El escritor y las redes sociales: bailando en un campo de minas

La teoría decía que los autores debían estar presentes en las redes sociales por dos razones principales: la primera, para dar a conocer su producto (publicidad); y la segunda, para "interactuar" con los lectores. Aparentemente, ambos motivos tenían suficiente calado como para que los escritores desearan asomar la nariz en Twitter, Facebook u otras plataformas semejantes, como Tumblr o Instagram, e incluso ofrecer trabajos de más sustancia en blogs particulares. Seguramente los teóricos estaban tan fascinados con la industria de las redes sociales que no fueron capaces de advertir las evidencias que desmontaban semejantes patrañas.

La primera es que no todos los ciudadanos están en las redes sociales y, desde luego, no todos los lectores. Sólo un 15 por ciento de la población española tiene acceso a Twitter, por ejemplo (algo más en Facebook); un porcentaje cada vez mayor de ese 15 por ciento se está apartando de las redes sociales: cierran sus perfiles o, simplemente, no las utilizan; y, como es evidente, un enormísimo porcentaje del escaso cinco por ciento restante no ha abierto un libro en su vida y uno diría que incluso tiene serias dificultades para escribir 140 caracteres sin cometer faltas de ortografía y de respeto. En definitiva, hay muchísimos más lectores fuera de las redes sociales que dentro, y sin embargo dedicamos una enorme cantidad de esfuerzo a Twitter cuando no es ahí donde están los lectores. Esa "enorme cantidad de esfuerzo" se convierte en una intensísima sensación de pérdida de tiempo, difícil de cuantificar. 

Por otra parte, el uso de Twitter como elemento propagandístico -y éste es un detalle reconocido por analistas y usuarios- resulta en términos generales contraproducente. La expresión "Twitter es una red social, no una red de ventas" (el autor es un joven profesional de la comunicación y el márketing) define a la perfección su uso. Los escritores que utilizan Twitter como una "ametralladora" publicitaria con frecuencia son tachados de "pesados" o "spammers", y a la larga sólo consiguen que se les active la función de "silenciar" para que su propaganda no moleste en el TL. Un uso "informativo" y "aséptico" de Twitter o Facebook podría tener más sentido, pero los usuarios -en general- esperan que la red social se comporte como tal, y que un autor actúe como una "agencia de noticias", replicando artículos periodísticos, tampoco se valora positivamente.

Y en este punto, me parece, es donde se encuentra el "campo de minas" de las redes sociales. Los lectores, como todos los usuarios de las redes, esperan algo más que información: esperan "comunicación social", es decir, opiniones, comentarios, apuntes, sugerencias, preguntas, respuestas, réplicas, agradecimientos, saludos... En definitiva, esperan que se produzca una "simulación" de la realidad social. En nuestras casas, en el trabajo, en los bares o en la playa, interactuamos y dialogamos con los demás, pero con las barreras sociales (y "civilizadoras") que con frecuencia son inexistentes en la Red: la educación, la cortesía, la contrarréplica, las mentiras piadosas, una respetable hipocresía, el diálogo fluido, el contacto visual, etcétera. Las redes sociales, además, permiten que personas de círculos y ámbitos completamente distintos permanezcan en un estadio de igualdad irreal. (Una democracia intelectual improbable). Todos hemos asistido a conversaciones en las que un zopenco ignorante le cantaba las cuarenta a una persona que académica, intelectual y cerebralmente estaba a mil años luz de distancia de él. Estos arrebatos agresivos, estas opiniones volanderas, estas chulerías informáticas se basan en el ridículo argumento de que cualquier zopenco tiene todo el derecho del mundo a dar su "opinión". Todos hemos tenido la desgracia de "discutir" en Twitter con personas maleducadas, groseras, ignorantes o mostrencas, cuando sabemos a ciencia cierta que jamás nos detendríamos a conversar con esa persona en ningún otro lugar y bajo ninguna circunstancia. Estas discusiones son extraordinariamente perjudiciales para una persona que -como los escritores- deben ofrecer una imagen pública que se ajuste, en lo posible, a la serenidad, la inteligencia, el sosiego, el estudio o la reflexión. De esas algaradas no se pueden sino obtener malos humores y disgustos. Sin duda, la creencia de que cualquiera puede dar su opinión sobre cualquier asunto es la teoría más nociva de nuestros tiempos. Pues si es cierto que cualquiera puede dar su opinión sobre cualquier asunto, no lo es menos que dicha opinión será la mayor parte de las veces una solemne majadería.

