La polilla nostálgica en vacaciones

Sin ánimo de ofender, así de rotundo lo digo: uno no se ha pasado todo el invierno trabajando como una mula para acabar yendo de vacaciones a Benidorm, Lloret de Mar, Puerto Banús o Sotogrande. Eh, que no digo yo que no se pueda ir, o que esos lugares sean de tal o cual manera, o que me parezca a mí que... No, no: lo único que digo es que yo no quiero ir a esos lugares, porque no coinciden con mis intereses imaginativos estivales. Nada más.

Tampoco tengo últimamente mucho ánimo para enfrentarme en agosto a las grandes ciudades y destinos turísticos de importancia, como Londres, París, Praga, Roma, Viena, Nueva York o Berlín, y aunque me resultan muy atractivos, prefiero dejarlos para los días otoñales o primaverales, cuando el calor y las masas de turistas menguan.

Vayamos al caso: en verano, prefiero los destinos que destilan glamour, elegancia y viejunismo de los siglos rancios. Me atrae ese viejunismo glamuroso como las tristes bombillas de 50 vatios atraen a las polillas... Sí: ese mundo apolillado de Campari, pamela y canotier, de bañadores elegantes, de mañanas perezosas en el paseo marítimo, de atardeceres en playas doradas, de cócteles nocturnos, de jóvenes sensuales, de conversaciones inteligentes y bailes en salones ambarinos... Polilla y alcanfor, viejunismo de casino, elegancia raída por el siglo XX, glamour de fotografía en sepia.

La polilla nostálgica recorre esos lugares imaginando a espías en los años veinte, a traficantes de armas, a nobles venidos a menos que acuden al olisquear la realeza, a playboys de los extrarradios urbanos en busca de vetustas damas dispuestas a darse la última alegría de sus vidas, a jóvenes que han invertido todos sus ahorros en una "elegante" luna de miel, a hábiles ladrones buscando joyas en las pulseras de las damas del casino... En fin, un mundo literario tan luciérnago como pueda imaginarse.

La polilla melancólica y vacacional ha anotado cuidadosamente en un cuaderno esos destinos luciérnagos que considera literariamente imprescindibles. La mayoría de ellos conocieron sus días de gloria en los años veinte y treinta, aunque algunos se remontan a las últimas décadas del siglo XIX y otros se adentran en el XX hasta los años pop de los sesenta, cuyos encantos no son en absoluto desdeñables, naturalmente.

En nuestro país contamos con un destino glamuroso de primer nivel: San Sebastián. El antiguo Casino es hoy el Ayuntamiento, pero la Bella Easo sigue ofreciendo a sus visitantes todos los encantos de los viejos tiempos... y los atractivos de los nuevos. El Hotel de Londres y de Inglaterra, como un enorme Titanic frente a una de las playas más bonitas del mundo, aún está envuelto en esa elegancia de los años veinte y treinta. Mil detalles pequeños sugieren en Donostia historias de paseos, encuentros, conversaciones y sonrisas, en ese delicioso paseo nocturno, mientras los resplandores de los fuegos artificiales titilan en la bahía.

Muy cerca de San Sebastián, y casi con el mismo encanto, está Biarritz, en el extremo suroccidental de Francia. Victor Hugo la "descubrió" a mediados del siglo XIX y los médicos recomendaban largas estancias estivales en aquel pequeño pueblecito de pescadores de ballenas. Con la visita de nobles, potentados, presidentes, altezas, príncipes y realengos colindantes, Biarritz conformó su paisaje habitual, y construyó casinos y el imponente Hôtel du Palais, antigua residencia de la emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III. Centro de moda y elegancia, Coco Chanel abrió en esta ciudad balneario su tercera tienda en 1915.

Otro de los lugares vacacionales más apolillados de Europa es Estoril (junto a la también famosamente apolillada Cascais), cerca de Lisboa. Por supuesto, su casino es legendario, así como su pista de carreras, llamada "autódromo" como una concesión a los tiempos del glamuroso viejunismo. Estoril fue refugio de realeza venida a menos, exiliados de las guerras mundiales, traficantes de armas, espías y asesinos diplomáticos, todo lo cual, según las guías, "proporcionó a Estoril un ambiente de elegancia y sofisticación".

