Umberto Eco, los mapas y la espinosa cuestión de la esfericidad de la Tierra

Desde que a principios de los ochenta cayera en mis manos el asombro titulado El nombre de la rosa y, al mismo tiempo, por razones académicas, tuviera la suerte de tener que estudiar su Tratado de semiótica general, el profesor Umberto Eco se convirtió en mi gurú personal. En sus libros encontraba todos aquellos argumentos y emociones intelectuales por las que daba saltos de alegría. Todo un mundo de mentiras, farsas, contradicciones, embustes, serendipias, coincidencias, misterios y asombros varios. Sus libros han ido acumulándose en mis estanterías casi sin querer, y siempre tiene algo nuevo y revelador que ofrecer a un luciérnago servidor. Aparte de sus novelas y los ensayos más o menos formales, o sus recopilaciones de artículos, los volúmenes ilustrados de Lumen sobre la Historia de la belleza, la Historia de la fealdad y El vértigo de las listas son un verdadero lujo (también por el precio) y alimento indispensable y frecuente para el espíritu.

Los últimos textos de Umberto Eco en castellano se han recopilado en Construir al enemigo (Lumen, Barcelona, 2012; trad. Helena Lozano Miralles). Se trata en realidad de una colección de "textos de ocasión", donde caben conferencias, discursos, lecciones y artículos de distinta y variada procedencia. Desde luego, todas las piezas son interesantísimas y se leen con gusto y placer, pero hoy, aquí, en este jardín luciérnago, quiero detenerme sólo en el artículo "Astronomías imaginarias" (págs. 210-242), que no es sino la reelaboración de dos ponencias dictadas en un congreso de geógrafos hace más de diez años.

Umberto Eco me echa el anzuelo cuando afirma que "De niño soñaba mirando los atlas". ¡Mapas, mapas, mapas! Los mapas ejercen sobre mí un poder de atracción al que no puedo resistirme. Cualquier representación cartográfica me hipnotiza, e incluso la palabra 'geografía' me deja meditabundo y anonadado. (La tienda-restaurante de National Geographic en Madrid, o el bar The Geographic Club son lugares que despiertan en mí un deseo irreprimible de ir a hacer la mochila y embarcarme en expediciones y aventuras que sólo he imaginado en los mapas... Samarcanda, el Polo Norte, Nepal, las fuentes del Nilo...

El artículo de Eco merece leerse completo, desde luego, así que aquí sólo me detendré en un aspecto curioso de su exposición: la cuestión de la esfericidad de la Tierra.

Aunque uno no había podido dejar de fruncir el ceño cuando encontraba "pruebas" evidentes de que los antiguos sabían que la Tierra era esférica (por ejemplo en algunos autores griegos, e incluso en San Isidoro de Sevilla), uno se callaba y mantenía cerrado el pico porque durante años se nos había enseñado que los antiguos creían que la Tierra era plana. Lo bueno de ser Umberto Eco es que sabe tanto que no tiene por qué callarse: "El pensamiento laico decimonónico, irritado por el hecho de que la Iglesia no aceptara la hipótesis heliocéntrica, atribuyó a todo el pensamiento cristiano (patrístico y escolástico) la idea de que la Tierra era plana". La cuestión tenía sus ramificaciones en la disputa darwiniana, pero lo esencial es que durante el último siglo se nos ha enseñado que "los antiguos" creían que la Tierra era completa y absolutamente plana. Sin embargo, en Inventing the Flat Earth (Praeger, Nueva York, 1991), Jeffrey Burton Russell demostró que la creencia general, tanto en la Antigüedad como en el Medievo, era que la Tierra era redonda. Aunque con variantes místicas, los pitagóricos sabían que la Tierra era redonda, igual que Tolomeo, Parménides, Eudoxos, Platón, Aristóteles, Euclides o Arquímedes. Eratóstenes, en el siglo III a.C. calculó la longitud del meridiano terrestre con bastante precisión, midiendo la inclinación del Sol en distintos puntos de la Tierra. Y en el Medievo todo el mundo parecía saber que la Tierra era redonda: Dante, Alberto Magno, Tomás de Aquino, Roger Bacon y otros.

El problema "geográfico" de Colón ante los eruditos salmantinos no era que la Tierra fuera plana y las carabelas fueran a caerse por un precipicio infernal, sino que la Tierra era tan grande que la travesía por un inmenso océano hasta las Indias Orientales se haría imposible. Colón, por el contrario, pensaba que la Tierra no era tan grande, y que acabaría llegando a las Indias pocos meses después. Ni los geógrafos salmantinos ni Colón sabían que había un continente en mitad del gran océano.

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Comentarios: 1
  • #1

    Julia (viernes, 07 diciembre 2012 12:07)

    Fantástico, me pasa (o pasaba) lo mismo en todo lo que has dicho aquí. Ahora a buscar el libro de Eco. ¡Gracias!