La música extremada

Aceptaré con paciencia y humildad penitencial los latigazos que se me propinen por escribir esta entrada sobre fray Luis de León, pues soy consciente del sacrilegio y la blasfemia literaria de comentar al acaso la excelsa poesía del agustino en un blog frívolo de curiosidades luciérnagas.

Por otro lado, no creo que haya otro asunto más digno de consideración y estudio que la poesía renacentista española. En todo caso, mi osadía no llegará al atrevimiento de ensayar una crítica literaria de las obras de fray Luis de León, ni siquiera de una oda o alguna de sus traducciones o prosas. Sólo me referiré a un verso (el cuarto de la oda a Francisco de Salinas) y, naturalmente, apenas podré esbozar algunos aspectos de lo que propone el poeta en ese verso. (Para comentar todo el poema necesitaría más tiempo del que dispongo y más intelecto del que Natura graciosamente me concedió).

He de advertir que vengo a este verso de Fray Luis de León por casualidad, por una sugerencia que aparece en un texto de astronomía que tengo entre manos y porque la cuestión en sí me parece suficientemente luciérnaga como para tratarla con algún detalle.

Aunque no es necesario recordar los versos de la Oda a Francisco de Salinas, pues todos los amigos luciérnagos los conocerán de memoria, avanzo aquí los primeros sólo para disfrutar de ellos una vez más.

 

 

 

"El aire se serena

y viste de hermosura y luz no usada,

Salinas, cuando suena

la música extremada,

por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino

el alma, que en olvido está sumida,

torna a cobrar el tino

y memoria perdida,

de su origen primera esclarecida".

Este Francisco de Salinas al que dedica su oda fray Luis era un músico de renombrada fama en la Universidad de Salamanca. Debió de nacer en torno a 1515 en Burgos, y falleció en 1590. Según todos los indicios se quedó ciego a muy temprana edad, lo cual no impidió que estudiara Humanidades y Filosofía en la universidad salmantina. Después pasó a Italia, donde continuó su formación y su actividad profesional durante veinte años, al abrigo del papa Pablo IV. De regreso a su universidad, se le concede la cátedra de música (1567), como experto en música especulativa. Se llamaba "música especulativa" a la música culta de carácter intelectual o espiritual, frente a la "música práctica", o común. A la música especulativa se dedicaban, como teóricos o compositores, los matemáticos, los filósofos, los humanistas de postín, los astrólogos y los astrónomos.

El poeta admira en Salinas su habilidad para transportar el espíritu del oyente: acudiendo a los rudimentos platónicos, fray Luis explica que, al escuchar la música de Salinas, el alma olvidadiza "recuerda" de dónde procede, y halla su "memoria perdida", y "recobra el tino", el sentido, y vuelve a su "origen primera" como quien descubre "esclarecida" su verdadera naturaleza.

¿Tanta fuerza y tanta sugestión promovía la música del maestro burgalés? En aquella época el platonismo se había ajustado a la idea teocéntrica del mundo, y se entendía que Dios -Maestro tañedor de la cítara celeste (v.21), desde luego- había creado el mundo conforme a la "harmonía" y perfección que naturalmente se le atribuían. Los intelectuales medievales habían asumido que dicha "harmonía" guardaba relación con las proporciones musicales y matemáticas que en su momento estableció la escuela pitagórica.

La teoría de la música especulativa había desarrollado esas ideas sustancialmente, y las había aplicado a los conocimientos científicos del momento, pero todo el conocimiento se concentraba en la idea de la armonía universal y las proporciones numéricas. 

La teoría pitagórica suponía que el movimiento de los cuerpos celestes, engarzados en esferas concéntricas, debía producir necesariamente un formidable estruendo, señaladamente el Sol o la Luna. Por otra parte, y para asombro de científicos y músicos, esos astros y otros menores, como Saturno, Marte, Venus y Mercurio, guardaban entre sí distancias que se asimilaban a las armonías musicales; decían, además, que no la oíamos porque estábamos acostumbrados a ella desde que nacíamos. Aristóteles, en su Tratado del Cielo (II, 9), no parece muy convencido y, por su parte, tiende a considerar que las esferas no producen ruido alguno.

