La nueva novela

Los amigos que de tanto en tanto tienen la bondad de visitar estos parajes luciérnagos saben cuánto se lamenta aquí el triste estado de la República Literaria y cuán ajados se ven los cortinajes y el mobiliario de los palacios parnasianos. La ignorancia, la mezquindad, la envidia y otras infecciones no menos purulentas han conseguido que nuestras Letras presenten un aspecto mugriento y lamentable. Por desgracia, un servidor no tiene el bálsamo de Fierabrás que pueda curar semejantes males, de modo que habrán de ser otros, más instruidos y desde luego más hábiles, quienes procuren la salud a nuestro enfermo, o para siempre se verá abocado a permanecer en la planta de incurables del hospital cultural.

Sin embargo, y pensando en qué modo podría uno contribuir a mejorar el estado del moribundo, he decidido compartir con mis amigos luciérnagos un remedio que pondría fin al menos en cierta medida a la lamentable calidad de las novelas de nuestro tiempo.

Mi idea es que todas las novelas se hagan acompañar obligatoriamente— de una anotación precisa y una amplia y exhaustiva bibliografía.

Efectivamente, es muy lamentable encontrarse con novelas que no están convenientemente anotadas, porque el lector con frecuencia ignora los detalles que siempre tiene en cuenta la superabundancia intelecual del novelista. He ido a mi biblioteca y he escogido un libro al azar: El color púrpura, de Alice Walker, que fue Premio Pulitzer en 1983. En los primeros renglones se nos habla de un lugar llamado Macon. ¿Y bien? ¿Dónde está Macon? ¿Se refiere la autora a la Macon de Georgia o es un lugar inventado? ¿Cuántos habitantes tenía Macon en la época en la que se desarrolla la historia? ¿Quién era su alcalde? Otra, un clásico moderno: El perfume de Patrick Süskind. Ya en el tercer renglón cita a De Sade, Saint-Just, Fouché y Napoleón. Naturalmente, uno conoce a Napoleón y a De Sade ¿pero tengo la obligación de conocer a Fouché y a Saint-Just? ¿Quiénes eran? ¿Revolucionarios? ¿O, tratándose de El perfume, eran perfumeros de la ciudad de Colonia? ¿O es que acaso el señor Süskind quiere que me sienta culpable por mi ignorancia de los más mínimos acontecimientos de la historia de Francia? ¿Y si soy natural de Malaisia? ¿Por qué tendría que conocer los intríngulis de la historia revolucionaria de Francia?

Estos dos ejemplos bastarían para que todas las editoriales exigieran como condición sine qua non una anotación precisa y exhaustiva de las novelas que se entreguen, así como una amplia bibliografía comentada, si puede ser, para que el lector que se gasta su dinero en un libro tenga toda la información a su alcance y no tenga que andar indagando si Macon está en Georgia o en Virginia, o si Fouché era partidario de Robespierre o de Murat.

Por supuesto, nadie en su sano juicio compraría o leería hoy un Quijote sin anotar, como nadie salvo los especialistas se atreverían con un Cicerón o un Ovidio, o con una exégesis bíblica, o un San Isidoro o... En fin, ni siquiera puede uno imaginarse que haya nadie tan torpe como para adentrarse en Blake o Wordsworth (ambos Williams), o en Goethe y Schiller sin un aparato crítico imprescindible. 

Pero lo que se propone aquí es que TODAS las obras literarias vengan a las manos del lector con dicha información, correctamente apuntada y anotada. Y estoy viendo que habrá algún picajoso que diga que esto es imposible: pues me permito recordar que Umberto Eco hizo ya esto mismo con El nombre de la rosa, para satisfacción de sus muchos y fervorosos clientes y lectores (entre los cuales me hallo, naturalmente).

