Sentimientos, emociones y neurotransmisores

Uno de los grandes disgustos de los jóvenes estudiantes que ingresan en las facultades de Filología tiene lugar cuando descubren que los poetas no dicen "la verdad". Hasta principios del siglo XX, cuando se produce la industrialización de los sentimientos y las emociones, la publicación de los sentimientos y las emociones era algo vergonzante y se restringía a los límites de lo particular, lo personal, lo familiar y las relaciones amorosas privadas. Naturalmente, los párvulos filólogos sentían que su tierno corazoncito se quebraba al descubrir que Garcilaso no derramaba lágrimas de cocodrilo al redactar sus sonetos, sino que tenía delante los textos de Ausonio o Bernardo Tasso para imitarlos a conciencia. "Oh... entonces, aquellos versos en los que lamentaba la muerte de Isabel Freyre... "¡Oh dulces prendas por mi mal halladas...!". Bueno, en primer lugar no hay nada que sugiera una escena tan "romántica", y en segundo lugar, el poeta tenía delante la Eneida para copiar en castellano la virgiliana "Dulces exuviae, dum fata deusque sinebat".

No voy a aburrir a mis queridos amigos luciérnagos con asuntos que conocen bien: la única "verdad" reconocible en Quevedo o en Lope es la "verdad poética", la que remite a una tradición literaria y a una creación lingüística y literaria. El Romanticismo (y algunas fórmulas ilustradas, pero dejémoslo así) propuso la exaltación del "yo" y la individualidad, pero eso no significaba que sus obras literarias (salvo en el caso de autores menores) fueran la narración de sus vidas, de sus sentimientos reales o sus emociones verdaderas. Una de las cualidades de la literatura es sobrepasar los estrechos límites de la realidad para universalizarse. E. R. Curtius, al prologar Poesía y verdad, de Goethe, reproducía una carta del genio alemán a Creuzer en la que afirmaba: "Nosotros debemos reverenciar el legado de nuestros mayores, Homero, Hesíodo y los demás...", y señalaba que su labor intelectual tenía carácter "supratemporal". 

Creo que fue la revelación psicologista de finales del siglo XIX y prinicipios del XX (más que el movimiento romántico) lo que favoreció la explosión del sentimentalismo y el emocionalismo que ha llegado a nuestros días. Hasta ese momento, nadie había sido tan atrevido como para suponer que los sentimientos personales podrían interesarle a los demás y, por lo tanto, cabía la posibilidad de darles salida pública. ¡Incluso los románticos, como el "padre" Goethe, matizaban sus sentimientos personales en la razón ilustrada y en la tradición literaria! El modernismo sentimental de principios de siglo favoreció la proliferación emocional estrictamente individual. Así, de la mano del psicologismo -pocas veces relevante y tantas veces torticero- la literatura se vio (y se ve) inundada de psicopatías, neurosis, paranoias o traumas infantiles. Es fundamental recordar que estos procesos patológicos, aunque se viertan en texto como terapia o catarsis, no son literatura. Pero conviene precisar que algunas de estas patologías y otras aún más graves han sido el sustrato de obras literarias importantes. 

El psicologismo modernista y sentimental de principios de siglo también afectó a la crítica, que aceptó y catalogó como grandes obras de arte lo que no eran más que desvaríos de mentes desgraciadas y enfermas. La literatura se convirtió de este modo en un erial, en el que habían desaparecido los hitos de la tradición y bastaba con la expresión ilimitada y más o menos "poética" de las emociones personales y privadas. Naturalmente, la sociedad -que desestimó como impropio este método al principio- no tuvo más remedio que aceptar el género de la autoexposición emocional, y sumarse a la "industrialización" sentimental que padecemos en nuestros días.

Hoy sabemos que los sentimientos y las emociones no son más que procesos químicos en los que determinadas sustancias (neurotransmisores, biomoléculas, hormonas, etcétera) generan determinados estados fisiológicos y mentales que habitualmente asociamos con estados emocionales. Aunque... desde luego, uno comprende que la "tradición poética sentimental" no acepta bien las odas a la serotonina o los sonetos de exaltación a la dopamina. De todos modos, la noradrenalina y el glutamato podrían adaptarse a uno de esos interminables poemas de verso libre que...

En cualquier caso, aun aceptando la existencia de los sentimientos y las emociones como procesos espirituales o psicológicos (es decir, en el sentido antiguo, del siglo XX), hay que admitir que no todos los autores se entregan a esta exhibición pública y generalizada. Los más avisados saben que el tamiz literario es imprescindible y que el fingimiento "poético" no es más que un recurso escolar. Por otro lado, que los supuestos sentimientos y las emociones necesiten un "rebozado" poético es muy razonable, ya que -como en el caso de las experiencias místicas- deberían considerarse inefables, es decir, indescriptibles.

Poca cosa serían los sentimientos si pudieran describirse en un soneto o una quintilla. ¿Qué clase de amor, amistad, dolor, alegría o desesperación es tan triste, cutre y pordiosero que puede describirse en una novela o en un poema? Si un servidor albergara un sentimiento de amor o amistad tan pobre que pudiera describirse en un poema, me embargaría una depresión mortal.

Les contaré una anécdota real para concluir.

Hace poco, con motivo de... bueno, eso no importa. Lo importante es que cierto autor había escrito algo parecido a una biografía y se me ocurrió preguntarle si no le daba pudor desnudarse así ante el público. (He de advertir que mi pregunta no era maliciosa. Siempre podría haberle preguntado si creía que era necesario dar a conocer su vida o por qué creía que su vida y sus emociones o sentimientos personales podrían interesarle al resto de la Humanidad). Creo que el autor entendió "vergüenza" por "pudor" y me miró airadamente, y me contestó que efectivamente le daba vergüenza pero que la literatura consistía en "publicar las emociones y sentimientos personales".

Mi opinión importa poco, pero por si a alguien le interesa (y teniendo en cuenta que soy consciente de que no son más que procesos neurológicos), considero que los sentimientos personales (al menos los míos) son demasiado importantes para uno y demasiado irrelevantes para los demás como para airearlos en novelas y poemas.

Que tengan buen día.

Un hombre pide perdón (o clemencia) a su esposa en los tribunales de Chicago en 1948 donde se procedía a la demanda de divorcio interpuesta por la mujer (via vintag.es)
Un hombre pide perdón (o clemencia) a su esposa en los tribunales de Chicago en 1948 donde se procedía a la demanda de divorcio interpuesta por la mujer (via vintag.es)

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