El extraordinario caso de la pastelería secreta

Vivo en una pequeña calle de un barrio señorial de Madrid, con sus comercios de barrio cerrados y arruinados, con sus parados, con sus jubilados viviendo en domicilios maltrechos, con lofts de hijos de potentados (FridayParty), con peluquerías que tienen más caspa que los clientes y con peluquipsters, con restaurantes nouvelle-cousine y con restaurantes grasientos y choriceros, con sus señoras con perrito chillón, con sus doncellas con cofia bajando con simpáticos lebreles, con su chatarrero quincenal matutino y su afilador.

Por la noche se encienden las ocho farolas que tiene mi calle, y esa luz amarillenta, en medio de la soledad y el silencio nocturno, me recuerda la literaria imagen de Baker Street, o incluso alguna peor.

Pues bien, en esta tranquila calle de un barrio señorial ocurre algo que... (Bueno, estoy viendo a mis amigos luciérnagos: "¡Ya está éste inventándose historias y fingiendo aventuras y pretendiendo que nos las traguemos como ciertas...!"). En fin, podría demostrar fehacientemente que la historia que voy a contar es absolutamente cierta. Pero... ¿qué sacaríamos unos y otros de ello? Así que, si no lo quieren creer, amigos luciérnagos, no lo crean, pero que conste que lo que voy a contar es tan cierto como todo lo que aparece en este blog.

Resulta que cierto día, mientras me desperezaba frente a la ventana francesa de mi salón, me percaté de que en el portal de enfrente había un grupo de tres señoras con sendos paquetes blancos, como si llevaran tartas o pasteles en ellos. Esa imagen habría desaparecido con el tiempo de mi memoria si al día siguiente no hubiera visto a un grupo de cinco personas reunidas frente al mismo portal, con sus dulces paquetes en la mano. Por su forma y su modo de estar anudados, ninguna duda tenía de que eran tartas. Pero... ¿por qué se reunían delante de ese portal?

En fin, son preguntas que uno se hace mientras pasea la mirada desocupada por la calle, observa a un niño con su bici, a una señora con su perrito, al churrero con sus cajas grasientas, al frutero ordenando las fresas y al camarero fumando a la puerta del bar.

Pero, hete aquí que una de estas largas noches de trabajo, con la espalda maltrecha y los ojos sanguinolentos, me levanto de la mesa de trabajo y me acerco a la ventana. Todo permanece calladamente oscuro... cuando... de repente, se abre el portal de enfrente y aparecen siete personas, cada una con un paquete pastelero (blanco, impoluto) en la mano. Murmuran algo entre ellos y luego se dispersan tranquilamente. Los pasos en las aceras se van alejando conforme las sombras se pierden bajo las luces amarillas de las farolas.

¡Diantres!, me digo.

¡Esto sí que es el misterio de la pastelería secreta!

Ya sé que los más sensatos dirán: "Pues qué: será una señora que hace tartas en casa y las venderá a sus conocidos". Y otros dirán: "Será economía sumergida" (y dulce, añadiría yo). Y habrá quien diga: "¿Y tanta introducción para explicar cómo se busca la vida una abuela repostera jubilada?".

Bueno, yo no digo que esas opciones sean imposibles. Pero los luciérnagos coincidirán conmigo en que no es muy normal ver cómo un grupo de personas abandona un domicilio a altas horas de la noche con tartas... A lo mejor ni siquiera son tartas, aunque lo parecen...

La verdad es que la primera idea que me vino a la cabeza fue Delicatessen, la imprescindible película francesa de 1991 dirigida por Jean Pierre Jeunet y Marc Caro. Luego recordé también Chocolat (2000) con Juliette Binoche. De ahí fui a otras películas gastronómicas (incluida Julie & Julia, con Meryl Streep) y la fantástica serie protagonizada por Kate Winslet: Mildred Pierce, en la que una divorciada consigue levantar un emporio gracias a sus tartas y empanadas. En realidad, el cine gastronómico es tan abundante como delicioso. Recientemente he visto una divertidísima película de dos chocolateros timidísimos: Tímidos anónimos (2010).

 

Pero, volviendo a esa misteriosa industria pastelera que se esconde en un piso anónimo de mi calle, me pregunto: ¿quién será la persona que, incógnita, elabora pasteles y tartas, y luego las vende a conocidos y vecinos, mediante una susurrante red de contactos? ¿Será un criminal que trocea a sus víctimas y luego hornea empanadas para pervertidos caníbales? ¿Será una dulce pastelera, aficionada a las tartitas de nata y fresa? Será una azucarada abuela o un carnicero matarife? Sinceramente, yo prefiero imaginar a una señorita muy tímida que pasa el día entre hornos y fogones, debatiéndose entre la crema pastelera, los albaricoques en conserva, las fresas con nata, la tarta tatin, los brownies, las sopas de chocolate, los bizcochos y los hojaldres. Prefiero imaginar que es una joven adorable que ha encontrado el dulce secreto de la felicidad en un cake maravilloso, o en una Sacher prodigiosa, o en una golosísima cheesecake...

Ahora, cuando veo a grupos de personas (por la mañana, por la tarde o a altas horas de la noche) saliendo de ese portal con sus tartas, me pregunto si algún día podré paladear esos misteriosos dulces, esos secretos almíbares, esos enigmáticos chocolates, esos incógnitos bizcochos y esas deliciosas frutas almibaradas...

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Comentarios: 1
  • #1

    La paseadora de Lisa (lunes, 29 abril 2013 12:44)

    ¡No hablará usted en serio, querido amigo! ¿Pero es que hay alguien que piense que lo que usted escribe en su blog no es completamente cierto? ¡Por supuesto que lo es! Y por este motivo creo que su mente lúcida y luciérnaga no descansará hasta hallar la clave del enigma. Le veo a usted ocultándose tras el visillo y elucubrando la solución del delicioso caso de la pastelera misteriosa, y me río.

    Un abrazo