La cultura que no nos gusta

Algún luciérnago perspicaz ya estará pensando que no es posible que haya una cultura que no interese a los amantes de la cultura. Pero ésa es una conclusión apresurada. Dejemos aparte la definición y las implicaciones del término 'cultura', pues son complejidades que no vienen ahora al caso, y quedémonos con la idea general y común de 'cultura' como conjunto de bienes artísticos e intelectuales de la sociedad humana. Y ahora volvamos a la cuestión: me pregunto qué contestaría un individuo medianamente ilustrado si le plantearan la posibilidad de que hubiera determinados aspectos de la cultura que no le gustaran. Supongo que me diría: "Bueno, yo no soy muy partidario de la poesía filosófica y científica del siglo XVIII, pero comprendo que eso forma parte de la cultura, y pensar que Thompson puede quedar apartado de los más altos peldaños de la cultura es un sacrilegio". Uno, como tiene un carácter acomodaticio, diría que esta respuesta es aceptable.

Sólo las personas con una visión muy limitada o muy estrecha de la cultura tienen la osadía de despreciar las formas artísticas que -por cualesquiera razón- no les interesan o no les atraen. Con frecuencia acuden a argumentos relacionados con la política, la sociedad, la religión o la moral para rechazar determinados productos culturales, y con frecuencia también son argumentos ridículos y anacrónicos. Igual que ocurre con la poesía filosófica del XVIII, hay formas culturales que han pasado por épocas difíciles y su popularidad se ha visto mermada. Por ejemplo, hoy no tendría mucha "salida" una colección de sonetos de Paravicino, ni siquiera una colección gongorina, para ser sinceros, pero sólo un necio podría mirar con desprecio la gran poesía barroca. Tampoco gozan hoy del favor del público general la pintura sacra del XVIII, la novela histórica española del romanticismo decimonónico, la arquitectura racionalista (por sus vinculaciones fascistas), se duda de la obra de Leni Riefenstahl y se miran de reojo algunas producciones pictóricas de vanguardia. Conozco a muchas personas que adoran a James Joyce, y conozco a muchas otras que lo detestan, aunque ninguno de ellos lo dejaría fuera de una nómina en que hubiera que incluir a los grandes escritores que han conformado la literatura moderna.

Y bien, ahora viene la confesión.

Todo lo anterior no es más que una excusa para declarar que soy un apasionado y ferviente seguidor de un sector cultural que, en general, no tiene hoy mucho predicamento. Me refiero al sector de la literatura hagiográfica, religiosa y eclesiástica. Una de mis editoriales favoritas es la Biblioteca de Autores Cristianos. La famosísima BAC. La editorial comenzó siendo la Editorial Católica en 1944, y su trayectoria sociopolítica no genera precisamente simpatías. La colección de la BAC fue impulsada por Ángel Herrera Oria, famoso entre otras cosas por impulsar la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, que colaboraría estrechamente con el régimen dictatorial franquista. El primer libro que se publicó en la BAC fue la famosa Biblia Nácar-Colunga de 1944. Contó con el apoyo de la Universidad Pontificia de Salamanca y, sobre todo, con las subvenciones del régimen franquista, que acabó considerándola Bien de Interés Nacional.

La pregunta es si una colección de obras que tiene semejantes padrinos puede honestamente considerarse un fruto intelectual digno. Y me parece que la respuesta, a pesar de todo, ha de ser afirmativa. En la BAC he encontrado durante los últimos años muchísimos datos de interés, verdaderas joyas de la literatura y de la historiografía y de la teología que no se encuentran prácticamente en ninguna parte, y textos que -al menos en cierto sentido- podrían considerarse una honrada penitencia.

Uno de mis textos favoritos de esta colección es la impagable Historia de los heterodoxos españoles (2 vols.), de Menéndez Pelayo. Cualquier espíritu rancio puede acudir a estos textos para proseguir la persecución contra los heterodoxos del mismo modo que yo me he acercado a estos volúmenes para saber a quién debo buscar... precisamente por heterodoxos. La obra es magnífica -un clásico, en realidad- desde todos los puntos de vista, y asombra la erudición del que fuera insigne director de la Biblioteca Nacional de Madrid.

