierto que podría resumirse en la imagen de un bulldozer arrastrando los escombros de la vieja torre de marfil egotista que se levantó en el siglo XX. Reconozco que la moda de hablar de uno mismo hasta la extenuación (del lector) no ha decaído en las primeras décadas del siglo XXI, y que la manía egotista sigue teniendo una vitalidad descorazonadora. (A veces también da vergüenza ajena, pero eso depende ya del pudor y el sentido de la privacidad de cada cual). Hay lectores, no obstante, que prefieren otro tipo de argumentos e historias, y se aburren mortalmente con las experiencias interiores de los autores más sentimentales y emocionales; no todos los autores cuentan con una vida interior lo suficientemente poderosa como para interesar al mundo, por mucho que para ellos sea un prodigio de "imaginación emocional".

Los amigos que compartimos este jardín luciérnago tenemos nuestras preferencias particulares. Digamos que somos aficionados a las historias... luciérnagas. Y, para los recién llegados, sépase que el luciernaguismo es un (diminuto y brillante) "movimiento cultural" ("¿qué es el rock&roll sino un ejercicio de arrogancia?") caracterizado por lo extravagante, lo misterioso, lo curioso, lo estrafalario, lo ridículo, lo divertido y lo clásico. Nos interesan los yacimientos arqueológicos y sus incomprensibles características, los libros viejos, los espectros y los fantasmas, las colecciones de anécdotas curiosas, los mapas, los insectos, las teorías científicas peregrinas, las historias rocambolescas, los grupos marginales y subversivos, la historia paralela y estrafalaria, lo asombroso, lo maravilloso, lo incomprensible y lo inabarcable.

En nuestro tiempo de realismos y descreimientos -¿de qué me suena esto?-, apenas se atreve uno a declarar que el mundo es un lugar asombroso, lleno de misterios y maravillas incomprensibles; pero este estrafalario mundo nuestro no sólo es maravilloso y enigmático, sino que parece la mismísima imagen de una fertilidad desbocada, repleta y llena de miles y millones de objetos y seres, formando un caos que sólo la presunción y el envanecimiento pueden considerar sometido al imperio de la razón y la ciencia. Por fortuna más que por desgracia, nuestro universo es caótico, azaroso, incomprensible y sorprendente, y no admirarse ante el monumental desconcierto de la vida sólo revela una cierta incapacidad para gozar de ella.

Hace unos días, y por razones que no vienen al caso, me hallaba yo estudiando El Victorial de Gutierre Díaz de Games cuando me topé con el extraordinario caso de los viajes aéreos de Virgilio. Como todos los amigos luciérnagos conocerán mejor que un servidor el texto al que me refiero, bastará con que recuerde a los desmemoriados que El Victorial es una suerte de biografía de Pero Niño, un importante noble de la corte de Enrique III de Castilla, allá por el siglo XV.

Este libro à nombre "El Victorial", e fabla en él de los quatro príncipes que fueron mayores en el mundo, quién fueron, e de algunos otros brevemente, por enxemplo, a los buenos cavalleros e fidalgos que an de usar oficio de armas e arte de cavallería trayendo a concordança de fablar de un noble cavallero,al qual fin este libro fize.

El caso es que estaba un servidor enfrascado en el estudio de este clásico de la literatura española cuando, volviendo a uno de los primeros capítulos, reparé en la narración de cierta leyenda sobre una "piedra labrada" que había hecho tallar Salomón, o Salamón. Se dice que Salomón hizo labrar una piedra gigantesca en Jerusalén, "tan alta como una torre". (Una especie de pilar u obelisco). Y ordenó que se construyera una manzana de oro y que, cuando el sabio rey muriera, metieran allí sus despojos, y los colocaran en lo alto del pilar. (Esto de la manzana de oro con los huesos de un muerto también se dijo después de Julio César y así lo utilizó nuestro autor). En todo caso, la piedra labrada (menhir, obelisco o pilar) era de tales dimensiones que, cuando el rey Salomón murió, no hubo manera de levantarla. Ni con mil bueyes y caballos pudieron poner en pie aquella monstruosidad pétrea. (¿Se estarían refiriendo a un peñasco labrado como el de Baalbek? ¿O tal vez se referían a un pilar monumental, como el obelisco inacabado de Assuán, de más de 1.200 toneladas?). Dice Díaz de Games que aquella "piedra labrada" "yazía echada en un campo, e era muy maravillosa cosa de ver".

En este punto, cuando tenemos ese impresionante monolito en el paisaje, entra en escena Virgilio, o Vergilio. Y va a Jerusalén y le dice a los judíos que le interesa comprar la piedra, para llevarla a Roma. Los judíos no dudan en vendérsela, con la condición de que cada día que pasara en camino, debería pagar doce monedas de oro del emperador, porque creían que tardaría siglos en llevar el monolito a Roma, con las subsiguientes ganancias. Efectivamente, Virgilio dispuso "muchos engenios e carretones" para sacar de Jerusalén la piedra, y allanó los caminos, e hizo todos los esfuerzos imaginables, aunque en muchos días apenas consiguió avanzar unos cuantos estadios...

