Imitatio Christi: ¡no escribas!

Me encontraba hace unos días repasando -por razones que no vienen al caso- algunos textos agustinianos, cuando me topé con la famosísima contestación que el de Hipona dirigió a Fausto, llamado "el Maniqueo" (Contra Faust. Manich., 28, 4) a propósito de algunas dudas y reticencias que tenía este sobre las enseñanzas de Jesús. Lo que me llamó la atención fue la duda de San Agustín respecto a la posibilidad de que pudiera encontrarse en algún momento un texto escrito por el mismísimo Jesús de Nazaret. Tanto San Agustín como San Jerónimo parecen dejar muy claro que el profeta de Nazaret no dejó escrito nada en absoluto.

¿Cómo es posible que un rabino famoso, un profeta reconocido, una verdadera celebridad en su tiempo no dejara escrita ni una sola palabra? (Me parece estar oyendo a mis queridos seguidores: "Ya está este JCV con sus cuestiones estrafalarias y luciérnagas").

Sín ánimo de adentrarme en laberintos de sociología histórica, podría afirmarse que el Próximo Oriente fue en la Antigüedad un hervidero graforreico: tal vez el asombro ante el descubrimiento de la escritura fuera la razón de una febril actividad gráfica, pero lo cierto es que esa zona ofrece durante algunos siglos una cantidad asombrosa de textos, entre los cuales naturalmente destacan los compendios bíblicos y hebraicos.

Incluso los discípulos de Jesús el Nazareno (algunos de ellos no especialmente ilustrados) se revelaron como prodigiosos biógrafos y dejaron para la posteridad los impagables Evangelios. Sin embargo, repito, "el interesado" jamás escribió nada. Parece que hubiera adoptado algunos rasgos de la filosofía griega antigua, y al modo de Sócrates, se negara a redactar ni una sola línea. Tal vez pensaba prudentemente como aquel senador romano, que advertía que las palabras se las lleva el viento y los escritos permanecen -amenazantes- para siempre.

Hay, sin embargo una leyenda que... (En fin, si hay una leyenda, no vamos a dejarla pasar ni a despreciarla como falsa; a efectos literarios es tan cierta como cualquier otro relato). Hay una leyenda antigua, digo, de enorme importancia religiosa según la cual Jesús de Nazaret -convertido ya en un famoso predicador- habría mantenido correspondencia con un rey sirio. No cuesta ningún trabajo imaginar que Jesús, como rabino que era, educado en la escuela de Jerusalén, mantuviera correspondencia oficial y administrativa o religiosa con grandes personalidades de su época. El rey se llamaba Abgaro V Ukhâmâ (es el que Tácito llama Acbarus Magnus), que reinó en la ciudad de Edesa, la capital de la Osrhoena, durante los primeros años de la EC.

Al parecer -y sigo aquí fielmente la información que proporciona Aurelio de Santos Otero en su estudio de los evangelios apócrifos-, este monarca estaba aquejado de una enfermedad incurable, tal vez la lepra negra. Al parecer, el monarca escribió una carta al famosísimo profeta de Nazaret en la que le rogaba que visitara su ciudad y lo sanara. Jesús le contestó (¡!) y le envió una misiva diciéndole que, lamentándolo mucho, no podía ir a Edesa porque tenía que cumplir con una misión divina. De todos modos, añadía en su carta el Nazareno, le prometía que una vez que subiera a los Cielos le enviaría a un discípulo suyo para que lo sanara y, de paso, predicara el Evangelio. Y, efectivamente, poco después de la Ascensión de Jesús a los Cielos, y por mediación de Tomás, se le encomendó a Tadeo (Addai) que fuera a Edesa y sanara al monarca Abgaro.

Estoy seguro de que todos los luciérnagos amigos están deseando leer una carta manuscrita de Jesús de Nazaret. Pues bien, en el Jardín Luciérnago no se van a ver defraudados. He aquí la contestación -un poco burocrática y administrativa, es cierto- que envió Jesús al rey Abgaro:

 

"Abgaro: dichoso de ti por creer en mí sin haberme visto. Pues escrito está acerca de mí que los que me hubieren visto no creerán en mí, para que los que no me hayan visto crean y tengan vida.

