La postal

La noticia de la semana, sin duda, ha sido la renuncia del pontífice Benedicto XVI. Y, aunque a los lectores habituales les parezca que no puede haber asunto más alejado de la temática común de este blog, puedo asegurarles que habrá pocas entradas tan genuinamente luciérnagas como ésta. Antes de empezar, sin embargo, quisiera advertir que no se juzgan aquí asuntos teológicos, ni morales ni religiosos, ni se trata de evaluar la ética de Joseph Ratzinger o sus logros o deméritos en Roma, ni de aprobar o suspender sus conocimientos... (Por cierto, muchos se sorprenderían de sus insólitas afirmaciones en el libro Jesús de Nazaret, publicado en España por La Esfera de los Libros en 2007). En fin, en esta entrada no se tratarán cuestiones ajenas a nuestro interés luciérnago por lo extraño, lo extravagante, lo divertido y lo asombroso del mundo.

Resulta que hace unos años -en 2008 para precisar- andaba un servidor en uno de sus vagabundeos ocasionales por esos caminos de Dios. No tienen mucho interés las razones de mis solitarias y míseras andanzas, pero hete aquí que me vi a los pies de unos montes espantosos que hay en León, y por hacer la ruta con alguna compañía me uní a ciertos peregrinos que por allí andaban, entre Rabanal del Camino y la Cruz de Hierro de Foncebadón. Ha de saberse que esos caminos son horrorosos y que muchos caminantes y peregrinos han dejado allí su vida (e incluso su alma), y que más vale que al vagabundo no le sorprenda la noche en semejantes parajes. Con los pies llagados, en todo caso, se baja al otro lado -que se llama Bierzo propiamente-, donde todas las alegrías de aquella tierra reciben al dolorido caminante. Al final de la montaña hay un pueblo llamado Molinaseca, tan hermoso y tan adecentado que da gloria verlo. En este pueblo, por ir con unos peregrinos, se me permitió la entrada en un albergue de los que cuentan para su descanso, y allí pasé la noche. A la mañana siguiente, como no tenía con qué pagarme un desayuno, me entretuve hablando con el hospitalero, que me contó la historia más asombrosa que imaginarse pueda. (Y no fue porque el hospitalero fuera hablador o indiscreto, sino porque un servidor es curioso y pertinaz).

Resulta que unos años atrás, en el año 2000, Alfredo -pues así se llamaba el hospitalero- recibió una postal desde Roma. El remitente era un peregrino clérigo con el que había tenido algún desencuentro "teológico". En esas noches de confidencias peregrinas, el hospitalero le había dicho que la Iglesia no trataba muy bien a los fieles y que se entretenía en asuntos que no parecían muy "divinos". El peregrino se negó a admitir semejantes acusaciones, reprendió severamente al hospitalero, al día siguiente partió, y ahí quedó todo. Pero cuando aquel incógnito peregrino regresaba de camino a Roma, donde al parecer vivía, se sintió picado en su honor clerical, y le envió una postal admonitoria al díscolo hospitalero, desde Francia, al parecer. Lo más curioso -lo extraordinario y lo asombroso- es que el peregrino enojado firmaba como "Louis Joseph, futuro papa Benedicto XVI".

Aún faltaban cinco años para que alguien llamado Joseph Aloisius Ratzinger ascendiera al trono de San Pedro y se hiciera llamar Benedicto XVI.

Naturalmente, sería asombroso que el cardenal Ratzinger supiera con cinco años de antelación que iba a ser Pontífice de Roma, ¡y que ya tuviera pensado el nombre! ¿Fue Ratzinger el peregrino con quien discutió cuestiones ecuménicas el hospitalero Alfredo? Bueno, si no era el propio Ratzinger, la cosa es aún más aterradora, porque sería otra persona quien conociera esos detalles por anticipado.

Curiosamente, años después, cuando el papa Benedicto XVI hizo una visita apostólica a Santiago de Compostela, el portavoz Federico Lombardi comentó con mucha alegría que el papa estaba encantado de volver a Santiago... y a las pocas horas rectificó, diciendo que Joseph Ratzinger jamás había estado en Santiago.

"Algunos prebostes eclesiásticos de por aquí... -me comentaba el buen hospitalero- han querido desautorizarme y defenestrarme, y me han acusado de falsificador y de fabulador". "Pero... ¿por qué ibas a inventarte una cosa así?", le dije. "Bueno, la verdad es que no tengo por qué dar explicaciones...". Lo miré con cara de asombro luciérnago ante su integridad moral y levanté las cejas para que siguiera hablando. "No", me dijo, "acabo de recibir una carta en la que se me ordena viajar a Roma".

Sólo puedo decir que le deseé toda la suerte del mundo a aquel hombre, que parecía un poco abrumado por la obligación de tener que ir a ver a aquel peregrino ahora investido con la santidad papal.

Aquel día llovía a mares, y me alejé de aquel refugio de peregrinos con los pies mojados y el estómago vacío del mísero vagabundo... y con una historia que no olvidaré jamás.

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Comentarios: 4
  • #1

    Elena Rius (domingo, 17 febrero 2013 20:47)

    Ohhh! Intrigante y maravillosa historia luciérnaga. Digna de encontrar cabida en el Pensionado de Neuwelke, donde tienen lugar hechos igualmente misteriosos. Sólo puedo añadir que los caminos del Señor son inescrutables. Y esto seguramente no lo refutaría ni siquiera Benedicto XVI.

  • #2

    Urzay (domingo, 17 febrero 2013 22:17)

    Realmente sorprendente la historia, y el contenido de la postal muy argumentado no está, pero miedo, da bastante.

  • #3

    Julia (lunes, 18 febrero 2013 13:52)

    Una gran sonrisa para agradecer la diversión de esta historia como desayuno de lunes (de fin de vacaciones).
    ¡Cómo se disfrutan los narradores que dejan más preguntas que respuestas!

  • #4

    El infierno de Barbusse (miércoles, 20 febrero 2013 08:45)

    No te extrañe, amigo luciérnago, que la Iglesia sepa todo de antemano, que mueva cada hilo, que controle cada mínimo pestañear de sus sirvientes purpurados... Es todavía más uraniana de lo aparenta. :)