Libros, e-books, papiros y estelas funerarias

Es muy probable que los amigos luciérnagos estén de acuerdo conmigo a la hora de considerar el actual panorama literario, libresco y editorial como un perfecto pandemónium. Si hay algo que caracterice el ámbito de las letras en la actualidad es el ruido, la algarabía, la confusión y el griterio. El Parnaso, antaño un lugar donde reinaba el silencio y la dedicación al estudio, es hoy una zarabanda panderetera atestada de vociferantes maleducados, gruñones y chillones, empeñados en hacer oír sus simplezas a toda costa. La Red da voz y altavoz a todos estos energúmenos, y el griterío, el alarido y el berrido se convierte en el único argumento literario al parecer. Propaganda masiva, cháchara inútil, conversación ascensorista, reflexiones infantiles, propuestas juveniles con disfraces intelectuales, clamores de niños malcriados, lamentaciones literarias, quejumbres editoriales... a eso y a cosas peores se reduce -en términos generales, entiéndase- el universal vertedero en que se ha convertido la Red.

Y en este colosal estercolero, el mundo del libro no escapa a las declaraciones y proposiciones más simples y torticeras que puedan imaginarse, propias de una discusión de taberna mugrienta, cuando no de escolares soñolientos esperando a que escampe para salir a jugar al patio.

Editores, escritores, traductores, correctores, maquetistas, responsables de ventas, libreros y lectores parecen enfangados en una discusión a grito pelado en la que no se diferencian argumentos de amenazas y predicciones de augurios. El precio de los libros, la distribución, la calidad, los soportes, la piratería y mil cuestiones no son sino una barahúnda de sugerencias que se acumulan y se olvidan en el Gran Estercolero.

Por otra parte, es comprensible que en un escenario "crítico" (acepción 2, de 'crisis') la confusión sea la característica visible de un problema real. Lo dramático es que la Red precisa confusión, griterío y barahúnda para sobrevivir, y cháchara y conversación inútil, y sugerencias ridículas, y boberías y chistes, y en este aquelarre de tontunas las voces de quien está en condiciones de aportar ideas y razones solventes se diluyen en medio de la escandalera gallinácea de internet; las opiniones de los editores, escritores, libreros y profesionales del libro -los sensatos, que también los hay- se equiparan a las del majadero, al troll o al insensato criticón y bocazas.

En todo caso, no quisiera que esto se entendiera como un desprecio furibundo de internet: como en todos los grandes basureros, muladares, estercoleros y vertederos del mundo, quienes saben buscar encuentran flores, anillos de oro, joyas, piezas útiles y objetos preciosos y valiosos.

Doy por sentado que a nadie le importa mi opinión respecto a la actual crisis editorial, porque en este mundo en el que todo se comparte -curiosamente- no hay nada que menos nos importe que la opinión de los demás. De hecho, en raras ocasiones se aportan argumentos racionales a las discusiones, sino opiniones personales y consideraciones particulares, así que en breve voy a dar las mías y santas pascuas.

Yo, señor juez, soy un obrero de las letras y de los libros. No digo que no deban existir otros soportes en los que puedan expresarse las ideas, las ficciones o las reflexiones de autores e intelectuales; sólo digo que yo me ocupo de los libros y que esencialmente me interesan los libros. Por supuesto, respeto profundamente a todas las personas que leen en e-books, planchas de metal, obeliscos, estelas funerarias o pergaminos. En mi caso -y rogaría el mismo respeto-, el soporte que más me complace es el libro. Y al libro he dedicado toda mi vida y pienso seguir haciéndolo si Dios, Bezos, Suckerberg y otros santones del mundo moderno me lo permiten. En serio lo digo: le deseo toda la felicidad, prosperidad y fortuna a aquellas personas que leen a Jane Austen, a Dickens o a Cervantes en una tableta de cristal líquido o de chocolate, en una pantalla de televisión o en un friso helénico. Sólo pido -si se me permite pedir algo- que se respete mi humilde gusto de leer a estos autores (y a todos los demás) en libros, con su lomo, sus guardas, su cosido o su pegado, con las decisiones estéticas del editor, con su letra escogida, con su paginación adecuada, con sus mapas, sus grabados, sus tejuelos, con sus estampaciones y sus lomeras. La idea de que el soporte es irrelevante me resulta un poco infantil. (Casi da vergüenza tener que explicar que el medio también es mensaje y que todo el cúmulo de información que propone un libro físico se añade al texto, con sus colores, su textura, su tamaño preciso, su fuente característica, su paginación, su orden, etcétera, y todo ello forma parte de lo que el autor y el editor quieren transmitir al lector. Pero esto es algo que sabe cualquiera con dos dedos de frente, claro). Me gusta que todos los libros sean distintos en tamaño, y que tengan distintos colores, y poder apilarlos en mi mesa de trabajo, y utilizar seis a la vez para consultarlos. Prefiero poder dejar los libros abiertos por una página, y volver a ellos ahora, o luego o nunca; me gusta pintar, garabatear, apuntar y doblar las páginas, e incluso recortarlas a veces; me agradan los grandes libros que jamás caben en un e-book ni en un telefonillo, con sus colores impresos, con su tinta, sus defectos y sus glorias de estampación...

