Gallinas en palacio: la crítica literaria

Sólo los aficionados y los que han llegado a la literatura por casualidad o deslumbrados por imaginaciones narcisistas pueden fijar trincheras intransigentes en el hecho literario. Todos conocemos personas que no salen del torbellino de F. S. Fitzgerald o de J. D. Salinger, o que se ahogan como náufragos en Joyce o Eliot, o se anegan en las torturas de Woolf o Dickinson, o convierten su existencia en una paráfrasis ridícula de las obras de Bukowski y Kerouac. Nadie puede impedir que un lector decida entregar su vida literaria a un autor, o a un grupo de autores o a un estilo poético o narrativo. Pero un profesional de la crítica o de la literatura debería contar con los recursos suficientes como para no limitar su espectro literario a un género o a un estilo o a un grupo de autores. Por otra parte, es una obviedad que el gusto personal es irrelevante en la crítica literaria; ningún verdadero crítico se pregunta si una obra literaria le "gusta", sino que elabora su discurso y disecciona el texto a partir de sus premisas teóricas (sea el historicismo, el formalismo, la estilística, el new criticism o lo que fuere) y ofrece una visión informada del texto ajena a sus intereses personales.

 

 

Siempre me he preguntado cómo afrontará uno de esos devotos irritados de Kerouac una comedia de Lope de Vega, por ejemplo la maravillosa "La dama boba". (Sí, es una maldad). Y me intriga saber cómo los fervientes y apasionados lectores de Sylvia Plath o Emily Dickinson afrontarán la lectura de John Locke o James Thomson. Y, desde luego, creo que pagaría (aunque no mucho) por saber qué piensan de Petrarca los fanáticos de Philip Roth, Jonathan Franzen o Thomas Pynchon.

La literatura -casi da pereza repetirlo- es un arte en evolución, y del mismo modo que un crítico de arte puede valorar, en su medida y de acuerdo con un análisis histórico y técnico, a Sargent y a Miguel Ángel, un crítico literario (y cualquier lector en general) debería poder evaluar sensatamente a Ian McEwan y a Rosalía de Castro, o a Enrique Vila-Matas y a Paravicino, de acuerdo con algo más que su "gusto" personal. Aunque me llamen pesado, reitero que, para un profesional, la literatura es como un plato de lentejas: no importa si te gustan o no, lo importante es si están bien hechas.

 

 

En nuestro tiempo de egolatrías, el crítico popular parece despreciar todo aquello que no halaga su vanidad literaria (o la de quien le paga), lo que no le proporciona un estatus entre la "intelectualidad literaria" (los personajes del corazón del mundo cultural, para entendernos) o que no se ajusta a lo que consideran imaginativamente el canon literario actual, o personal, o socio-cultural. Aquellos que no salen de Bukowski, Kerouac y Borroughs no tienen mucho más seso literario que los que andan enfangados en las E. L. James, Megan Maxwell o Raine Miller. (Dado el caso, prefiero a quienes no salen de Ovidio, Cicerón, Virgilio y Horacio). A pesar de la vergüenza ajena que provoca esa cierta intransigencia crítica -muy ridícula, por cierto-, los críticos populares siguen insistiendo en negar la variedad literaria de nuestro caótico siglo XXI y que comenzó en los enfangados territorios vanguardistas de principios del XX. Desde entonces -y esto es algo que deberían saber los críticos-, la escena literaria evolucionó como un árbol de genealogía animal o vegetal, expandiéndose en ramas diversas: muchas de esas ramas coexisten y son perfectamente válidas (como la novela histórica, la novela negra, la biografía novelada, la introspección sentimental, la novela urbana en sus distintas variedades, la recuperación de modelos decimonónicos, etcétera), mientras que otras ramas se agostan más pronto que tarde y mueren sin remedio, como ha ocurrido siempre.