De repente, el texto da un giro sorprendente y nos dice Díaz de Games: "E en una noche sola la puso de allí en Roma, e amanesció un día asentada en medio de la plaça".

 

¿Qué significa esto? ¿Por qué Virgilio tenía la encomienda de llevar semejante pedrusco a Roma? Y, sobre todo, ¿cómo es posible que consiguiera trasladar el monolito, pilar u obelisco a Roma en una sola noche, y dejarlo plantado como si tal cosa, cuando ni mil bueyes habían conseguido moverlo en Jerusalén? Y, sobre todo, ¿cómo es posible que el autor nos lo cuente con toda la tranquilidad y el sosiego del mundo, y como si fuera cosa sabida que no necesitara mayores explicaciones?

No se sabe que Publio Virgilio Marón (70 a.C. - 19), el inmortal autor de la Eneida, hiciera semejante viaje y, desde luego, no se tiene constancia de que llevara ningún monolito de Jerusalén a Roma, fuera en un día o en un año.

Digámoslo de una vez: el fundamento de esta mitología de traslaciones pétreas se encuentra en una antiquísima tradición que consideraba a Virgilio como un mago o nigromante, una especie de Merlín latino. Hay infinidad de referencias que apuntan en esta dirección: es un clásico el Polycraticus medieval de John de Salisbury, la Divina Comedia de Dante o el mismísimo Libro de Buen Amor de nuestro Arcipreste de Hita. En el texto de Hita (261), el Arcipreste llama "sabidor" a Virgilio, lo cual es tanto como mago o nigromante. Dice Gybbon-Monypenny: "La figura de Virgilio se convirtió en la Edad Media en una especie de mago, a quien se atribuían en las leyendas toda clase de aventuras e invenciones". Una de esas invenciones, rescatada por Salisbury, era su capacidad para desplazarse a su gusto de un lugar a otro como "por arte de magia". Esta caracterización debió de ser bastante temprana, pues se conocen ciertas prácticas adivinatorias, conocidas como sortes vergilianae, en las que se utilizaban los textos virgilianos para predecir acontecimientos futuros; estas sortes vergilianae fueron populares al parecer ya en el siglo II. También se asegura que los idus de octubre (el 15 del mes) llegó a considerarse una fecha sagrada, precisamente porque Virgilio nació ese día. Algunos textos especializados (The Virgilian Tradition..., de Ziolkowski y Putnam) estudian pormenorizadamente todos estos detalles, con profusas referencias y citas, incluida la curiosa y habitual tendencia de Virgilio a aparecerse a los vivos para darles consejos o ejercer de guía en los más peregrinos laberintos. Desde los primeros siglos de nuestra era y a lo largo de la Edad Media, la imagen de Virgilio fue mutando de sabio a mago, pero los especialistas no han podido averiguar de dónde sacó nuestro Díaz de Games la idea de que Virgilio fue a Jerusalén y trasladó "en un día" el enorme obelisco judío. 

En el Libro de Buen Amor, el Arcipreste cuenta que Virgilio "fizo otra maravilla quel omne nunca ensueña": convirtió las aguas del Tíber en cobre. Algunos especialistas han señalado que semejante "truco" es el resultado de la mala comprensión de la expresión "pontem aerium" de Alejandro de Neckam, con la cual los eruditos designaban una especie de "puente aéreo" que le servía a Virgilio para trasladarse de un lugar a otro fácilmente. Al parecer también le permitía trasladar monolitos y obeliscos. (La confusión se debería a la creencia de que aerium derivaba de aes, -ris, 'cobre', y no de 'aer, -is', 'aire').

En resumen (véanse también Comparetti y Spargo, para más información), ésta es la explicación que nos permite comprender las extraordinarias habilidades volátiles de Virgilio, tal y como las describe Gutierre Díaz de Games en El Victorial. Luego utilizó la leyenda del "puente aéreo" virgiliano y la mezcló ingeniosamente con la historia de la manzana de oro en lo alto del obelisco, donde estarían guardados los huesos de César.

 

De este modo un apunte al acaso en cualquier libro puede tenerlo a uno ocupado varios días, aunque gustosamente: el individuo curioso siempre encontrará placer e instrucción horaciana en semejantes laberintos de la historia, la leyenda, los textos y la imaginación. 


Virgilio, como un Supermán del siglo I, volaba donde quería y transportaba obeliscos
Virgilio, como un Supermán del siglo I, volaba donde quería y transportaba obeliscos

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Comentarios: 1
  • #1

    Elena Rius (martes, 02 diciembre 2014 15:54)

    Una muy luciérnaga y entretenida historia. No sabía yo de las facultades aereotransportadoras de Virgilio, aunque sí estoy familiarizada con las sortes vergilianae, vamos, que una casi ni sale de casa antes de consultarlas (el equivalente de lo que hacía un conocido mío, insigne editor por más señas, que antes de ponerse en marcha cada día se echaba el I Ching y según lo que saliese, así encaraba el día). Pero muy Superman debía de ser nuestro poeta latino para trasladar el pesado monolito. El poder de la poesía, sin duda.