Humilitas

No sé si mis amigos luciérnagos compartirán esta opinión o no, pero yo creo que hay ocasiones en las que uno necesita "relocalizarse". Me refiero a la necesidad de situarse en el lugar que a uno le corresponde y del que se ha movido por distintas circunstancias. Las madres, los amigos y las ciudades son los elementos imprescindibles para que se produzca esta higiénica "relocalización". A menudo vamos a nuestras madres con lo que consideramos grandes éxitos, y ellas nos contestan con una sonrisa y nos dicen: "Bueno, pero abrígate, que parece que viene fresco". En otras ocasiones, por tontuna, alardeamos ante buenos amigos de lo que consideramos un logro inigualable, y ellos te arrebatan la cerveza de la mano y te dicen: "Bueno, bueno, menos humos, que no eres Lope de Vega". Y por último, hay ciudades que te sitúan exactamente en el lugar que te mereces. Una de esas ciudades es Roma.

Con Roma uno acaba con las mismas sensaciones que alberga tras varios días en las montañas, o tras varias semanas de vagabundeos por los caminos, o cuando se pierde a un ser querido. La grandeza e inabarcabilidad de la ciudad obliga a repensar la posición que ocupa uno en este entramado llamado realidad. Tras una visita a la Ciudad Eterna, la vida con la que uno se pelea a diario adquiere tonos un tanto infantiles, y casi ridículos. A la vista de las obras de Bernini, Rafael, Miguel Ángel o Bramante, los envanecimientos y los orgullos sufren enormemente. Uno deambula estupefacto por los Museos Vaticanos, por el Coliseo, por las termas de Caracalla o por las galerías del Museo Capitolino, y sale abrumado y atónito. Cuando el viajero regresa a casa, aparecen en todo su esplendor las ridículas disputas de cada día, las nimias vanidades literarias y artísticas, la minúscula vacuidad de los éxitos o la inanidad de los fracasos, y entonces le asalta a uno la terrible sospecha de estar equivocando el camino. Entonces, al menos durante unos días, Roma consigue el efecto de reposicionar al viajero y situarlo en el lugar que le corresponde.

"La vestal Rea Silvia, víctima de una violación, tuvo un parto doble, y bien porque ella lo creyera así, bien porque la complicidad de un dios dignificaba su culpa, atribuyó a Marte la paternidad de su sospechosa descendencia. Pero ni los dioses ni los hombres la libraron a ella o a sus vástagos de la crueldad del rey Amulio: la sacerdotisa fue apresada y metida en una cárcel; a los dos niños los mandó el rey que los arrojaran al río. [...] Una tradición sostiene que cuando el agua, poco profunda, depositó en lugar seco el cesto flotante donde estaban expuestos los dos niños, una loba sedienta encaminó allí su carrera desde las montañas de alrededor, atraída por el llanto infantil, y ofreció sus ubres a los niños, tan mansamente que el mayoral del ganado del rey, Fástulo dicen que se llamaba, la encontró lamiéndolos con la lengua...".

(De La Roma legendaria, de Tito Livio).

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Comentarios: 2
  • #1

    Elena Rius (martes, 27 noviembre 2012 13:14)

    Totalmente de acuerdo. Roma nunca se acaba. Le estoy dando vueltas a la posibilidad (si el tiempo y los dineros lo permiten, que es decir mucho) de pasar unos días allí estas vacaciones.

  • #2

    JCV (martes, 27 noviembre 2012 16:15)

    Estupefacto vengo, tras cinco días en la Ciudad.
    Saludos, amiga.