Una verdad universalmente reconocida

Esta entrada está dedicada a

las integrantes del Jane Austen Reading Club de Madrid

 

Dice Umberto Eco en su recopilación de experiencias sobre la traducción que, "aun sabiendo que nunca se dice lo mismo, se puede decir casi lo mismo" (Decir casi lo mismo, Lumen, Barcelona, 2008). No es este el lugar donde establecer una teoría sobre la traducción literaria: los profesionales saben dónde buscar la información y a los curiosos tanto les da. Lo que pretendo en esta entrada luciérnaga es reflexionar (un poco, no mucho) sobre "la decisión" del traductor. En alguna ocasión he mencionado la diferencia que hay entre un editor y el resto del mundo: el editor es una persona cuyo talento está tocado por el Espíritu Santo y es capaz de decidir (léase corregir, modificar, cambiar, pulir o cualquiera de los verbos que emplean comúnmente) en décimas de segundo lo que a un escritor le ha costado horas, días e incluso semanas elaborar. Los escritores y los traductores no tenemos esa sublimidad intelectual, así que nos vemos obligados a meditar durante horas el significado y los matices de una frase. (Esto se debe a que somos torpes: un editor es capaz de "verlo" y "resolverlo" en un periquete). En el caso que nos ocupa, la "decisión" del traductor es aún más angustiosa que la del autor, porque el traductor no se puede guiar por su gusto, sino por su obligación: debe transcribir lo que dice el texto de origen o, más bien, debe intentarlo. La "decisión" del traductor (que debe tener en cuenta el estilo literario del autor, la tradición literaria, la diacronía lingüística y todos los detalles técnicos que impiden que una traducción se convierta en algo ridículo) es seguramente uno de los momentos más agónicos de esta profesión.

Cuando abrimos traducciones de los clásicos (y da la casualidad de que conocemos los originales) tenemos en ocasiones la sensación de que ese "decir casi lo mismo" que proponía Eco podría haber sido más casi. Hace algunas fechas, y por motivos que no vienen al caso, volví a toparme con una de las frases más célebres de la literatura universal. Se trata del comienzo de Pride and Prejudice, de Jane Austen.

 

"It is a truth universally acknowledged, that a single man in possession of a good fortune, must be in want of a wife".

 

Un espíritu precipitado seguramente pensaría que la frase tampoco tiene tantos problemas, y que puede traducirse antes de acabar una taza de té. Sin embargo, decenas de traductores nos hemos preguntado si seríamos capaces de "decidir" cuál sería nuestra versión de esta frase en castellano. ¿Cuántas noches sin dormir, cuántos cotejos, cuántos consejos, cuántas cavilaciones, cuántas angustias y estremecimientos serían necesarios antes de dar por buena una versión de estas 23 palabras?

He aquí tres traducciones distintas, separadas por más de tres décadas unas de otras.

 

1952. Versión de José J. de Urríes; Espasa-Calpe (Austral).

"Es verdad universalmente admitida que un soltero poseedor de buena fortuna tiene que necesitar una mujer".

 

1977. Versión de María Antonia Ibáñez / José Luis Caramés; Cátedra.

"Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa".

 

2009. Versión de Marta Salís; Alba.

"Es una verdad universalmente aceptada que todo soltero en posesión de una gran fortuna necesita una esposa".

 

Es cierto que las tres dicen casi lo mismo que el texto original... pero algunas son más lo mismo que otras. Decida el lector.

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Comentarios: 2
  • #1

    Elena Rius (viernes, 29 junio 2012 17:05)

    Suscribo plenamente la dificultad que para cualquier traductor profesional plantea el elegir entre una u otra palabra, por inocua o aparentemente sin importancia que parezca la frase. Una inquietud difícil de comprender para los que nunca han ejercido ese noble oficio.
    Respecto a las tres versiones de la frase que propones, voy a decir lo que pienso, aún sabiendo que posiblemente me meta en un berenjenal. Demasiado a menudo, las ediciones anotadas de clásicos (caso de las de Cátedra, Castalia y muchos otros), que se le presentan al lector como las versiones "definitivas" o, al menos, como las más fiables, dejan bastante que desear en cuanto a sus traducciones. Es así porque, en lugar de recurrir a una traducción buena ya existente, o encargar una a algún excelente traductor, se encarga de ello el mismo profesor universitario que hace la edición anotada y el prólogo. Que sin duda saben mucho sobre ese autor y esa obra, pero normalmente no son traductores profesionales. Muy a menudo se olvida que no basta con saber inglés (o el idioma que sea) para traducir. Ahí duele.

  • #2

    JCV (viernes, 29 junio 2012 17:45)

    Creo, Elena, que si no fuera porque hay que publicar los libros que nos encargan, nunca terminaríamos el primero, y siempre le estaríamos dando vueltas y vueltas a una frase, a una palabra, a una expresión... eternamente.
    Y estoy de acuerdo contigo: no basta conocer sólo una lengua, la del texto original; hay que procurar conocer bien las dos, la del texto original y la lengua en la que se vierte dicho texto.