La extraordinaria idea del capitán Symmes

Umberto Eco acaba de publicar en España Historia de las tierras y los lugares legendarios (Lumen, Barcelona, 2013), otra de las maravillas a las que nos tiene acostumbrados. En años anteriores Lumen también publicó La historia de la belleza (2004), La historia de la fealdad (2007) y El vértigo de las listas (2009). Todos estos libros, en general, pertenecen a la disciplina de Historia de las Ideas, aunque con ramificaciones en la Historia del Arte, la Estética, la Filosofía y la Literatura. Se trata de impagables compendios de análisis y textos, acompañados de un apabullante surtido de selectas imágenes. En mi opinión son libros imprescindibles, pero sobre la imprescindibilidad de los libros siempre caben opiniones.

En el reciente manual de Eco se habla, naturalmente, de la Atlántida, del Paraíso, de Thule, de Lemuria, de las Antípodas míticas, etcétera, siempre con abundante e informada precisión. Y también se habla de la teoría de la Tierra hueca del capitán Symmes: una aventura intelectual sorprendente y singularmente luciérnaga. Naturalmente, mis amigos luciérnagos deben acudir al texto de Eco o a cualquier otro lugar ilustrado para conocer esta historia, pero como da la casualidad de que un servidor redactó hace tiempo un artículo sobre este asunto, me permito la desfachatez de ofrecérselo aquí.

Este artículo apareció por vez primera en la revista Caleidoscopio (ya extinta) hace un par de años, en un número dedicado (¡!) a los agujeros. Tuvieron la amabilidad de invitarme a participar y éste fue el resultado.

 

La extraordinaria idea del capitán Symmes

 

En la ciudad estadounidense de Hamilton, en Ohio, junto al Great Miami River, hay un pequeño parque en el que apenas nadie repara. Esa explanada fue durante el siglo XIX un cementerio, pero  en 1848 se retiraron todos los cadáveres y tumbas del camposanto y se decidió crear allí un lugar de esparcimiento y recreo, llamado Ludlow Park. Sin embargo, la ciudad de Hamilton acordó conservar una tumba, la de un hombre extraordinario llamado John Cleves Symmes, que había sido enterrado allí en 1829. Su hijo, Americus Symmes, erigió sobre su fosa un pequeño monumento, a modo de cenotafio, y colocó en lo alto del mismo una enigmática bola de piedra con un agujero que la traspasaba de parte a parte.

El monumento, que se encontraba en una de las partes más degradadas de Hamilton, sufrió graves actos vandálicos durante las últimas décadas del siglo XX, y en 1991 la Historical Hamilton Inc. consiguió recuperar lo poco que quedaba de él. En el memorial hay varias inscripciones recuperadas que hacen referencia a la vida de nuestro extraño personaje.

En definitiva y en resumen, ese cenotafio honra la memoria de John Cleves Symmes, nacido en 1780 en Nueva Jersey, tal y como se indica en el esbozo biográfico de James McBride en Symmes’s Theory of concentric spheres (Morgan, Lodge and Fisher, Cincinnati, 1826; pág. 157 y ss.). En su infancia recibió una common English education, que a lo largo de su vida enriqueció con frecuentes visitas a las mejores bibliotecas, pues su sed de conocimientos era, al parecer, insaciable. En 1802, cuando contaba aproximadamente 22 años, se alistó en el ejército de los Estados Unidos y luchó en las guerras de colonización, contra las rebeliones indígenas y en la famosa ocasión de Bridgewater; por su heroísmo, en numerosas ocasiones constatado, fue ascendido a capitán. La breve biografía citada dice que tras abandonar el ejército en 1816 fue proveedor del ejército en St Louis (Missouri) y Newport (Kentucky), aunque sus inquietudes intelectuales probablemente impidieron que prosperara en semejante negocio. Para entonces ya estaba casado: su mujer era una «prolífica» viuda llamada Mary Anne Lockwood, que ya llevó cinco hijos al matrimonio y le dio a nuestro John C. Symmes otros cinco.

Nadie sabía que, mientras se dedicaba a abastecer al ejército y a negociar con las autoridades y los indios, Symmes estaba elaborando una teoría asombrosa sobre la formación y estructura del universo. Sin embargo, aquel hombre bajito y dubitativo —«he speaks hesitatingly», dice su biógrafo— estaba conformando, de acuerdo con «las secretas operaciones de su mente», una de las teorías más imaginativas de la ciencia decimonónica.