En el amplio y luminoso arco que parte de Cataluña y llega hasta la Toscana, encontramos varios destinos que aúnan glamour y viejunismo elegante en grandes dosis. Niza, Montecarlo, Antibes, San Remo y otras localidades de la Cote d'Azur ofrecen unas playas pedregosas en las que resulta incómodo bañarse -aunque ésa nunca fue la prioridad de franceses e ingleses, desde luego-, pero gozan de paseos marítimos (ah, la adorable Promenade des Anglais, con sus elegantísimos hoteles que rezuman alcanfor por todos sus poros). Estas ciudades no se entienden bien sin Campari y Martini. Mucho más al sur, en la misma costa mediterránea se encuentra la isla de Capri, un lugar de vacaciones imprescindible en las últimas décadas del siglo XIX, cuando los visitantes podían ver al pintor John Singer Sargent paseando con su exótica musa Rosina Ferrara, a quien tantas veces pintó.

Lejos ya de las perezosas tardes estivales junto a las playas del Mediterráneo, los aficionados al turismo viejuno contamos con otros tres destinos de primerísima importancia. Hay que ir a Brighton, cuyo Royal Pavillion (de Jorge IV) fue el primero de una serie de hitos de la elegancia turística imprescindibles: el Grand Hotel, el West Pier (hoy por desgracia en cenizas), el Palace Pier, el Bedford Hotel o el Metropole Hotel.

Casi frente a Brighton, pero al otro lado del Canal, en la costa francesa, se encuentra Deauville, que fue la obsesión del duque de Morny, empeñado en convertirla en un lugar de vacaciones para los más acaudalados de las últimas décadas del siglo XIX. Hoteles, tiendas de lujo, hipódromo, baños, casino... Deauville es tal vez la ciudad decana del viejunismo turístico estival, y lo tenía todo para convertirse en el hito mundial de esta disciplina, pero su fama comenzó a decaer en los años cuarenta, con la Guerra Mundial, y no parece remontar el vuelo aún.

La última ciudad que una polilla melancólica debe visitar es Baden-Baden. Esta localidad balneario, situada en las estribaciones de la Selva Negra alemana, carece de los atractivos de las ciudades costeras, pero tiene también su casino, su hipódromo y sus importantes establecimientos termales. Además, este lugar está vinculado a la reina Victoria, a Dostoievski, a Tolstoi, a Wilkie Collins y a Brahms, entre otros muchos personajes. (Bath, en Inglaterra, también fue una ciudad termal, donde pasaban sus vacaciones los elegantes personajes de Jane Austen, pero en ningún caso, por su antigüedad y su carácter, puede considerarse destino del viejunismo turístico glamuroso).

Felices vacaciones.

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Comentarios: 5
  • #1

    Julia (miércoles, 07 agosto 2013 00:25)

    Muy de acuerdo con las elecciones.
    Yo voy a donde vaya Cary Grant.
    O tal vez donde veranee Marcelo Mastroiani.

    (Fue tan larga tu ausencia por aquí que pensaba que ya estarías vacacionando en algún destino lejano)

  • #2

    Jose (miércoles, 07 agosto 2013 01:43)

    Hola, Julia. Estoy seguro de que en los años veinte habríamos coincidido en uno de esos lugares y habríamos sido tan buenos amigos como lo somos ahora. Y nos habríamos reído mucho tomando cócteles en Niza o helados en Biarritz.
    Un fortísimo abrazo desde Madrid.
    (La larga ausencia se debe, afortunadamente, a la sobreabundancia de trabajo y al maldito Twitter, que me tiene absorbido...)

  • #3

    Elena Rius (miércoles, 07 agosto 2013 10:32)

    Hermosos destinos luciérnagos, todos los que citas. Y los carteles de época, sensacionales. ¡Que pases unas felices vacaciones!

  • #4

    Julia (miércoles, 07 agosto 2013 12:57)

    Por los actores, verás que me fui un poco más hacia los 50 (de desobediente nomás y porque veo esas costas azules y no puedo dejar de pensar en ellos!). Pero me voy con gusto hacia los años 20, si consigo además de encontrarnos, que me prometan tener uno de esos cuerpos estilizados y sin curvas de las mujeres de los carteles.

  • #5

    Jose (miércoles, 07 agosto 2013 17:12)

    La sola idea de estar en el 'lobby' del Negresco tomando un cóctel con mis amigos luciérnagos, y ver centellear el mar al otro lado de la Promenade des Anglais, en Niza... ¡ah!, ¡qué elegante emoción...!
    Felices vacaciones, Elena.
    Abrígate, Julia.