Las redes sociales exigen al autor mostrarse como la persona que es: se ve "obligada" a exhibirse en condiciones que resultan contraproducentes para su negocio y, en cualquier caso, para su imagen pública. Porque la persona no tiene por qué coincidir con el autor, del mismo modo que el autor no es el narrador. Y el escritor -como la enorme mayoría de los profesionales responsables- tiene mucho que perder y poco que ganar en Twitter o en Facebook. Si se atreve a dar una opinión política, cientos de seguidores lo catalogarán pública o privadamente como "facha", "progre", "comunista", "nazi", o cualquier burrada semejante. Si da su opinión sobre la religión, la masa de "followers" escrutará esa opinión para catalogarlo del modo más ramplón y elemental. Si admite que es seguidor de un equipo de fútbol, acabará siendo un "merengón centralista" o un "asqueroso culé catalanista"; y si no le gusta el fútbol, acabará entrando en el redil de "esos que se creen más que los demás y desprecian a los aficionados al deporte"; si prefiere la literatura romántica y decimonónica, será un anticuado carcamal; si le gusta la literatura moderna, será un esnob o un hipster; si le gusta la literatura clásica, será un pedante; y así sucesivamente y ad infinitum. Toda opinión genera una réplica y una reacción (pública o no, pero una reacción con consecuencias). Este sometimiento al escrutinio público llega al extremo de que se evaluará incluso si uno está o no está en Twitter o en Facebook, y dependiendo de su actitud hacia estas empresas, así será catalogado y codificado.

Antaño nuestras opiniones se mantenían en los saludables términos de la familia, los amigos, la taberna o el parque. Ahora nuestras opiniones, nuestros gustos, nuestra profesión, nuestros defectos y nuestros errores están a disposición de todo el mundo y, también, a disposición de cualquier majadero que quiera utilizarlos: y así es como Twitter y el resto de las redes sociales se han convertido en un campo de minas para las personas con actividades públicas, como los escritores. 

Twitter y Facebook dicen más de nosotros de lo que imaginamos. Y lo dicen de manera sesgada, torticera, parcial, tergiversada y banal. Es muy sencillo cometer leves errores por los que uno puede ser tachado implacablemente de prepotente, listillo, ingeniosillo, chistoso, asqueroso, fascista, nazi, pedante, sobrado, ignorante, plasta, friki, pesado, soso, aburrido, cansino, vulgar, salido, guarro, criticón, maleducado, soberbio... Basta observar nuestro propio TL de Twitter o el muro de Facebook para comprobar que tenemos catalogados con ese sistema a todos los miembros de nuestra red social, y que así somos catalogados también nosotros. En ocasiones, esas catalogaciones no se establecen por los errores que pueda cometer el usuario, sino por el simple hecho de apuntar una opinión, hacer una pregunta, dejar un aséptico emoticono o colocar una fotografía que puede dar pie a variopintas interpretaciones: es muy fácil caer en el cajón de los cursis, los racistas, los machistas, los pseudointelectuales, los esnobs... A menos que uno se dedique a dar exclusivametne los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches, la mina acabará estallando bajo sus pies: todos aquellos que ejercen una profesión pública -como los escritores, pero también los compositores o los ilustradores, por ejemplo- están corriendo riesgos inútiles. El escritor ofrece su mercancía y su trabajo, pero no tiene por qué ofrecerse a sí mismo. Ni los lectores ni nadie tiene por qué saber nada del autor más allá de su obra, que es lo que pretende dar a conocer. El individuo y su privacidad nada añaden a una creación literaria: bien al contrario, seguramente la entorpecen y la emborronan.

