Mitos y misticismos de la escritura

 

Permitidme, queridos amigos luciérnagos, que comparta con vosotros un temor que me acecha por doquiera que voy. Y este temor o acechanza no radica sino en la intuición de que está volviendo a resurgir el escritor imbuido de la inspiración sobrenatural. De nuevo vuelven a oírse expresiones que convierten la escritura en un mandamiento sagrado (no se sabe de qué dios), en una orden espiritual, en una misión divina... Los escritores vuelven a hablar de la imposibilidad de sustraerse a semejante imposición (¿alienígena?), de la obligación natural, espiritual, mística o tántrica de entregarse —como víctimas sacrificiales, oh— a la celeste labor de la escritura.

En realidad, parece que son los propios escritores —de corta formación filológica en general— los que se abisman en estas tribulaciones místicas y desatan su farragosa perorata sobre la obligación de escribir, asociándolas a no sé qué ridículos mandatos de carácter místico, divino, espiritual, alienígena o... Con frecuencia hablan de una necesidad irreprimible de escribir, de la "droga" de la escritura, del mandato, de la misión, de la obligación. No tardaremos mucho en saber que hay escritores a quienes unas voces en su cerebro les ordenan dedicarse a escribir, en vez de ir al médico.

Sin embargo, mis queridos luciérnagos, la escritura es otra cosa. (Y la literatura, otra bien distinta). La escritura es el producto de una reflexión (sí, incluso en los místicos y en Santa Teresa, v. bibliografía al respecto) en la que el escritor ha resuelto que tiene algo que decir y ha decidido cómo expresarlo. Ponerse a escribir por ponerse a escribir —por orden de las voces del cerebro o por mandato de Santa Genoveva— tiene otros rasgos que no se asimilan a la escritura ni a la literatura, sino a la psiquiatría. (En todo caso, adviértase que la psiquiatría también ha dado algunos frutos literarios curiosos, asociados sobre todo a la función terapéutica de la escritura). Si una persona tiene unos deseos irreprimibles de escribir, sin saber qué ni cómo ni por qué... bueno, no quiero asustar, pero uno diría que tiene un leve problemilla psiquiátrico conocido como grafomanía.

Mis queridos amigos: la escritura no es un asunto de arrebatos, órdenes divinas, abducciones alienígenas, disparates inspiracionales, genética literaria ni sandeces semejantes. La escritura, y la literatura que podría derivarse de ella, es producto de la inteligencia y la razón, de la reflexión, de la técnica, del estudio, de las lecturas, del análisis y las disciplinas técnicas y teóricas asociadas a la Filología, la Historia, el Arte, etcétera; la imaginación, la intuición, la ocurrencia, la habilidad para descubrir nuevos giros, fórmulas, estructuras o hallar personajes, escenas, teorías o esquemas mentales no son sino el fruto natural del mucho estudio anterior y la mucha reflexión. La escritura es un trabajo consciente y la literatura es el fruto artístico de un trabajo consciente. Ni siquiera los místicos o los surrealistas —salvo los crédulos aficionados de segunda fila— aceptaron jamás que su trabajo fuera el producto de la inconsciencia, pues la inconsciencia, el sueño, la visión mística o la revelación inconsciente, fruto de los problemas psiquiátricos, las drogas o el alcohol, no generan más que sandeces que posteriormente causan graves problemas al editor que tiene que arreglar semejantes desaguisados "inspiracionales".

Por desgracia —o por su propio interés— han sido los escritores quienes han desbrozado este ridículo camino de la inspiración divina, y desde antiguo han propalado la especie de que "su obra" era un producto divino más que humano. Nietzsche describió en El origen de la tragedia la dicotomía en la que a su juicio se escindía la creación artística. En primer lugar, hablaba del "autor poseso", que trabaja en estado de éxtasis, "como poseído por fuerzas extrañas e irreprimibles"; en segundo término nos encontramos con el "autor artífice", que crea en "un estado de lucidez, de equilibrio, de disciplina mental, relizando su obra a través de un esfuerzo vigilante...". Diderot se había expresado en términos semejantes también, aludiendo a la belleza de los trabajos sustentados en la razón, la reflexión, el estudio; mientras que el genio tendría como características la pasión, el dinamismo, y —oh— "el espíritu profético". No es necesario remontarse más, pues todos los luciérnagos conocen las opiniones de los teóricos anteriores. Y todas ellas, o buena parte al menos, aluden a ese "espíritu profético", incomprensible, místico, divino, ¡alienígena!, que traspasa las obras de arte y literarias.

Por desgracia, y al contrario que las apariciones marianas, jamás los "espíritus proféticos" se han manifestado en personas iletradas, o que jamás han leído un libro, o que nunca han estudiado nada, o que ignoran los rudimentos de la historia, la teoría literaria, la retórica, la gramática, etcétera. Curiosamente, el "espíritu profético" siempre se ha manifestado en personas que han dedicado muchas horas al estudio y a su formación técnica e intelectual. Por eso, cuando el dicho "espíritu profético-literario" se expresa en personas de dudosa formación, el resultado suele ser deplorable. El "espíritu profético", en fin, tiene la manía de expresarse en individuos que han estudiado y trabajado mucho, y que han leído y reflexionado mucho, y que han investigado mucho y se han esforzado en las disciplinas por las que el dicho "espíritu profético" siente una especial debilidad: la literatura, el arte, la historia, la filosofía...

Clementine Paddleford y su "espíritu profético", 1958.
Clementine Paddleford y su "espíritu profético", 1958.

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Comentarios: 2
  • #1

    Elena Rius (jueves, 05 junio 2014 15:24)

    Me dan ganas de cortar y pegar para esos momentos en que mis alumnos "escritores en ciernes" me salen con aquello de: "es que no estaba inspirado/a".

  • #2

    Mónica-serendipia (jueves, 05 junio 2014 19:58)

    Pues es cierto que a veces parece que esas declaraciones arrebatadas se han convertido en tendencia. Cuando alguien declara que necesita escribir, que es como una droga, que está poseído por el espíritu de la escritura a borbotones, no puedo dejar de asombrarme. Quizás sean personas muy apasionadas y su manera de expresarse es algo exagerada, desmedida. O quizás es falta de vocabulario, algo espantoso si se trata de un escritor, claro. O quizás solo quieran decir que escribir es algo vocacional, como ser médico o bombero (aunque no puedo imaginar a ninguno de estos dos profesionales diciendo que no pueden dejar de ejercer, que es como una droga). O quizás, simplemente, es que ha pasado demasiado tiempo al sol sin sombrero. Quién sabe.
    El escritor, por definición, debe ser un ser apasionado. Pero ninguna creación que se precie es 100% pasión, otras muchas especias componen la receta: paciencia, trabajo, dedicación, disciplina, formación, investigación, sudor, esfuerzo...