Los argumentos para preferir los libros -como puede verse- son muchos, y también los hay literarios, pero ya "se está haciendo tarde y empieza a refrescar, se está nublando el cielo y nos vamos a mojar", así que habrá que ir concluyendo.

Insistiré en que creo que cada cual puede hacer lo que le venga en gana en este mundo libresco siempre que no cometa delitos, ni robe, ni plagie, etcétera, y se someta a las leyes y a las normas elementales de educación. No tengo opinión sobre quienes tienen otros gustos u otras preferencias, y si leen en e-books o en estelas funerarias, en megalitos, en planchas de cobre, en puertas de baño, en ordenadores, en teléfonos o en papiros es cosa de cada cual, y a mí ni me va ni me viene. Ni los juzgo ni evalúo su capacidad para asumir la modernidad. Y espero que tengan la bondad de hacer lo mismo conmigo, aunque sólo sea por piedad y misericordia: los libros son mi antídoto contra la cháchara inútil y el herrero que me libera de la servidumbre. 

¡Saludos, luciérnagos!

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Comentarios: 4
  • #1

    lammermoor (martes, 22 julio 2014 13:18)

    Comparto tu opinión. No siento la necesidad de tener e-book entre otras cosas porque creo que la mayor parte de los libros que me apetece leer o me interesan no sé si los tendría en soporte electrónico. Pero además es que el placer de leer va más allá del propio texto; influye la encuadernación, la calidad del papel, las ilustraciones... Elegir el marcapáginas adecuado al libro.
    Qué yo seguiré comprando libros y disfrutando con ellos y dejando que se desperdiguen por casa,

    Y no, no creo que el libro en papel desaparezca (otra cosa es que la calidad de la literatura actual muchas veces deje bastante que desear) ni que lo hagan las librerías

  • #2

    Elena Rius (martes, 22 julio 2014 17:34)

    Por supuesto que el soporte no es irrelevante. A mí también me resulta incomprensible este empeño en pretender que es "lo mismo" leer un libro en ebook que en un volumen en papel, con su encuadernación y sus guardas. Lo que leo en el Kindle apenas deja huella en mí: como no puedo recordar visualmente una tipografía, una cubierta, el grosor de un lomo... a la hora de rememorar esa lectura encuentro un blanco en mi memoria. Todos los libros leídos en ebook parecen iguales. Todos los libros en papel son diferentes.

  • #3

    Aránzazu (miércoles, 23 julio 2014 00:12)

    "Me gusta que todos los libros sean distintos en tamaño, y que tengan distintos colores (...)" Y a mí. Apilarlos, marcarlos, anotar, volver las páginas hacia delante y hacia atrás. Y me encanta mirarlos cuando están en las estanterías, incluso desordenados. Cada uno de su padre y de su madre. Aunque se rían. "Los libros son para leer, no para mirar." Pues yo los miro y los admiro. Porque sí.

    También uso el bichito infame, confieso. Pero es instrumental auxiliar solamente. No sustituye. Ni por asomo.

    Un saludo.

    P.D. No cambiaría mi edición de la Divina Comedia con las ilustraciones de Gustavo Doré ni por mil libros electrónicos.

    P.D. 2. No cambiaría ninguno de mis libros. Sin más. No mientras no sirva a mis intereses (lectores, por supuesto).


  • #4

    josecvales (miércoles, 23 julio 2014 01:31)

    Gracias por vuestros comentarios. Me resultan interesantísimas de verdad vuestras aportaciones sobre el modo de leer en e-readers. Yo no he tenido esa experiencia y, por tanto, me faltaba esa parte de la reflexión. Vuestras opiniones, creo, sitúan la cuestión con más fundamento, y yo os lo agradezco.
    ¡Abrazos!