Ante una ingenua broma, todo el mundo -literalmente- puede centrar sus miradas, sus iras, sus mofas o sus burlas en el escritor descuidado. Los medios de comunicación no han tardado en hacer buen uso de estas redes sociales: ahí encuentran su justificación para los argumentos más torticeros y arbitrarios que se les puedan ocurrir. (El escritor declaró en Twitter que "..."). Pero -entiéndase- la culpa de los torrentes de calumnias, ofensas, insidias, rumores, confusiones, errores, improperios y vejaciones (esencia de las redes sociales) no es más que de aquellos que voluntariamente se exhiben en estos peligrosos campos de minas. Y quien se dedica a bailar en un campo de minas... no tiene muchas posibilidades de salir bien parado.

La mayoría de las personas podemos contar con los dedos de ambas manos -con mucha generosidad- el número de amigos que tenemos. Pero incluso nuestros amigos más queridos conocen nuestros defectos, aunque los perdonan por cariño, años de amistad, benevolencia o simpatía. Los "amigos" de Twitter o Facebook no son más que hocicones que se meten en nuestras vidas (porque los invitamos), y nos juzgan sin fundamento y -también, con frecuencia- sin piedad. Teniendo en cuenta el carácter esencial de los españoles (envidioso, maledicente, rastrero, criticón, cotilla y dado al chascarrillo ofensivo), es fácil adivinar que nadie puede salir bien parado de Twitter o Facebook. Someterse a ese escrutinio público es una necedad en la que hemos caído como ingenuos pardales.

 

Escribir comentario

Comentarios: 3
  • #1

    Elena Rius (lunes, 24 noviembre 2014 16:28)

    "El escritor ofrece su mercancía y su trabajo, pero no tiene por qué ofrecerse a sí mismo", una de las muchas frases de tu entrada que suscribo. Ciertísimo todo. Ahora bien, ¿qué hacer? ¿Renunciar a las redes sociales? Es una posibilidad. Viviríamos mucho más tranquilos y tendríamos más tiempo para leer y escribir. Pero es casi inevitable pensar que si no estamos ahí, nos perdemos algo. Sólo nos queda intentar que las minas no nos exploten bajo los pies.

  • #2

    josecvales (lunes, 24 noviembre 2014 19:28)

    Como suele decirse: "Sorry, no answers". Porque las redes sociales son formas de vida virtual enraizadas ya en la vida real. Podemos prescindir de ellas como podríamos prescindir de otras actividades, como leer la prensa o ir al teatro o a cenar con los amigos: pero, como dices, tendríamos la sensación de que nos estaríamos perdiendo algo. Y sería cierto. Tal y como adviertes, al parecer sólo nos resta andarnos con ojo y ser lo suficientemente prudentes para que esos "inventos infernales" no nos perjudiquen en exceso.

  • #3

    Lammermoor (martes, 25 noviembre 2014 12:10)

    Interesante reflexión que atañe no solo a los escritores sino a muchísimas otras personas. ¿hasta que punto debemos estar en las redes sociales?
    Tu frase que también cita Elena Rius, "El escritor ofrece su mercancía y su trabajo, pero no tiene por qué ofrecerse a sí mismo" me hizo acordarme de la Reina en Una lectora nada común, de Bennet, cuando, después de una cena con escritores, viene a decir algo así como que después de todo es mejor no conocer en persona a los escritores que nos gustan.

    Respecto a lo de que todo el mundo tiene derecho a opinar, estoy de acuerdo pero también creo que no todas las opiniones tienen el mismo valor.