Literatos por cuenta propia

En este punto no puedo afirmar que tenga datos contrastados y fiables, pero estoy por asegurar que, entre todas las naciones del mundo, el nuestro es el país que cuenta con más escritores por metro cuadrado; poco importa que las tasas de lectura sean escasas -e incluso vergonzantes, comparadas con otros países-; lo interesante aquí es ese deseo furibundo del español de entregarse a la "literatura" de forma desmedida y atrabiliaria. No hay, en nuestra feraz tierra literata, quien no haya dado a la prensa al menos dos docenas de obras de enjundia, entre las que deben espigarse varias novelas, ensayos, poesías, artículos, filosofías y memorias. En el maremágnum de esta superabundancia literaria, desde luego, apenas se distinguen formas y colores, y todos los gatos son pardos. El lector -si es que existe- se ve abrumado por la cantidad de obras magnas que cada quincena invaden los estantes de novedades, y apenas es capaz de distinguir un camaleón de una iguana, o un chacal de una hiena. 

Pero no debe abatirse el tierno lector: este blog luciérnago -aunque no tiene más pretensión que la de entretener tres minutos al desocupado internauta- ofrecerá las claves para distinguir la abeja de la avispa, las churras de las merinas y la velocidad del tocino. En definitiva, instruiremos al amable lector para que aprenda a distinguir al verdadero literato.

En primer lugar, el lector que pretenda distinguir el grano de la paja y los galgos de los podencos debe apartarse -como de la peste- de aquellos escritores que hablan de la inspiración. La inspiración es un elemento esencial del "escritor por afición". Naturalmente, necesita la inspiración (divina, por lo general) para compensar sus deficiencias técnicas y sus lagunas intelectuales. El escritor por afición cree que el arte es un don divino (aunque no conozca a Platón ni de oídas) y que él cuenta con semejante favor divino para entregarse a los furores literarios. A un literato por inspiración no le hables de estudio y esfuerzo, pues su arte sólo depende del Más Allá. (En otros lugares se han proporcionado razones suficientes -como si no valiera con el sentido común- por las que deben apartarse los libros basados en este influjo de la divinidad, de modo que no se insistirá aquí en ello).

El literato por afición tiene otra manía desesperante, que consiste en repetir como una letanía la frase "yo escribo sólo para mí". Curiosamente, estos literatos que escriben sólo para sí mismos no hacen sino dar la murga a todo el mundo con sus relatos. Lo cierto es que siendo individuos que escriben sólo para sí mismos tienen un interés excesivo en que los lea hasta el quiosquero de la esquina. A veces creo que estos literatos acaban repitiendo ese mantra porque no les queda otro remedio: después de dar la brasa a familiares, amigos, editores, vagabundos y gatos, acaban convencidos de que nadie desea escucharlos y, por tanto y efectivamente, acaban escribiendo sólo para sí mismos.

El literato por afición es con frecuencia el mejor escritor del mundo, y puede atestiguarlo con los numerosos testimonios veraces y solventes de su madre y su novia (o su padre y su novio, tanto da), o, en su defecto, de algún familiar benévolo que no quiere herir los sentimientos de nadie. Este "literato de ocasión" está convencido de su valor artístico y, por tanto, no deja escapar ocasión en la que pueda autoproclamarse adalid de la literatura universal. Es tan consciente de su potencial literario que no dudará en repartir consejos -gratuitos o facturados- sobre cómo se debe y cómo no se debe escribir, y cuál es su opinión sobre tal o cual libro, y cómo Dostoievski se equivocó en Los hermanos Karamazov, y cómo Jane Austen carece de interés filosófico, y por qué puede uno pasarse muy bien sin leer el Werther de Goethe.

Una característica esencial del "literato de ocasión" es el asco que siente por todo lo que se acerque o guarde relación con los estudios literarios. El escritor de reata detesta la filología. Es curioso, porque el arte literario se compone de palabras y la filología -entre otras cosas- se dedica a estudiar las ciencias de las palabras: la morfología, la sintaxis, la semántica, la historia de las lenguas, etcétera. Cualquiera diría que para dedicarse a la escritura son necesarios ciertos conocimientos filológicos, pero esto al parecer carece de toda lógica... (Es de suponer que el literato de ocasión recibe estos conocimientos por ciencia infusa y, por tanto, puede prescindir de su estudio). La filología también estudia la teoría de la iiteratura (o crítica literaria), y la historia de las distintas literaturas nacionales, y la literatura comparada... Al literato de ocasión todo esto le trae al fresco, para ser sinceros; siente una incomodidad patológica ante el estudio de la Historia, de la filosofía, del arte y otras disciplinas, que no considera en absoluto necesarias para su excelso arte literario. 

Finalmente, otra de las características esenciales del escritor por cuenta propia es su graforrea. El literato ocasional siempre está escribiendo... (a veces lee, pero en su cerebro realmente está escribiendo). Hay un tipo de escritor compulsivo que escribe sin parar por razones psiquiátricas: con frecuencia los doctores recomiendan a sus pacientes que redacten sus manías, sus traumas, sus fobias, sus neurosis y paranoias. Algunos "escritores" creen que esto es literatura, pero en realidad sólo son procesos paliativos de dolencias psiquiátricas o psicológicas. Narrar las psicopatías personales nada tiene que ver con la literatura. Pero es característico del literato virulento esa entrega desaforada a contarle a todo el mundo sus sentimientos, emociones y la evaluación sentimental de su vida personal e íntima. Con toda seguridad, están convencidos de que al resto del mundo nos interesa su existencia, y no voy a ser tan malvado aquí como para decirles que, en realidad, al resto del mundo le importa un bledo la vida emocional de un graforreico incontrolable.

