La 'cathedra pestilentiae', el foro soberbio y la fama pregonera

Hace algunos días aparecía en prensa un artículo de una famosa escritora en el que reconocía con cuánta angustia afrontaba la inminencia de las críticas y hasta qué punto le afectaban las opiniones de lectores y cronistas. Otra magnífica escritora, amiga mía, me comentaba recientemente que su desdén por las redes sociales se debe esencialmente a que no quiere saber lo que los lectores puedan opinar de sus libros; su espanto ante la opinión ajena es tal que siente un terror idéntico ante las críticas positivas y las críticas negativas. "Yo entrego mi libro al público", me decía, "y eso es todo. Agradezco que lo lean, pero no quiero que me den su opinión". Más contundente es ***, quien me aseguraba que "el oficio de escritor sería muy agradable si uno no se viera obligado a escuchar las opiniones de los lectores".

(Comprenderán mis amigos luciérnagos que no puedo dar los nombres de estos escritores, medianamente conocidos, porque sus palabras podrían entenderse como un menosprecio hacia las personas que tienen la generosidad de comprar y leer sus obras. Sin embargo, yo rogaría que sus palabras se entendieran desde otro punto de vista: creo que su actitud guarda más relación con el modo de entender el hecho creativo que con una displicencia hacia el lector. Procuraré explicarme más adelante).

En todo caso, mis amigos escritores no son una excepción. Todos los luciérnagos saben de decenas de autores que -por timidez o por hastío o por otras razones- han huido del mundanal ruido literario y han preferido la escondida senda del anonimato. Muchos de ellos dejaron de escribir absolutamente, incapaces de afrontar la experiencia de presentarse ante el mundo, bien como individuos, bien como autores de obras señaladas.

La famosa instantánea de Salinger negándose a ser fotografiado
La famosa instantánea de Salinger negándose a ser fotografiado

Al rastrear este deseo del "sabio" de apartarse del mundo, uno se topa de inmediato con los versos del primer salmo davídico (tal vez), vertidos al latín como "Beatus vir qui non abiit in consilio impiorum..." La traducción bíblica dice: "Dichoso el hombre / que no sigue el consejo del impío, / ni en el camino del errado se detiene, / ni en la reunión de los malvados toma asiento". (Uno está dispuesto y tentado a admitir que esa "reunión de malvados" no es más que el mundillo literario y su parafernalia de vanidades: "cathedra pestilentiae"). No deja de ser curioso que hace treinta siglos (si nos remitimos a la cronología habitual de los salmos) ya se hubiera fijado la tradición del sabio que se aleja del mundo, bien para redactar sus obras, bien para entregarse a la perfección creativa, individual y espiritual.

Naturalmente, en este brevísimo recorrido por los que decidieron apartarse de los bullicios mundanos, hemos de recibir con honores a Horacio, que no sólo se apartó de la algarabía para trabajar en su obra, sino para alejarse del "foro soberbio". En su famoso Epodo II (según las ordenaciones comunes), conocido por su inicial "Beatus ille...", Horacio propone este apartamiento como método para la "recta vía" espiritual, emocional y vital: "Feliz aquel que, sin negocio alguno, / como los hombres de antaño / los campos paternos con su yunta labra", y añade que será feliz quien "el foro rehúye y umbrales soberbios / de los ciudadanos ricos". (Trad. M. Fernández-Galiano).

Si cito a Horacio, no voy a dejar atrás a Fray Luis de León. También el agustino defendió la vida contemplativa del sabio frente a las alharacas del mundo. Aunque toca el tema en distintos lugares (y de un modo maravilloso en Los nombres de Cristo), no cabe aquí sino recordar la "Vida retirada", a la que los especialistas conceden un "valor proemial" al frente de toda su obra: "¡Qué descansada vida / la del que huye el mundanal ruïdo, / y sigue la escondida / senda por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido!". Para lo que nos interesa, quisiera recordar aquí el verso 11 y ss., donde explica que el sabio, el verdadero sabio, "no cura si la Fama / canta con voz su nombre pregonera" y rechaza las alabanzas y ensalzamientos del "vano dedo" de las gentes. En el vehemente deseo de soledad ("Vivir quiero conmigo") hay voluntad de apartamiento y desprecio del mundo.

 

Fray Luis de León (en la Universidad de Salamanca), con un gesto a medio camino entre la bendición y el enfado ante una fotografía no deseada.
Fray Luis de León (en la Universidad de Salamanca), con un gesto a medio camino entre la bendición y el enfado ante una fotografía no deseada.