De repente y sin previo aviso, en la primavera de 1818, Symmes acudió a la estafeta de correos de St Louis (Missouri) y envió una asombrosa carta a todas las sociedades académicas y científicas de América y Europa, a los consistorios de todas las ciudades importantes y a numerosísimos individuos destacados por sus contribuciones a la ciencia. La carta se conoce como «la Circular de Symmes» y dice así:

 

 

La luz da luz a la luz para descubrir... ad infinitum

 

St Louis, territorio de Missouri,

Norteamérica, 10 de abril, A. D. 1818.

 

¡Al mundo entero!

            Declaro que la Tierra es hueca y habitable en su interior; que contiene cierta cantidad de esferas concéntricas sólidas, una dentro de la otra, y que en los Polos tiene una abertura de entre doce y dieciséis grados. Juro por mi vida que esto es verdad y estoy dispuesto a explorar el hueco, si el mundo me apoya y ayuda en la empresa.

Jno. Cleves Symmes

de Ohio, ex capitán de Infantería

 

N. B.: Tengo a disposición de la prensa un Tratado sobre los principios de la materia, en el que presento pruebas de las propuestas anteriores, explico distintos fenómenos y revelo el «Secreto dorado» del doctor Darwin.

            Mi única intención es el buen gobierno de éste y los nuevos mundos.

            Se lo dedico a mi esposa y sus diez hijos.

            Elijo al Dr. S. L. Mitchell, sir H. Davy y el barón Alex. von Humboldt como mis protectores.

 

Solicito un centenar de compañeros valientes y bien equipados con los que partir desde Siberia en la estación otoñal, con renos y trineos, desde el hielo del mar helado; garantizo que encontraremos una tierra cálida y rica, provista de abundantes animales y plantas, cuando no hombres, al llegar un grado al norte de la latitud 82; regresaremos en la siguiente primavera. J. C. S.

 

           

El capitán Symmes estaba tan convencido de que la Tierra era hueca (y de que había mundos interiores en ella) que le faltó tiempo para involucrar en su turbamulta de fantasías a las más altas instancias del gobierno. En 1822 se puso en contacto con el senador Richard M. Johnson para que presentara en el Congreso de los Estados Unidos una solicitud con el fin de que se le concedieran los fondos necesarios para enviar una expedición al Polo Norte, entrar por el agujero que había allí y descubrir los territorios del interior. Al parecer no tuvo mucha fortuna en su petición, aunque aún hizo otras dos proposiciones: una al Congreso y el Senado de la nación, y otra, más modesta, a la Asamblea General de Ohio, en 1824.

De todas las cartas que envió, sólo dos tuvieron respuesta: la primera era de un hombre de filosofía, Constantin François Chasseboeuf, conde de Volney, famosísimo en su tiempo por haber escrito Les ruines des Empires (traducidas aquí generalmente como Las ruinas de Palmira, 1791). Volney, que a la sazón era presidente de la Academia de Ciencias de París, le escribió muy amablemente diciéndole que su idea era una perfecta necedad. También recibió una carta procedente de Rusia, en la que se le indicaba que se le concedía permiso para establecer su campamento base en Siberia con el fin de intentar llegar al agujero del Polo Norte. Por desgracia, no podían contribuir con fondos a dicha expedición.

Nuestro hombre no desesperó y, puesto que contaba con el permiso del gobierno de Alejandro I de Rusia, decidió dictar una serie de prolijas conferencias por el este de Estados Unidos, con el fin de recaudar fondos para la expedición y, de paso, difundir su teoría de la Tierra hueca.

El capitán se basaba en datos y teorías: una de las teorías era que la Naturaleza es proclive a la creación de cilindros y esferas huecas y con anillos concéntricos; otra de sus hipótesis afirmaba que, si la Tierra fuera sólida, no se podrían producir terremotos. También había creído ver dos agujeros (uno superior y otro inferior) en Venus y Marte, lo cual corroboraría que todos los planetas tenían la misma estructura. Y, finalmente, el caótico comportamiento de las mareas y los vientos tenía su razón de ser en esos enormes agujeros de los polos. El agujero del norte rondaba los 6.500 kilómetros de diámetro; el agujero del sur era mayor, con un diámetro de casi 10.000 kilómetros.

En fin, según el capitán Symmes, la Tierra luciría dos espléndidos —y gigantescos— agujeros en los polos. En el interior habría otras tres tierras, también huecas, y con sus respectivos polos agujereados. En el centro habría un sol. La flotabilidad y suspensión de las distintas tierras interiores se debería a la existencia de un gas denso y respirable, y la luz de dichos mundos procedería tanto de la refracción de nuestro Sol como del sol interior.

