Verdades, mentiras, creencias y ficciones

El pasado domingo (9 de septiembre), Tomás Delclós, defensor del lector del diario El País, lamentaba amargamente que se hubiera dado cabida en su periódico a una noticia "inverosímil", según la cual unos "arqueólogos" habían encontrado nuevas pirámides haciendo uso de un arma poderosísima: los mapas de Google Earth. El periodista lamentaba también que sus compañeros no hubieran acudido a las fuentes con "escepticismo" o que no hubieran contrastado la información con científicos solventes. Llueve sobre mojado, porque no es la primera vez que el diario se hace eco de patrañas arqueológicas: hace unos meses, El País se empeñó en que el claustro románico de Palamós era auténtico (es decir, del siglo XII o XIII), cuando en realidad no era más que una recreación de principios del siglo XX. Pero tampoco conviene ser inflexibles: a todos nos cuentan mentiras que nos creemos, todos vamos por la vida creyendo filfas, todos somos susceptibles de creer a pie juntillas las engañifas más burdas.

Sin embargo, las mentiras, los embustes y las ficciones son instrumentos poderosísimos que condicionan la vida de las personas. En otro lugar (y en broma) me preguntaba cómo era posible no creer en Dios: ¿es que resulta razonable construir catedrales si no existe Dios?, me preguntaba en aquella ocasión. En términos objetivos, Dios existe, y existe de tal modo que incluso tiene un Estado en el corazón de Europa, en Roma. Y existe porque es "funcional" y "operativo". ¿Podremos afirmar que no existe y que, por lo tanto, no influye en nuestras vidas, cuando se han entablado guerras, han caído países y han muerto miles de personas por Dios? Decir que Dios no existe es arriesgado.

Con frecuencia, y con una terquedad sin límites, negamos la existencia de lo existente y afirmamos con vehemencia contrarreformista la existencia de lo inexistente: la felicidad, el amor, la libertad, la dignidad, la coherencia, etcétera.

Y, en ocasiones, estas certezas de asno con anteojeras se han puesto en ridículo y en evidencia... como cuando a mediados del siglo XIX, el ingenuo hijo de un salchichero se creyó de pe a pa la historia de la guerra de Troya, que había leído en un libro ilustrado. ¡Ingenuo! ¡Ignorante!, le decían. Troya, y todo lo que cuenta Homero... ¡es un mito! ¡Es falso! ¡Es mentira! Pero el hijo del salchichero se empeñó en que Troya existió de verdad y fue a buscarla a las costas de Turquía, y la encontró: el hijo del salchichero se llamaba Heinrich Schliemann, y estaba convencido de que Homero no podía haberse inventado... ¡todo aquello! Y así fue como todo el mundo supo que Homero no se lo había inventado todo, y que la guerra de Troya fue un hecho real. ¿Existió también Helena? ¿Y Ulises? ¿Y Afrodita? ¿Y Pegaso? ¿Y los unicornios?

Lo que ocurre es que no todo lo que existe es cierto. Hay creencias que son muy ciertas, y "existen" porque son operativas, y hay grandes mentiras que creemos como certezas absolutas. Por ejemplo, todo el mundo piensa que nuestro país y Europa están en crisis, cuando eso es mentira: lo que hay es un expolio o saqueo. En este asunto de las verdades y las mentiras, el vocabulario también tiene su trascendencia. Por ejemplo, según ciertas instancias eclesiásticas, la homosexualidad puede ser una inmoralidad, mientras que la pederastia sólo es un error.

Recuerdo que un profesor bienintencionado, hace muchos (demasiados) años, me sugería que el hombre no podía "inventar" realmente nada nuevo, sino "reelaborar" lo que conocía. Si estaba en lo cierto, no cabe la menor duda de que el hombre es un especialista en "reelaboraciones", y algunas son extraordinarias, de tal calado y con tal vigor, que se han convertido en los fundamentos de nuestras vidas...

Así, una serie de sustancias físicas se convierten en "amor", el miedo a la oscuridad de la muerte inventa a "Dios", poder comprar todas las semanas en el centro comercial es "libertad", estar aturdido delante de las pantallas del ordenador, del teléfono, de la tableta, del e-book y de la televisión es "información", las líneas imaginarias e inexistentes de los mapas delimitan "países" y la patraña de una mezcla de caballo con narval es un "unicornio".

Sería interesante revisar determinados conceptos.

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