Mitos literarios del escritor aficionado

Cuando uno es joven y cree que tiene mucha vida interior, muchos sentimientos sentimentales y su mamá le ha dicho que es muy ingenioso, puede tener la mala idea de querer ser escritor. Probablemente si a nuestro joven se le dijera que conviene leer más que escribir, que necesitará años para aprender historia y crítica literaria, que tendrá que estrujarse las meninges para conocer la historia y la evolución de la lengua a la que va a entregarse y otras mil dificultades, meditaría un tanto más su decisión.

Es posible que la feliz efervescencia literaria de nuestro tiempo se deba a confusiones como las que acabo de señalar. Con todo, el principal mito del escritor aficionado es la inspiración. Es curioso cómo esta idea, manipulada a partir de la filosofía griega y la tradición religiosa, ha llegado a nuestros días. En teoría, eran los dioses (o los demonios) quienes insuflaban (por potencia espiritual) a los artistas la capacidad para crear (en tercer nivel, recuérdese la mímesis platónica). Algunos de nuestros jóvenes escritores prefieren utilizar otras sustancias para inspirarse, o escuchan músicas "inspiradoras" o leen libros "inspiradores". En cualquier caso, cuando sienten la inspiración, corren veloces al ordenador, porque la inspiración igual viene que se va...

Es curioso que los escritores aficionados no se percaten de la necesidad de un plan preciso, exhaustivo, minucioso y calculado, lo cual sería de mucha más ayuda y más eficaz para la tarea que intentan emprender. Sólo un detalle más: ni siquiera los grandes místicos escribían "inspirados". Se ha comprobado que los escritos místicos de Santa Teresa, por ejemplo, estaban muy corregidos y tenían tantos comentarios y anotaciones como los de cualquier otro escritor. La escritura siempre es una actividad consciente; si es inconsciente, será caótica y absurda y se parecerá a la verborrea de un perturbado.

El segundo mito del escritor aficionado es el que se enuncia con la ingenuidad de un pollito cascarón: "Yo escribo para mí...". Esta idea se basa en la larguísima tradición de la catarsis, también manipulada en los últimos siglos. Aquellos escritores aficionados que "escriben para sí mismos" en realidad están desvelando que, por medio de la escritura, pretenden liberarse de sus demonios, de sus angustias y sufrimientos, y se ha demostrado que algunas terapias psicológicas y psiquiátricas resultan muy efectivas cuando se recurre a "escribir" lo que se piensa. Pero la literatura, en tanto que proceso (artístico) de comunicación, precisa un objetivo que cierre dicho proceso. Un texto "escrito para uno mismo" es siempre incomprensible para los demás, y seguramente ni siquiera debería llegar "a los demás". La catarsis antigua tenía como objeto al espectador o al lector, cuyo espíritu "mejoraba" con la lectura o con la representacion teatral. La catarsis literaria no estaba pensada para solucionar los problemas psicológicos del autor, sino para ampliar y mejorar las perspectivas intelectuales del espectador o del lector.

De hecho, Aristóteles acuñó el término de catarsis tomándolo de la terminología médica, que lo utilizaba para describir procesos purgantes mediante los cuales el cuerpo se liberaba de elementos nocivos y dañinos. Algunos escritores aficionados aún consideran que la escritura les servirá para liberarse de sus demonios, de sus traumas o de sus obsesiones. Y puede que sea así...

El tercer mito al que quisiera referirme aquí es el que propone el arte por el arte como fundamento literario. El Romanticismo, que tantos y tan magníficos frutos dio a la literatura y el arte, también sembró la cizaña del genio. El genio era una fuerza sobrenatural que podía insuflarse en cualquier individuo; el genio está por encima de sus coetáneos (incluso por encima de la especie humana) y su única labor es expresar la eternidad, la infinitud, la sublimidad de su espíritu. (Con frecuencia los románticos olvidaban decir que también convenía estudiar un poco...). Puesto que el arte tenía ese carácter quasi-divino, el artista no debía concentrarse más que en su obra, prescindiendo del receptor incluso. Las vanguardias también hicieron su trabajo en este punto. Todo el mundo sabe, a estas alturas, que la exaltación de la obra -"tú eres un ignorante y no lo entiendes"- ha sido la excusa para las mayores tropelías artísticas.

Los escritores aficionados -que con frecuencia son también críticos aficionados- se entregan a otros muchos mitos, como la crítica impresionista, o la escritura comprometida, o la pasión formalista, o el sentimentalismo lloriqueante, o las emociones hipertrofiadas, la escritura-revolución...

Todos los mitos del escritor aficionado sirven a la autocomplacencia y pocas veces se dirigen al verdadero análisis histórico, lingüístico, estético, retórico o filosófico de la obra literaria.

Porque lo importante para el escritor aficionado no es el texto, sino el que lo escribe.

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Comentarios: 2
  • #1

    Elena Rius (viernes, 08 marzo 2013 11:17)

    ¡Ah, cuánto daño ha hecho el mito de la inspiración! No importa que todos los escritores reiteren que no existe, que sólo existe el trabajo duro y el estar ahí día tras días, sin desfallecer (inspiración = 90% de transpiración). Los novatos no se convencen. Mis alumnos preguntan: "¿Siempre es tan difícil escribir o es sólo porque yo no sé?". Imagina la respuesta :)

  • #2

    JCV (viernes, 08 marzo 2013 12:29)

    También he oído a algunos escritores hablar de inspiración, y del don de escribir, y de cosas semejantes... Supongo que casualmente no recuerdan que hay editores y correctores que luego dedican muchas horas a limpiar y pulir el desaguisado...