Por lo que se refiere al objeto de tu carta, en la que me rogabas viniera hasta ti, [he de decirte que] es de todo punto necesario que yo cumpla íntegramente mi misión y que, cuando la hubiere cumplido, suba de nuevo al lado de Aquel que me envió.

Mas, cuando estuviere allí, te enviaré uno de mis discípulos para que cure tu dolencia y te dé vida a ti y a los tuyos".

 

La contestación de Jesús resulta un poco funcionarial, es cierto, y no destila ese aire místico que tanto nos emociona en las palabras que recogen Mateo o Juan en sus Evangelios. A decir verdad, parece que le está dando largas al pobre rey leproso, a quien es fácil imaginar decepcionado porque el profeta milagrero de Nazaret se negaba a viajar a Edesa con la excusa de una misión divina.

Pero... no vayamos más allá en las imaginaciones. La verdad es que esta carta muy probablemente data de mediados del siglo III y que, aunque hay autores que defienden su autenticidad, no hay pruebas fehacientes de que fuera redactada por el mismísimo Jesús de Nazaret. Lo que se tiene en la actualidad son copias en distintas lenguas (siríaco, armenio, griego, latín, copto o árabe), porque esa carta o algunas de sus frases se utilizaron como talismanes contra las enfermedades durante siglos.

La tradición eclesiástica afirma que Jesús no escribió ni una sola palabra de su puño y letra, y ciertamente sería decepcionante que su obra manuscrita se redujera a esa lamentable carta al rey Abgaro en la que le da largas y le asegura la curación para más adelante, por apóstol interpuesto y cuando Él hubiera subido al Cielo.

Si es cierto que Jesús nunca escribió nada, hay un rasgo de elegante displicencia en ese acto, una prudente seguridad en sí mismo, un gesto augusto, a medio camino entre la filosofía mística y la humildad eremítica. Esa negación de la palabra manuscrita en favor del testimonio ajeno consagra también un carácter profético y divino. También parece un alejamiento de la soberbia vanidad que implica el acto de plasmar en letras de molde o calígrafas las ideas personales... Ante semejantes sugerencias, sólo se me ocurre que tal vez deberíamos promover la humildad del silencio escriturario; en este sentido, seguir las enseñanzas de Jesucristo no sólo sería un acto de modestia, sino también de generosidad hacia el resto del mundo. No he visto en ninguna "Imitatio Christi" la idea de seguir en esto a Jesús y promover el silencio literario como virtud cristiana, pero nunca es tarde para guardar discretamente la pluma, clausurar el teclado y entregarse a la moderación no volviendo a escribir ni una sola de las majaderías que se nos puedan ocurrir.

 

[Cfr. Los evangelios apócrifos. BAC, Madrid, 1963/2006; colección de textos griegos y latinos, versión crítica, estudios introductorios y comentarios de Aurelio de Santos Otero; págs.: 655 y ss.]

 

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Comentarios: 8
  • #1

    Antonio (jueves, 28 noviembre 2013 14:06)

    Ni los más santos - Juan de la Cruz, Teresa, etc, - han sido capaces de imitar a Cristo en esto... La literatura es un veneno más fuerte que cualquier dios.

  • #2

    JCV (jueves, 28 noviembre 2013 14:23)

    Es más: si San Agustín o San Jerónimo hubieran decidido no escribir, ¿cómo sabríamos que Jesús no había escrito nada?
    Saludos y bienvenido al jardín luciérnago, Antonio.