El capitán Symmes se entregó en cuerpo y alma a su teoría de la Tierra hueca, e incluso fantaseó escribiendo un relato titulado Symzonia: A Voyage of Discovery (1820) que publicó con el nombre de capitán Adam Seaborn. Probablemente los largos viajes, las discusiones, las decepciones y las frustraciones acabaron perjudicando gravemente la salud del capitán, que finalmente se retiró a una granja de Hamilton a finales de los años veinte. Murió en mayo de 1829 y fue enterrado en el antiguo cementerio de la localidad. Su hijo Americus, como se ha dicho, le erigió un cenotafio, y en lo alto colocó una Tierra hueca, como símbolo de la idea que con tanta pasión había defendido su padre.

 

 

Apéndice: apuntes, referencias y literaturas

 

Cualquier estudiante avispado de secundaria podría demostrar hoy la insolvencia física, geológica y astronómica de la propuesta de Symmes, pero ésa no es la cuestión. La cuestión es esa quijotesca obsesión por una idea, ese vicio intelectual por un concepto, ese empecinamiento suicida por una teoría. El término clásico para estos abscesos imaginativos es manía. El maniático puede ser una persona perfectamente normal en cualquier aspecto de su vida, pero cambia radicalmente de actitud cuando se le habla del objeto de su manía. Y eso era lo que le ocurría al pobre capitán Symmes. Ése es su encanto, y eso es lo que convierte al capitán Symmes en un personaje tan novelesco. Symmes no tenía ni la formación ni los conocimientos imprescindibles que le permitieran sostener con fiabilidad su teoría, y sin embargo se aferró a ella con una fe inquebrantable. La conjunción de un elevado designio con una actuación ridícula es seguramente una de las combinaciones literarias más atractivas.

Las teorías de la Tierra hueca han sido, en realidad, una manía que ha afectado a toda la Humanidad desde tiempos remotos: el Hades clásico, como el Infierno cristiano o el Sheol judío son lugares intraterrenales y subterráneos, y, curiosamente, la descripción como lugares ardientes y abrasadores se compadece en alguna medida con la realidad geológica. Dante situó el Infierno en el inframundo, pero otros autores (Guillaume Postel o Giacomo Casanova) advirtieron de la perspicacia de Dios, que supuestamente habría situado el Paraíso en el interior terráqueo para que los humanos no lo encontraran. Muchos pueblos antiguos e infinidad de leyendas medievales hablan de mundos y pueblos subterráneos: la más curiosa es tal vez la que se cuenta en el condado de Donegal, en Irlanda, donde se encuentra la Puerta del Infierno (Station Island). Se cerró para siempre en 1632.

Pero cuando el capitán Symmes desarrolló su teoría, probablemente no tenía en mente los mitos y leyendas clásicas y medievales, sino la obra de eruditos y filósofos modernos, como Athanasius Kircher (1602-1680), que hablaba de unos extraordinarios vórtices en los polos, generadores de vientos y mareas; el teólogo Thomas Burnet (1635-1715), que ya sugirió la posibilidad de que las aguas fluyeran desde el interior de la Tierra por unas aberturas en los polos; y, sobre todo, sir Edmund Halley (1656-1742), bien conocido por haber descubierto y descrito la trayectoria del cometa que lleva su nombre: Halley imaginó la Tierra como una esfera hueca, con tres tierras interiores, también huecas y concéntricas, pero cerradas, sin agujeros en los polos.

La teoría del capitán Symmes fue la última propuesta «ingenua» sobre una Tierra hueca. Las que se difundieron posteriormente (como las de William Reed, Lady Paget, Marshal Gardner o Cyrus Teed, entre otros muchos) ya adolecen de la malicia de quien sabe que son falsas y las mantiene por intereses espurios.

Los textos literarios más relevantes que hacen referencia a los mundos intraterrenales son Las aventuras de Arthur Gordon Pym (1838), de Edgar Allan Poe; Isaac Laquédem (1853), de Alejandro Dumas, padre; Viaje al centro de la Tierra (1864), de Jules Verne; y Laura o el viaje en el cristal (1884) de George Sand.

José C. Vales

 

 

 

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Comentarios: 3
  • #1

    Elena Rius (sábado, 14 diciembre 2013)

    Una historia tan, tan novelesca que parece inventada. Lo que demuestra cuán a menudo lo verdadero no es verosímil y viceversa. En cualquier caso, un entretenido texto luciérnago. Creo que lo que más me gusta es la desfachatez de los rusos: ¿Qué dice que la Tierra es hueca? ah, pues que vaya buscando el agujero por Siberia, a ver cómo se las arregla... Eso sí, ni un duro.

  • #2

    sergio escobedo (martes, 28 abril 2015 08:50)

    HISTORIA FACINANTE!!

  • #3

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