El embustero prodigioso

En estos casos lo primero y necesario es entonar un 'mea culpa'. Es intolerable no haber leído este libro -no haberlo venerado, en realidad- hace muchos muchos años, o haberlo desestimado cuando vi referencias en otros textos, o haber pasado de largo ante las estanterías de las librerías donde estaba expuesto. Y no deja de ser curioso, porque en El jardín de flores raras que siempre tengo a mano se cita con frecuencia, y lo mismo se puede decir de otros textos de viajeros y aventureros.

Me estoy refiriendo a Los viajes de sir John Mandeville, una guía de viajes que, mereciendo el calificativo de asombrosa, este adjetivo se queda corto y vano. Aunque los lectores luciérnagos conocerán sin duda el texto al que me refiero, quisiera refrescarle la memoria a alguno que se haya levantado tarde o a los que no lo recuerden por haberlo leído hace mucho tiempo. Se trata de un libro redactado a finales del siglo XV, que conoció un éxito inmediato y sorprendente, y que fue traducido a la mayoría de las lenguas europeas en el curso de unas decenas de años. Se trata de una guía para viajeros o para peregrinos: cuenta cómo son las lejanas tierras de Oriente, y qué individuos hay por aquella parte del mundo, y describe las ciudades, con sus castillos y templos, y explica también cómo es la fauna, la flora y otras mil curiosidades entretenidas. Durante siglos se creyó que el autor era verdaderamente el tal sir John de Mandeville, viajero ilustre y caballero, pero lo cierto es que nada se sabe de su autor y de quién fuera en realidad el tal Mandeville, porque con seguridad John Mandeville nunca existió.

Sir John Mandeville, o como quiera que se llamara, no fue más que un prodigioso embustero, un farsante maravilloso que inventó un personaje viajero que había conocido los lejanos territorios de Tierra Santa, y África y Asia, hasta la India, y que tenía un modo asombroso de contarlo. En realidad, seguramente estaba en su castillo de Inglaterra, o en algún cenobio francés, transcribiendo sus elucubraciones o mixtificando la Historia Sagrada junto a un buen número de textos bien conocidos, como el Speculum Naturale de Vincent de Beauvais, la peregrinación de Guillermo de Boldensele, la Bellum Judaicorum de Flavio Josefo, los viajes de Marco Polo y otras colecciones de mirabilia y viajes. Sea como fuere, el resultado es una verdadera maravilla o... una verdadera "mandevilla": el lector casi está deseando coger el zurrón y el bordón y echarse a los caminos, dispuesto a descubrir y admirar todas las "mandevillas" que se relatan en este itinerarium. A medias entre la divulgación turística, la peregrinación piadosa, el viaje de exploración científica y la curiosa arqueología, Los viajes del caballero sir John Mandeville merecen ocupar un lugar de honor en las estanterías luciérnagas, y así será.

Sainte Chapelle de París
Sainte Chapelle de París

"Una parte de la corona de Nuestro Señor con la que fue coronado, uno de los clavos, la punta de la lanza y otras muchas reliquias están en Francia, en la Capilla Real. La corona permanece en una urna de cristal ricamente adornada, pues, en cierta época, un rey de Francia compró estas reliquias a los judíos, a quienes el emperador las había entregado a cambio de una gran cantidad de dinero.

"Y aunque la gente dice que esta corona es de espinas, debéis saber que era de juncos marinos, es decir, de carrizos de mar, que pinchan tan intensamente como las espinas. Muchas veces he visto y contemplado la de París y la de Constantinopla, pues ambas eran parte de un todo, hechas de juncos marinos. Pero se hicieron de ella dos mitades, una de las cuales está en París y la otra en Constantinopla. Yo tengo una de esas preciosas espinas, que se parece a la del espino albar, y se me dio como favor excepcional. Pues ocurre que muchas veces se han roto y se han caído al fondo de la urna donde se guarda la corona; se desprenden a causa de la sequedad, al ser movidas para enseñárselas a los grandes señores que van a verlas.

"Debéis saber que Nuestro Señor Jesús, la noche en que fue prendido, fue llevado a un huerto. Allí fue interrogado exhaustivamente y allí los judíos se mofaron de él y le hicieron una corona con las ramas de un espino albar, que es espino blanco, que crecía en ese mismo huerto, y se la encajaron en la cabeza tan apretada e hirientemente que la sangre le corría por muchas partes de la cara, del cuello y de los hombros. Y por eso el espino blanco tiene muchas virtudes, pues a la persona que lleve una de sus ramas ni la tormenta ni ninguna clase de temporal le harán daño. Tampoco ningún mal espíritu entrará en su casa ni en el lugar en que estuviera."

Los textos seleccionados son de Los viajes de sir John Mandeville, Cátedra, Madrid, 2001; edición y traducción de Ana Pinto.

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