El escritor graforreico no tiene ningún control sobre lo que escribe, todo le parece bueno, ingenioso, lúcido, brillante y artístico. Y como no tiene amigos instruidos que le digan la verdad, siempre está convencido de sus sublimes valores literarios. Y aquí nace uno de los grandes peligros que corre el literato de ocasión: la frustración. El pobre literato -genio sublime según su madre, su devota esposa o su abuela- continuamente ve cómo sus manuscritos son rechazados en las editoriales y cómo -siendo tan excelso escritor- nadie le presta la menor atención. Como el cerebro del literato de ocasión es granítico y pétreo, jamás pensará que es mal escritor: pensará que las editoriales están atestadas de analfabetos que no distinguen la i de la o, y que son una pandilla de majaderos sin ninguna instrucción; también puede pensar que su literatura es adelantada para nuestros tiempos, y que por eso los editores no lo comprenden. En este momento, nuestro literato frustrado puede entregarse a una lucha desigual en la que él se convertirá en el adalid y el salvador de la literatura universal. En este punto, para él todos los escritores son malos e ignorantes, todos los críticos, unos vendidos y unos incapaces; todos los editores, unos necios analfabetos; todos los lectores, unos borregos... Él, y sólo él, posee el secreto del arte literario; él, y sólo él, es capaz de encauzar toda la energía intelectual de su excelso ser hacia las bellas letras; él, y sólo él, es consciente del deplorable estado de la cultura universal y él, y sólo él, se siente con el valor intelectual y moral necesario para emprender la campaña de purificación literaria que el mundo necesita.

Para el resto del mundo, sin embargo, el misterio consiste en averiguar cómo una persona con tan pocas luces ha llegado a creer que puede componer algo que se asemeje a la literatura.

 

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Comentarios: 6
  • #1

    Rusta (viernes, 26 septiembre 2014 22:21)

    Cuánto daño ha hecho la imagen del escritor romántico, ¿verdad?

    Gracias por hacerme sonreír :).

  • #2

    JCV (sábado, 27 septiembre 2014 01:36)

    Gracias, Rusta, por pasarte por el jardín luciérnago.
    Me alegra que esta pequeña broma te haya hecho sonreír. No son más que malicias sin importancia en torno al mundo literario y de la creación literaria , y errores y vanidades en los que todos hemos caído alguna vez.
    Y, en serio, sólo es mi intención apuntar que el arte literario precisa mucho estudio y mucho esfuerzo: ahí reside un buen porcentaje del arte; el resto es el talento, y eso... bueno, nadie puede estar seguro de eso. Abrazos.

  • #3

    Elena Rius (sábado, 27 septiembre 2014 17:50)

    Has tocado un tema interesante: la escritura terapéutica. Cuantos más aspirantes a escritores conozco, más me doy cuenta de que, en un porcentaje significativo de los casos, lo que hacen no es otra cosa que escritura terapéutica, que les sirve para desahogarse, sacar a la luz algún trauma, alguna frustración... pero que no tiene nada que ver con la literatura. Difícilmente se dan cuenta de eso, ni son capaces de ver (y no es tan fácil hacer que lo vean) la diferencia que hay entre este tipo de escritura -muy válida en su terreno, pero sólo ahí- y la práctica de la escritura con verdadera ambición literaria.

  • #4

    JCV (sábado, 27 septiembre 2014 21:38)

    Amigos luciérnagos: no me tomen en consideración, si lo creen oportuno; pero tengan en cuenta la opinión de Elena Rius, porque de ella sí que pueden fiarse.
    Gracias por participar, Elena. Un abrazo.

  • #5

    Mónica-serendipia (lunes, 29 septiembre 2014 11:33)

    Me da un poco de risa cuando leo eso de "escribo porque es una necesidad para mí". Pero no me da tanta risa cuando leo en las contraportadas de algunas novelas: "fulanito estudió ingeniería y tras una larga vida profesional como arquitecto (o lo que sea) ahora es novelista" ¿Por qué? ¿Cómo se convierten en novelistas sin haberse acercado a la filología o a la literatura comparada o a... En fin, yo quiero saber el secreto.
    En cuanto a la existencia de los lectores que pones en duda, alguno quedará, seamos optimistas (Vila-Matas dice que son pocos y andan despistados). Algunos todavía seguimos aprendiendo para llegar a serlo un día; lectores, digo, de los buenos.

  • #6

    JCV (lunes, 29 septiembre 2014 15:55)

    Bienvenida, Mónica, como siempre, a este salón luciérnago.
    Estoy totalmente de acuerdo contigo. Pero no quiero que se entienda que proponemos la literatura o la escritura como un jardín vedado para pocos. Lo que repruebo (lo que reprobamos ambos, entiendo) es que haya presuntos escritores que desprecien las disciplinas filológicas, la historia o la filosofía a la hora de escribir. Y tampoco estoy hablando de una formación académica obligatoria, sino de una formación intelectual que permita acercarse a la literatura y a la escritura haciendo justicia a una tarea complejísima y no como quien "juega a ser escritor".
    Aprovecho para desearte la mejor de las suertes con tu novela "Un hotel en ninguna parte". A buen seguro, la tendrás.