No estoy seguro de que los escritores actuales que admiten sus sociopatías tengan en mente el beatus ille a la hora de apartarse del mundo. Yo diría que se trata más bien de un "extrañamiento" respecto a su propia obra. El mundo editorial exige al autor que participe como "producto" en la venta de su literatura, y a menudo un autor que no domina los aspectos "sociales" de la mercadotecnia ve cómo su obra sufre los juicios negativos que se hacen sobre su persona. En los tiempos que corren, un autor que halaga al lector (en cualquier sentido) verá cómo la simpatía popular también se traduce en números bancarios.

Sin embargo, la mayoría de los autores con los que hablo me confirman que la obra, una vez impresa y entregada al público, comienza a adquirir una vida peculiar, que se aleja cada vez más del autor, a quien poco a poco le va resultando extraña, sobre todo si se enfrasca en otros estudios. Es como si la cadena de comunicación jakobsiana se rompiera una vez que la obra literaria se entrega al lector. El lector, entiéndase, no mantiene una relación con el autor a través de la obra literaria: mantiene una relación con la obra y consigo mismo. El autor no es el narrador ni los personajes (salvo en las novelas muy pobres) y el lector se equivoca si pretende entender a una persona por lo que escribe. Podrá entender al escritor, al literato o al autor, con su tradición literaria y su estilo, y su organización racional o emocional, pero yerra si prentende comprender a la persona.

Ya sé, amigos luciérnagos, que estos son conceptos elementales de la Teoría de la Literatura, y que no debería detenerme en ellos, pero los tiempos que vivimos promueven una confusión entre la persona, el individuo, el escritor, el autor y el narrador, y parecen insistir en una relación entre personas (escritor y lector) cuyo único nexo es en realidad una ficción (una novela o un poema), y cuya comunicación interpersonal sólo puede acarrear frustraciones y decepciones. Porque una cosa es que el escritor redacte cientos de páginas apasionantes y otra bien distinta es que él mismo sea apasionante. Y que un lector sea un fervoroso seguidor de cierta literatura no quiere decir que forzosamente merezca fervor ninguno desde el punto de vista personal.

Por eso muchos autores prefieren la vida retirada y muchos lectores sensatos se guardan muy mucho de tentar a la suerte conociendo a los escritores que escriben páginas apasionantes pero cuya personalidad puede resultar... digamos, "discreta".

Debo añadir, a título personal, que a un servidor le encanta mantener contacto con los pocos o muchos lectores que tiene, a través de las redes sociales, por e-mail o personalmente. Digamos que prefiero arriesgarme a una experiencia que puede resultar en algún caso poco estimulante a ignorar a quienes tienen la amabilidad y la benevolencia de leer mis textos.

 

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Comentarios: 2
  • #1

    Rusta (domingo, 12 octubre 2014 21:27)

    Como opinante aficionada, entiendo la postura de estos escritores igual que tú: ignorar los comentarios de los lectores no es desprecio, sino necesidad de distanciarse de su obra, de no dejar que las opiniones ajenas repercutan en su ánimo y los condicionen. También comprendo que el escritor puede no ser, en un primer contacto, una persona tan interesante o brillante como sus libros. Puede ser tímido, discreto, inseguro. Tengo muy clara la separación entre la obra y el autor como persona, por eso nunca he sentido mucho interés por las firmas de libros. En mi forma de entender la lectura, la relación es entre el libro y yo; conseguir la firma del autor no va a enriquecer la experiencia.

    Por cierto, estoy preparando un artículo que se relaciona con el tema que planteas. Cuando lo publique, seguramente enlazaré esta entrada.

    Un abrazo.

  • #2

    Mónica-serendipia (sábado, 18 octubre 2014 20:15)

    De acuerdo, no es soberbia ese retirarse del mundo (bien argumentado) pero ese miedo a la crítica, ¿a la crítica profesional o a la del lector "circunstancial"? ¿o a ambas? Es un poquito como presentarse a un examen y no querer saber la nota. El punto de vista del lector, profesional o no, debería enriquecer la experiencia del escritor porque forma parte del proceso de publicar.
    Muy bien señalados, por cierto, dos puntos fundamentales de nuestro ahora literario: 1) las editoriales empujan a publicitarse al escritor y 2) la necesidad de discernir con claridad, por parte de escritor y de lector, que una cosa es la ficción publicada y otra distinta la persona que la ha escrito.