La alegre emperatriz de Constantinopla

Harto y más que harto de estar horas y horas con el espinazo doblado y la cerviz hendida frente al Deuteronomio, levanto la mirada de las leyes y los cultos cananeos, y me enfrento al mundo. Me pregunto si hago bien en entregar mis años y mi salud a estos textos del siglo VIII a.C., y si los códigos deuteronómicos, anotados y en edición trilingüe, le interesarán al público en general. La editorial estaba muy ilusionada con este Deuteronomio: la Ley mosaica en las estepas de Moab, pero, sinceramente, yo creo que mucha salida no tiene.

Más por distraerme que por necesidad de lectura, le pregunto a la Bibliotecaria cómo anda el panorama editorial, y si cree que los lectores acudirán en masa a ls librerías en busca de mi exégesis bíblica deuteronómica. Desgraciadamente, me dice que los lectores -y sobre todo, las lectoras- se han entregado a una furibundia sexual, y que pierden las enaguas y los refajos por adquirir las tórridas novelas de moda...

Por curiosidad filológica, me acerco a estos libros -que curiosamente también andan dispersos por la casa-, y compruebo que son unas castañas pilongas... o unas castañas pilinguis, depende de como se mire. Sin embargo, mis meditaciones librescas me conducen directamente a la biblioteca privada, y me detengo en el gran Procopio de Cesarea, y su Historia secreta. Y pienso que las jóvenes y no tan jóvenes mujeres de nuestro tiempo tal vez tendrían más provecho y sustancia si leyeran este libro, y, por otro lado, no se perderían las escenas de amontonamiento sexual y fornicio general que proponen las novelas modernas.

Me pregunto si mi editor aceptaría que un servidor preparara una edición nueva de la Historia secreta de Procopio de Cesarea...

"Esto es cuanto hemos podido describir acerca del carácter de Justiniano. En cuanto a la mujer con la que se casó, voy ahora a contar de qué modo nació, fue educada y, una vez unida a este hombre en matrimonio, arruinó desde sus cimientos el estado romano. Vivía en Bizancio un tal Acacio, cuidador de las fieras del circo. Este hombre murió, y dejó tras de sí, tres niñas: Comitó, Teodora y Anastasia. [...] Cuando las niñas llegaron a adolescentes, la madre las llevó enseguida a la escena, porque era notoria su belleza. [...] Por aquel entonces Teodora, que no estaba todavía desarrollada, no podía acostarse con ningún hombre, y era absolutamente incapaz de tener relaciones como mujer, pero ella se unía lascivamente como los hombres con ciertos miserables, y esto incluso con cuantos esclavos seguían a sus dueños al teatro para cometer este acto nefando aprovechando la oportunidad. Permanecía mucho tiempo en el prostíbulo, entregada a este comercio contra naturade su cuerpo. Pero tan pronto como llegó a la adolescencia y estuvo ya desarrollada, se bajó ella misma a escena con las mujeres y se convirtió enseguida en una hetera de esas que los antiguos llamaban "de infantería", pues no era flautista ni harpista, ni había estudiado siquiera los pasos de danza, sino que sólo entregaba su juvenil belleza a todo el que llegaba, dejándole que se sirviera de todas las partes de su cuerpo. [...] Era en efecto extremadamente ocurrente y salaz y pronto llegó a ser admirada por su actuación, pues la mujer no tenía nada de vergüenza ni nadie la vio nunca turbada, sino que se prestaba sin vacilar a las más impúdicas prácticas y era de tal manera que si se la golpeaba y abofeteaba en la cara, se sentía capaz de hacer chistes y estallar en carcajadas, y desvistiéndose, mostrar desnudas a cuantos se encontrasen allí sus partes traseras y delanteras... [...] Nunca hubo nadie tan rendido a todo tipo de placeres, puesto que muchas veces, acudiendo a una comida comunitaria con diez o más jóvenes que destacaban especialmente por su vigor corporal y hacían su trabajo de la fornicación, yacía a lo largo de la noche con todos los comensales, y una vez que todos ellos renunciaban a continuar con este menester, ella iba junto a sus servidores, que tal vez eran treinta, y copulaba con cada uno de ellos, sin que su lascivia pudiera siquiera saciarse así..."

Procopio de Cesarea, Historia secreta, IX, i-xvii. (De la edición de Juan Signes Codoñer, para Gredos, 2000; págs. 200 y ss.).

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Comentarios: 4
  • #1

    Elena Rius (viernes, 07 septiembre 2012 18:00)

    Síii... Sexo bizantino ya, por favor- Donde esté Procopio, que se quiten las sombras de Grey y demás.

  • #2

    Jose Solis (martes, 11 septiembre 2012 13:42)

    Es signo de estos tiempos, la rapidez. Antes el ganado pedía pastar y si no se le daba moría. Hoy el aburrimiento se nos hace peor que mortal, no crece ya sin embargo la hierba fresca en los prados, nos dan rápidamente pienso poco pensado y peor prensado. Es para agradecerte el hallazgo del anterior artículo que te escribo, aunque ya te hallas en un nuevo y excitante prado. Lo que haces inventando elogios y sembrando argumentos, es que crezca un extraordinario pasto de apetecible hierba que rumiar (a veces ¡cuidado! casi alucinógena). Hasta osas citar y trasfigurar la “anécdota”. Sexo angelical aparte y una vez sabido el camino espero sinceramente que nos hallemos frecuentemente. Gracias Jose

  • #3

    JCV (martes, 11 septiembre 2012 15:52)

    Un fuerte abrazo, amigo.

  • #4

    Julia (domingo, 16 septiembre 2012 23:37)

    Acabo de leer esto y me acordé de vos
    http://www.guardian.co.uk/books/booksblog/2012/aug/16/book-cover-theories-edinburgh-festival
    Para seguir perfeccionando el trabajo editorial...