La crítica seria (universitaria fundamentalmente) es consciente de este hecho por lo demás obvio, y la investigación crítica se aplica tanto al método histórico-literario (fuentes, corrientes, formación, historia, contexto, etcétera), como al hecho lingüístico y estilístico. Por supuesto, sin los bártulos de la sociología, la filosofía, la historia, la lingüística y el arte, la crítica literaria no es más que un ejercicio escolar. Sólo así puede accederse a un análisis ajustado de Virgilio, Berceo, Chaucer, Voltaire, Austen, Galdós, Joyce, Welty o McEwan sin andar perdido como una gallina en la coronación de los reyes de Inglaterra.

 

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Comentarios: 3
  • #1

    RO (lunes, 14 octubre 2013 23:44)

    Buenas noches. Vengo a expiar mi pecado de ignorancia (entiéndase expiar en el buen sentido de la palabra, no como un sacrificio). Siempre he considerado una virtud eso de la amplitud de miras a la hora de leer. Personalmente, leo prácticamente de todo. Obviamente tengo gustos definidos, y determinadas preferencias hacen que incline la balanza más de una vez en un sentido u otro. Sin embargo, no siempre está bien visto eso de leer de todo, hay quien lo tacha de poca personalidad lectora.

    Hay libros cuya calidad literaria, a mi entender, brillaba por su ausencia, y me han enganchado, y otros que son clásicos reconocidos y ampliamente respaldados y que a mi me han dicho muy poco. He reconocido su calidad, su estilo narrativo, pero no me han "llegado". En estos últimos casos, he buscado información, he investigado el contexto en que estaban escritos, incluso las circunstancias en las que se encontraba el autor (pues se entiende mucho mejor, por ejemplo, "La metamorfosis" de Kafka, una vez que te adentras un poco más en su vida). Lo he hecho porque quería saber qué me había perdido, qué elementos tenía que yo no había sido capaz de captar. Ergo, si yo, que soy una simple lectora cuya capacidad de influencia sobre las masas es mínima, me tomo esas molestias, doy por hecho que un profesional que se dedica a ello y cuya repercusión es notable hará mucho más y llegará más lejos en su objetividad. Debe ser capaz de dejar sus gustos personales a un lado. Como dices, limitarse a decir si las lentejas están bien hechas o no.

    No obstante, es difícil, por motivos de servilismo y porque es realmente complejo dejar la subjetividad a un lado. Y así sucede en diversos ámbitos de la vida. Es difícil pedirle al miembro de un jurado que no haga caso de lo que llegue a su conocimiento fuera del juicio. Es difícil perdirle a un juez que se limite a aplicar la ley sin entrar en otra serie de consideraciones...Pero el caso es que se les exige y tienen que estar a la altura.

    En el tema de los libros y del cine huyo de opiniones profesionales (salvo excepciones), me dejo llevar por recomendaciones o puntuaciones realizadas por el público (como Filmaffinity, por ejemplo). Lo supuestamente profesional me parece viciado, algo monotemático y alejado la realidad. Seguramente me equivoque, pero a día de hoy no puedo evitar pensar como pienso.

    No sé si me he explicado bien. Menuda parrafada. ¿He ganado algún gallifante? :-) Un abrazo.

    PD: Juro que no volveré como al darle a "enviar" me salga la dichosa casillita de verificación de palabras.

  • #2

    JCV (martes, 15 octubre 2013 01:04)

    Bienvenida al jardín luciérnago, Ro, y gracias por tu comentario de ávida y apasionada lectora.
    Y... bueno, aquí no damos gallifantes, pero te enviaré unas luciérnagas nocturnas. ¡Abrazos!

    (Creo que en aquí no se solicita verificación de palabras a la hora de enviar comentarios; lo comprobaré).

  • #3

    Julia (miércoles, 23 octubre 2013 15:15)

    No sé nada de crítica literaria, pero al menos puedo decir de mi experiencia "académica" (?) que las cosas son diferentes si el gusto se mete en lo que uno estudia. Aunque a veces pasa que lo que al principio no se gustaba, al estudiarse y meterse uno en tema, se empieza a disfrutar y todo cambia. En el gusto está todo (ése será mi lema desde ahora!)
    Un beso (pero no por análisis sesudo, sino solo por gusto ;-)