La librería de los argumentos extraordinarios

He recibido severísimas críticas y reconvenciones por este blog. Con frecuencia me tachan de mentiroso y falsario, embustero y filibustero, y en muchas ocasiones me insultan gravemente, motejándome de mendaz, patrañero y escritor. En fin... no digo yo que no haya adornado alguna vez un poco estos breves relatos... pero de ahí a que a uno lo pongan como hoja de perejil y lo llamen cuentista o novelero... Dios quiera que nunca se me ocurra escribir una novela.

A pesar de esta fama de embustero patrañero que me estoy forjando, narrando aventuras que nadie cree, hoy quiero compartir con mis queridos amigos luciérnagos una increíble aventura que me aconteció el sábado pasado. Claro, no me van a creer... pero les aseguro que es cierta en todos sus extremos...

Deambulando por el viejo Madrid aquel soleado día de principios de septiembre, y al pasar junto a una pequeña plazuela de animado encanto, me topé con un establecimiento diminuto y curioso; llamaron mi atención unos libros antiguos que se ofrecían en el escaparate y, aunque con las prevenciones lógicas de mi timidez, me aventuré a llamar a la puerta y entrar.

A lo largo de mi vida he visitado muchas librerías donde se ofrecen ejemplares antiguos, viejos y desastrados, pero ninguna era como esta; y os diré por qué. En estos establecimientos es fácil encontrarse con ejemplares antiguos de libros famosos, como el Quijote o las dramaturgias shakespearianas, o misales viejos, o una edición con grabados de Victor Hugo. Eso lo tienen todas las librerías de viejo. Menudo misterio. No...

Lo sorprendente de esta librería que os digo es que sus libros son asombrosos, con unos títulos extravagantes y unos textos que deambulan a medias entre lo insospechado y lo fabuloso, entre lo enigmático y lo insondable. ¿Creen que van a encontrar versos líricos y novelerías vulgares aquí? ¡No! Lo más probable es que el señor librero les ofrezca un informe sobre una conjura rusa, o un ensayo sobre la putrefacción del aire, o un relato pormenorizado de catástrofes universales, hasta el día de hoy, o un estudio sobre la misteriosa geología de la Tierra en tiempos remotos, cuando ni siquiera había peces, o una incisiva penetración sobre el modo de curar la gangrena en diez sencillos pasos, o la fabricación casera de locomotoras a vapor, o los diez volúmenes de un diccionario etimológico completo de palabras inventadas, o una colección de periódicos góticos donde se hace nómina y recuento de los suicidios románticos en Londres, París y Fráncfort, entre otras ciudades notables, o un libro sobre la combinación de plantas ornamentales y venenosas, o los diecinueve volúmenes sobre los modos de utiizar un abanico en el teatro, en la ópera y en el paseo, o el censo completo de pilinguis de España en el siglo XIX, "con detalles escabrosos de gran jugo", o una colección completa de las obras de Walter Scott con las anotaciones de un fraile benedictino arrepentido...

En las desvencijadas estanterías se amontonan esos libros con los que verdaderamente disfrutamos los aficionados a las curiosidades intelectuales: maquinaria ficticia, geología insondable, arquitectura antigua y asombrosa, astronomía mítica, censos y nóminas, libelos, panfletos e ignominias, geografía secreta, zoología mística y botánica impenetrable... Aquí encontrará el nocturno indagador todos esos argumentos con los que había soñado y que constituyen un verdadero deleite intelectual, ante la vulgaridad de este triste mundo y sus circunstancias.

Abandoné la librería con la sensación de haberme adentrado en el mismísimo receptáculo donde las imaginaciones del mundo van a buscar argumentos, en el repositorio donde van las almas por la noche a buscar historias para los sueños, en el archivo de donde sacan sus cuentos los locos y los poetas...

Estoy seguro de que muchos escritores del siglo XIX van allí a buscar ideas para sus narraciones, y por eso, cuando ahora las leemos nos parecen tan extraordinarias... (Acabo de quebrar las leyes del tiempo narrativo).

La librería Hallazgo se encuentra en la calle Limón 30, en Madrid.

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Comentarios: 7
  • #1

    Elena Rius (martes, 04 septiembre 2012 18:30)

    Mmm, ahora mismo estoy dudando si decantarme por el libro sobre la gangrena (diez sencillos pasos, eso está hecho) o por la fabricación casera de locomotoras. Todo muy tentador. Sea o no inventado, ese listado de libros no tiene desperdicio... ;)

  • #2

    JCV (martes, 04 septiembre 2012 18:39)

    Gracias, Elena. Yo reservé (para mi cumpleaños) un libro sobre la conexión de la putrefacción del aire y los terremotos. No sé cómo saldrá de ésa el autor, pero el tío le dedicaba más de cuatrocientas páginas en octavo...

  • #3

    Urzay (miércoles, 05 septiembre 2012)

    En incursiones como la que cuentas se ve que el progreso humano no va necesariamente unido al aumento de los conocimientos, contrariamente a lo que se tiende a pensar. ¿Y lo que vamos olvidando? Con la de cosas que se podían decir con un abanico...
    Y yo me la creo, que conste.

  • #4

    JCV (miércoles, 05 septiembre 2012 20:07)

    Bienvenido/a al jardín luciérnago, Urzay. Y buen apunte. Aquí, entre los luciérnagos, Elena, Julia, La Paseadora y un servidor formamos casi un club de fans irredentos de los conocimientos antiguos y olvidados, especialmente de los erróneos. Son los que más nos divierten.
    (Sé que hay más visitantes del jardín luciérnago, aficionados a los "argumentos extravagantes", pero son muy tímidos y casi nunca hablan... Aprovecho para enviarles un cariñoso y taciturno saludo).

  • #5

    ariel rivadeneira (lunes, 10 septiembre 2012 02:20)

    Felicitaciones. Es un placer leerte. Saludos.

  • #6

    JCV (lunes, 10 septiembre 2012 20:53)

    Saludos, Ariel. Bienvenido al jardín luciérnago: estás en tu casa.

  • #7

    Miquel (domingo, 26 enero 2014 16:26)

    Bravo por el relato!
    Breve y no por breve menos mágnifico! El párrafo del listado te deja sin aliento, muy faulkeriano, y el final, puro talento.
    Enorabuena