Románticos de altos vuelos

En las últimas semanas han aparecido por las mesas de la casa abundantes libros de los que querría hablarles a mis queridos amigos luciérnagos. Algunos los dejaré para otro momento, pero en la mesa del salón hubo un brote romántico muy emocionante. Apareció allí un pequeño librito de Mary Wollstonecraft, la Vindicación de los derechos de la mujer, en el formato que Taurus ha adoptado para la serie Great Ideas que publicó en Inglaterra Penguin Books; me alegra contar con este imprescindible (trad. Marta Lois González) en esta edición tan especial. También floreció en la mesa del salón otro de esos pequeños libritos de Olañeta: se trata de unas letras de mi adorada Elizabeth Gaskell, una de las mentes literarias más interesantes del romanticismo; en este caso se trata de un par de relatos publicados en prensa en 1847 y 1848: El héroe del sepulturero y Tormentas y alegría navideñas (trad. Ángela Pérez). Pero también el comentario de estos libros (poco comentario necesitan, a decir verdad, salvo que son obligatorios y ya) ha de quedar para otro momento, porque quiero hablarle de otros románticos de altos vuelos.

Richard Holmes es un especialista en el universo romántico, autor de trabajos imprescindibles sobre las primeras figuras del romanticismo inglés, como Shelley o Coleridge. Hace ya cinco años que se publicó en el Reino Unido este The Age of Wonder. How the Romantic Generation discovered the Beauty and Terror of Science en Harper Press; ahora lo presenta Turner con traducción de Miguel Martínez-Lage/Cristina Núñez Pereira. Como fácilmente podrán comprender los aficionados a esa época convulsa de la Europa dieciochesca y decimonónica, el estudio del romanticismo desde el punto de vista de la experiencia científica, y asociado además a varios de los elementos claves del movimiento (imaginación, aventura, exotismo, individualismo, terror, sublimidad, etcétera), ofrece campo abierto para la teorización y el análisis. Sin embargo, la síntesis intelectual de La edad de los prodigios se obtiene después de leer una magnífica relación, casi novelesca, de los episodios más divertidos y relevantes de la ciencia romántica. La investigación botánica y zoológica, la anatomía, la astronomía, la química, y la física, y todas las peripecias y los avatares estrafalarios por los que pasaron los románticos tienen en este libro prodigioso su descripción más jugosa y relevante. Entre todos los talentos del profesor Richard Holmes, no es el menor el de saber seleccionar las peripecias para ilustrar la impagable aventura de la investigación romántica, y, por supuesto, el de saberlas contar con elegancia, precisión, información y sentido del humor.

Aunque el libro se lee -incluso- con más fruición que la mejor de las novelas, quiero destacar el capítulo III, "Aeronautas en el cielo", en el que se describen los primeros intentos volanderos del hombre a bordo de globos aerostáticos. Si quieren divertirse de verdad, consigan este libro y vayan directamente a la página 177. Este capítulo, dedicado a la globomanía europea de finales del XVIII, con las aventuras de científicos, freaks nobiliarios, reyes dubitativos y gigolós italianos es simplemente genial y desternillante.

"El doctor Charles aunó, de hecho, todas las capacidades del globo de gas moderno en un único diseño brillante.

Lo soltó en los jardines de las Tullerías, en París, el 1 de diciembre de 1783, con un científico asistente, el señor Robert. Atrajeron a la que, según las estimaciones, fue la mayor muchedumbre del París prerrevolucionario: más de cuatrocientas mil personas, lo que venía a ser la mitad de la población de la ciudad. Era un globo espléndido, rosa y amarillo, de colores pastel, de nueve metros de alto, y al público le encantó. La canasta de mimbre, una especie de chaise longue para dos, estaba festoneada de banderas y banderines. El doctor Charles llevaba un cargamento completo de equipamiento científico a bordo (un barómetro de mercurio, que se utilizaba a modo de rudimentario altímetro, un termómetro, un telescopio, bolsas de arena y algunas botellas de champán). En un amable gesto, le pasó el cable de sujección a Joseph Montglofier: 'Monsieur Montglofier, le compete a usted enseñarnos el camino a los cielos'".

Richard Holmes: La edad de los prodigios. Terror y belleza en la ciencia del Romanticismo. Turner, Madrid, 2012.

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Comentarios: 4
  • #1

    Urzay (sábado, 01 diciembre 2012 09:05)

    Ahora que veo esto de la globomanía, me acuerdo de haber tropezado hace bien poco en el catálogo de una subasta de libros con un pliego suelto que aludía a estas mismas experiencias que nos cuentas. Como me llamó la atención, busqué alguna copia en bibliotecas digitales y por suerte había un par de ellas. Según parece, en Valencia repitieron la experiencia parisina tan solo tres meses después, primero sin tripulación y después empezaron a pensar en buscar algún voluntario. Solamente por imaginar las tribulaciones del intrépido aeronauta del segundo vuelo resulta divertido echarles un vistazo. Voy a ver si soy capaz de enlazarlos usando código, para que baste con pinchar el enlace, y después la imagen. El primero es <a href="http://bivaldi.gva.es/va/consulta/registro.cmd?id=5346"> del dieciocho de marzo de 1784.</a> El segundo, que realmente cuenta lo que pasó, <a href="http://bivaldi.gva.es/va/consulta/registro.cmd?id=6417"> es de seis días después.</a> Lástima que no haya un tercero para ver el resultado de la cuestación.

  • #2

    Urzay (sábado, 01 diciembre 2012 09:08)

    Pues no salió.

    Estos son los dos enlaces:
    http://bivaldi.gva.es/va/consulta/registro.cmd?id=5346
    http://bivaldi.gva.es/va/consulta/registro.cmd?id=6417

  • #3

    Elena Rius (sábado, 01 diciembre 2012 17:41)

    Ja, Ja! Magnífico eso de incluir entre "el equipamiento científico de a bordo" unas botellas de champán. En efecto, difícil resulta concebir una viaje en globo sin ellas. Y ese libro que citas resulta de lo más atractivo, en especial para los que hemos admirado en nuestra infancia las "Veinte semanas en globo" de Julio Verne.

  • #4

    JCV (sábado, 01 diciembre 2012 17:57)

    Sí, Elena... ¡champán como equipamiento científico! A veces uno echa de menos estas "elegancias" y "finezas" en nuestra época. Me alegra infinito saber que al menos comparto con Elena Rius la mirada divertida hacia ese tipo de actitudes.
    Y, como siempre, queridos luciérnagos, tengan en cuenta los consejos y opiniones de Urzay. Es un lujo que de vez en cuando se pase por aquí, así que ténganlo en cuenta. (Y, si quieren pasar un rato divertido, busquen en su blog los "Papeles que encuentro por los libros": imprescindible).