Agujeros de gusano hacia la ficción

Es horroroso.

Un día, mi amiga O. estaba esperando unas galeradas de la editorial, y cuando llamaron a la puerta y abrió, se encontró de frente con la mismísima Lisbeth Salander. Mi amiga O. le preguntó a la editora si lo que había visto era cierto, y la editora le dijo entre titubeos... "Bueno... en fin... la verdad es que es igual que Lisbeth Salander...".

 

Pero no es esto lo único terrible que sucede últimamente. Hace poco me percaté de que un amigo era igual que Fox Mulder, y cuál sería mi sorpresa cuando un día, entre confidencias, me aseguró que su mayor placer era ver películas pornográficas mientras comía pipas. Supongo que se me quedó la misma cara que a Walter Skinner.

Cada vez estoy más convencido de que hay "agujeros de gusano" por los que, sin querer, nos adentramos en la ficción o, al contrario, algunos personajes de la ficción se cuelan en nuestras vidas. Tengo amigas que están convencidas de que una de las brujas de Shakespeare trabajaba en una editorial del grupo Santillana. Y estoy seguro de haber visto en un hotel de Dublín a la primera mujer de Bill Henrikson, el polígamo empresario de Big Love. Además, no quiero presumir, pero tengo un amigo profesor de literatura que finge la misma cojera que Dustin Hoffman en Cowboy de medianoche con una solvencia sospechosísima; de hecho, estoy convencido de que es él.

Cuando era niño siempre veía paseando por mi barrio a un señor mayor, con barba blanca y bastón, muy acicalado y peripuesto. Cuál sería mi sorpresa cuando, años más tarde, me topé con una fotografía suya en una enciclopedia: aseguraban que era Victor Hugo.

¿Creen, amigos luciérnagos, que esto es todo? Pues no: estoy persuadido de que he tenido delante a la mismísima Helena de Troya, a la espantosa madre de Elizabeth Bennet y a uno de los hermanos Karamazov borracho, sin ir más lejos. Pero... ¿y si me he cruzado con Anna Karenina en el metro, o he estado tomando café en el mismo establecimiento que la sensual Mina de Bram Stoker? ¿Y si he compartido mesa y mantel con un revolucionario de Boris Pasternak o he tomado cervezas con la enigmática George de Enid Blyton?

Sí: estoy convencido de que hay agujeros de gusano entre nuestra realidad y la ficción, y de que hay personajes ficticios que vienen a nuestro mundo por esos ignotos conductos cuánticos. También es sabido que muchas personas viven literalmente en la literatura y que pasan días y semanas sin que se les vea el pelo, precisamente porque a lo mejor están en una novela de Henry James, o en un castillo de Walter Scott o en el Purgatorio del Dante... pongamos por caso.

Hoy me he permitido traer aquí la prueba cierta de la existencia real de estos agujeros de gusano entre la realidad y la ficción: hace unos días bajé a dar un paseo con la bicicleta, y estaba yo disfrutando de mi amena afición cuando de repente, tras unos árboles, me encontré en un cuento infantil. No estoy seguro de quién era el autor (¿Perrault, Grimm, Andersen?), porque no soy muy aficionado a la literatura infantil, pero lo cierto es que se trataba de un paisaje de cuento de hadas, con su palacio, su estanque, sus herbosas laderas, sus patos y su ambarina luz de atardecer...

¿Ven? ¿A que no se imaginaban que a un cuento de hadas se puede llegar en bicicleta?

Cómo llegar a un cuento en bicicleta
Cómo llegar a un cuento en bicicleta

Si deseas hacer algún comentario, pulsa en el título de la entrada y aparecerá un cuadro de diálogo en el que podrás insertar tu opinión.

Escribir comentario

Comentarios: 1
  • #1

    Elena Rius (sábado, 21 julio 2012 18:32)

    Claro que existen esos agujeros. Sin ir más lejos, por mi barrio anda un homeless que estoy segura de que es Falstaff. Siempre que paso a su lado creo oírle recitar a Shakespeare.