No voy a hacer retahíla de los libros de esta colección que más me han divertido (sí, divertido es un buen verbo, desde luego), pero tampoco puedo dejar de citar alguno más. Creo que las Etimologías de San Isidoro son simplemente maravillosas, y contienen tal cantidad de anécdotas, historias, resúmenes y compilaciones que podrían considerarse una antiquísima enciclopedia. En otro sentido, me interesa muchísimo la colección que A. de Santos Otero preparó de Los Evangelios apócrifos, donde se pueden espigar historias jugosísimas de los primeros tiempos del cristianismo y de las heterodoxias religiosas y otras herejías.

Una de mis últimas adquisiciones ha sido el volumen preparado por Daniel Ruiz Bueno de las Actas de los mártires. Todos los luciérnagos convendrán conmigo en que pocas historias puede haber más apasionantes que las de los mártires. Creo que incluso los aficionados al universo gótico, gore y sadomasoquista les interesaría. Porque es precisamente esa capacidad para la narración de historias, esa sensibilidad antigua, ese oscurantismo libresco y cenobial lo que convierte la colección de la BAC en algo indispensable y fundamental para el aficionado a las historias insólitas y luciérnagas.

 

Martirio de San Policarpo. (Fragmento)

"Pues ¿quién no se llenará de admiración de que les fueran dulces los azotes de los terribles látigos, gratas las llamas bajo el caballete, amable la espada del verdugo, suaves los tormentos de la hoguera crepitante? Corríales la sangre por ambos costados y, descubiertas sus entrañas, estaban de manifiesto todos los miembros internos, de suerte que el pueblo mismo que los rodeaba en corro lloraba ante el horror de tanta crueldad y no podía contemplar sin lágrimas lo mismo que él había querido que se hiciera. Sin embargo, los mártires que sufrían no exhalaban ni un gemido, ni la fuerza del dolor lograba arrancarles un quejido; antes bien, pues cada tormento era de buena gana aceptado, todos los soportaban con paciencia".

 

Actas de los Mártires, Intro., notas y versión española de Daniel Ruiz Bueno. BAC, Madrid, 2012; págs. 264-265.

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Comentarios: 2
  • #1

    Elena Rius (martes, 25 junio 2013 16:35)

    Desde que oí hablar de ella que tengo ganas de leer la "Historia de los heterodoxos españoles" de don Marcelino. En mi próxima visita a la Biblioteca de Catalunya (donde la BAC se puede encontrar en la sala general, muy a mano) me voy directa a por ella. En cuanto a las historias de santos y mártires, fueron una de mis lecturas favoritas de pequeña. En mi casa, como eran poco religiosos, no entraba nada de eso, pero me resarcía cada vez que visitaba a unos primos, muy píos ellos (rezaban cada tarde el rosario, una costumbre que me parecía de lo más exótica y a la que me sumaba con entusiasmo), que disponían de abundante literatura de este tipo. ¡Qué morbo! Ante los martirios y actos de sacrificio de esas gentes palidecía cualquier cuento infantil.

  • #2

    JCV (martes, 25 junio 2013 18:17)

    Creo que te va a encantar, Elena. Una de las cosas más divertidas es ver a don Marcelino (siempre fue "don Marcelino") dudar ante escritores que él sabía que eran maravillosos, pero tenían algo de erasmistas, o revolucionarios, o enciclopedistas, o jansenistas, o masones, o anticlericales. El hombre duda, no sabe a qué atenerse... Pero es genial, de verdad. Y, por cierto, otra de las grandes obras que yo devoré en su momento fue la "Historia de las ideas estéticas en España". Imprescindible. Supongo que ya somos mayorcitos para saber expurgar y seleccionar y cotejar y medir y evaluar textos que ya son "históricos". Al fin y al cabo, Marcelino Menéndez Pelayo dejó una de las citas más hermosas sobre libros: "¡Qué pena morir, cuando me queda tanto por leer!".
    Respecto a tu ecuación primos·píos-rosario-entusiasmo·por·el·rosario-devoción·martirológica... ¡no puedo parar de reírme!
    Saludos y abrazos, Elena!!!