Es una vergüenza que los títulos más vendidos y populares de nuestros días hurten a sus fieles lectores una información imprescindible. ¡Hombre, por favor! Recuerdo que el ejemplar de El Código da Vinci que adquirí y que no sé dónde está no venía acompañado ni de una sola nota, y no se especificaba si la Biblia que había utilizado el autor era la Vulgata, la Septuaginta, la de Berleburgo, la de Lutero o la del rey Jacobo. Y, aunque desgraciadamente no he tenido tiempo para leer los novísimos fenómenos editoriales de la gran escritora E. L. James, he comprobado que su Opera Magna viene sin bibliografía, y sin unas mínimas referencias a los grandes tratados erótico-sexuales, como las obras de Luciano, el Káma-sutra, el Decamerón, o los manuales y álbumes eróticos de la antigua China, por ejemplo El manual de la muchacha cándida.

Si la República Literaria quiere mejorar la deplorable imagen que tiene, ha de afrontar sin falta estas carencias intelectuales. No puede publicarse novela en nuestro país sin una anotación implacable y una bibliografía adecuada. El autor, para que sea considerado como tal, ha de señalar cuáles han sido sus recursos, sus fuentes, sus materiales... ¡a no ser que nos quieran hacer creer que todo cuanto escriben lo encuentran en sus geniales e inspiradas molleras!

¿Una novela romántica? Anote usted los lugares, los tratados sobre las emociones, los libros sobre las relaciones humanas, la historia social y matrimonial, etcétera. ¿Una novela histórica? Anote usted fechas, fuentes, ediciones críticas, facsímiles, bibliografía... ¿Cómo puede leerse una novela histórica medianamente decente sin una anotación exhaustiva? ¿Una novela intimista y de sentimientos sentimentales autodestructivos y apesadumbrados? Cítense los trabajos freudianos o jungeanos adecuados, y las estadísticas de la OMS sobre suicidios, tratados de sociología, sobre la historia de la locura, etcétera. ¿Y las novelas modernas de borrachos y drogadictos que odian la vida? En este caso, con citar a Bukowski o a Kerouac es suficiente y el lector ya se da por enterado; en todo caso, una referencia a algún manual sobre drogas y alcoholismo nunca está de más. ¿Una novela posmoderna? En este caso es imprescindible la anotación y la bibliografía, porque el lector rara vez conoce a los autores búlgaros, ucranianos o moldavos de los que hablan esos prodigios del intelecto, y también es necesaria una sinopsis final, para que el lector tenga una idea aproximada de lo que ha leído y pueda comentarla en...

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Comentarios: 3
  • #1

    RO (domingo, 17 noviembre 2013 03:43)

    Acertadísimo remedio el que propones desde mi humilde punto de vista. Sería una maravilla que los libros gozasen de ese contenido adicional tan importante. De hecho, las ediciones "especiales" que tengo son joyas, no hay color a la hora de leer esos libros, se exprime la lectura, y por supuesto, no es lo mismo que yo busque la información que me interese a que un profesional me la incluya en el libro o me facilite los datos sobre dónde debo buscar. Hace poco estuve en una presentación de un escritor y no paré de anotar datos sobre cómo se había documentado para su novela; explicó con pelos y señales su contexto histórico y el porqué de muchas cuestiones. Pensé que sería maravilloso que esa información estuviera al alcance de todos al comprar el libro.
    Y bueno, también estaría bien que algunos lectores sepan que lo que leen es ficción (pues en los ejemplos que mencionas del "Código Da Vinci" y los de E.L James hay quien se cree todo o casi todo lo que se cuenta).

    ¡Un abrazo!

    PD: Lo de Dan Brown no me lo esperaba (no lo valoro, simplememente me ha sorprendido :-P )

  • #2

    JCV (miércoles, 20 noviembre 2013 12:39)

    Gracias por pasarte por el jardín luciérnago, Ro.
    No estoy seguro de haber conseguido imprimir en el texto el sarcasmo y la ironía que pretendía... Hum.
    Respecto a Dan Brown, puedo asegurarte que me gusta tanto como E. L. James. O Danielle Steel, por poner un algo.
    Abrazos.

  • #3

    Ro. (jueves, 21 noviembre 2013 15:35)

    jajaja, si que la había captado la ironía, pero no hasta ese extremo. Vale, dejo en suspenso el proceso de desmitificación que había comenzado con respecto a tu figura (es bromaaaaaa).