Fin de semana en la 'côte d'azur'

Creo que el Hotel Negresco, en el Paseo de los Ingleses de Niza, es uno de los lugares más elegantes del mundo: el viernes por la tarde, cuando llegamos, y mientras Muriel se vestía para salir a cenar, conocí en el lobby a los señores Wigner-Holtz, con quien compartí unos refrescantes martinis mientras disfrutábamos de los fulgores y destellos del Mediterráneo al atardecer.

Luego vinieron a buscarnos Lulú y Tom en su Bentley verde; nuestros amigos tienen una villa cerca de Niza, y habían invitado a cenar también al cónsul de Dinamarca y a Helga, su impresionante mujer. Fue una noche -como dice Lulú- de estrellas y Moët. Ya de regreso en el hotel, mientras Muriel dormía, no pude evitar mirar entre las vaporosas cortinas y descubrir el soñador espectáculo de la luna rielando en el índigo mar.

El sábado Muriel dijo que no podía salir sin la pamela. Estuvimos viendo el mercado de flores, y luego pasamos a la parte vieja de la ciudad. Allí comimos en un restaurante nuevo, llamado Les Caves, donde el chef Rémy atiende a sus clientes con singular elegancia. Después, por la tarde, fuimos a descansar, y a la atardecida nos reunimos con nuestros amigos para ir a bañarnos a una playa cercana, que muy pocos conocen. El sábado concluyó -como no podía ser de otra manera- comiendo ostras y bebiendo champán en el divino Domaine. Por cierto, esa noche animaba la velada la maravillosa Claudine Porlier. Ah, creo que nadie canta como ella esas antiguas canciones marineras francesas.

Para su disgusto, Muriel supo que hoy era domingo, y que teníamos que regresar. Así que antes de coger el avion fuimos a comprar los souvenirs...

-¿Qué murmuras? ¿Qué dices?

-Nada. No estaba diciendo nada.

-Sí, estabas farfullando algo. ¿No tenías que acabar ese trabajo para mañana?

-Sí.

-Pues más vale que te apliques y que dejes de pensar tonterías.

-Bueno.

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