Subir y escribir

Dios me libre de considerarme escritor por haber redactado un pequeño cuento de fantasmas. Los luciérnagos saben que el título de escritor lo conceden los siglos, no la vanidad repentina, y repetir mil veces que uno es escritor no lo convierte a uno en Tolstoi. Y tampoco, aunque he pasado buena parte de mi vida entregado a los estudios literarios, tendría la osadía de presentarme en este jardín luciérnago como un experto en Teoría de la Literatura o de Crítica Literaria. A lo más que llego, como podrán imaginar, es a asomarme un poco al hecho literario y a repetir alguna cosilla que aprendí (o que los maestros me inculcaron con mucho esfuerzo) durante los años de estudiante.

Uno de los ejercicios a los que se entregan con fruición los aficionados a la literatura consiste en comparar la escritura con otras actividades. (Por ejemplo, Murakami ha comparado la escritura y el deporte de correr). En realidad, no es que correr, pescar, servir comidas o realizar análisis de sangre tengan nada que ver con el proceso creativo de escribir, pero como el juego de las analogías es tan fácil, los escritores suelen entretenerse y divertirse con ello.

Y yo también.

A los aficionados a las largas caminatas por las montañas nos gusta disfrutar del placer del esfuerzo, de la naturaleza, de la solitaria reflexión (o de la conversación, según los casos) y de la pureza del aire a más de dos mil metros de altura. Cuando uno va solo y se enreda en imaginaciones literarias, puede acabar jugando a las analogías entre la escritura y el alpinismo. Y eso me ocurrió...

Pensé que el acto de escribir podía ser tan duro como el de subir una montaña. Pero ahí no acaban las semejanzas. Me preguntaba cómo alguien puede emprender la tarea de escribir o de subir una montaña sin hacer los imprescindibles preparativos. Me imagino a esos escritores que se ponen sin más frente al papel igual que a esos imprudentes que suben a la montaña sin un mapa y sin saber qué tienen delante. Unos y otros se perderán, y habrá que ir en su ayuda (el 112 o el editor), con el consiguiente gasto y molestia para todo el mundo. Para subir una montaña o escribir un libro hace falta estar preparado, haber entrenado mucho, tener los pertrechos necesarios (botas, ortografía, forros polares, sintaxis, goretex, historia de la lengua, etcétera), y estudiar a conciencia nuestro objetivo. Si un aficionado quiere subir el Everest, probablemente morirá en el intento. Hay que empezar subiendo cuentos y relatos, poco a poco, y no creerse George Mallory o Reinhold Messner cuando apenas somos unos triscapiedras. Por otro lado, siempre hay genios que descubren nuevas vías de acceso a la montaña, como Dickens, Joyce o Whymper, pero la mayoría debemos ir por senderos conocidos si no queremos perdernos y hacer el ridículo lloriqueando en un precipicio. El entrenamiento, los pertrechos, la prudencia, la sensatez y la inteligencia son imprescindibles para disfrutar de la montaña y de la escritura. Llegar arriba y completar la escalada es sólo una circunstancia, y antes de empezar a subir hay que reconocer siempre que hay mejores montañeros, más diestros y fuertes, más hábiles e inteligentes, y que uno debe darse con un canto en los dientes si consigue subir un 3.000, porque es probable que jamás consiga ascender un 8.000. La humildad es muy importante: todos conocemos a montañeros bocazas y presuntuosos que han llegado lloriqueando al albergue por unas ampollas o ateridos de frío por imprudentes y necios. El mundo literario está lleno de bocazas y fanfarrones que han querido subir montañas y se han tropezado en el bordillo de la acera.

Y, por fin -por no alargar una analogía que podría exprimirse hasta el extremo-, me permito recordar que, para triunfar en el alpinismo... hay que bajar. De nada sirve llegar arriba si no tienes capacidad para descender. Se sube una montaña cuando eres capaz de volver. 

Ah, y no olviden llevar buena comida a la montaña. Si llevan sólo golosinas, tendrán problemas. Llévense a Cervantes y a los clásicos, y no desfallecerán.

¡Suerte!

 

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Comentarios: 7
  • #1

    Julia (lunes, 27 mayo 2013 03:50)

    Leía más temprano tu e-mail y pensaba lo que ahora confirmo al leer este post y por eso te respondo públicamente. La humildad está muy bien, el no creérsela ni andar por el mundo con alardes, pero claro que escribiste más que un cuento de fantasmas; también construiste un mundo poblado de personajes de quienes me quedé con ganas de saber más y que sin duda me van a seguir rondando ("haunting" sería el término más preciso en inglés ¿o me equivoco?).

  • #2

    JCV (lunes, 27 mayo 2013 04:04)

    Bueno, Julia, muchas gracias... ¡es que tú me quieres bien! De todos modos, a mí me gustaría que Neuwelke se recordara como un "cuento de fantasmas". Eso está bien, ¿no? Pero, dejemos ahora la novela.
    Desde luego, no hablo de falsa humildad, sino, claro, de afrontar el acto literario con modestia y sencillez, como quien está ofreciendo un pequeño presente, y no como quien está dando migajas de arte desde el pedestal de la altanería, la soberbia y -sobre todo- la condescendencia.
    ¡Saludos y abrazos, amiga!

  • #3

    Julia (lunes, 27 mayo 2013 13:20)

    ¡Desde ya que sí, acuerdo con todo!
    Saludos transatlánticos...

  • #4

    Urzay (lunes, 27 mayo 2013 17:53)

    Si se piensa en muchas de las grandes obras de la literatura, no es infrecuente encontrar que fueron escritas por personas a las que difícilmente se hubiera podido definir como "escritores". Se agradece la honestidad de la entrada porque, en efecto, hay quien está más preocupado por la condición de escritor que por lo que verdaderamente escribe.

  • #5

    JCV (lunes, 27 mayo 2013 17:58)

    Totalmente de acuerdo contigo, Urzay; no sé si podría decirse así: estudiamos Humanidades, Letras, Filosofía, Historia, Literatura, tanto como podemos y nos da la sesera, y, tal vez, con un poco de suerte, acabamos escribiendo algo mediano.
    Gracias, Urzay, como siempre, por pasarte por aquí.

  • #6

    Elena Rius (miércoles, 29 mayo 2013 09:20)

    A propósito de la vanidad de los escritores, un editor americano decía que "Se puede distinguir a un mal escritor aún antes de haber leído una sola línea de lo que escribe porque suele emplear la expresión 'nosotros los escritores'". Te dejo un enlace a ésta y otras de sus "reglas de la edición" https://dl.dropboxusercontent.com/u/78172357/Las%205%20reglas%20de%20oro%20de%20Gardner%20Botsford.ppt

    ¡Espero que funcione!
    Saludos,
    Elena

  • #7

    JCV (miércoles, 29 mayo 2013 22:02)

    ¡Gracias, Elena!
    Recomiendo a los lectores del gremio que copien el enlace y se bajen las cinco reglas de oro de la edición de Botsford. Me han parecido muy interesantes y sugerentes. Y a la bibliotecaria... ¡no te digo! :-)
    Saludos.