Sin embargo, en el Renacimiento ya se había retomado por completo -al menos teóricamente- la idea de la música que producen las esferas concéntricas del universo al girar unas sobre otras alrededor de la Tierra. Y decía Castiglione en su Cortesano: "Fue [...] opinión de muchos sabios y famosos filósofos ser el mundo compuesto de música, y los cielos, en sus movimientos, hacer un cierto son y una cierta harmonía y nuestra alma con el mismo concierto y compás ser formada, y por esta causa despertar y casi resucitar sus potencias con la música" (trad. Boscán).

Ésta es una de las ideas más "luciérnagas" que uno pueda imaginarse: que los planetas y los astros, encastrados en esferas concéntricas alrededor de la Tierra, producen sonidos musicales que están en armonía con el espíritu humano y que, por esa razón, la música tiene ese poder evocador y místico: porque nos recuerda la "harmonía" universal generada por las esferas, que no es sino la creación del gran Maestro tañedor de la cítara celestial. El alma, en fin, a través de la música, recuerda su origen divino, y de ahí el éxtasis emocional que produce la gran música, la que se alinea con la armonía divina.

Grandes astrónomos, como Kepler, Maier, Bode o Gregory continuaron la tradición de ajustar ingeniosamente las distancias astronómicas a las notas musicales, las armonías y los ritmos. Por otro lado, los poetas añadieron su parte espiritual: "A través de la música el alma entrevé los esplendores situados más allá de la muerte", decía Baudelaire.

Además de ser una idea extraordinaria, alentada en los primeros siglos de la filosofía griega, tuvo una larga vida teórica y poética -ya que no científica-, y la explicación de los poderes evocadores de la música ha mantenido esa relación con las esferas del cosmos. Es también una de las ideas más fecundas de la poesía y la mística literaria, y una explicación ingeniosamente "luciérnaga" a las emociones y sentimientos de elevación emocional que provoca la música en los hombres.

Fray Luis, estatua del Patio de Escuelas, en la Universidad de Salamanca
Fray Luis, estatua del Patio de Escuelas, en la Universidad de Salamanca

Más y mejor en Fray Luis de León: Poesía. BCRAE, RAE/Galaxia Gutenberg, Madrid, 2012; ed., est., y not., de A. Ramajo Caño. Francisco Rico: El pequeño mundo del hombre. Castalia, Madrid, 1970 / Destino, Barcelona, 2005.

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Comentarios: 4
  • #1

    Julia (miércoles, 23 octubre 2013 15:02)

    A este bien os llamo,
    gloria del apolíneo sacro coro,
    amigos (a quien amo sobre todo tesoro)

    Lo demás de que todo lo visible es triste lloro lo dejamos afuera porque es poco luciérnago, creo yo (que estoy tratando de entender qué califica para semejante honor).
    Besos

  • #2

    JCV (miércoles, 23 octubre 2013 15:09)

    Gracias, Julia, por pasar por el jardín luciérnago.
    Entreguémonos a los versos de fray Luis, que "al bien divino / despiertan los sentidos, / quedando a lo demás adormecidos!".
    Abrazos.

  • #3

    Elena Rius (miércoles, 23 octubre 2013 16:17)

    "No creo que haya otro asunto más digno de consideración y estudio que la poesía renacentista española": por supuesto, querido amigo, no lo hay. Y esos primeros cuatro versos de la "Oda a Salinas" son para mí de los más excelsos en lengua castellana. Siempre, al recordarlos, me lleno de "hermosura y luz no usada". Literalmente, transportada a esas esferas celestiales. Que serán quizás poco científicas (qué sé yo de eso...), pero que en cualquier caso resultan grandemente evocadoras.
    Por cierto, siempre he deseado poder escuchar la música compuesta por Salinas, aunque me temo que nunca estará a la altura de las expectativas creadas por su amigo fray Luis. ¿Por casualidad sabes si es posible encontrar alguna muestra?

  • #4

    JCV (miércoles, 23 octubre 2013 20:00)

    Gracias, Elena, por venir al jardín luciérnago. Coincidir contigo en el aprecio de la poesía renacentista es una gran alegría. (Un día haremos un monográfico mensual de Garcilaso, Fray Luis y San Juan, y nos quedaremos tan frescos).
    Respecto a la música, soy un completo lego, pero Jordi Savall, entre otros, parece haber hecho algo al respecto.
    Abrazos.