  • #3

    Elena Rius (jueves, 28 noviembre 2013 16:48)

    Nunca dejan de fascinarme las lecturas a que te entregas en tus ratos de ocio: textos de Agustín, evangelios apócrifos... Fuentes de sabiduría que luego compartes con tus lectores luciérnagos. Ciertamente, a mí me había mosqueado siempre un tanto eso de que Jesucristo no hubiese dejado nada por escrito. Yo lo había atribuido a una postura socrática, imaginando que valoraba por encima de todo la palabra hablada. He de decir que esa burocrática carta al pobre rey enfermo ha hecho que caiga varios enteros en mi valoración. Confío en que sea cierto que se trata de un escrito tardío, probablemente de algún monje ordenancista, que se veía a sí mismo como una especie de secretario divino: "El Señor no va a poder atenderle hoy porque está muy ocupado haciendo milagros y subiendo a los cielos; rellene este impreso y nos pondremos en contacto con usted a la mayor brevedad posible." Eso sí, nos has dejado con la intriga: el buen Abgaro, ¿se curó o no?

  • #4

    JCV (jueves, 28 noviembre 2013 16:57)

    Me encanta compartir contigo estas risas, Elena.
    Puedo imaginarme perfectamente la cara del rey Abgaro cuando leyera: "Lamentándolo mucho, tengo una misión divina y no puedo ir a Edesa. Le enviaré a un apóstol cuando suba a los Cielos".
    Respecto a tu duda... sí, el rey se curó, algunos dicen que bastó con la carta, y otros que tuvo que esperar a la Ascensión y a que llegara el enviado, Tadeo, que por fin logró que sanara.
    Abrazos, amiga.

  • #5

    Ro (domingo, 01 diciembre 2013 02:48)

    Mejor no te digo los textos que repaso yo de vez en cuando, casi con seguridad tus pupilas no serían capaces de soportarlo.
    Uno no solo es esclavo de lo que escribe. En cualquier caso, la leyenda siempre me ha resultado un poco "Monty Python" o José Mota (hoy no, mañana). Pensar que dijo "No puedo ir, llego tarde, pero ya te mando a alguien de confianza" es incompatible con mis creencias. No sé de quién será la cartita, pero mi imagen de Jesús no tiene nada que ver con la meritada leyenda ni con el contenido de tan curiosa epístola :-)
    Buenas noches y buena suerte. Un abrazo :-)

  • #6

    JCV (domingo, 01 diciembre 2013 03:59)

    Bienvenida de nuevo al jardín luciérnago, Ro.
    Por supuesto, esta entrada no trata de religión, ni de teología, naturalmente, ni pretende establecer certezas sobre datos históricos o legendarios. Este 'post' trata de los motivos por los que escribimos y si deberíamos sopesar más qué y cómo escribimos.
    Yo tampoco sé quién escribió la carta, aunque eso es irrelevante en el caso. Un especialista llamado Nirschl dice que sí fue escrita por Jesús, aunque la mayoría de los eruditos sugieren copias del "Diatessaron" de Taciano. En todo caso, ya te digo que eso es irrelevante para lo yo que deseaba proponer.
    Un abrazo.

    proponer.

  • #7

    Ro (domingo, 01 diciembre 2013 10:36)

    Hola!!
    Lo sé, lo sé, de verdad que lo he captado :-) Sé que es totalmente irrelevante, pero es mi argumento, nada empírico, para comentar mi opinión sobre la carta, que, sea de quien sea, siempre me ha hecho gracia. Por eso lo he comentado, no por otra cosa, de verdad :-)
    ¡¡Abrazos!!

  • #8

    Harold (sábado, 19 septiembre 2015 21:39)

    Hola!
    Me gusta tu opinión. Lo de la carta, cualquiera pudo haberla escrito. Lo digo porque acepto la divinidad de Cristo a quien no le debe haber sido fácil comunicarse en el idioma de este mundo, tosco y bruto y traicionero. No sin razón Jesús se lamentó de las limitaciones de sus discípulos. Por lo mismo que lo escrito por los evangelistas (y con mayor razón las epístolas de Pablo (o Saulo) hay que leerlas entre líneas, buscando la palabra de Dios.