Inmanentismo

Si había alguna palabra que a nosotros, estudiantes en la vieja universidad salmantina y fervientes seguidores del historicismo literario, nos hiciera reír hasta desternillarnos, esa palabra era "inmanentismo". Da un poco de apuro comentar aquí qué es y en qué consiste el análisis inmanente de la literatura, porque quienes se dedican a este estrafalario asunto de los libros ya lo saben, pero como puede haber visitantes ocasionales, resumiremos la cosa de la inmanencia. Resulta que a principios del siglo XX, y como resultado de la histeria vanguardista y la herencia distorsionada del romanticismo, hubo críticos y artistas que consideraban que el análisis (e incluso la creación) era un proceso que arrancaba y finalizaba en el propio texto. El texto se explicaba en sí mismo: se le concedía autonomía y preeminencia incluso por encima del propio autor, que muchas veces desconocía qué había realmente en los textos que escribía, sobre todo cuando algún amigo le descubría conexiones eruditas y elementos de alta literatura. Así pues, la crítica inmanentista dejaba de lado la tradición literaria, las referencias sociales y personales, las ideas que han surcado la historia humana, etcétera, y se centraba en el puro texto y, como mucho, en la singularidad y talento del autor.

Worcester Cathedral (1897), de B. W. Leader.
Worcester Cathedral (1897), de B. W. Leader.

A nosotros, jóvenes estudiantes, ya nos daba en la nariz que aquello del "inmanentismo" era un truco de prestidigitador de aquellos cuyos conocimientos literarios andaban un tanto escasos. El truco era sencillo: si la obra literaria no tiene más referencia que ella misma, el resto de la historia cultural y social sobra. Con el tiempo hemos visto cómo este recurso al "inmanentismo" se ha convertido en un clásico de nuestro tiempo. Con frecuencia se oye a escritores que hablan de que un personaje o una situación le "ha salido" de esta o de aquella manera. (Que en literatura las cosas "salgan", ya resulta bastante sospechoso, e incluso desagradable). Y a menudo oímos a jóvenes literatos proponiendo revoluciones que se alejen de la tradición literaria, porque su literatura se explica, de principio a fin, en ellos mismos y en su magna obra.

"El inmanentismo", dice un buen amigo mío, "es un recurso, y no demasiado ingenioso, para ocultar las ignorancias". Este amigo mío, harto de escritores que le hablaban de que se les había "ocurrido" un argumento para una novela, cansado de oír cómo le "salían" los personajes a una escritora, hastiado de jovenzuelos que revolucionan la literatura actual con recursos de principios del siglo XX (desconocidos para ellos), ha decidido no hablar de literatura con nadie que no se sepa de cabo a rabo la Historia de Alborg, la de Martín de Riquer y José María Valverde, la de Francisco Rico, la de Guillermo Carnero y la de... Bueno, mi amigo es un exagerado. Si mantiene su palabra, probablemente no volverá a relacionarse con nadie en nuestro mundillo literario...

En fin, lo que yo quería en esta entrada era recomendar el volumen 8 de la Historia de la literatura española de Crítica, de reciente aparición. Este volumen lleva el subtítulo Las ideas literarias, 1214-2010, y está coordinado por José María Pozuelo Yvancos. Y no sé por qué, al repasar algunos de sus interesantísimos artículos, recordé los buenos tiempos universitarios, cuando nos desternillábamos de risa a cuenta del "inmanentismo".

Pensé que este libro podía ser un buen remedio contra esa dolencia.

 

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Comentarios: 1
  • #1

    Alpehz (viernes, 22 agosto 2014 02:12)

    Buenísimo tu comentario. Gracias por compartir y aclararme las ideas sobre el inmanentismo.