El libro de la isla desierta

A veces, en algunas revistas y periódicos, se ofrecen entrevistas rápidas muy extrañas. Son extrañas sobre todo por las preguntas. De repente, el periodista inquiere a un cocinero famoso: "¿Qué es lo primero que mete en su maleta antes de viajar?". O le suelta a un actor: "¿Cuál es la parte de su cuerpo que más odia?". O agobia a una joven cantante con una pregunta del tipo: "¿Cuál es tu día de la semana favorito?". Qué preguntas tan raras... Sin embargo, entre todas las preguntas estrafalarias que se le pueden pasar por la mollera a un periodista, hay una que siempre me desconcierta. Es recurrente y extravagante: "¿Qué libro se llevaría a una isla desierta?".

Supongo que el entrevistado se preguntará: "¿Y por qué iba a ir yo a una isla desierta?". Además: ¿todavía hay islas desiertas? ¿Y por qué tengo que escoger sólo un libro? ¿Y no podría cambiar el libro por un móvil, para llamar a Salvamento Marítimo? ¿O por una sombrilla o un bote de protección solar? ¿Por qué tengo que ir precisamente con un libro a una isla desierta en la que seguramente me moriré de inanición? ¿No podría cambiar el libro por una lata de lentejas? ¿O una caña de pescar?

Si a mí alguna vez me hicieran la pregunta del libro y la isla desierta, sospecharía que el periodista disfruta sádicamente imaginándome en una situación tan desagradable, cruel y peligrosa.

A la hora de escoger el libro que uno se llevaría a una isla desierta (¡por Dios, qué bobada!), hay que calibrar varias circunstancias: a) Se va a disponer de abundante tiempo; b) La vida puede tornarse bastante aburrida; c) Pueden sobrevenir crisis existenciales. Así que olvidémonos de tontunas y libros al acaso. Debemos buscar libros que nos salven la vida.

En primer lugar, yo consideraría tres clásicos: la Biblia (largo, buenas historias, un poco de espiritualidad, arqueología social, exotismo, drama), La Iliada (buenas historias, fatalismo griego, épica, acción), y el Quijote (lo mejor de lo mejor, estructura narrativa modernísima e insuperable, talento, humor, reflexión, literatura de primer nivel). Es posible que, en la tesitura de escoger un libro apresuradamente, me aferrara a uno de estos tres.

Pero estoy seguro de que, antes de que me viera abandonado en esa dichosa isla desierta, recorrería con el dedo índice algunos libros muy especiales y me pensaría muy seriamente si no debería llevármelos. Entre mis favoritos están las Etimologías de San Isidoro de Sevilla, la Historia Natural de Plinio, los libros de historia de Herodoto o las Historias curiosas de Claudio Eliano. Creo que es difícil encontrar libros más divertidos y amenos, y que puedan releerse con tanto placer, de principio a fin, de fin a principio, a saltos y haciendo el pino.

Sin embargo, entre todos los libros de mi biblioteca, hay uno que pujaría sin temor por desbancar a los grandes clásicos y que, probablemente, alcanzaría la suprema victoria de venir a morirse conmigo a una isla desierta.

Se trata, naturalmente, de la Silva de varia lección, de Pedro Mexía. Obviamente, no voy a entrar en muchos detalles al respecto, porque cualquier persona medianamente ilustrada e interesada en los libros y la literatura lo tendrá en su casa y lo habra leído y releído mil veces. De la importancia de este libro de Pedro Mexía, uno de nuestros humanistas más relevantes, dan cuenta las treinta veces que se reimprimió su obra en menos de cien años tras su publicación (1540). Este libro es perfecto para una isla desierta porque pertenece al género de las misceláneas clásicas, y ofrece tanta información y diversión que es imposible apartar la mirada de sus páginas. Entre todos los libros que un servidor tiene en casa, será difícil encontar otro tan agradable y tan buen compañero. De modo que... siendo así, a ti te elijo para mi isla desierta.

Pedro Mexía: Silva de varia lección. Ed. de Isaías Lerner. Castalia, Madrid, 2003.

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Comentarios: 2
  • #1

    La paseadora de Lisa (viernes, 18 mayo 2012 11:31)

    A preguntas bobas, comentarios más bobos aún.
    Yo me llevaría todos esos libros que usted recomienda (con una salvedad: cambio la Ilíada por la Odisea), y además mi portátil con una buena ADSL. Así podría soñar con martinis crepusculares en la Costa Azul y reírme a cuenta de sus achaques articulares. Y cuando ya tuviera los sesos prácticamente derretidos por el sol, avisaría para que alguien me llevase una sombrilla de tamaño familiar, o mejor aún, un aparato de aire acondicionado, claro que entonces tendría que pedir también un ladrón, porque, si no, ¿cómo iba a tener enchufado en portátil y el aire acondicionado? Qué estresantes son las islas desiertas.

  • #2

    JCV (viernes, 18 mayo 2012 13:25)

    ¡Bien por la opción de la Odisea!
    Ahora que me fijo... no hay en la selección ningún libro posterior al siglo XVII. Qué raro... o no.
    ¡Saludos para Lisa y su paseadora: siempre bienvenidas por el jardín luciérnago!