La sala de las acuarelas

Cuando uno se adentra, con emocionado regocijo, en la exposición que el Museo Thyssen-Bornemisza ha organizado de Edward Hopper (Madrid, del 12 de junio al 16 de septiembre), descubre con curiosa perplejidad que Hopper sólo era un pintor mediano hasta la década de los veinte. Uno va y vuelve de un cuadro a otro, comprueba las fechas, y, de repente, se percata de que el salto cualitativo se produce en 1923. Antes de esa fecha, Edward Hopper no es más que un estudiante con dificultades incluso para encontrar temas ajenos a sus maestros. Y precisamente en 1923, se produce una variación, un giro drástico, una vuelta de tuerca, casi un cataclismo estético, y, en ese momento, un pintor común se convierte en un verdadero artista. Es el momento en que, de repente, su estudio se llena de acuarelas. La sala de las acuarelas de la exposición de Hopper es un verdadero asombro.

Edward Hopper, 'House by the Railroad' (1925)
Edward Hopper, 'House by the Railroad' (1925)

Esos momentos en los que se produce una falla en la vida de un hombre, cuando el individuo anónimo de repente se convierte en un genio, tienen un algo de misterio incomprensible y mítico.

Lo que le ocurrió a Hopper en 1923 fue que viajó a Gloucester (Massachusetts), donde pretendía pasar un tiempo en una especie de "colonia de artistas", junto al mar. Allí coincidió con una joven llamada Jo Nivison, a la que ya conocía de otras instituciones académicas y grupos artísticos americanos. Jo Nivison aleja a Hopper de su ambiente urbanita y le muestra la capacidad de las técnicas de acuarelas para reflejar las luces de los paisajes marinos y campestres. De aquella experiencia, lejos de las angustias y las soledades metropolitanas, Hopper obtiene una mirada nueva de casonas victorianas, paisajes de Nueva Inglaterra e instantes de luz, viento e imperceptibles sonidos. Poco después sus acuarelas componen una exposición en la galería Rehn de Nueva York y los museos más prestigiosos comienzan a adquirir sus obras. En 1924, Hopper recibió el Hogan Prize y el Bryan Prize por sus acuarelas y esbozos. Ese mismo año, también, el artista se casa con Jo Nivison. Curiosamente, la carrera artística de Jo Nivison palideció y se difuminó a medida que se engrandecía la de su marido. Jo fue la única modelo de Edward Hopper a lo largo de toda su vida, hasta la muerte del artista en 1967. Jo sólo le sobrevivió diez meses.

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Comentarios: 2
  • #1

    Elena Rius (lunes, 18 junio 2012 14:11)

    ¡Con lo que me gustan las acuarelas! Aún me apetece más, si cabe, ver esa exposición. Que no sé si va a ser posible...

  • #2

    JCV (lunes, 18 junio 2012 14:40)

    Si te gustan las acuarelas, la sala que el museo ha destinado a las de Hopper conseguirá que se te salten las lágrimas, te lo aseguro. Y, verás, amiga: allí se tiene la confirmación de que la técnica es tan relevante como el talento. Asombra la elección de los temas, la perspectiva, la relación con la historia estética o la mirada y el genio personal. Pero todo se sustenta en una técnica verdaderamente prodigiosa. Y eso también emociona.