Vacaciones y vulcanismo

 

Tras una breve pero intensísima estancia en Hawaii, regresa el triste bloguero a sus quehaceres cotidianos. El espíritu se estremece aún con el recuerdo de las olas, las aguas turquesas, las grandes crestas espumosas, las playas de arena de lava, la exuberante flora de buganvillas multicolores, las palmeras mecidas por el viento, los abismos submarinos y los jóvenes cuerpos dorados por el sol del Pacífico.

 

Submarinismo en las grutas volcánicas de Hawaii
Submarinismo en las grutas volcánicas de Hawaii

Pero no todo van a ser gozos y placeres. La visita a Hawaii ha despertado en este humilde servidor aquella vieja afición a la que dedicó buena parte de los mejores años de su juventud: el vulcanismo. Durante muchos años creí que había nacido para los cráteres, los piroclastos, las escorias, el magma, las coladas, las fumarolas y las calderas. Las poderosísimas fuerzas del inframundo cautivaron durante mucho tiempo mi imaginación; después, cuando la literatura me apartó de esa verdadera pasión volcánica, me vi obligado a renunciar a la quemazón piroclástica, hasta que cierto día me topé con Plinio el Joven, que relataba en una carta la muerte de su tío, Plinio el Viejo, el autor de la fabulosa Historia Natural, cuando aconteció la fabulosa erupción del Vesubio que destruyó Pompeya y Herculano en agosto del año 79. Aquel hallazgo reavivó en mí el espíritu magmático del vulcanismo y, sin pensármelo dos veces, viajé a las Islas Canarias, donde cursé con aprovechamiento y buena conducta un máster en "Fenómenos geotérmicos: fumarolas, azufres y piroclastos".

El vulcanólogo, en el mar de lava de Lanzarote, hace diecinueve años
El vulcanólogo, en el mar de lava de Lanzarote, hace diecinueve años

"El 24 de agosto, como a la hora séptima, mi madre le hizo notar a mi tío que había aparecido en el cielo una extraña nube, de raro aspecto y tamaño. Él había tomado su baño de sol, como siempre, se había bañado luego en agua fría, había comido en el triclinio y ya se encontraba estudiando. Pidió mi tío el calzado y subió a un lugar desde el que pudiera contemplarse mejor aquel prodigio. La nube se elevaba hacia el cielo y los que miraban desde lejos no eran capaces de averiguar con seguridad de qué monte surgía (luego se supo que había sido el Vesubio), con una figura y una forma que recordaba a un pino, pues tras elevarse a gran altura como si fuese el tronco de un árbol enorme, se abría como en ramas; me parece a mí que esto era porque la nube habría sido lanzada hacia arriba por la primera erupción; luego, cuando la fuerza de la erupción decaía, debilitada o incluso vencida por su propio peso, la nube se disipaba a lo ancho, a veces de un color blanco, otras como una mancha sucia, por la tierra o las cenizas que transportaba. A mi tío, como hombre sabio que era, le pareció que se trataba de un fenómeno importante y que merecía contemplarse desde más cerca..."

Es un extracto de la carta en la que el joven Plinio narra la erupción del Vesubio. Todos los luciérnagos saben cómo acabó la curiosidad de su tío. El sobrino dice que el egregio autor de la Historia Natural siempre tuvo problemas de faringitis, y que con frecuencia se le inflamaba la garganta. En cualquier caso, es dudoso que unos pulmones normales pudieran haber soportado la inhalación de gases a trescientos grados de temperatura.

La experiencia hawaiana -deliciosa en tantos otros aspectos- ha despertado de nuevo la pasión volcánica por esta disciplina, y a ella volveremos en más ocasiones aquí, en el jardín donde las luciérnagas no usan pilas.

 

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