Una biblioteca luciérnaga

Estoy persuadido de que todos reservamos un espacio de nuestras bibliotecas para ese tipo de libros que nos divierten enormemente... pero de los que no conviene hablar en exceso. No se trata, en realidad, de libros que nos avergonzarían (o quizá un poco, sí), sino de esos textos que, por razones culturales, uno entiende que no deberían estar junto a los clásicos españoles, franceses, ingleses o grecolatinos. Y apostaría medio penique de mentira a que la mayoría de los buenos lectores tienen ese tipo de libros y, además, los guardan en espacios poco visibles de sus estanterías, en las baldas inferiores, o en las más altas, en un rincón o en la segunda fila. (En ocasiones son libros muy serios y sesudos, pero tratan temas que están en la aduana de lo común). Cuando alguna visita, por casualidad, se detiene en esos libros estrafalarios, en luciérnago lector siempre dice con un ademán desdeñoso: "Ah, sí, bueno... son cosas mías, sin importancia". Sin embargo, saben que están allí y de vez en cuando acuden a esas estanterías escondidas para disfrutar con sus historias favoritas. Los domingos apáticos, los martes de insomnio, los desamores, las traiciones y las frustraciones cotidianas tienen en esos libros el aliviadero de la sonrisa, la emoción, la evasión o el gozo adolescente.

"Érase una vez, hace mucho tiempo...". Ilustración de Jean-François Segura
"Érase una vez, hace mucho tiempo...". Ilustración de Jean-François Segura

Por supuesto, nuestras pequeñas -siempre han de ser pequeñas- bibiotecas luciérnagas nada tienen que ver con el frikismo, más relacionado con la acaparación compulsiva y obsesiva de libros y memorabilia relacionados con algún asunto extravagante o no. Además, hay que lidiar con una característica esencial de este tipo de textos: la dificultad de establecer fronteras en las nebulosas lindes de lo luciérnago y lo convencional. Por ejemplo, un servidor está convencido de que los Fenómenos de Avieno son extraordinariamente luciérnagos, pero es posible que un especialista en lenguas clásicas o en historia de la meteorología no lo entienda así. Para mí es luciernaguísimo el compendio de las Etimologías de San Isidoro, pero sería un despropósito considerarlo y catalogarlo en otra sección que no fueran los clásicos. También podría considerar luciérnago a carta cabal el maravilloso Gabinete de curiosidades naturales de Seba, pero por muy luciérnago que sea, es también un clásico científico y libresco. También podrían entrar en un hipotético catálogo de la biblioteca luciérnaga los libros raros, como el pornográfico Jardín de Venus de Samaniego, las antiguallas populares de Jules (Julio) Verne, el Tratado de los vampiros de Dom Calmet, o... Por otro lado, estoy convencido de que muchas personas considerarían luciérnagos libros como la Silva de Mexía o el Setenario de Alfonso X, mientras que yo los tengo con los clásicos españoles.

Ilustración de Johan Potma
Ilustración de Johan Potma

Mi breve catálogo luciérnago no guarda relación con la antigüedad de los libros, sino con los temas que aborda. Naturalmente, no se puede esperar que un servidor haga relación aquí de sus tesoros más personales, pero apuntaré las fichas bibliográficas de algunos textos que pueden interesar a los lectores de este blog. Me referiré sólo a media docena variopinta de libros que tengo a mano.

Por ejemplo, sobre la mesa tengo el entretenidísimo -nunca me canso de leerlo- texto de John Withington, Historia mundial de los desastres. Crónicas de guerras, terremotos, inundaciones y epidemias. Turner Noema, Madrid, 2009. Se trata de una compilación amenísima e informada sobre las calamidades históricas de la Humanidad. Más ligero y divertido (con una desastrosa edición, ad hoc) es el libro de Stephen Pile, El libro de los fracasos heroicos. Alba, Barcelona, 2006, un desternillante fracaso literario que advierte: "Ánimo, lo peor aún no ha llegado". En otro sentido, bien distinto, siempre tengo presentes a los grandes exploradores polares, y buena parte de mis textos preferidos está en Hielo (ed. Clint Willis, con textos de R. F. Scott, E. Shackleton, R. E. Byrd, Historias de supervivencia en la exploración polar). Desnivel, Madrid, 1999. Y en otra vertiente de la indagación luciérnaga podrían considerarse estos dos textos: el primero es del famoso escéptico Ronald H. Fritze, Conocimiento inventado: falacias históricas, ciencia amañada y pseudo-religiones. Turner Noema, Madrid, 2010, y el segundo es un breve tratado de Daniel Tubau, La verdadera historia de las sociedades secretas. Alba, Barcelona, 2008. He dejado para el final un libro que merece una consideración especial, no sólo por el cuidado que se puso en su edición, sino por la importancia del texto en sí. Se trata de la obra de Thomas Browne, Sobre errores vulgares o Pseudoxia Epidemica. Siruela, Madrid, 2005. Algún purista me reconvendrá por citar aquí a Browne, pero que conste que lo hago con toda la pompa y reverencia luciérnaga de que soy capaz, pues es uno de mis libros favoritos y, aunque no veo por qué iba a incendiarse mi casa, si se incendiara, seguramente sería uno de los libros que salvaría.

Por supuesto, como he advertido, no he anotado los textos más comprometidos, pero los aficionados a la lectura del luciernaguismo ensayístico pueden adentrarse en estas obras con dos seguridades: la primera, que se van a divertir. Y la segunda, que no podrán alardear de su lectura en conventículos esnobs.

Ilustración de Alexander Henry
Ilustración de Alexander Henry

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