Tres libros para adultos

En un mundo donde se consideran literatura textos como Orgullo, prejuicio y zombis o Crepúsculo o Los juegos del hambre o Pídeme lo que quieras y otros productos semejantes, destinados al público preadolescente, da un poco de apuro entregarse a divagaciones sobre libros para adultos. La literatura infantil y juvenil parece dominar el ámbito literario y las perspectivas editoriales, así que tal vez resulte un atrevimiento insolente proponer textos que vayan más allá de la ocurrencia tuitera, de la sintaxis de muladar, de la sucesión de exabruptos y del moderno y pujante onanismo femenino. Si la mentalidad de los autores apenas consigue superar un nivel de secundaria, será difícil que los textos tengan una organización y un contenido que pueda interesar a personas con el cerebro ya formado. Imagino a nuestros lectores atacados por temblores y fiebres si se les nombra a Tito Livio, a San Isidoro y sus etimologías, a Pedro Mexía, a Goethe o... Del mismo modo, imagino a la "crítica literaria" bloguera estupefacta ante los nombres de Deyermond, Bataillon, Russell, Curtius, Sebold, Rivers o Wardropper. Lo que antes se consideraba literatura y filología ha quedado reducido a polvorientas estanterías en las que ya nadie repara. Como en una dramática inversión intelectual, el friquismo y el amateurismo se ha adueñado de los libros, y el estudio y la literatura ha pasado a convertirse en una enojosa tarea que retrasa los brillos de una fama inmediata y anhelada.

Por fortuna, queridos amigos luciérnagos, nosotros podemos detenernos en Séneca y hablar de sus breves comentarios cuanto nos plazca, y podemos recrearnos en los sonetos del barroco español, o en los artículos de Feijoo o en la poesía intelectual de Jovellanos, o en la deliciosa Floresta de Santa Cruz, o sumirnos en la gloriosa poesía de Garcilaso, o darnos a las furibundias románticas, o cualquier otro asunto que se nos ocurra, sin tener que rendir cuentas ante este monumento a la ocurrencia y a la pobreza intelectual en que se ha convertido nuestro mundo libresco.

Voy a proponer tres libros para adultos. 

Aunque son grandes obras en sus respectivos géneros, uno podría admitir que no son las mejores y que probablemente no encabezarían las habituales listas de los libros imprescindibles y necesarios en cualquier biblioteca. En todo caso, para este luciérnago que les escribe, estos libros forman la Santísima Trinidad de sus intereses intelectuales (y, en parte, también profesionales y estéticos) con los que deambulo por este triste mundo de las letras. No son una elección filológica, sino personal. Por otro lado, siempre he tenido la desgracia de recibir enojadas respuestas y bufidos malhumorados cuando he recomendado estos textos: nunca los he aconsejado a un amigo sin que haya estado a punto de perderlo.

El primero es el imprescindible ensayo La Gran Cadena del Ser, de Arthur O. Lovejoy (1873-1962), una verdadera revelación a la hora de tratar la evolución del pensamiento occidental. Lovejoy fue profesor de filosofía en Harvard y fundó en 1922 el History of Ideas Club con el patrocinio de la Universidad John Hopkins. Con este libro comienza un nuevo modo de abordar la historia del pensamiento y la metodología -descrita con genial brillantez en la introducción- representó el comienzo de una nueva disciplina: la historia de las ideas. Desde que me topara con este libro maravilloso, hace ya más de veinte años, sus páginas han sido guía y referencia en todos mis trabajos literarios e historiográficos, e incluso en otros no relacionados con estas disciplinas.

El segundo texto es El Mediterráneo, de Fernand Braudel (1902-1985). Cuando lo terminé, una larga noche de invierno, tuve que admitir que jamás había leído un libro de historia así, y a partir de entonces busqué todo lo que habían publicado Duby, Braudel, Febvre, Bloch y los compañeros de la llamada escuela de los Annales. Decidme, luciérnagos amigos, si no es maravilloso este comienzo: "En este libro, los barcos navegan, las olas repiten su canción; los viñadores descienden de las colinas de las Cinque Terre, sobre la ribera genovesa, las olivas son vareadas en Provenza y en Grecia; los pescadores tienden sus redes sobre la laguna inmóvil de Venecia o en los canales de Gerba; carpinteros de ribera construyen hoy sus barcas semejantes a las de ayer... Y de nuevo, esta vez, al mirarlos, traspasamos los límites del tiempo". Como con el texto de Lovejoy, Braudel y sus compañeros marcaron hitos para que humildemente pudiera desenvolverme en el laberinto de la historia y me entregaron las herramientas para intentar comprenderlo.

El tercer texto es el famosísimo -y luciernaguísimo- Dioses, tumbas y sabios, de C. W. Ceram (Kurt Wilhelm Marek, 1915-1972). Este libro me proporcionó -hace ya miles de años, casi- largas horas de placeres aventureros: con mi salacot fingido, mis herramientas de arqueólogo aficionado y dispuesto a encontrar antigüedades asombrosas en los zocos de Damasco y El Cairo, me adentré en esta prodigiosa "historia de la arqueología" como quien se zambulle en la narración más apasionante que pueda imaginarse. La historia de Schliemann y el descubrimiento de Troya, tal y como la cuenta Ceram, es simplemente deslumbrante; y no digo nada de la historia de Champollion, héroe y mito de traductores y filólogos, o de Howard Carter, adentrándose en las cámaras mortuorias de Tutankamón... Aún hoy, cuando lo saco de su venerable descanso en la estantería, me resulta dificilísimo abandonar sus relatos.

Tal vez resulte raro o curioso que un hispanista tenga estos tres textos como fundamentos de su labor profesional y de sus gustos intelectuales. Pero la circunstancia podría entenderse mejor si se considera la profundidad filosófica y el talento analítico de Lovejoy, la narración poética de una historia comprendida en su integridad y en su particularidad, tal y como la presentan Braudel y Duby, y el entretenimiento coherente, serio, imaginativo y sugerente que propone Ceram. Los tres libros invitan al estudio, a la reflexión, a la consideración del disfrute intelectual y estético de las ciencias humanas, y no creo que pueda recomendarse nada mejor. Aunque no esté de moda.

 

Y en español: Lovejoy, Arthur O.: La Gran Cadena del Ser. Historia de una idea. Icaria, Barcelona, 1983; trad. A. Desmonts. // Braudel, Fernand: El Mediterráneo. El espacio y la historia. Los hombres y la herencia. Acanto/Espasa-Calpe, Madrid, 1989; trad. J. I. San Martín. // Ceram, C. W.: Dioses, tumbas y sabios. Destino, Barcelona, [1953] 1992; trad. M. Tamayo.

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Comentarios: 2
  • #1

    Elena Rius (viernes, 16 agosto 2013 14:21)

    Yo también guardo un grato (y lejanísimo) recuerdo de la lectura del libro de Ceram. Y por supuesto Braudel y compañía ocupan un lugar preferente en mi biblioteca. Sin embargo, lo de Lovejoy es un descubrimiento para mí. ¡Una laguna más que habrá que llenar cuanto antes! Cuanto más lee una, más le queda por aprender...

  • #2

    Jose (viernes, 23 agosto 2013 13:25)

    Saludos, Elena. Si te animas con Lovejoy, ten paciencia y, sobre todo, no escojas el verano... ¡Es un libro de estudio invernal!